Doce Poetas 2

Agustí Bartra

 

Barcelona, 1908; Terrassa, 1982.

 

OBRA POÉTICA: L’arbre de foc (El árbol de fuego, 1946), Màrsias i Adila (1948), L’evangeli del vent  (El evangelio del viento, 1956), Quetzalcòatl (1960), Ecce Homo (1964), Poemes del retorn (Poemas del retorno, 1972), Els himnes  (Los himnos, 1974), Soleia (1977), L’home auroral (El hombre auroral, 1977), La fulla que tremola (La hoja que tiembla, 1979), El gos geomètric (El perro geométrico), Haikús d’Arinsal (Haikús de Arinsal, 1982), El gall canta per tots dos (El gallo canta para los dos, 1983).

 

 

 

Agustí Bartra

Quetzalcóatl

 

 

¿Cuix ye nelli? ¿Cuix oquimaceuh in tlacatl in topiltzin,

                              in Quetzalcoatl, in teyocoyami, in techihuani?

                              ¿Auh cuix oquito in Ume tecutli in Ume cioatl?

                              ¿Cuix omocuepane in tlatolli?

 

[¿Es verdad, pues? ¿Lo mereció el Señor, nuestro príncipe,

                              Quetzalcóatl, inventor, hacedor de hombres?

               ¿Lo determinó así, pues, el Señor-la Señora de la dualidad?

                              ¿Se transmitió, entonces, la palabra?]

 

 

 

 

I. Cosmogonías del alba

 

 

Quetzalcóatl caminaba por la noche del bosque… Oyó la voz del pájaro sobre la alta fronda: breve nota líquida y medrosa entre la dulzura de la brisa en el follaje. Y se detuvo. Y esperó,

hundido en misterio y vasta nostalgia…

saltando fuera del sueño, trenzado por la altura y el anhelo, se elevó el hilo del canto, empeñada el ave en el impulso de florecer en el trino que escalaba las sombras donde ya colgaba el último fruto de su ascensión

—silencio de plenitud, peso oscurecido que de pronto se rompió en el

principio de una vertiginosa caída vertical sin alas que se detuvo en el corazón de Quetzalcóatl, desde donde se alzó en abierto vuelo mítico hacia la aprobación de las estrellas…

Y la fábula y el tiempo en el espíritu de Quetzalcóatl rememoraban

 

—Se calmaban las aguas bajo el árbol de un cielo

de rodantes estrellas y estupor de cometas,

y en auroras circulares lentamente comenzaba

la ascensión de las cimas…

 

En silencio afloraban los nacimientos de roca:

corolas de martirios y hocicos de cetáceos,

ojos de cataclismos, futuras latitudes

de ventisqueros y águilas.

 

De pie y envueltos en claras lejanías,

los vientos esperaban en los cuatro horizontes;

sus claros ojos reflejaban lejanos resplandores

de hielos boreales.

 

Las mareas dormían ausencias de luna,

y en la vasta llanura de sargazos inmóviles

las bonanzas azules avanzaban con rojos

cayados de coral.

 

Quetzalcóatl caminaba con el trino en la sangre y fértiles de imágenes los ojos interiores

 

—El Norte bisbiseando abrió a los arcoiris

el sueño tembloroso de sus pechos de neblina,

y de su virginal cabellera de nieves  

se alzó la gaviota.

 

Por la luz desfilaban las grandes huestes meteóricas,

las islas sostenían sus coronas ciclónicas,

y delicadas lúnulas sangraban sobre ágiles

lechos de poniente.

 

¡Oh trombas vaginales de las cósmicas noches

del abismo oceánico! ¡Sumisión del agua

cuando la alta noche marcaba los lomos de las montañas

con sus fierros astrales!

 

La luz sirgaba el cuerpo virgen del continente

al que un vasto cielo delirante estrechaba en sus brazos.

En siglos de oro y hoja nacían litorales

de flancos de doncella…

 

Quetzalcóatl caminaba al azar por entre los grandes árboles del tiempo. Sus pasos no inquietaban la sombra donde dormían los animales del dolor, y vagaba por los surcos de las lágrimas sobre los cuales brillaban las estrellas del cielo de los símbolos

 

—¡Oh tierra no despierta, y el tiempo en ti clavado

como un halcón de viento! ¡Oh las bodas serenas

de las núbiles montañas y los ríos adormecidos

plenos de genésicos lodos!

 

Redondos y líquidos ojos

                             de párpados de juncos

y murmullos lunares…

                             y los menguantes floridos

y los doseles de las cañas…

                             blanco torso inmenso de nubes

y las rodillas cubiertas de yerba de la alta primavera…      

 

Y la mujer-ventisquero…

                                            Con sus velos bajaba

hacia los tobillos rojos de las secoyas titánicas;

pupilas de edelweis avizoraban trashumancias

de rebaños celestes…

 

Quetzalcóatl, solo, buscando las fuentes de su alma, recorría los cerros sin caminos de las reminiscencias

 

—Y taciturnas hordas de trenzas salobres

levantaron sus remos en los oscuros acantilados.

Y silbaron pedernales en los mitos hirsutos,

¡ah hogueras totémicas!

 

Era mordido en la yerba el nuevo sol de todos.

Cuando luna y cerros fueron en el recuerdo

                una sola dulzura, los anales del venado

entraron en las cuevas.

 

Entonces el cielo bajó

                             hasta los cántaros pintados…

 

Quetzalcóatl se tambaleaba sobre huellas que cantaban, mordía mitos en raíces cada vez más profundas, se buscaba en las viejas crónicas que acariciaba con dedos ciegos sobre estucos que dormían dentro de vientres de selva.

 

Pero los orígenes de su tiempo eran como los secretos ojos del agua en la montaña donde nace un gran río

 

—Y el anhelo, en los brazos alzados de una virgen,

señalaba rutas hacia las tierras rojas.

¡Oh sur de las estrellas, tan lejos de las avalanchas

sonoras de bisontes!

 

Guirnaldas de canoas se alargaban por los ríos

bajo el poblado amparo de los cielos constelados,

pero en los horizontes se abrían misterios

de bocas verticales.

 

Girantes herencias de constelaciones

se amontonaban como ojos de escuálidos profetas.

Adalides de viento danzaban los terrores

de bermejos plenilunios.

 

¡Lentas migraciones! Cada alba anunciaba

la epopeya del arco y el canto de la saeta.

Humaredas de paz dibujaban en lo alto

el signo de gigantescas cornamentas.

 

Entre guijarros de colores se buscaba el destino.

Huesos ancestrales dormían en ollas funerarias. 

Aún apacentaba la esperanza sin nombre

sus rebaños de géiseres.

 

Quetzalcóatl cayó. Y besó la tierra con sus labios ensangrentados. Y silenciosas

bandadas de aves se posaron en las cimas nocturnas de la espera de su espíritu:

 

—Algarabío de clanes en sus habitáculos de pieles,

bajo lunas de fríos…

                                                ¡Oh bello tributo del canto

para los minúsculos dioses, entre abedul y alerce!

¡El Gran Coyote de los desiertos subió a las banderas!

 

Bélicos matriarcados.

                             Siervos eran los hombres

de telúricas madres, las robustas guerreras

sólo fieles en sus sangres oscuras

al parto y a la muerte.

Se tatuaban en los pechos rojizos calendarios,

de sus trenzas colgaban negras piedras y frutos,

y sus sexos amargos se abrían a la sombra

de las lanzas clavadas…

 

Y mientras Quetzalcóatl esperaba el descenso del canto del ave solitaria de los cielos,

las imágenes encontraban todavía ámbitos libres en su conciencia inmemorial.

 

—Siglos de mudas huellas, de los manantiales a los arenales

y de las cuevas a los túmulos…

                                            Gobernaban los vientres

embadurnados de miel de las obesas reinas…

 

Sediciones nocturnas junto a los cactos fálicos

y la legislación del hambre cerca de los nuevos desiertos…

 

Flechadores de polen entre floras de espinas…

(¡Oh viento de los blancos venados!)

Sobre las hachas reían los dioses de la sombra…

(¡Sueños del venado rojo!)

Chicotazos solares y los finos colmillos del hielo…

(¡Huellas del venado oscuro!)

Las tiendas allanadas como murciélagos agónicos

(¡Fuga del venado de oro!)

Lindero-halcón clavado en las secas biznagas…

 

Oraciones de los ríos

                             las sagradas montañas,

lisa roca del dios

y las trémulas hordas del maíz jubiloso

que entran a las pupilas…

 

Y de pronto oyó el canto del pájaro

—no en la altura

que seguía cerrada en la inmutabilidad de la noche y de los espacios salpicados de plata sino enterrado en sí mismo como el brote de una gran semilla, trino de hondura socavando su corazón, latido y borbotón más allá de la conciencia y de las imágenes, sonido puro de principio y de fin en la total desnudez de su ser tendido y vasto,

con la luna en los cabellos y el viento en la cara,

murmullos de yerba en el pecho

y como ríos sus dos brazos ramificándose,

él mismo hecho espacio,

canto

y noche,

 

expulsado del tiempo y divinamente sencillo en aconteceres que levantaban sus meteoros y azares, las bóvedas transparentes de los sueños nacidos de sus manos fluviales que atraían hacia su corazón el silencio de la eternidad,

sombra de torso y pájaro

yacente y pesada sobre latido y gorjeo,

ni despierto ni dormido,

huésped ingente de su futuro y empuje de destino mortal odiado por los dioses, renovándose en el agotamiento de sus rendiciones, de sus caídas, de sus vuelos, vientre de la noche preñado de relámpagos, de bruces sobre la tierra en acto de posesión y acatamiento, desembocadura atónita y mar penetrado, ¡oh amor infinito de infinitos nombres, oh puño de polen sobre la boca negra de la muerte!,

 

y, finalmente, sus manos asaltando el cielo

—el canto vibrante en sus dedos de raíces que pulsaban las tinieblas, y trazaban, en los espacios reculantes, el inmenso círculo que encerraba al mismo tiempo el beso y la Estrella…

 

IV. La red

 

A la mitad del gran lago Nanotzin saca el remo

de las aguas tranquilas y mira a Quetzalcóatl,

que continúa inmóvil y sin sombra,

con la red en la mano, a punto de lanzarla…

 

(En la orilla lejana las doncellas aurorales

destrenzaban sus trenzas)

 

Acostada en popa, Nanotzin, soñolienta,

reclina la cabeza sobre la lisa borda

y entrecierra los párpados, arrullada por el ritmo

de la brisa y las aguas y la erguida figura luminosa

que oscila circundada de cielo

y verdes resplandores…

 

(Calladas, las doncellas caminan agua adentro)

 

Sumiéndose en sus propios pensamientos, Quetzalcóatl murmura:

«Trémulo sol en las aguas… Las palabras se adormecen

como sombras echadas a los pies de un centinela

de imagen y temblor…

Corazón mío, ¿qué esperas? ¿Acaso lates nada más?

¿No haces más que contar instantes que nunca volverán?

¡Lanza al agua profunda la red de tu alma!

Todo quiere ser eterno en el espíritu profundo

y tu alma codicia abismos más eternos,

soñar en las honduras cada uno de los actos del ser

y fundar en las tinieblas…

Corazón mío, ¿qué esperas? ¿Ya te tienta el mediodía

y sus éxtasis ciertos?»

 

(Nanotzin se ha dormido junto al remo mojado.

Cae su cabellera)

 

Balanceándose al ritmo calmoso de las aguas,

Quetzalcóatl levanta lentamente su brazo,

y luego, bruscamente, como un rayo que gira,

avienta la larga red por sobre de su testa. Vuela

rauda la red rumorosa de pájaros hasta

que, después del grito, se ensancha abierta en la altura…

 

(Nanotzin duerme luz. Su cabellera suelta

vive sola sobre el agua…)

 

VI. El Quinto Reino

 

Quetzalcóatl esperó que callaran los pájaros, ya levantada la aurora, y comenzó así:

 

—Sobre el derrumbe de la noche ya el día yergue sus muros de dorado adobe,

¡oh hermanos en Tonatiuh!,

y con el aura llega el temblor de las últimas estrellas

y el lejano canto del cenzontle.

 

Raíz sois, ¡oh hermanos!, de la voz que florece en mí,

de las palabras donde pesa inefable el balbuceo de la tierra,

el conjuro de los cielos

y el canto del espíritu.

 

Yo soy aquel que inventa y anuncia, fundador de horizontes en la patria de la vida.

¡No permitais que mis palabras resbalen por vuestras almas como el viento atraviesa las redes extendidas…!

 

                                                                         Coro de doncellas:

 

                                                                          ¡Cae el muro de culebras!

                                                                          ¡Oh la luz, en las orillas,

                                                                          calza huaraches de barca

                                                                          y agita sus campanillas!

 

Yo soy el que afirma y evoca y libera el eco de la conciencia cantante del tiempo.

Soy el yo en el tú del mundo,

boca de alma

y padre de símbolos.

Hundido en el ser como un ejemplo de árbol canto la vida,

madurez que sube de la sombra y acaba en los frutos.

 

No solamente venimos a dormir, no solamente venimos a soñar al mundo:

venimos a vivir los días de nuestro sol de tierra,

y la yerba de primavera no necesita nuestra muerte…

En verdad os digo, ¡hermanos en Tonatiuh!, que venimos a vivir los días de nuestro sol, venimos a vivir entre las cosas y a comprender que el tiempo gira siempre con las mismas imágenes del cielo y de la tierra.

 

¡Oh quinto sol, astro de nuestra realidad, esplendor del día por quien los espacios se abren hacia adelante para la creación,

nuestros ojos se vacían de los terrores de la noche

y la muerte huye con su mueca de sílex!

Mirad, hermanos: asciende ya, milagroso y cotidiano: ¡niño de oro o bola de nixtamal sobre el metate del firmamento!,

y las sombras abandonan el espíritu, tambaleante, como estatuas obesas…

                                                                                       

                                                                                        Coro de doncellas:

 

                                                                                        ¡Ay que no nazca la luna

                                                                                        roja de Tezcatlipoca!

                                                                                        ¡Oh terror de negros senos,

                                                                                        parto de sombra en la roca!        

 

¡Siempre, siempre la tierra! Su celo y su sueño no sufren ninguna triste duración,

porque para ella, la eternamente abierta, todo momento es futuro y pasado

y sonriente inclina la testa coronada de viento, hormigas y constelaciones.

 

No así el hombre: su mejor canto es de esperanza: en su corazón la tierra no es todavía accesible certidumbre

sino presentimiento y desmayo fluvial,

y en sus noches de cerrados ojos el silencio cae como el follaje invernal…

No así el hombre: su miedo cambia como las efímeras cicatrices de sol en el agua

o palpita como corazón buscado por la obsidiana.

Su gesto tiembla al elevarse suplicante hacia las jerarquías astrales

y al llegar el día interroga a las sembradas laderas y a los triángulos migratorios de los pájaros…

 

                                                                                        Coro de doncellas:

                                                                                       

                                                                                        ¡Por el aire transparente

                                                                                        qué rumor de pluma y paja!

                                                                                        ¡Oh la risa de Xilonen

                                                                                        dentro de verde sonaja!

 

En verdad sabemos, ¡oh hermanos!, que los impasibles dioses mueren cuando el hombre nace a su destino

y que la dulzura de la primavera en los ojos de las muchachas anticipa la hecatombe de las piedras ensangrentadas

y derrumba los altos graneros de huesos.

 

Somos la paz en la fuerza, ¡oh hermanos!,

y nuestra alegría se baña en las jaspeadas aguas de la aurora, lejos del lugar donde los atabales convocan filos y penachos.

 

Establecemos códices de astros para los sembradores de semillas y grabamos en los troncos leyes de luna y de viento para los adalides de rebaños.

 

En el amor caemos y resplandecemos como una trenza de agua que chorrea sobre un hombro pétreo.

Nombramos montaña, girasol, pez, árbol, relámpago, como si nombráramos los motivos de la jarra pintada de nuestra alma.

Pero eso no es más que un resplandor que nos sorprende y consuela

para que sin máscara podamos ser testigos de los partos de la luz:

la realidad que nos modera, acrecienta y aloja…

 

El dese es como el halcón que desde la altura de su acecho interrumpe el vuelo circular

para lanzarse a la creciente delicia de su caída sobre la presa:

así el adolescente se desploma sobre la prostituta de risa de cinabrio en quien dilapida su siembra como sobre una roca…

 

Sólo en la colmada esposa de los orígenes nos sueltan para que volvamos tentaleando a ellos, recordando profundamente.

Entonces nuestros ojos cantan, y murmuramos: mujer, ante aquella que tiembla como una humareda en medio de un campo.

Pero llevamos en brazos un río dormido que depositamos sobre las montañas del futuro,

y así el mundo no agota nuestros actos e iluminadas todas las cosas vienen hacia nosotros.

 

Estamos aquí, ¡oh hermanos en Tonatiuh!

(de pie en nuestro hoy, colgando del cielo como atónitas corolas, vibrando como saetas detenidas en el aire, hijos del tiempo y combatiéndolo —sombra delante y sombra detrás—, tiempo de huracán de espinas y de soles erizados, tiempo de coito entre cacto y horizonte, tiempo de litigio de antorchas nómadas y semillas negras, tiempo de sauce y de simios estrangulados por las yedras rojas, tiempo de castidades bajo la mirada del jaguar, ¡oh lluvias, oh iras de cobalto en las cumbres, oh hijos míos!),

sí, aquí estamos,

¡en la comunión de la palabra que es flauta de quienes lloran, chinampa de imágenes y salto del venado de la sangre!

 

Cantar es desembocadura,

azoramiento de agua tranquila bajo la mirada aprobadora del firmamento.

Cantar es la llegada

después de las infinitas noches de cuerdas tensadas en el silencio del instrumento de la tierra.

¿Puede permanecer mudo el corazón cuando los ojos celebran la alegría de la mano llena que otorga?

En el canto las estrellas de la espera penetran en lo inefable como levadura eviterna.

 

Río de las generaciones en incontables figuras enlazadas en sudor, simiente y lágrimas.

¡Oh subterráneo caudal de besos, coágulos y luciérnagas empujado hacia la marcha del ser,

ciego aluvión de hambres y muertes de donde se alzan pétreos pastores inmóviles

y la Divina Terrible cantaba, devoraba y acunaba,

mientras en los remansos donde brillaba el espíritu los herederos solares de la vida

levantaban sus torsos de amapola llagada!

 

                                                                                        Coro de doncellas:

                                                                                       

                                                                                         ¡Dentro de un viento de yedra

                                                                                        el sueño rojo murmura!

                                                                                        ¡Y en los vados de amor calla,

                                                                                        con agua hasta la cintura!

 

Que el canto, ¡oh hermanos!, dé pensamientos al alma, más allá de su chorro y su acorde,

porque en verdad vivimos entre dos reinos, y de potestades contrarias somos línea divisoria.

Celebremos la aurora con el grito jubiloso que nace como la vela abrazada al mástil,

y dejemos que el silencio plante sus tiendas en nuestro espíritu, al caer la tarde, cuando es ternura la ladera del cerro y el sol se hunde arrastrando su roja vestidura y llega la desnudez de la luna…

Vivimos entre los trofeos del sol y las idolatrías de la sombra, entre el águila y la serpiente…

 

El ave sagrada en lo alto,

oh vigilancia de las diáfanas alturas y símbolo de la luz en la luz:

su pensamiento planeando y girando en sus propios éxtasis,

presa de la calma áurea del silencio donde se apoyan

sus grandes alas,

subiendo,

alejándose de las llamadas terrestres como una ráfaga de polen,

cerrando

en el amplio círculo de su vuelo aquello que en su repudio ya ha olvidado:

guirnaldas blancas de sus cumbres natales, llanuras

de la memoria, árboles de la vida, tempestades de la pasión,

humazones de la tristeza, río del tiempo;

ascendiendo

como un puro meteoro de la soledad que la aniquila con sus fuegos estériles,

ardiendo

con los ojos fijos en el sol absoluto de sí mismo

reflejándose en el espejo azul del cielo,

apagándose

en su dura conflagración de brasa,

enfriándose…

 

Serpiente, ¡forma furtiva!,

fría sangre de evasivos meandros, boca silbadora y muerte de doble pistilo:

¡oh materia cautelosa, huida de trenza y pesada caricia

sobre arcillas palpitantes,

madeja de hartura en los bosques profundos y viscoso

laberinto de anillo y ola!

¡Oh círculo de reposo sobre las tibias rocas de lo venidero:

conciencia de ojos inmóviles que derribas los pájaros

de la inocencia, asaltas con tus zumbantes venenos

a los hijos de múltiples brazos del alba

y danzas tus crueles sabidurías hasta que las mieles del día te convierten en flauta de jade,

diminutos soles

y agujeros de sombra!

De tu inmovilidad fluye la música: atravesado por el viento y tocado por los dedos de la lluvia,

el sonido puro se tiende como puente entre la negra y abierta

montaña de la historia

y las colmenas bermejas del tiempo…

 

                                                                                        Coro de doncellas:

 

                                                                                        ¡Ay que no nazca la luna

                                                                                        roja de Tezcatlipoca!

                                                                                         ¡Oh terror de negros senos,

                                                                                        parto de sombra en la roca!

 

¡Aguas

del Quinto Reino! ¡Aguas silenciosas

que huellan el alma con sus sandalias de musgo!

Aguas de eterno ritmo y resonancia, ¡arrullos profundos entre muros golpeados por puños

de espuma! ¡Oh verbo

en los oleajes del espíritu de la vida,

la gran invocación del espíritu primigenio, oh aguas

resplandecientes y puras de la liberación y la eternidad a través de las imágenes

esenciales! Oh aguas,

¡fardos marinos de alga, ola y ala,

trágica y resollante desnudez del Desollado azul con cuya piel de oro se cubre el día de la tierra!

 

¡Aguas

sembradas por la luz! ¡Amplias

magnitudes de la memoria como fluviales ancianos sepultados por milenarias lunas! ¡Oh urnas

de reposo donde el pensamiento desnudo se hunde y tañe vibrantes los rayos‑cuerdas de la cítara solar!

 

Cantemos, ¡hermanos en Tonatiuh!, las cíclicas aguas totales, ¡las fuerzas puras de la epifanía

del espíritu abrazado a la naturaleza,

donde palpitan los retornos engendrados por la eyaculación del infinito amor, oscilantes

puentes entre la nada y el futuro!

 

Caudales y visiones,

cuerpos incansables de los ríos, yacente estatura palpitante de la belleza, ¡oh aguas

del amor y la Estrella,

asalto de rompiente que levanta los felices nombres de la tierra, fuente del canto!

 

 

VIII. Ojo desnudo, vestida voz

 

Quebrador del Arco Iris y Maestro de Discordia me han llamado.

 

Diré cómo me ungió el sueño frente a la sumisión de los cuatro rostros del viento:

 

De las aguas dormidas yo surgía, sin más canto que túnica de aire y aroma entre los hombros y los pies, ¡oh nómada en pie de mis palabras en el umbral de abejas del conocimiento!

 

Era la hora de la primera ternura de la luz en el País Alto

donde las noches nacen con lepra de plata en el rostro

y los días llegan con máscaras de cuarzo tenue,

cuando ofrecí a la Estrella la flor de escarcha de mi corazón,

y me investí de hojas contra vosotros, ¡oh Poderes

 

sin estación ni risa, soledades rodeadas por las gigantescas tortugas invertidas de vuestras leyes!

 

Soñar es abrirse

mientras la realidad atisba en vuestra sonrisa frente a la unánime ovación de los maizales del amor, ¡oh Amantes que os doblais para ataros en un solo haz con lo que amais, y es escuchar el trenzado gemido de ave que alzais en canción hasta la frente del cielo, en testimonio de la tierra, oh fieles de esplendor que anegais la ciega risa de la lava entre los muslos de una núbil…!

 

No quebré el Arco Iris, pero mi flecha ha doblado el recodo y asciende hasta la más alta fuente, donde nace aquella que danza acostada sobre la tierra. ¡Como el agua sois, oh Amantes!

 

Y como el agua os levantais de vuestro cansancio de sol para entrar al invisible remolino que traza su espiral sobre los silencios en flor de las cumbres de la creación; tú, el hombre que a tientas reincide por los veranos del deseo; y tú, mujer, tu falda llena de luz, que te curvas en el asilo de la redonda madurez del fruto, para que así el mundo no envejezca.

 

Pero el canto va más allá de la dormida desnudez de la Amante

(rostro y cabellera de cometa detenido,

asa rota del brazo izquierdo,

leve flexión de las piernas que sostienen aún el éxtasis

y el cataclismo de las caderas,

la mano abierta al salario del silencio,

el sexo como una canoa varada al fondo de la bahía del vientre

y el olor de las axilas invadiendo, afuera,

la sombra de los árboles…),

y rueda alrededor de la resurrección que palpita en todo lo que está cerrado, donde inútilmente llaman los dioses sin nostalgia.

 

El Amante, en cambio, como el emblema de su dual origen, cuelga sobre la calma montañosa de la música de su radiante fuerza, rozado únicamente por el aliento inmemorial y la llamada del futuro.

 

Sólo aquel que, sereno, sube de la sombra y tiembla en la luz puede presentir lo eterno y, alimentándose en la alabanza infinita, hacer que las cosas habiten el espíritu…

Dulce es toda cosa fugaz y qué más da que la muerte clave su uña de zopilote en el flanco de corola de la mañana.

 

Halcón dorado, vuelo de acechos, sobre mi hombro te poso y, en la lunación del verbo, las imágenes federo bajo la ofrenda de los senos del alba.

 

Ojo desnudo, vestida voz, me llamo a mí mismo.

 

 

IX. La embriaguez

 

—No hables, Nanotzin, no levantes la cabeza de mi hombro. Los álamos plateados se balancean en el viento. No hables, cierra los ojos.

 

Vuelven a mi memoria rostros olvidados,

huesos augures,

pájaros aurorales.

Mis manos te acarician con sombra de alondra.

Estás desnuda.

Las estrellas aún duermen en el rocío de las piedras.

Estás verano,

estás hierba,

estás luz sobre un cuchillo.

Eres y estás. No hables. Mi alma hunde su cántaro en mi espíritu…

 

Soy Ehécatl y huyo con los pájaros y la cítara de la lluvia; soy Topiltzin y viajo en

nubes sueltas de viento; soy Quetzalcóatl y camino cargado con mi árbol de piedra.

 

No hables, Nanotzin. Tu sonrisa se desvanece como un anillo en el agua. El alba rompe         sus flechas a tus pies. No abras los ojos.

 

Mis palabras, como el agua, siempre van vestidas de imágenes. Agua de recuerdos y de desembocadura…

Había jeroglíficos de luciérnagas a los pies de los cuatro gigantes de Tula.

El horizonte avanzaba con sus lanzas y alaridos. Caímos todos. Reían los filos y había mariposas de sangre en los muros de ladrillo. Se derrumbó el puente de llamas sobre el río negro…

 

En tus ojos nacen árboles dorados, Nanotzin, nombre habitado por el follaje. Entré en ti como un coyote de dulzura…

 

En otro tiempo yo caminaba, tambaleante, abrazado a un sol moribundo. Y mi voz era un hacha en el bosque de las teogonías. Más allá del país verde se divisaba el secano coronado de espinas.

 

¡Cómo pesan los besos, Nanotzin! Sembré soles en tu vientre. Ayer eras la doncella de los

mechones brillantes. Hoy te llamaré Chalchiutlicue de rostro de agua cuadrada.

 

¡Siempre agua y piedra! Eternidad de piedra. Tiempo de agua. Los álamos parecen centinelas de oro rodeados por el aire azul.

Soy el mesías de la luz contra los siglos de piedra roja,

los sacerdotes vestidos de insectos

y la sangre dilapidada.

 

Vine del este con una gaviota dormida en el hombro; risas de palmeras trazaron mis caminos; una máscara de sal delataba quién era yo.

 

Nanotzin, no duermas. Abre los ojos. No hables. Mírame. Mis palabras esculpen tu silencio. En tus pechos se esconden dos tortugas de miel.

 

Te llamaré día de cereal,

anchura de barca sobre mis aguas más profundas.

¡Siempre piedra y agua! Un día me iré por el agua, río arriba, hacia la paz de los meandros,

pisando la serpiente blanca tachonada de soles.

 

¡Mírame, Nanotzin! Tócame con tu sonrisa de amapola.

Estoy desnudo. Mírame.

Estoy llama,

Primavera estoy,

estoy espiga…

 

En el cielo, ahora, un jaguar de esmeralda está al acecho, y la acurrucada sombra del nopal, afuera, más allá de la puerta, se mueve y avanza hacia nosotros…

La sombra se yergue como un laberinto de colmillos y matrices y símbolos, y chispean los fríos  y verdosos

ojos de Coatlicue, la sombría madre, la madre muerte y la madre vida,

la Diosa Madre

de senos colgantes,

collar de manos cortadas

y corazones arrancados…

 

Ay, Nanotzin, ¡la mujer de ojos verdes nos mira fijamente

desde la sombra rodeada de aurora, y su collar

llora sangre! ¡Ahuyéntala, Nanotzin, con la luz

de la Estrella de la Mañana que brilla en tus ojos…!

 

La sombra ya recula, Nanotzin. No cierres los ojos. Ya no estamos solos frente a los voraces orígenes, porque la sangre canta en el árbol del cuerpo,

árbol de Tonatiuh cargado de frutos.

 

El futuro, Nanotzin, pertenece siempre a las madres

luminosas, como Chimalman, que fue la mía, y esperó

desnuda delante del maguey, con el cuerpo pintado de rojo

y amarillo, para así recibir a aquel que fue mi padre…

 

¡Mira el maguey, Nanotzin, allá, cerca del nopal sin sombra!

Mayahuel,

diosa del pulque,

mujer de los cuatrocientos pechos que amamantan a las estrellas,

surge entre las anchas pencas…

 

Soy Quetzalcóatl de luz y de viento, Nanotzin. De mi fin nacerá mi principio.

Respiraré en el tiempo, viviré en mi estrella y en mi último vuelo

me acompañarán las gaviotas.

Hundiré mi coa ígnea en los sembradíos de la Eternidad y de mi semilla

brotarán milpas de astros.

 

Nanotzin, tu cuerpo es mitad fuego, mitad oro, como el de mi madre, y el rumor de mis álamos en él se aposenta.

Cuando el sol salga huirá del cielo la Estrella que ahora brilla en tu mano enlunada.

Entre los sauces te vi la primera vez…

Apenas si pude verte allí, porque hacía poco había escuchado en mi corazón el primer canto de la tierra.

La noche anterior había luchado contra Tezcatlipoca, y todavía llevaba cicatrices de sombra.

Dejé a tus pies la flauta de barro del niño

de la noche, y me fui hacia el río.

Nanotzin, toma mi Estrella: la eterna hormiga de luz…

 

Largamente he cantado el sueño de la tierra

que se parece al libro de los destinos pintado por los cuatro vientos del alma.

Siempre cantaré la tierra visible que invisible recuerda en mi corazón de semilla.

Pero no somos la tierra, Nanotzin, porque la muerte estable pesa en nosotros,

y es nostalgia y es distancia.

¡Cantar la tierra! Oh, Nanotzin, ¡el canto no basta entre la nada y las furiosas Madres incansables!

 

Ah, ser de la tierra un día, ¡no cantarla como un niño que grita de miedo en un cráter extinguido!

Siempre recién llegados, agradecemos lo que es moridor:

un umbral,

una mazorca,

una flor,

y las cuerdas de nuestra música son caminos que corren infinitamente hacia el pasado,

bajo los astros interrogadores…

 

Oh amada tierra, ¡ya bastante han servido mis ojos a mi voz!

¡Y poco he vivido en el canto la eternidad!

¡Sólo en la caída y en la ascensión somos terrestres: entrega y don en el ritmo de los martillos

del amor!

¡El viento, el viento sobre el yunque, Nanotzin! ¡La danza!

 

¡Oh grávida soledad de la tierra! ¡Oh graneros de las esperas

de la creación donde duerme el vuelo de las bandadas de oro del futuro!

¡Oh pájaros surgidos del arco de la angustia y lanzados a la llamada de los puros espacios del ser!

 

Delante de la nueva luz callan las voces antiguas, Nanotzin. Pon tu cabeza sobre mi pecho y escucha el canto de mi corazón, ahora que la sombra del nopal continúa inmóvil. ¡Escucha!

 

¡Oh tambor de la primavera donde redobla el ritmo de la sangre! ¡Oh brusca elevación del salto que nace en la música de las raíces! ¡Oh árboles libres de la fuerza que asciende hasta la ternura y temblor de las constelaciones!

 

¡Mira, Nanotzin! ¡Danzo para ti la alegría del mundo! ¡Danzo alrededor de tu cuerpo y frente a los álamos rojos de la mañana!

¡Danzo por el cielo, en las encrucijadas de la brisa, mientras la tierra, lejana bajo mis pies, juega con sus frutos y los niños de niebla!

¡Soy un beso florido que danza, Nanotzin!

¡Cuánta desnudez callas con los ojos cerrados! La hormiga luminosa

se ha detenido sobre tu rodilla…

Callas remansos,

callas cumbres,

callas fuegos de la tierra.

 

Arrodillado a tu lado, imploro ya otro canto con manos extendidas y temblorosos labios.

¡Y caigo, Nanotzin! ¡Las raíces me llaman. Lluevo, lluevo sobre ti, Nanotzin, tierra mía!

Ya soy agua yacente,

espejo de ti,

interjección de espuma,

hormiga…

 

El hilo de mi viaje se alarga por tus comarcas:

tibias laderas de los vientos, caracola secreta, valle de las dulces lunas, región de las dos colinas, cisterna de los besos…

Oh Nanotzin, ¡de tu testa de sauce cuelgan trenzas de brisa y de cantar de los pájaros!

¡Méceme en tu falda de corteza,

envuélveme en sombra verde,

lava con savia mi sueño!

 

¡Ah! ¡La sibilante sombra del nopal se arrastra otra vez hacia nosotros, Nanotzin! Llama con tus brazos a los pájaros del día. Escondámosnos bajo alas vivas…

 

Protégeme, Nanotzin, de la roja Coatlicue. Abrázame, estréchame entre tus brazos de ramaje y sálvame de la diosa terrible que abre sus ojos dentro de mi miedo de niño de corola; llévame lejos de aquí… soy pequeño…

muy pequeño… más pequeño que la hormiga…

 

¡Escóndeme, Nanotzin! No hay pájaros del día: sólo rumor de follaje y la tiniebla de verdes ojos minerales, la trepadora sombra sin Estrella… Abrázame con fuerza, árbol de la vida… Húndete en la tierra hasta las rodillas, madre… Quiero dormir en tu regazo, Nanotzin… Húndete…, así… Contigo el tiempo no es violado por el sexo de granito de la muerte… Húndete antes que la Sombra llegue con sus babosas del silencio… Así… Ahora te hundes… Y sonríes a gaviotas, girasoles, arcoiris que vienen a tu encuentro… Oh, abres tus ramas al mar…, la ola se alza, se hincha, se encrespa y cae, y se duerme…, y yo también caigo y me duermo…, llovizno…, me duermo, llovizno…, llovizno sobre ti, gigantesca madre, y toco tu collarcito de mazorcas… Méceme, Nanotzin, cántame el mar…, cúbreme…

 

—Sí.

 

X. El espejo humeante

 

Al oscurecer había cruzado el río: angosto cayuco negro, aguas amarillentas, sol de pedernal mojado y el roto fulgor blanco de una garza sobre su cabeza: jacintos flotantes, lentos junto a las orillas y más rápidos en medio, girando: el zopilote en lo alto, en la cintura del cielo, ave horrenda de maravilloso vuelo, a la cual dirigió sus ojos mientras la barca trazaba su arco sobre las aguas y llegaba al lugar de los agudos juncos…

 

¡Oh cuerdas del poniente! Trenzados colores oscilaban por el aire cuando saltó, ya puesto el sol, sobre la tierra blanda donde se clavó la proa como el pico de un gran pájaro. Y aspiró el primer vaho de la noche, y en su espíritu las palabras se juntaban como hormigas locas, mientras nacía redonda la que es tierna en el cielo.

 

Quetzalcóatl vio a la gris vaticinadora de brazos en alto acostada sobre el espeso follaje de los pinos. «Ha venido del agua y pronto se precipitará por el regato. Niebla. Tendida de cara a las estrellas, escucha el rumor de su padre y ríe. Niebla»… Caminar con la cabeza dormida y el cuerpo despierto. Caminar los pensamientos como sueños, las imágenes como puentes, y menos sombra y más sombra, dormir y no dormir, cada vez más lejos y más cerca de sí mismo… Es bella la gigantesca mujer de niebla dormida sobre el arbóreo lecho, y sus largos cabellos como tamo de cardo y espuma… Bella como Nanotzin, cuando… Tuit, tuit… Nanotzin bajo el sauce en la otra orilla, abierta, brillando como una jícara mojada… Chiut… Chiut… Pájaros de mal agüero: la lechuza en la hornacina del silencio, y el búho, pájaro bergante, según las viejas, que horada el cabello con el que chupa la región sin horizonte… Tuit… chiut… Y Nanotzin dormida, ayer, y el río mirándola entre las ramas con ojos de sol multiplicado… Nanotzin, la que es tierna en la tierra…

 

Silbo tu tú,

hipo del yo,

busca tu fuga

del sí y el no.

Silbo tu tú,

tu, Tú…

 

Y

 

vuelo y susurro

entre follajes

y profecías

—Xilam Balam,

chillidos y siglos…

¿Tiene tu alma

su chalchihuite?

 

La adivina de cien brazos se desprende de su lecho de frondas mientras peina su blanca

cabellera de murmullos que huyen a horadar la espalda de las montañas:

 

                                                           Pesada de leyendas,

                                                           ligera de sonrisas,

                                                           me sacrifica el viento,

                                                           abismos me reciben.

 

                                                           Vieja soy y doncella,

                                                           velaré entre abedules,

                                                           me abrazaré a las ceibas

                                                           de búhos y presagios.

 

                                                           Duerme sobre mi vientre

                                                           un tranquilo pez verdoso.

                                                           Tendré una muerte muy lenta

                                                           de amarillos brazos flacos.

 

                                                           Sacerdote sangriento,

                                                           ¡oh sol que ya me desnudas,

                                                           horror de piedra y de oro,

                                                           boca de Popol Vuh…!

 

Quetzalcóatl se detiene a mitad de la cuesta, impedido de avanzar por las dos frías manos transparentes que le cogen la cabeza, y en el silencio de su alma, oye los murmullos:

 

                                                           —¿Quién nació cuando bajó?

                                                           —Ay, aquel, aquel, aquel

                                                           que al morir brillará en el cielo…

                                                           —¿Llegaste o aquí ya estabas…?

                                                           —¿Quién eres, quién eres, quién eres tú…?

                                                           —¿Has llegado, tú que fuiste

                                                           creado en la larga noche…?

                                                           —Ya estaba allí desde antes…

                                                           —¿Llegas, llegas ahora…?

                                                           —Vuelvo siempre. Siempre vuelvo…

 

La que camina durmiendo canta y cuenta, y ahora la acompaña aquel que camina y duerme también entre la lechuza y el tecolote silenciosos. Tu tú, tu Tú… Ha llegado, sí, desde lunas y soles y ecos antiguos.

 

Pero ya estaba ahí. La niebla canta entre sus piernas. Ya estaba allí, como la idea del vendaval está en las velas deshinchadas de las almas. La niebla sombra florida canta y llora su canción tejida con hilos de río:

 

                                                           Un cerro de calaveras…

                                                           será una gran rueda blanca…

                                                           sobre girasoles marchitos…

 

Y el augur del este le dijo junto al humo negro:

 

—Cuando hayas lapidado los recuerdos con piedras de estiércol entrarás en los solares katunes lejanos, y dirán de ti: «Aquel que enciende la cornamenta del venado, aquel que pinta su imagen en el viento de la eternidad»…

 

La niebla solloza contra su pecho y comienza a narrarle la historia de Ixquic, la doncella que partió en busca

del Árbol de la Vida y luego volvió a la tierra sin morir… La canción se deshizo en el aire y sobre la yerba. Él no es nadie solo, y nadie escucha sus pasos, la suave rotura de la huida canción. Y murmura dulcemente: «Me voy. Sé el nombre del espíritu que va delante. Hendiré la piedra, esconderé mi nombre, soplaré sobre el espejo humeante que abrirá su belleza»…

 

Suelta, su cabellera canta sobre el pecho del viento:

 

                                                 … me he quedado sin senos…

                                                                          … tendrá argollas el cielo…

                                                                          … huipil de telarañas…

                                                                          … danza de las hachas…

                                                                                                                     

                                                                          … revoloteando me muero…

                                                                          … ay, ¡espinas de estrellas!…

                                                                          … tengo sed, yo que soy agua…

                                                                          … soy un sueño colgante…

 

Quetzalcóatl sale de la canción de la niebla de la noche

del cielo estrellado. ¡Oh banderas y dardos y rutilantes flagelos! ¡Oh cereal cristalino y goteante bestiario y laberinto de surtidores! ¡Oh árboles de números resplandecientes y la titilante multitud de lanzas inclinadas ante cetros giratorios! ¡Oh colmenas de donde chorrea la miel negra de la eternidad e inmóvil huracán de pavesas y bandadas! ¡Oh maizales de la alegría de sus ojos y sello de felicidad en su cara levantada! ¡Y siempre la promesa de los astros coronando la sumisión de la sombra de la tierra! Pero ¿quién dirá la medida y los nombres del misterio de las transformaciones sino la profunda compañía de la palabra que posee, crea y salva? ¡Te hablo, Noche!

 

—Hola, piedra:

eres el estar sin ser, al mismo tiempo madre dura de tu propio nacimiento y de tu muerte en el tiempo, donde permaneces sin ser tiempo ni crearlo, porque no puedes cambiar ni envejecer dentro de la esterilidad que cierran tus perfectas corazas, inmutable puño y ejemplo de peso, sílaba de espanto y ojo ciego en el fondo del pozo…

 

—Adiós, luciérnaga:

te nombro perla voladora y rectifico tu azaroso vuelo para trazar con tu luz el nombre de Nanotzin…

 

—Te saludo, nopal:

¡oh mendiga de las plantas! Erizada y polvorienta, lacerada de soles y toda tú manos extendidas, sucia y sedienta, llevas al águila en tu hombro y sueñas el corazón dorado del agua que nunca llegará hasta los monstruos de tu sombra…

 

-No te muevas, yerba:

sigue acostada, tú que recibes a aquella que pare adornada de collares azules, cuerpo y lecho de ti misma, y sopla sobre tus senos para que el aire propague la canción de tus grillos hasta los pies de aquel que no tiene nombre…

 

-—Aquí estoy, Sombra:

he llegado. Sabía que me esperabas en esta encrucijada de los cuatro vientos y el destino. Y aquí he venido a toparte, Tezcatlipoca, estéril comedor de colibríes y ladrón de panales, aquí, donde me esperas desde el día que te sangraste sobre el tecolote para procurarme la muerte. Tu espera ha creado mi llegada. Cuando huía de lo que eres, sin saberlo avanzaba hacia lo que odio en ti y me confirma, hermano. Y aquí seguiremos hasta que me derrames o te ahogue yo; hasta que en ti yo acabe o de ti nazca mi principio…

 

Saltó la Sombra,

ligera como una ráfaga invisible, y Quetzalcóatl se inclinó para recibir en la espalda su inevitable y asumida caída: fardo y peso de jaguar y aferrada ferocidad y abrumadora dulzura: una ancha zarpa sobre su pecho, a la altura del corazón, y la otra clavada en su hombro… Lentamente hincó una rodilla, y entonces un hilo de voz llegó hasta su oído: «No seré tu fin ni seré tu principio, Quetzalcóatl. Silbo tu tú. Habito tu yo. Dividamos poderes: sé tú la Estrella de la Mañana y yo seré la Estrella del Atardecer. Accede a mi deseo y dobla la otra rodilla. Nada puedes contra lo eternamente joven, la fuerza que domina la conciencia, el sol de la noche: en mi espejo vela y duerme el tiempo. Lo sé todo. Soy frío»…

 

Dolor de la sombra y peso del mundo sobre él. Doblado pero no vencido. Será las dos Estrellas o no será ninguna. La garra busca su más profundo latido. Tu tú… La tierra sube a su boca sellada. Tu tú… «¿Has

llegado o ya estabas aquí? Algo muere en cada nacimiento y algo nace en toda muerte»… Tu tú… «Estoy naciendo, ¡oh desconocida madre oscura! ¿No sientes mi caída?» Tu tú… Seguirá callando, como el tiempo cuando se despoja de su invierno y como la lágrima que cargada de imágenes resbala por la mejilla de un ciego y horada la mano que la detiene. Tu tú… ¿Qué murmullos corren por su espalda de acueducto?

 

                                                           Temblor y polen

                                                           de inmenso pistilo…

                                                           Titilan sonidos:

                                                           hilo infinito

                                                           que une la boca

                                                           al espíritu…

 

Curvas uñas de obsidiana se clavaban ahora en sus ojos cerrados. Oh, ¡canta, noche, hasta que el corazón, la brisa y la Estrella se unan en un mismo latido! ¡Sopla, oh dulzura de mar y de cumbre, sobre el sudor que la angustia restriega sobre su cuerpo martirizado! «Abre los ojos, Quetzalcóatl»… «¡No!» Nunca los abrirá para la tiniebla sin rostro. Tu tú… ¡No! Seguirá bajando hasta su nacimiento entre los muslos rocosos de la que gime con los senos rodeados de cielo y su pesada cabellera negra cayendo al abismo de los sueños… Tú-yo…

Yo-tú… «Abre los ojos, Quetzalcóatl, antes que te desgarre los párpados. ¡Mira mi luna negra!» ¡No! ¡Oh murmullos de paja barrida por siglos de viento! Tu tú…, tu tú… «He sembrado mi piedra de belleza en las imágenes del mundo. Mi espejo confirmará tus sueños y tus deseos»… ¡No! Seguirá naciendo, bajando por sus propias sombras y escuchando la inefable música que vaga por su noche… Tu tú… Sonaba como si hollase suavemente la tierra dormida, avanzando con el ritmo sereno y recompuesto de una doncella que vuelve al río con un cántaro lleno en la cabeza… Tu tú… ¡Ah! ¿De qué falda de montaña descendía el maravilloso sonido de flauta, su filo que se hundía y moría en sus ojos sangrantes…?

 

¡Caían

sangre

y mirada!

Oh luna y súbito rostro en el espejo vidente…

 

—vertiginosas caudas giróvagas, espirales de sonidos incendiados, estelas de hielo

donde se besan los colores del sílex, juncos de cuarzo en las orillas de la penumbra,

oscilantes chiches del mediodía, el torso del canto en los vados del alma, bosques que

caminan con cayados de lluvia, espumas viriles solazándose en las grietas

milenarias, cobres cantando sobre la rosa silvestre, mares, tierras y soles en el

aliento teogónico del tezontle, el tiempo de boca cavada bebiendo el calostro del alba…

 

Descendía

en pasado

y en futuro…

Y su voz tentaba con imágenes:

 

«Por mí la tierra te trae auroras, y se alzan los pájaros de tus sentidos, y caminan los árboles de tus deseos…

 

«Nombra y serás: saldrás del mito y te hundirás encendido en la historia…

 

«Un puño de humus sobre una corola, una mujer desnuda con brazaletes de yerba, el celo de un pastor hirsuto

detenido en un vientre solar…

 

«Pastos infinitos para los ojos, embelesos de cambiantes formas que se abandonan, vino de los éxtasis secretos, frutos tatuados por el jadeo sobre pieles núbiles…

 

«Penachos lanzados a los pies del poder, muro de escudos sosteniendo las últimas soledades, banderas de besos y estandartes de uñas…

 

«Sin mi múltiple eco que contesta: “Tú eres, sólo viento enloquecido será tu: Yo soy…, oh mísero bebedor de tu Estrella”…!»

 

Dolor

del Ser,

¡oh Sombra aliada del tiempo!

 

—Nombro a Tezcatlipoca

que junto conmigo desciende.

Oh, ¡ya soy, ya soy, ya soy

todo el mundo en mí mismo!

 

La Estrella

germinaba

en el surco de su ojo…

 

Quetzalcóatl alzó su paz de rostro mojado: oyó los pesados y lentos pasos que se alejaban hacia el oeste y al invisible niño de la tierra y la noche que se acercaba con su dulcísima música… Oh, ¡piedra, luciérnaga, nopal y yerba volvían a sus ojos, y los sones de la flauta yacían en su sonrisa…! La tierra descansaba, encerrada en su espíritu. ¡Canta, profunda ocultadora que te desgarras para que el mundo se acople con la altura!

 

Sube tu tú,

baja tu yo,

ya viene el futuro,

que es beso de dos.

Flauta del mundo

de sonido lábil,

canta el yo-tú

de luz…

 

XI. El libro de pinturas

 

  1. Aquí escribiré para mis discípulos más amados algunas de las palabras que han vivido dentro de mi corazón y en mi espíritu. Registraré las verdades de la vida para recuerdo mío y para que después, ¡oh hermanos futuros!, caminen hacia vosotros y las escucheis en la paz de vuestro tiempo y en los soles que se alzarán de vuestra sangre.

 

  1. Digo aquí las palabras que son como el grano que se deja caer dentro de los surcos con mano que después implorará la lluvia a los benignos cielos. Con dedos toltecas pinto aquí las imágenes; que todas ellas se enderecen como se endereza la serpiente y que brillen como los ojos de las águilas. Y que los sones de las flautas de mis vientos suaves las desparramen entre los hombres y las mujeres que vendrán desde los cuatro puntos del horizonte (blanco, negro, rojo y amarillo) y ahora viven en los llanos y en los cerros.

 

  1. Trazo el signo de Tonatiuh: el círculo. La boca del eterno profeta del eterno retorno.

 

  1. Digo que tres son las cosas sagradas: la tierra, el espíritu y el cuerpo. La tierra se toca con los labios, el espíritu se escucha con la sangre y el cuerpo es un cielo que se acaricia con la mano.

 

  1. Digo la eterna canción del fuego entre el hacha y el grillo.

 

  1. Digo que me parezco a los siglos que me cambiarán, ¡oh sauce que duermes tus mutaciones en el pecho del viento!

 

  1. Digo que como las aguas cambiaré de rostro. Pienso en el prodigio y el horror del tiempo. El cielo tiembla de astros y la tierra de generaciones. Entro a la estancia donde las palabras me esperaban de pie. Misterio y presencia de las cosas. Con un delgado brazo de árbol he pintado con luz de sol el río lejano. Cambiaré de rostro. Las palabras callan, sonriendo. Son el mundo. Canto las yerbas, los pájaros, los árboles. Separo la palabra Amor y la amarro al tronco de la aurora. Y ahora me voy hacia los tibios taludes, otra vez seguido por la amada silenciosa y toda brazos abiertos. Mana luz de sus senos, la noche se oculta en su cabellera y guarda arcoiris en sus axilas. La llamaré eternidad, por más que su nombre es tierra. Canto la canción de sus ojos. Sólo con el espíritu el dios fecunda. Cambiaré de rostro como las montañas.

 

  1. Digo los meandros de los sueños sobre una tierra virgen. ¡Imágenes! ¡Imágenes! ¡Oh imágenes lentas como miel de trasegar!

 

  1. Digo el misterio: niño invisible que dispara su constelación con cerbatana de sombra.

 

  1. Digo que la palabra sin espíritu es como un sol de cal sobre el vientre de un muerto. Ouaia. Algunos amantes iban preguntando, obedientes, sobre aquello que ocultaba el alba, y desentrañaban después cómo habría de ejecutarse la Palabra de amor. Se me acercaron con rostros similares, y hablé para que pudiesen ir al encuentro de sus actos y de su música, y para que sus pensamientos no se llegaran a enfurecer como abejas encerradas dentro de una calabaza. Ouaia. Como un viento tibio se dirigieron hacia las aguas lustrales del Remanso Sombrío, y poco después pudimos ver entre las rocas sus cuerpos resplandecientes, semejantes a dioses de semilla. Al regresar, cada uno tenía un rostro único, y se fueron silenciosos y mirando al cielo, hacia las estancias donde las vírgenes esperaban sin vergüenza, de pie y olorosas a troncos, junto a los umbrales. Ouaia. Y hubo una noche de sangres exaltadas y savias cantantes. Y se volvió a contar el alba, la aparición del sol, la luna y las estrellas. Y la crónica de las generaciones empezó otra vez con el canto nocturno de los sembradores…

 

  1. Digo que mi más profundo amor se aguza hacia el futuro. Congrego caminos en mis manos cuando se ensancha la aurora, y no celebro consejo con los vasallos del pasado que se adormilan delante de las negras estatuas. Mis ritmos provienen del sol, de la lluvia y las simientes. Pero lo que es temporal me modera y pone temblores en mi canto. En mi boca hay un beso que pesa como una barca dormida…

 

  1. Digo que la Estrella de la Soledad se convertirá para nosotros en la Estrella de la Alianza. Sólo de este modo no se reflejará en vuestros ojos la tristeza de los cielos, el éxodo de las alondras.

 

  1. Digo que sólo se llena aquello que se hunde.

 

 

*   *

 

  1. El nacimiento de las flores astrales es una herencia de los ojos que pasa de padres a hijos. Duerme, viento, en mi cítara de tortuga: ¡te levantarás convertido en ladrón de cantos!

 

  1. Canto y espero.

 

  1. Canto a Itzpapálotl. Esta noche, cuando regresaba solo de las colinas, mis ojos se detuvieron en ella. Yo, el despierto, aquel que había caminado lejos de sus caminos cargando a cuestas el pesado espejo de los recuerdos, he visto a la que es tranquila y siempre espera vigilante, aquella que tantas veces se me ha aparecido en los yermos. He visto a Itzpapálotl sentada sobre una redonda biznaga, cerca de los mezquites. Tras contemplar su ancha faz de ojos cerrados, murmuré a sus pies la canción de la mariposa de obsidiana. Y más tarde canté para mí en voz alta a la diosa que tiene los muslos de agua pintados con liquen celeste, mientras la luna brillaba como una tajada de jícama.

 

  1. No imito del junco su servidumbre al viento sino su resistencia a dejarse arrancar de la tierra. Soy ejemplo de rama que se inclina para dar. No canto la tristeza que es, no más, humo alanceado.

 

  1. En la altura se celebra; en la profundidad se canta.

 

  1. Mi mano se movía sobre las cuerdas del instrumento como un cincel de espacio. Una mano lejana y ajena a mí, casi lejana y extranjera. Pensé que la música no surge del espíritu ni de la tierra sino del inexplicable misterio… Alejé el miedo del cuenco de mi mano llenándola con un gran fruto amarillo. Y el silencio pacifica ahora la discordia de las sombras; un silencio que cae como las negras y brillantes trenzas de Nanotzin.

 

  1. ¡Qué claridad en aluvión de relámpagos cuando el espíritu baja! Visión de los años. Profecías. Los árboles. Las palabras, como hondas pajarerías. Los brazos del solsticio convocan nuevas lluvias.

 

  1. Como obra de alfarero nos quebramos cuando la maravilla nos golpea con sus juncos de vértigo.

 

  1. Canto la llama de mil rostros y una sola boca, yo que, adolescente, fui portador del fuego nuevo, durante la noche del miedo y los ojos vueltos hacia el cerro donde la resurrección de los tiempos había de elevarse desde un pecho acuchillado… Me hallaba en un estrecho sendero, desnudo e inmóvil, pero en mi espera heredero ya de la llama que se acercaba con su alegría, una entre las miles que brillaban y corrían por el valle… Ni el rostro vi de aquel que me correspondía relevar. Salté dentro de la sombra, y mi brazo voló con su tea, y corrí con mi llama por lo alto y mi corazón enriquecido por el júbilo… Cierro los ojos y murmuro lentamente mi canto del fuego ahora, porque la ceniza me ha enseñado sabiduría.

 

  1. Me quedé dormido a ras de la sombra, cantando mi canción del fuego… Ouaia. Llevaba túnica aquella noche mientras corría con la antorcha. Y una máscara ardiente me cubría el rostro. Hice mi recorrido, entregué la llama, y caí agotado sobre la yerba, que me recibió con su blancura y sombra… Ouaia. Allí soñé con tinieblas cruzadas por aves de llama renacida y ráfagas de gritos florecientes… Canto al fuego, ala de mi futura ascensión.

 

  1. El dios es la patria invisible que hace de nuestras vidas un retorno continuo y vulnerable. Pero Tonatiuh es vivienda y azoro de la sangre.

 

  1. He visto la hora incierta en los rostros de los hombres y el sello de la soledad en los labios de las mujeres. Desde un recodo del camino contemplé el nacimiento de la Estrella. He caminado entre el mudo, el ciego y el loco. Ayunté un objeto con una imagen del espíritu. He derramado amor sobre una inmóvil sombra fragante. Y la aurora ha encontrado mi alma vestida de corteza y rodeada de colmenas.

 

  1. Me parezco a todos. ¡Y nunca seré repetido!

 

 

*    *

 

  1. Creo.

 

  1. ¡Creo que sólo el corazón del espíritu realiza el alba, oh Xelhua, mi más amado discípulo!

 

  1. Creo en la noche, pero odio la sombra que no tiene piedad de los rostros y acaricia al murciélago de la muerte en el cogote de la primavera. Acércate, amigo mío. Contaremos los años desde el nacimiento de la yerba y por los nudos hechos en la cuerda de nuestro Pensamiento del Mediodía… La sombra cuelga del garfio de la luna como una res cubierta de moscas de plata. Acércate, Xelhua. Cantaremos nuestra canción junto al miedo de las biznagas…

 

  1. Creo en la sabiduría que un viento de luminarias murmura en mi corazón.

 

  1. Creo en las metamorfosis de toda cosa terrestre en el entorno de mi herida más profunda. No hay combates del fuego sino de la luz. El brazo nunca es heroico, Xelhua. Deja el escudo. Sé sordo a la ira que se gasta en vociferar las indigentes idolatrías del tiempo. Retírate de la ventana para que el resplandor de las lejanas hogueras desaparezca de tu frente. Háblame, Xelhua, de la hora del sur llamada Sol de los Venados. ¡Y llora sobre tu espada!

 

  1. Creo en la hora que es línea divisoria de paz y de semillas, cuando el crepúsculo encarna en la figura de una mujer hilando, las luciérnagas se encienden bajo las umbelas y tu sonrisa, Xelhua, nace a la ternura del aire. Escúchame. Tendré un destino de aguas y ascensión.

 

  1. A veces creo que la muerte es grande porque sólo existe para que el espíritu pueda izar los estandartes del sueño y la resurrección. Ouaia. Mi silencio me escucha con la oreja puesta sobre mi pecho. Pero ¿quién escuchará lo que siente sino yo mismo? ¡Ah! ¡En alguna parte, muy cerca, sangra la eternidad, vertical tumulto de árbol vivo que se eleva de las duras canteras primordiales! ¡Oh Roca, inmóvil centinela de lo absoluto, Idea-Astro y flor numérica cuyos pétalos se levantarán poco a poco en pirámide! Ouaia. ¡Ay! ¡El árbol ha dejado de moverse, Xelhua! El tiempo resuena en el pesado caminar de los innumerables esclavos que amontonan las piedras de la asunción. Un viento cae. Un dios se levanta. En cada cumbre brilla una hoguera.

 

  1. Creo que el Conocimiento se obtiene picando el corazón de la roca negra que cayó de los hombros de los días dolorosos. Él preserva los sellos del principio y del fin.

 

  1. Creo en ti, Xelhua, ¡oh guardador de la señal de donde brotará el Árbol!

 

  1. Creo en el advenimiento de las antorchas. Lenguaje de alegorías. La rana en el vientre del cacique, sonaja de abominación. Algo nace de la piedra de gracia horadada por la noche.

 

  1. Sólo al alba hay que prepararse para el día que ha de ser vivido. No nos entreguemos a los simulacros cuya herencia será un costal de lágrimas y una red de agujeros y alaridos. Que no nos consuele pensar que siempre se salvan las últimas semillas. Hay que tapar los hoyos sembrados.

 

  1. Creo en tu sabiduría del sur, Xelhua. Sí. Toda luna, todo año, todo día, todo viento caminan y pasan; y también toda sangre llega al lugar de su quietud, como llega a su poder y a su trono. Así lo dice un libro de las destrucciones. Pero yo afirmo que más que llorar lo que las lunas sepultan hay que ser canto y corola de lo que eternamente pasa. No hay dioses prisioneros de las estrellas sino espíritus vivos en todo cosa que pesa y tiene una faz… ¡Ríete, Xelhua, de la danza de los cojos de la duda! ¡Suelta tu blanco gavilán de la tierra contra los castradores de Tonatiuh! Ouaia. Ahora ve a buscarme la Flor de la Noche. Y después, ¡volveremos a estas escrituras de la vida y al arte plumaria de los sueños!

 

  1. Creo que sólo asciende lo que pesa.

 

 

XIII. El árbol de piedra

 

—Estoy viejo y lleno de angustia, Nanotzin. Me he visto en el espejo. Aquí, en este lugar que llaman Junto al Árbol, me he visto a través de mis lágrimas.

 

Abandoné mi ciudad, incendié todas mis casas, enterré oro, lancé al río piedras preciosas y escondí en lugares secretos obras de belleza; como un arcoiris volaban hacia las costas mis aves prodigiosas, y comencé mi camino con oscuridad de alma, tameme ciego de mí mismo, abrumado por el peso de la última luna de mi tristeza.

 

Me he visto en el espejo, Nanotzin, y he visto mi barba como una gran araña gris: estoy viejo; soy un pingajo de pena. Cada piedra del camino ha sido una desdicha para mis piernas temblorosas, y mi cuerpo se ha encogido de miedo. Delante de la aurora me he sentido como un simio encanecido, sostenido sobre muletas de viento; y hemos llegado aquí,  donde el espejo y mi rostro se habían citado; aquí, no en un lugar de descanso sino de piedras amontonadas, donde por primera vez me he asomado a mi vejez, Nanotzin, frente al árbol… Y yo, Quetzalcóatl, desde ahora comedor de ceniza y sonaja de sollozos, ante el árbol vivo de brisa y sonoro de aves, he visto mi rostro…

 

Sí, he visto el espanto y la senectud en mi rostro, Nanotzin. Y he gemido. He visto la devastación de mi cabeza sobre la piedra pulida. Y grité. Los pájaros en el árbol callaron, asustados por mi voz. Ninguno huyó. Callaron nomás. Pero allí no había silencio. Y yo lloraba. Se oía a lo lejos el graznido del cuervo, áspero y continuo… Y poco después tomé otra vez el espejo para mirarme la boca. Sólo la boca, Nanotzin; no habría podido mirarme los ojos. Sólo la boca, digo, mientras el cuervo seguía graznando y el sol salía detrás del cerro… Y la he visto: se diría abierta por dos garfios invisibles, lastimosa, lista para que le acercasen el trapo del vómito: un agujero negro abierto en un saco de huesos y silencio: mi boca, antaño fuente de la palabra, mi boca que volvió a gritar cuando los pájaros, de súbito, comenzaron todos de nuevo a cantar en el árbol…

 

Y caí sobre las piedras,

herido por su trinar…

 

Tendido me he quedado aquí, sobre las piedras, callado ya, tapándome en vano los oídos con las manos,

porque continuaba oyendo su canto, y deseando morir aquí mismo, sobre las piedras…

 

Pero no había todavía en mí ninguna raíz en la noche más profunda: mi corazón no accedía, Nanotzin: morir es entrar después de asentir en el umbral…

 

Y yo permanecía aquí, temblando, recién nacido a mi vejez, acezando; yo, Quetzalcóatl, uno y tres al mismo tiempo: árbol, dolor y piedra; tumbado de cara al cielo e inclinada la testa, contemplando en mi alma lo que mis ojos verían en seguida y hacia lo cual lanzaría mi piedra: el gran árbol rojo…

 

Y volaron piedra y mirada:

el azoro y la ira alcanzando simultáneos el árbol luminoso: la piedra hundida en medio del tronco y la mirada ascendiendo por el espeso ramaje hasta la copa, de donde surgieron bruscamente los pájaros como una erupción multicolor…

 

Y permanezco frente al árbol de luz. Ha callado el cuervo y tiembla el cielo. ¡Ay, tronco de los recuerdos y ramas de la vida! La luz viene de abajo, luz de tierra hecha savia que sube hasta el diálogo de las hojas. Ah, rumorosa luz interior del tronco de corteza y cicatriz… ¡en la piedra! ¿La ves, Nanotzin? En la redonda piedra negra: ojo brutal y tranquilo sin ser y sin tiempo, la fija y dura conciencia inmutablemente abierta entre el pánico de la mudanza y la eternidad de los retornos.

 

Y hete aquí, Nanotzin, que yo, hombre acabado, Quetzalcóatl, en el lugar llamado Junto al Árbol, aún espero, balbuceando palabras indigentes; yo que era la palabra verdadera, la palabra que convertía en puro lo oculto y volvía habitable el espíritu.

 

Sí, aún espero aquí con otra piedra en la mano, ante el árbol de luz que me requiere, a mí, hombre tumbado y en las últimas; sin embargo, en la espera: erguido y desnudo en el comienzo de una nueva duración, solo con la piedra, la semilla y el recuerdo…

 

Con la piedra que lanzo ahora cerrando los ojos, y vuela dentro de mi alma a través de una claridad de relámpago detenido, hacia el árbol arraigado en el sueño,

y choca como un sollozo contra el tronco…

 

Suéltame las manos, Nanotzin; no preguntes nada ahora. Espera… La luz herida me lastima por dentro. Me lastima la luz. Ah, ¡escucha! ¿No oyes? Ya canta el manantial de imágenes… No tengas miedo; no caeré, criatura… Un viento de oro mece las ramas y me acaricia el rostro; el tronco oscila al ritmo de mi cuerpo… No caeré todavía… Nanotzin, el árbol de la belleza es también el árbol del dolor, donde no anida ningún pájaro de tiniebla…

 

Y ahora una rama cimera se alarga, como un brazo, y se diría que acaba en una mano hincada en torno a un fruto que brilla como un pequeño sol de piedra… ¡Mira! La rama se alza como se alza también mi brazo, y me lanza su fruto-sol contra la frente, y yo, a mi turno, lanzo una piedra, y otra, y otra. Me tambaleo, Nanotzin, pero no me caeré mientras queden piedras en el montón, piedras que vuelan como pájaros y se hunden igual que armas…

 

Ya no me lastima la luz,

y cada piedra que se clava en el árbol resuena en mi espíritu con un sonido diferente, ecos de otros ecos que son imágenes, bandadas de recuerdos que se posan en el cerro de mi corazón: mi vida, Nanotzin, mi pasado, mi escudo de sol y el espejo humeante del tentador: mis horas, mis días y mis años, el rostro del fuego y del agua lustral, el nacimiento de la Estrella en mi boca profética…

 

Y evoco hombres que bajaban de las nieves olorosos a madera, y otros que subían de los litorales con panes de sal envueltos en anchas hojas; y todos se tumbaban a esperar sobre las altas hierbas el rumor de mis pasos,

el milagro de mi presencia y la quietud de mi sombra…

 

Y mujeres hubo, Nanotzin, antes y después de ti; pero con ninguna de ellas compartí el lecho ni di las siete vueltas nupciales alrededor de la hoguera… Sólo tú… Con voz de río llegué hasta tu cuerpo de canoa nueva, tu cabellera de sauce y tu sonrisa de hoja lloviznada…

 

Y ahora todo se ha esfumado, ¡oh alma sitiada por hielos! Todo es ido… ¿Qué queda, corazón mío, sino retomar el camino, entre imagen y parvada en vuelo, eco y colina, racimo y aguijón? ¿Para qué las preguntas cuando toda respuesta señala hacia la comarca del girasol negro y las tinieblas embijadas, y ha zumbado la última piedra?

 

El árbol ha permanecido quieto, Nanotzin, y quieto estoy yo… ¡Tengo frío! Estoy viejo y lleno de palabras replegadas. El viento se ha dejado caer sobre el árbol y duerme entre ramas de piedra. ¡Cómo pesa el viento dormido! ¡Cómo pesa el silencio del mundo entre los brazos de mi alma! Mis rodillas se doblan, el árbol se mece de aquí para allá, dulcemente, arrullado por el viento, como yo arrullo mi silencio… Yo, Quetzalcóatl, en cuclillas sobre el polvo, llorando estrellas muertas, con la cabeza entre las rodillas, yo, mientras el árbol comienza a desmoronarse piedra a piedra, estrecho fuertemente mi silencio, niño de roca entre mis brazos de musgo, hijo de la noche que cae sobre la tierra, y oigo el golpe hondo, Nanotzin, el eco remoto que vuelve de mi bosque profundo, el sollozo de los cielos en el cuervo que grazna, y grazna, y grazna…

 

—No.

 

XIV. El éxodo

 

Y vinieron las lunas

de la caña rota y de los humos nómadas…

 

XV. La fogata y la estrella

 

Dejando atrás el rostro pintado de las batallas,

buscaron la bondad por los brazos de los caminos.

Una sombra de zopilote sobre niños dormidos

fue la espalda del éxodo.

 

Taciturnos inquilinos de combatidas auras,

sin limosna de cielo ni auxilio de horizonte,

ahogaban rumores en la cueva del lamento

y en hoyos de sollozos.

 

Ley de noches aciagas y cenizas esparcidas:

la muerte entre nopales y el parto entre magueyes.

Junto a secas cisternas algunos ojos descifraban

estelares espermas…

 

Ovillados de miedo y blanquísimos de rocío,

dormían esperanza a dolores abrazada,

y entraban en sus sueños unas bruscas auroras

de famélicas banderas.

 

Resignados a tempestades y a fardo de tristeza,

accediendo a distancias y mordidos de intemperie,

caminaban semejantes a un mudo vendaval

de jirones de crepúsculo.

 

Rápidas melancolías de pájaros azulosos

acechaban las tuzas de enterrados recuerdos,

y las nieblas del corazón tañían caracolas

de añoranzas solares.

 

Eran ojo y trofeo las llagas más bermejas.

Tocadas por la Estrella, cantaban cicatrices.

Ser vencido era grandeza: duración de semillas,

ofrenda y nuevo escudo.

 

Marchaban en la pura tensión del más allá.

Su espíritu sabía: no hay paz sin raíces;

y, secretos en su fuerza y libertad, vivían

solamente de imágenes.

 

Tras ellos venían —¡oh fauna de silencio!-

sus naguales…

Se oían, como pelea de ratas

sobre la hojarasca, los antiguos rumores:

la boca de las crónicas…

 

(Los Murmullos:

 

…y aconteció que la tierra mostró su cuerpo grandioso: un monstruo que, completamente tachonado de ojos y agujeros, iba y venía de los katunes de las aguas, hasta que fue destazado por los grandes poderes silenciosos de los cielos… Y sus cabellos se convirtieron en yerbas, árboles y flores, y su piel se cambió por vastas praderas fragantes y sus ojos por cuevas, pozas y fuentes… Y ahora es la diosa sombría que a veces, desde las tinieblas, pide palpitantes corazones humanos…

 

…nada existía: sólo reinaban la inmovilidad, el silencio sin labios, la noche interminable… No existía ni un solo hombre, ni un solo animal, ave, pez, lobo, madera, piedra, astro, flor, humo, semilla… Sólo existía el cielo, sólo respiraba el firmamento, nada se había ayuntado, todo era invisible, todo permanecía quieto en la altura…

 

…pero allí había símbolos envueltos en largas plumas verdes, nombres pintados que significaban serpientes emplumadas… Y así es el cielo, así son también los espíritus que viven en el cielo; tales son, se dice, los nombres de los dioses omnipotentes. Y entonces, en la oscuridad del mundo, fue sembrada la palabra…

 

…en piedras y en maderas quedaste pintado, allá en Tula, donde alzamos nuestros clamores…)

 

Iban

de las cuevas tiznadas a las barcas doradas,

de la solar mazorca a las flores salinas,

del pingajo cantante al nudo silencioso

y del hombre al hermano.

 

¡Oh los clandestinos asaltos de la vida a la muerte:

lentitud de filón y elevados ventisqueros,

bandada de aves profunda y errantes baluartes

de diáfana patria!

 

Desposeídos de ventana, descendientes de la ceniza,

con mano adusta buscaban las blancas vestiduras

donde la paz bordó un día torres de cereales

y venados luminosos.

 

Muy atrás dejaron severas serranías,

los relámpagos que dormían bajo los nidos de las águilas,

la boca de alarido que apagaba en las vírgenes

resplandores de panal intacto.

 

Descendían de inviernos de hielo humillado

llevando en los brazos aves de volcánicos colores

—¡oh sembradío del cielo, dulzura y dispersión

de los sueños más profundos!

 

Mudaban los astros sobre llanas comarcas

donde dormían grandes ríos y túnicas agrarias.

Paz bajo las sandalias. ¡Oh troncos de sombra nueva

alrededor de las fogatas!

 

Rescatados de la historia, su tiempo ya maduraba:

redondo fruto de Tonatiuh en sus pétreos calendarios.

Su soledad se alzaba como una choza

en la ancha mano del día…

 

Quetzalcóatl, más alto entre humazones,

escuchaba el rumor de sus postrimerías.

 

Xelhua era acción y camino…

 

(Los Murmullos:

 

…y entonces, repito, vino la Palabra… Los Espíritus del Cielo, los tres gigantes, los Maestros del Relámpago, se reunieron para fundar el alba, el nacimiento de la vida… ¡Tierra!, gritaron, y la tierra fue: salieron de las aguas las cordilleras, las grandes montañas, las montañas maternas…

 

…y ocurrió en el terrible sol que la pareja se refugió dentro de un gran tronco, una vez tapadas las grietas, y la voz del dios llegó de más allá de las quietas aguas: «Sólo comerás una mazorca, y una también tu mujer»… Y cerca de ellos se desplomó el cielo…

 

…y caminaban, casi ausentes de sí mismos, por el cuarto sendero de las estrellas augurales… Y envuelta por cobija de tinieblas dormía la tierra: no había sol, no había noche, no había luna… Y se despertaron al sentir en sus flancos los fríos caracoles estelares, y al mismo tiempo se despertó la tierra y peinó los cabellos de sus aguas, y los infinitos escalones del tiempo se derrumbaron en su alborada, y por ellos el primer árbol enrojeció…

 

…las montañas se abren: yo lloro; allá donde se levantan arenales corrosivos, estoy yo, desolado…)

 

En su anhelo fundaban; en su amor conocían.

En áridos estrechos o en región de anchas pencas

sentían su pasado como una nube agónica

en la espalda del viento.

 

Igual que el pájaro ciego entre el astro y la tierra

agota en su canto el arco brillante de su vuelo,

así el dolor del éxodo alargaba su signo

de dulcísima flecha.

 

Presentían ya las soterradas fuentes.

La distancia era umbral. Los ancianos sabían:

cuando el destino cede, las miradas se habitúan

y el espíritu acepta.

 

Con sus manos inmóviles los horizontes derramaban

la ofrenda del futuro. ¡Primero sol sobre la Piedra

que horadaron las lágrimas! ¡Con el trueno rodaba

el clamor de las progenies!

 

Para enlazar dos torsos en el tiempo profundo,

bajaba de los astros la primavera cósmica.

Con el beso fundador en las bocas nacía

el alba nueva de los nombres…

 

 

(Los Murmullos:

 

…y cuando, después de agonía y sudor, la Roca fue horadada, su indomable espíritu murmuró:

Yaxionlacalpa… Y su palabra de misterio era como rumor de mar y de hojas rodando entre los temblorosos senos de la aurora…

 

…Ota-ho flota inmensamente en el cielo…, Heronix es el nombre del espíritu que va delante, y Opilla se llama el gigante que salió por la grieta roja de la Roca junto con su cielo y sus aves de luz…

 

…callad: yo soy la voz más pura y la que cuenta la historia más seductora… Callad gigantes, piedras, hormigas, estrellas, soles y lunas, porque hablo de Ixquic, la doncella del sur, y del árbol de misterio que la llamaba desde adentro de ella misma cuando, por la noche, el olor de las flores subía con la niebla lenta y el fulgor de las estrellas bajaba… Y también la llamaba al alba, cuando ella se bañaba en el lugar de las canoas de su padre el caudillo… Sí, hablo de Ixquic, para poder acostarme a dormir en los oídos de quienes en silencio sueñan, y me conocen, y me reciben como la única que cuenta siempre la misma cosa de una manera diferente, no como vosotras, ¡oh voces de todas partes y de ninguna!; vosotras y vuestros espíritus y dioses de cuatro colores y batallas feroces y calendarios de generaciones y calaveras que ruedan como calabazas de piedra por los ensangrentados altares… Hablo de Ixquic, la doncella germinal, y hete aquí que ella se levanta de mi voz, como aquella mañana que finalmente oyó la llamada… Porque yo soy su conjuro y soy ella misma para siempre; soy el agua que se quedaba dormida sobre su vientre auroral; soy el collar de peces que rodea su cuello, y soy también la túnica transparente que cayó sobre su cuerpo como un gran beso tibio cuando salió del río y descalza caminó por la yerba fría…

 

…atravesado por una enorme espina, el negro dios del viento llegó a la casa del sol para llevarse a la tierra al músico que le contrapuntease…

 

…Ixquic, Ixquic, Ixquic pisa la yerba, corre hacia las ramas, hacia los brazos, la testa de follaje, el brillante torso de carne forestal, y con los ojos cerrados, jadeando, se detiene dentro de la trémula sombra de él, que se inclina y sacude la verde cabeza para que vuelen todos sus pájaros… «¡Ven!», dice la doncella, y se acuesta sobre la tierra, donde espera la pacificación del caos que brilla en su boca sonriente… «¡Ixquic! ¿Quién eres?». Los pájaros siembran de trinos su alborotada cabellera. «¡Ven! Desata el nudo de arcilla y de musgo de mi cuerpo. Soy la llama que quiere recibir la lluvia… ¡Ven! Sé el huésped de peso y rumor de mis venas… ¡Oh, ven! Amarra a tu tronco la balanceante canoa de mis caderas… La primavera eligió mis senos y el verano vivirá en mi vientre… ¡Ven! Hueles a posteridad, a sol, a lluvia… Tu temblor ya me abraza como se cierra un cerco. Ven, cae, ven, estoy abierta. Soy Ixquic, Ixquic, Ix…»…

 

…y la música se despeña, el canto baja al mundo en su viento de sangre…

 

…en piedras y en maderas permaneces pintado…)

 

Sordo al clamor del mar, enceguecido por su fuego,

Quetzalcóatl volvió el rostro hacia la tierra

—con el viento abrazado a su cintura

la tarde se extendía sobre azules montañas.

Como el redoble profundo de un gran tambor de barro

sonaba en lontananza el sollozo de Nanotzin…

 

Arrodillado en la arena, Quetzalcóatl ardía

en las primeras llamas de su último poniente,

tan presa de la brisa que en martirios lo alzaba

como hundido en luz que en raíz se convertía.

De las cumbres del firmamento en fulgurante círculo

bajaban las gaviotas.

 

El mar era un unánime coro de oleajes y espuma:

meciéndose entonaba el azoro del cielo

que poco a poco dejaba sobre su hombro blanco

el sudario de hormigas rojas del crepúsculo.

Como árbol incendiado, Quetzalcóatl vagaba

por las sombrías dunas de su noche agónica.

 

Coronado de gaviotas y resina titilante,

recorriendo ya su propia ceniza tempestuosa,

mecía lentamente en su corazón de brasa

recuerdos y visiones y alondras de su infancia,

y volando ofrecía los nidos de su cuerpo

al pájaro del espacio.

 

Natal, abiertamente lo recibía el azur…

Hecho aliento de Tonatiuh y latido de su fuego,

ingrávido escalaba el anhelo de su órbita:

subía hacia la flor que negaba la muerte

por las airosas laderas de las montañas de sombra.

De sus cabellos pendía la verdad del mundo.

 

Levantando su testa de rojo torbellino,

dejaba que las estrellas clavasen en su frente

la maraña rodante de sus mitologías

mientras oía a lo lejos como una llovizna de cencerros

los chillidos lastimeros de la última bandada

que regresaba al tiempo…

 

En plácida ruina su eternidad ardía,

¡vertiginosa espiga curvada de retornos!

¡Oh libertad hilada, oh roja lanzadera

en el telar inmóvil de las metamorfosis!

Las canciones de la tierra se ayuntaban en lágrimas

que a sus pies resplandecían como una charca dormida.

 

¡Ya sólo su nostalgia no accedía al espacio!

De los orígenes al sueño, ¡oh conflagración

de imagen y de sangre que caía sobre alero de infinito!

Como amante de chispa y vórtice de sus ecos

el viento se abalanzaba hacia formas que imitaban

bodas de árbol y aurora.

 

Su vuelo era talud de apagada caída;

en el silencio flotaba la nada sin rostro…

¡Oh isla de su frío, oh corazón que se aislaba

en la pura dureza de su perfecto símbolo

de llegada y adiós, donde, en luz rediviva,

cesaba la discordia del alma y de la tierra!

 

En sí mismo anudado y al mismo tiempo esparcido,

era el aguijón luciente del Reino dual:

¡oh saeta de amor de temblor infinito,

Estrella que los herederos de la luz y las sombras

en su pecho clavarían para que el mundo desatase

origen, boca, fuente…!

 

 

 

Notas

 

 

 

I

 

La figura de Quetzalcóatl, el gran rey y sacerdote tolteca, indudablemente histórica, se entrelaza y se funde míticamente con el Quetzalcóatl primordial, un dios de la vida cuya imagen era la serpiente emplumada, signo de una constelación cultural y religiosa que se esparció por toda Mesoamérica durante muchos siglos. Creo que será útil, tanto para una mayor comprensión del personaje como para mi interpretación del poema, la transcripción de algunos fragmentos capitales sobre Quetzalcóatl, procedentes de códices prehispánicos. Traduzco de la versión de Ángel María Garibay K. (Historia de la literatura náhuatl, México, 1953), a cuya sabiduría y amor tanto debe el mundo náhuatl. Cito, pues [No transcribo a Garibay, que sería lo mejor, porque no  lo tengo a mano; pero lo conozco y de memoria me beneficio. Traduzco por eso aquí un poco por la libre a Bartra —a veces OG]:

 

«Y en seguida se dispone Mixcóatl a conquistar Huiznáhuac, y por el camino se topa con la mujer llamada Chimalman. Sin pensárselo, hinca el escudo en tierra y apresta las flechas y el arco. Ella se yergue delante del hombre completamente desnuda, sin refajo, sin camisa. Tan pronto como la ve a tiro, Mixcóatl le lanza flechas. La primera pasa por encima de la mujer, la cual no ha hecho otra cosa que agacharse, inclinando la testa. La segunda flecha que lanza se clava a un costado de la mujer, donde queda doblada. La tercera ella la atrapa con la mano. La cuarta pasa sesgada y se clava en los magueyes. Cuatro flechas lanzó Mixcóatl y después continuó su camino. La mujer huyó a esconderse en un lugar llamado Las Cuevas Rojas.

«Mixcóatl vuelve para dispararle más flechas. Busca a la mujer y no la ve. Entonces comienza a maltratar al mujerío de Huiznáhuac. Y las mujeres dijeron: Vayamos a buscar a aquella que él quiere. Y dicho y hecho, y cuando la encontraron le dijeron: Mixcóatl te está buscando; por tu culpa maltrata a las mujeres. Y la agarran y la obligan a volver a Huiznáhuac. Y otra vez la ve Mixcóatl delante de él. Es ella, sí, lo es. De pie y desnuda, pero ahora lleva el cuerpo pintado de rojo y amarillo. Erguida, la tiene frente a él. Y una vez más hinca el escudo en tierra, prepara las flechas y dispara contra la mujer. Una flecha pasa demasiado alta; otra se clava a un costado; una más ella la atrapa con la mano, y la última cae entre los magueyes. Hecho esto, ya vencida la mujer, Mixcóatl yace con ella, de lo cual queda preñada. Cuatro días antes de nacer, el niño se mueve en el seno de la madre. Y cuando nació, su madre murió. Es el mismo que lleva el nombre de Ce Ácatl (Uno Caña)…

«Ya se dirige Quetzalcóatl (Uno Caña) a la casa de los muertos. Y así que llega al lugar donde se encuentran El Señor y La Señora de los Muertos, dice de un tirón: He venido a llevarme los huesos que tienes guardados. Y el Señor de los Muertos contesta: ¿Qué quieres hacer con ellos, oh Quetzalcóatl?  Y éste replica: ¿Quién ha de poblar la tierra?  El Señor de los Muertos dice: Está bien. Ahora sólo quiero que hagas sonar mi caracola y des cuatro vueltas alrededor del disco de piedra verde. Pero la caracola no tenía ningún agujero por donde agarrarla. Entonces Quetzalcóatl llamó a los gusanos, los cuales vienen y la horadan. Se meten dentro de la caracola la abeja nocturna y el abejón, y se ponen a tocarlo de manera que el Señor de los Muertos puede oír su sonido. Y dice el Señor de los Muertos: Está bien. Coge los huesos. Y de inmediato dice a sus criados: Andad y decid a los habitantes del reino de los muertos que este viene a llevarse los huesos. A lo cual Quetzalcóatl contesta: Puedes estar seguro que he de llevármelos, sea como sea. Y le dice a su acompañante: Ve y diles que me los voy a llevar. Y gritó anunciando: ¡Me los voy a llevar! Entonces llega y agarra los huesos preciosos: una parte son de varón y otra de mujer, y los amarra. Los toma, hace un bulto con ellos, y se los echa a cuestas…

«Una vez más el Señor de los Muertos dijo a sus servidores: ¡Oh, dioses, es verdad! Quetzalcóatl se lleva los huesos preciosos. ¡Oh, dioses, apresuraos a abrir un foso delante de él! Así se hizo. Y Quetzalcóatl cayó tropezando al pasar, y las Codornices lo espantaron con su súbito vuelo; quedó como muerto, y rodaron por tierra los huesos preciosos, y allí se quedaron. Las Codornices entonces comenzaron a picarlos con sus picos. Quetzalcóatl recobró el conocimiento,  se puso a llorar, y dijo a su acompañante: Oh amigo mío, ¿quién ha hecho esto?  Y el otro contestó: ¿Quién quieres que haya sido? La cosa se ha ido a la chingada. Lo que tenga que ser, será. Entonces Quetzalcóatl comenzó a arrejuntar los huesos, hizo un bulto con ellos y se los llevó a Tamoanchan.

«Cuando llegó a Tamoanchan los molió en un metate la mujer llamada Quilaztli Cihuacóatl (Mujer Serpiente) y después los lavó en una palangana; y Quetzalcóatl entonces se sangró el miembro viril sobre los huesos. Todos los dioses acudieron de inmediato para sangrarse también: el Ribereño, el Abanderado, el Que Mueve la Azada, el Allanador de la Tierra, el Que Anda Cabizbajo, y, finalmente, Quetzalcóatl. Por eso se dijo: ¡Los hombres nacieron de los dioses! ¡Por nosotros derramaron su sangre los dioses!

«Una vez más se quejan los dioses: ¡Oh, dioses! ¿Qué comerán los hombres?  Y van a todas partes en busca de maíz. Sucedió entonces que la Hormiga fue a traer maíz desgranado al Monte de Nuestro Sustento, y al encontrarse Quetzalcóatl con la Hormiga le dijo: ¿Dónde lo has ido a agarrar? Dímelo. Pero ella no quiso decirle el lugar. Por más que insistió, no se lo dijo. Finalmente, después de muchos ruegos de Quetzalcóatl, lo soltó. Una vez sabiéndolo, Quetzalcóatl se transforma en Hormiga y se dirige hacia el lugar del grano, en compañía de la otra Hormiga negra, y entre las dos atrapan a la Hormiga roja, la cual conduce a Quetzalcóatl hasta la puerta de entrada para disponer del maíz. Una vez encontrado el grano, Quetzalcóatl lo lleva a Tamoanchan; después los dioses se lo comen, y se pone en nuestros labios estas palabras: ¡Con el grano nos fortalecimos!

«Quetzalcóatl reinaba en Tula… Todo era abundancia y felicidad: no se ponía precio a los alimentos ni a todo aquello que los nutría. Era fama que eran tan grandes las calabazas, tan anchas, que casi no podían rodearlas los brazos de un hombre… También cultivaban algodón de mil colores: rojo, amarillo, rosado, verde, morado, verde azuloso, azul marino, verde claro, amarillo rojizo, de color leonado y otros matices. El algodón tenía estos colores de manera natural; así nacía de la tierra, nadie lo teñía. También criaban pájaros de precioso plumaje: color de turquesa, verde brillante, amarillo, pecho de color de llama… Los habitantes de Tula eran ricos y felices; nunca padecían pobreza ni penas, no faltaba nada en sus casas, no había hambre entre ellos, y las mazorcas canijas servían para calentar el baño.

«Pero Quetzalcóatl y sus vasallos fueron negligentes. Y fue entonces cuando llegaron los tres magos y sus maravillas… Un día se le acercó el mago Tezcatlipoca, con un espejo de doble cara envuelto en telas… Después de saludarlo, el mago le dijo: Señor, rey y sacerdote, vengo a mostrarte a Quetzalcóatl Uno Caña: tu cuerpo, tu propia carne… Quetzalcóatl contesta: ¿De dónde vienes? Estoy cansado, rendido. ¿Cuál es mi imagen? Enséñamela, déjame que la vea. El mago dijo: Vengo de la montaña de los extranjeros; soy tu siervo y esclavo. Esta que ves es tu imagen… Mira bien tu imagen: tal como sale del espejo, así saldrás tú de tu propia figura corporal. Quetzalcóatl vio al tipo en pelotas que había en el espejo y lo tiró furioso a tierra. Daba grandes gritos de enojo: ¿Es posible que me vean, que me miren mis vasallos, que me vean sin alterarse, sin que se alejen de mí? Feo es mi cuerpo: estoy viejo, tengo el rostro surcado de arrugas, el cuerpo devorado por el cáncer: mi figura es espantosa… Me quedaré escondido aquí para siempre, no volveré a salir para que no me vean mis vasallos. Viviré aquí para siempre.

«Otra vez regresan los magos. Llegan al palacio real, piden audiencia. Y una vez, dos veces, tres veces son rechazados. Finalmente los pajes se enteran de qué región vienen. Vienen de la Montaña de los Sacerdotes y de la Montaña de los Artífices. Cuando Quetzalcóatl sabe esto, permite que se le acerquen. Entran, lo saludan, le ofrecen la comida que llevan preparada. Cuando el rey hubo acabado de comer le rogaron que bebiese. El rey no quería beber. Estoy enfermo —les decía-. Esta bebida que traeis quizá me haría perder la cabeza, quizá me mataría. Ellos insisten para que por lo menos la pruebe con el dedo. Quetzalcóatl la probó con el dedo y se sintió inclinado a beber. Bebió y ordenó que sus guardias también bebiesen. Cuatro veces le sirvió bebida el mago, y aún pidió más Quetzalcóatl. Volvió a beber en honor de su grandeza, y después siguió bebiendo. Y de golpe pierde el conocimiento y queda como muerto; se hunde en sí mismo y siente en su alma los más agradables goces. Lleno de alegría, bebía y quería que todos bebiesen. Cuando ya todos están borrachos, le dicen: Quetzalcóatl, canta. Queremos oír tu canción. Alza el canto, Quetzalcóatl. Quetzalcóatl, entonces, canta: Mis casas de ricas plumas, mis casas de conchas dicen que habré de abandonar. Lleno de alegría manda que vayan a buscar a la reina, Petate Hermoso. Dice: Traedme a Quetzalpétatl, deliquio de mi vida; quiero beber con ella; quiero embriagarme con ella. Entonces los pajes fueron al palacio de Tlamaxhuayan y trajeron a la reina. Señora reina, hija mía, el rey Quetzalcóatl nos manda que te llevemos hasta él, porque quiere gozar contigo. Y ella les contesta: Iré allí. Cuando Quetzalpétatl llega y se sienta al lado del rey, cuatro veces le escancian bebida, y la quinta bebe en honor de su grandeza. Y cuando ya está borracha, los magos empiezan a cantar, y el mismo Quetzalcóatl se levantó tambaleante y dijo a la princesa en medio de los cantos: Esposa, gocemos bebiendo de este licor. Y como todos estaban borrachos, no decían sino tonterías. Y el rey no hizo penitencia, no fue al baño ritual ni oró en el templo. Finalmente el sueño los rindió. Y al levantarse al día siguiente ambos estaban tristes, con el corazón compungido. Dijo entonces Quetzalcóatl: Me he emborrachado; he delinquido; nada puede borrar la mancha que me he echado encima.

«Y así Huémac Quetzalcóatl estaba lleno de zozobra y se sentía apesadumbrado, y después pensó en irse, dejar la ciudad abandonada, Tula, su ciudad. Y así se dispuso a hacerlo. Se cuenta que entonces quemó todas sus casas de oro y plata y conchas rojas y todas las exquisiteces del arte tolteca. Obras de arte maravillosas, obras de arte preciosas y bellas, agarra y las entierra; todo lo deja escondido en lugares secretos, o en las montañas o en los barrancos. De parecida manera los árboles que producían el cacao los volvió espinosas acacias, y todas sus aves de ricas plumas, las de pecho color de llama, todas las que él había traído consigo primero, delante de él cogieron el rumbo de las costas del mar. Hecho esto, emprendió su viaje y comenzó su camino. Llegó después a otro lugar que nombran Junto al Árbol; muy corpulento es el árbol, y también muy alto. Cerca de él se detuvo, y entonces se vio a sí mismo y se contempló en el espejo, y dijo: Sí, estoy viejo. Desde entonces este lugar se llama Árbol de la Vejez. Después hiere al árbol con piedras, abruma al árbol con piedras, y las piedras con que lo acometía se iban incrustando y se quedaban adheridas: es el Árbol de la Vejez. Y aún ahora se puede ver que han quedado allí fijas: comienzan desde el pie y llegan hasta la copa. Prosiguió su marcha, y mientras caminaba lo iban acompañando con flautas. Después llegó a otro lugar y descansó: se sentó en una piedra y apoyó las manos. Se quedó mirando a Tula, y así se puso a llorar: lloraba con grandes sollozos: doble hilo de gotas como granizo escurrían por su rostro, rodaban las gotas, y con sus lágrimas perforó la roca; las gotas de su llanto que caían rompieron la piedra misma. Las manos que había apoyado sobre la roca, bien impresas ahí quedaron, como si la roca fuese de barro y él allí hubiese imprimido sus manos. Igualmente sus nalgas: en la piedra donde estaba sentado, bien marcadas e impresas quedaron. Todavía se ven los huecos de sus manos allí, en el lugar llamado Temacpalco.

«En su huida llegó a un lugar que se llama Puente de Piedra. Hay agua en este lugar, agua que brota, que se extiende y se esparce. El arrancó una roca, hizo un puente y atravesó. Retomó su camino y llegó a un lugar que se llama Agua de Serpientes. Mientras estaba allí, he aquí que se presentan los magos, y quieren que vuelva por donde ha venido, que regrese. Le dijeron: ¿Hacia dónde vas? ¿Por qué lo dejas todo olvidado? É l contesta: De ninguna manera me es posible regresar ahora. ¡Tengo que irme! Y los magos: ¿A dónde irás, Quetzalcóatl?  Y él: Voy a la tierra del Color Rojo. Voy a adquirir sabiduría. Y ellos le dicen: Y ¿qué harás allí?  Y él: He sido llamado. El Sol me llama. Finalmente los magos le dicen: Está muy bien; deja, entonces, toda tu cultura. Por eso dejó allí todas las artes: orfebrería, talla de piedras, ebanistería, labrado de la piedra, pintura (tanto de muros como de códices), la obra de arte plumaria. Los magos se apoderaron de todo. Y él entonces lanzó al agua sus collares de gemas, que se hundieron en seguida. Desde aquel tiempo ese lugar se llama Agua de Ricos Joyeles. Avanza un poco más; llega a un sitio que se llama Lugar Donde Duermen. Allí sale a su encuentro el mago, que le dice: ¿Dónde vas? Quetzalcóatl contesta: Voy a la tierra del Color Rojo. Quiero adquirir sabiduría. Y dijo el mago: Muy bien; bebe este vino. Yo he venido a traértelo. Y dice el rey: No. No puedo; ni siquiera puedo probar un poco. Pero el mago respondió: Por fuerza habrás de beber; no permito que nadie siga su camino sin beber: ha de beber hasta embriagarse. ¡Bebe, pues! Entonces Quetzalcóatl bebió vino con una caña. Y una vez hubo bebido, cayó rendido del viaje; comenzó a roncar en su sueño y sus ronquidos se oían resonar a lo lejos. Cuando finalmente se despertó, miró a un lado y a otro, se miró a sí mismo, y se alisó el cabello. Por eso aquel sitio se llama Lugar Donde Duermen.

«Nuevamente emprendió viaje. Llegó a la cima ubicada entre El Cerro Que Humea y La Mujer Blanca, donde sobre de ellos y sus acompañantes, sus enanos, sus juglares y los baldados, cayó la nieve, y todos quedaron congelados, muertos. Él, lleno de aflicción, lo mismo cantaba que lloraba; largamente lloró y gimió suspirante. Divisó la Montaña Matizada y hacia allá se dirigió. Por todas partes iba haciendo prodigios y dejando señales maravillosas a su paso.

«Al llegar a la playa hizo una balsa de serpientes, y sentándose se sirvió de ella como de una nave. Se alejó, se deslizó por las aguas, y nadie sabe cómo llegó al lugar del Color Rojo. Cuando llegó a la orilla del mar inmenso, se vio en sus aguas como en un espejo. Su rostro era bello otra vez. Se vistió con sus más hermosas vestiduras y, después de encender una gran hoguera, se arrojó a ella. Y mientras ardía, sus cenizas se elevaban, y las aves de ricos plumajes vinieron a ver cómo se abrasaba; el petirrojo, el pájaro color turquesa, el pájaro tornasol, el pájaro rojo y azul, el amarillo dorado, y muchas aves preciosas más. Cuando la hoguera se apagó, su corazón ascendió hasta el cielo, donde se convirtió en estrella, y esta estrella es la estrella del alba y del crepúsculo. Antes había bajado al reino de los muertos y después de siete días de estar en él, subió convertido en astro».

 

 

II

 

CANTO I

 

               Cosmogonías del alba. El pájaro que vuela por sobre el bosque de los tiempos y que, llegado al final de su impulso, comienza a caer, mudo y pesado, puede interpretarse como un símbolo de la cantante inocencia primordial de la naturaleza. Propiamente, el pájaro al principio no canta: sólo modula una misma nota de anhelo e interrogación, mientras Quetzalcóatl, detenido en la noche de sí mismo, presiente la revelación del ser… Esta surge cuando el pájaro vuelve a elevarse después de haberse posado en el corazón de Quetzalcóatl —en cuyo espíritu, entonces, las reminiscencias se iluminan; despierta en él la memoria universal sin la cual el yo no puede adquirir vigencia existencial ni reincorporarse en destino. De esta manera, el pasado vive en Quetzalcóatl por virtud visionaria; entre los orígenes y el futuro, su alma se libera de la angustia de la espera, y su cuerpo, de la misma manera que el pájaro ha caído en su corazón, cae sobre la tierra. Su caída no es trágica sino de amor: conquista y don y retorno. Retorno —sobre todo, entrada al eterno retorno.

 

 

CANTO II

 

               El sembrador. Al salir Quetzalcóatl a la luz de la conciencia, al conseguir habitar su tiempo, se pregunta cuándo su espíritu, hecho voz, roerá el rostro de piedra de los dioses; es decir: comenzará verdaderamente la afirmación de sí mismo en el mundo. Su entrada al agua, desnudo, no es ajena a la idea de un rito de purificación, y al dejar caer las bayas rojas sobre su imagen reflejada en la corriente —preanuncio de los soles teogónicos del canto El sermón del lago—, Quetzalcóatl afirma que para llegar a ser las mieses maduras de sí mismo, el hombre debe antes haber sabido sembrarse. Sembradas estaban muchas estatuas de los dioses del México antiguo. Una vez acabada la escultura, se introducía en un hoyo practicado en el pecho de la estatua una jadeíta o cualquier otra piedra preciosa (chalchiuhuitl). Por virtud de esta piedra, la estatua adquiría su verdadera vigencia sagrada; se convertía en el mismo dios que representaba.

 

 

CANTO III

 

               Las manos que cantan. Si bien al final del primer canto las manos de Quetzalcóatl son como raíces inmensas que pulsan el cósmico círculo musical de los retornos, aquí sus luminosas manos humanas se hunden hasta el fondo de su alma dolorosa y solitaria, y gimotea y canta, colgante sobre las aguas. Su ceguera proviene de su propia visión, que ha encontrado las palabras del espíritu, «la eterna montaña». El final asegura que sólo más allá de la realidad que ven los ojos puede el verbo celebrar los orígenes.

 

 

CANTO IV

 

               La red. Es al lado de la mujer —Nanotzin—, donde Quetzalcóatl adquiere definitiva conciencia de su misión trascendental entre la profundidad y la altura, entre la eternidad y el medio día real. Quetzalcóatl resuelve el aparente antagonismo de las demandas del alma y del corazón mediante el acto simbólico de lanzar la red —instrumento de las profundidades— hacia arriba, hacia el cielo, para capturar al sol, que es el Quinto Sol o «edad en que vivimos», edad del Sol de Movimiento (nahui ollin), el cual, según cuentan los mitos, fue resultado de la armonía entre las fuerzas cósmicas y los dioses. Miguel León-Portilla, en su Filosofía náhuatl, dice esto sobre el Sol de Movimiento: «Así, no sólo en cada uno de los años, sino también en todos y cada uno de los días, existía la influencia y el predominio de alguno de los cuatro rumbos del espacio. De esta manera, el espacio y el tiempo, uniéndose y compenetrándose, hacen posible la armonía de los dioses (las cuatro fuerzas), y con ello, el movimiento del sol y de la vida. Y como ya se ha dicho antes, es uno mismo el origen de las palabras nauas movimiento, corazón y alma. Ello demuestra que para los antiguos mexicanos era inconcebible la vida —simbolizada por el corazón (y-ollo-tl), sin lo que es su explicación: el movimiento (y-olli)». A partir de este momento, Quetzalcóatl, ya poseedor espiritual del sol, podrá alzarse como un hombre entre los hombres, dirigirse a ellos como a hermanos en Tonatiuh y lograr que cada acto y cada palabra suyos sean el resultado de la profunda concordia entre la realidad y lo que trasciende al hombre.

 

 

CANTO V

 

El sermón del lago. Cada dios es siempre más grande que su misión, dice un verso de Hölderlin. Dicho de otro modo, podría implicar que todo lo que permanece trasciende la eventualidad de cualquier acontecer, y en el orden humano significa que ninguna expresión —acto o palabra-, puede llegar a la totalidad esencial del ser. Para Quetzalcóatl, los dioses monologan o callan en un ámbito sin tiempo ni cambio, pero él sabe, en la inauguración de su palabra, que la condición humana busca su destino e interroga a los astros en su corazón. En la tierra sin dioses, pues, sólo el espíritu será el guía que conducirá a un tiempo nuevo, entre la nocturna espera y la gran esperanza. Así, Quetzalcóatl o la conciencia hecha verbo de los sucederes venideros, comienza su fundación mesiánica porque posee la palabra que congrega en haz la espiga; ha dejado lejos a los dioses vacíos y convierte los signos divinos en lenguaje para los hombres. Por la palabra que deviene, Quetzalcóatl instaura la esencia de la verdad de la vida y establece el diálogo con el mundo. Interpreta y canta, pero en su canto lo anterior se ha hecho interior, como lo demuestra en su libre narración de los mitos de los soles teogónicos. Cada sol o época, adquiere en las palabras de Quetzalcóatl, una significación y vigencia donde el símbolo tiende a la creación de un  mito nuevo.

 

 

CANTO VI

 

               El Quinto Reino. Con palabras de afirmación y anuncio, Quetzalcóatl se perfila aquí como un representante profundo de su pueblo, «raíz de la voz» que florece en él. Una voz que proviene de la totalidad y exalta la trascendencia del mundo real, donde la vida es más importante que los sueños. Sólo si tiene conciencia de la tierra puede el hombre enfrentarse a su destino —«eso es destino: estar siempre de frente», dice Rilke— y realizarse en el amor de la mujer, más allá del deseo, hijo de su tiempo y padre del futuro, un continuo llegar; es decir: desembocadura que canta, aquello que está abierto delante de la eternidad. Entonces, el hombre, aunque habite entre los dos reinos antagónicos, simbolizados respectivamente por el águila y la serpiente, podrá con su Canto celebrar la aurora y prepararse para el Pensamiento del Mediodía y el Quinto Reino, que es el del espíritu concebido como belleza atravesada por la realidad del mundo. En su himno o incitación final, Quetzalcóatl exalta, con múltiple riqueza metafórica y vivencial, las aguas totales del espíritu como elemento dinámico de la creación. Los tres movimientos estróficos desarrollan los temas de mar, río y amor. El mar se identifica con el verbo y la eternidad, y culmina en una visión del Desollado Azul, es decir: Xipe Totec, símbolo a la vez trágico y de retorno, que ofrece su inmensa piel luminosa a la tierra, para que esta pueda realizar sus metamorfosis. Los ríos son los ancianos de la memoria y también las urnas donde se sumergen los pensamientos para llorar los rayos del sol de la vida. De las vastas aguas yacentes y grávidas de retornos, aguas del amor donde se refleja la Estrella del espíritu, la surgencia del Canto proclama la alegría de la tierra hacia la cual se lanza, y con esto quiero significar que la hondura de la existencia, proyectada hacia afuera, se manifiesta como lo que realmente es: signo y acto desbordante de in-surgencia.

 

 

CANTO VII

 

               El descenso. Quetzalcóatl desciende al país de las sombras en busca de los huesos de los muertos para crear a los hombres que habrán de habitar de nuevo la tierra. Su descenso no es órfico, aunque posiblemente se ha adherido a mi figura cierta cualidad misteriosa del mito griego, quizá más en lo que ambos tienen de expresión total de la existencia y no en las coincidencias de sus descensos y rescates, de tan diferentes motivaciones. Orfeo baja a los abismos de la Estigia para pedir que su esposa Eurídice sea devuelta a la vida de la tierra; Quetzalcóatl se enfrenta a Mictlantecutli para evitar la extinción de la humanidad. A la decisión redentora de Quetzalcóatl se oponen no sólo el Señor de los Muertos, quien afirma: «Porque de nadie será mi Reino» y desea que «prevalezca la sombra de Tezcatlipoca» sino los mismos huesos de los muertos que se resisten a dejar de ser materia sin futuro y se solazan en sus lechos pútridos. Pero Quetzalcóatl, acompañado por la doncella Xilonen, diosa del maíz tierno, hace vibrar dentro de las sombras los sonidos terrestres de su gran caracola y lanza sobre los huesos su signo espiritual: la estrella. Pero esto no es suficiente para que el creador pueda realizar su misión y el haz de huesos se convierta en fardo de resurrección. Ni el viento del mundo ni el espíritu pueden, solos, volver a la vida al pasado muerto, y por eso es necesaria la taumaturgia heroica, la cual se consigue únicamente por medio de la sangre, del don del cuerpo. Simbólicamente al sangrarse sobre los huesos, Quetzalcóatl cumple la doble función del acto genésico y del parto: engendra la vida en la oscuridad del pasado y levanta nacimientos a la tierra. Tanto para Orfeo como para Quetzalcóatl estaba en juego una resurrección: Eurídice vuelve a caer a las profundas tinieblas del reino de los muertos y se desvanece como leve humo impulsado por las auras ante los ojos de su amante; Quetzalcóatl consigue volver a la tierra con su carga viva. Virgilio, al final del libro IV de las Geórgicas, cuenta, después del fracaso de Orfeo, el triunfo del ingenioso Aristeo, antiguo amante de Eurídice. Orfeo que ha perdido para siempre a su esposa, llora solitario su pena, recorre las frías regiones hiperbóreas y menosprecia a las mujeres tracias, algunas de las cuales, enfurecidas, acaban por descuartizarlo; sus miembros son esparcidos por los campos, y su cabeza, lanzada al río Hebro Eagro, flota por la corriente, mientras «todavía su voz, su helada lengua, iba clamando con aliento desfalleciente: Eurídice, Eurídice».

Meses después de haber escrito este canto, descubrí con profunda sorpresa la relación onírica que había establecido entre mi Quetzalcóatl y Orfeo, a pesar de ser tan diferentes sus figuras. Estaban las dos cabezas. Las veo y las veré siempre como dos imágenes-símbolo de donde trascendía una grandeza tremenda, cerradas en sí mismas como dos mundos absolutos. La cabeza arrancada de Orfeo, roja y con los ojos cerrados, expresa la vasta desesperación de su alma; está sellada por la desmesura trágica del dolor que sólo es manifiesta a él mismo; más que una cabeza de martirio: un nudo de soledad indescifrable, un rostro modelado desde adentro por la pasión y el anhelo. Pero sus labios se movían. ¡La cabeza de Orfeo cantaba! Flotando sobre las aguas. Entre dos orillas que devolvían los ecos de una felicidad que sólo tenía un nombre. Aquel que había ardido solo, detenido el vuelo de los pájaros con su música y amansado a las fieras, cantaba la nostalgia de una sombra: ¡Eurídice! Ninguna respuesta se añadía al éxtasis del grito único que se desvanecía como un hálito puro alrededor del silencio de la Nada. Y la cabeza se hundía en las aguas, y rodaba por el fondo como una enorme fruta, ¡y la arena sepultaba el grito dentro de su boca abierta! Pero arriba, en la tierra, el cántico del destrozado dios solitario abría oídos a las peñas, repercutía en las montañas, aplacaba el caos del viento y se acostaba a dormir en los firmamentos nocturnos, abrazado a una lira de estrellas… La cabeza, en cambio, gigantesca de Quetzalcóatl, surge a flor de tierra, como el principio de un estatuario parto olmeca, y el gozo de la primavera borra las últimas sombras de su rostro, en el cual se abren dos ojos de oro. No hay pasto de palabras aún en el espíritu de aquel que ha vencido la muerte y vivirá su victoria dentro de la luz del mundo, pero ya la ancha mano del hacedor de hombres empuña la caracola que cuelga de su cintura, la levanta, esperando… De pronto, en el mismo instante que el sol sale en el horizonte, resuena el profundo e insistente sonido solidario, la gran llamada de la vida.

 

 

CANTO VIII

 

               Ojo desnudo, vestida voz. El tema de los amantes se entrelaza, junto con otros, con el del misterio y la trascendencia del verbo, que es lo fundamental para Quetzalcóatl. El amor crea en aquello que es temporal y se proyecta hacia el futuro, pero el canto es la llama de la eternidad.

 

 

CANTO IX

 

               La embriaguez. La embriaguez de Quetzalcóatl no es solamente de los sentidos sino una suerte de exaltación total de cuerpo, espíritu y alma. En la angustia cósmica que, al final, hace presa de Quetzalcóatl, suscitada por la sombra del nopal que ha cobrado la forma de Coatlicue, Nanotzin se identifica con la madre del hombre, con el árbol y también con la tierra en su sentido protector, y de esta manera la ve Quetzalcóatl aquí —como tantos hombres en ciertos momentos al lado de la mujer—: regresa a su infancia, es de nuevo niño por virtud de su desamparo frente al terror de lo desconocido que puede aniquilarlo; pero cierta parte de su instinto viril alerta se proyecta en su sueño, donde se ve a sí mismo convertido en llovizna y cayendo sobre la mujer-madre; poseyéndola bajo la forma de elemento fecundante su conciencia se disuelve, todo él se hunde en la tierra, vuelve a los orígenes, al seno materno. En mi concepción de Nanotzin, que asiente y acepta con amorosa pasividad, se integra una idea universal de la mujer considerada como asilo telúrico del hombre; protege y afirma, y así, en su absoluta disponibilidad creadora, se opone a Coatlicue en su aspecto terrífico de diosa de la tierra, de divinidad que pare y devora, destruye y crea con la misma indiferencia omnipotente.

 

 

CANTO X

 

               El espejo humeante. Considero este canto como el más denso y más complejo del poema. La lucha entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl se ha de entender principalmente en un sentido espiritual en el cual la tensión agonal asume un valor simbólico de antagonismo que sólo se resuelve por la derrota de Tezcatlipoca; una derrota sin embargo condicionada al eterno nacimiento de su contrincante. El dios del espejo que humea significa, en mi pensamiento, el otro, el hermano que odiamos y que nos confirma en nuestra condición humana. Sartre ha definido el infierno diciendo que son los otros. Y Rimbaud, antes, había dicho: «Porque Yo es otro», en un impulso feroz que tanto puede ser de identificación como de alienación. En cuanto a Quetzalcóatl, si su epopeya moral nos admira por su grandeza, sus caídas nos conmueven porque nos lo humanizan, nos lo acercan (Paul Westheim, en su obra La calavera, nos cuenta que en los cantos de los indios cora, recopilados por Karl Theodor Preuss, Quetzalcóatl es vencido por Tezcatlipoca. La diosa de la luna, madre de ambos, les ordena que den la vuelta al mundo, uno hacia occidente, otro hacia el oriente, pero les advierte que no deben prestar atención a lo que encuentren por el camino. El más joven de los hermanos, Tezcatlipoca, la estrella de la tarde, obedece la orden. Pero Quetzalcóatl, el astro matutino, se encuentra con una doncella que le pregunta si no quiere «coger flores», es decir: ayuntarse carnalmente con ella. Quetzalcóatl cae en el pecado, y como consecuencia, queda bajo el poder de su hermano pequeño, el astro de la noche).

En el curso de los cuatro movimientos temáticos que forman la estructura de este canto, se oye a intervalos el canto del búho, el tu-tú, tu-Tú simbólico y de diferentes significados: lo informulado de la naturaleza, la conciencia de la identidad personal, el latido del corazón del hombre; y al final, los sonidos de la flauta del niño de la noche y de la tierra… Según registra Sahagún, Tezcatlipoca el tentador «era invisible y como oscuridad y aire, y cuando aparecía y hablaba a algún hombre era como una sombra, y conocía los secretos de los hombres», y en el calendario su día llevaba el signo Ce miquitztli (Uno Muerte), que era el signo de la luna, la eternamente cambiante. Así, el dualismo de luz y sombra, vida y muerte, creación y destrucción queda repartido a medias entre las dos figuras. En la lucha, Tezcatlipoca más que buscar la destrucción de Quetzalcóatl, lo que quiere es vencerlo para convertirlo en su aliado, a fin de conseguir un acrecentamiento de poder maniqueo. Pero Quetzalcóatl, doblado por el peso y la sombra del mundo, no puede acceder, porque si lo hace la derrota sería definitiva para él, y eso es el comienzo de una lucha en la cual, encogido y descendiente, como en el claustro materno, se siente nacer de nuevo en el seno de la Madre, la Tierra, «la que gime con los senos rodeados de cielo», mientras una garra de Tezcatlipoca se le va hundiendo en el corazón, cuyos latidos recuerdan el canto del tecolote y al mismo tiempo son una confirmación de vida. Metamorfoseada la lucha de Quetzalcóatl en nacimiento, porque su espíritu no ha sido vencido por un poder superior sino, momentáneamente por la fuerza ciega, su nuevo comienzo ha de nacer realmente de la victoria sobre Tezcatlipoca; pero hasta cierto punto una parte de su ser se ha transformado en lo que ha vencido, porque nunca victoria alguna es total.

Quetzalcóatl, sí, es el Hombre Luz, pero en algún lugar de su conciencia se hospeda la Sombra, de la misma manera que Tezcatlipoca acusará, huyendo finalmente, la presencia en él de la Luz. Por eso el nuevo nacimiento de ambos es sincrónico. Quetzalcóatl en este descenso «por sus propias sombras» será realmente tentado, y abrirá sus ojos para ver su rostro en el espejo mágico y después contemplará las imágenes del poder y de las maravillas del mundo, mientras Tezcatlipoca le ofrece otorgarle el don máximo, el del creador que conquista el ser porque nombra (es decir: puede fundar con el verbo), y así abrirse a la posibilidad del diálogo cósmico y humano. Pero Quetzalcóatl no resuelve la dualidad en pacto sino por medio del dolor, derramando la sangre de sus ojos, donde la Estrella del espíritu germina. Al final, la canción de la tierra, sonando en la flauta del niño de la noche, exalta el amor —el beso, el yo-tú-, la única certeza de futuro.

 

 

CANTO XI

 

               El libro de pinturas. Quetzalcóatl se perfila en este canto como un tlamatini, palabra naua que, según León-Portilla, significa etimológicamente «el que sabe cosas» o «el que sabe algo». De las veintiuna definiciones de tlamatini que dan los informantes de Sahagún me interesa destacar las siguientes: 1) el sabio: una luz, una gran tea que no echa humo; 3) suya es la tinta negra y roja, suyos son los códices; 4) él mismo es escritura y sabiduría; 5) es camino, guía verdadero para los demás; 10) hace sabios los rostros ajenos; hace que los demás adquieran una cara (personalidad), los hace desarrollarla; 15) Se fija en las cosas, regula su camino, dispone y ordena; 16) aplica su luz sobre el mundo; 17) conoce aquello que está sobre nosotros y la región de los muertos.

Como un tlamatini, pues, Quetzalcóatl es «escritura y sabiduría» a la vez, el que conoce y expresa, y escribe, o mejor dicho, pinta en su libro confeccionado con hojas de amate (ficus petiolaris) plegadas como biombos. En los treintainueve fragmentos pintados que componen su libro, mi Quetzalcóatl se define por medio de una preceptiva aforística de entraña filosófica, por sus visiones e imágenes y también por la inmediatez de su circunstancia, que puede ser el temblor de un árbol o la presencia de Xelhua, su discípulo más amado. Es un Quetzalcóatl en estado de reposo que se ve y se escucha, recuerda y murmura y canta, da testimonio de sí mismo, y es, como maestro profundo de la vida, «el que enriquece y comunica algo a los rostros de los demás», para que conozcan y puedan ser ellos mismos en su verdad esencial. En su metafísica lírica, Quetzalcóatl enseña que el hombre pleno de su ser en la creación no puede estar enajenado por ninguna dialéctica que no comprenda el sentido trascendental de la existencia, y que el alma, la conciencia solar, la realidad maravillosa, el misterio de los cuerpos y los legados del amor, significan la muerte de los dioses. Este es el credo de Tonatiuh.

 

 

CANTO XII

 

               La ascensión. Al ver Quetzalcóatl, ya maduro de su tiempo, alzarse un zopilote de la cumbre de la montaña llamada La Mujer Blanca, considera ese hecho como un signo augural de su destino —tanto más cuanto el ave dirige su vuelo hacia el este, hacia el mar. Quetzalcóatl, aquel que un día descendió al país de las sombras para salvar a los hombres, ahora debe ascender a la cima de la montaña, dejar allí su alma, que lleva dormida en brazos, y después iniciar el viaje final. En este canto subyace la noción de que el alma del hombre, más que su espíritu, debe ser preservada para la eternidad, ser ella misma eternidad. Si el espíritu, en su dinámica creadora, se levanta en militancias que tienden a asegurar un futuro que debe ser hecho a su imagen y semejanza, el alma es la esencia inmutable de la vida hecha invisible y prisionera de todas las metamorfosis. El alma es la gran vivencia: tiene en sus manos el canuto en que se enrollan los hilos infinitos de todos los recuerdos; el espíritu, por el contrario, no quiere ser como el cordero que tira de su reata reculando al caminar sino un lazo o red o saeta lanzada hacia adelante. Aunque Quetzalcóatl es un hombre cupular no es presa de la «concupiscencia de altura» de la que habla Nietzsche: sabe que su quehacer humano está entre los abismos del espíritu y las cumbres puras del alma, entre las flores y los cantos, símbolo en el mundo naua de las únicas cosas verdaderas, a las que hay que acercarse con rostro y corazón. Y es por eso que Quetzalcóatl, convertido en invisible e inmensa sonrisa de su propio corazón, puede escapar a los viejos de la guerra que lo requieren e intentan detenerlo en su camino, atravesar después el viento de sus visiones y dejar en la cumbre nevada su alma durmiente y palpitante, la cual, después de ser poseída por el sol, soltará sus sueños y su cabellera: aguas y música de las alturas que bajarán a trazar el signo de Quetzalcóatl, el quincunce, en la falda de serpientes de Coatlicue.

 

 

CANTO XIII

 

               El árbol de piedra. El paso del tiempo, la transitoriedad de la vida, son leídos por Quetzalcóatl en la imagen que le devuelve el espejo. Su caída implica la conciencia de la Nada ante el árbol rojo de la vida, que se convierte en el árbol de piedra de los recuerdos. La tensión trágica de Quetzalcóatl en este momento de derrumbe vital no proviene de un miedo concreto a la muerte sino de estar vaciado del sentido de la tierra, y en lugar de sentirse vivir para el futuro, vive de pasado, de un pasado que para él no es más que fragmento, enigma y nostalgia. La última palabra del canto es el no de Nanotzin. Pero esta negación de la mujer contiene en realidad un que considero más afirmativo que el que pronuncia al final del canto de la embriaguez. La mujer salva y se salva protegiendo, cosa que puede hacer porque en ella no hay escisión entre naturaleza y espíritu. La desesperación existencial no se aloja quizá en la mujer porque el sentido de la tierra está adentrado en ella en función de conciencia del cuerpo, que se opone instintivamente al espíritu místico y heroico del hombre, el cual utiliza el mundo como escenario de sus sueños o como campo de batalla de su voluntad de poder. El no que lanza Nanotzin con la fuerza de su amor y de su sencillez inefable, es como una pedrada contra la sombra y el tiempo. Frente a la disposición de ser para la muerte que acepta Quetzalcóatl, se diría que Nanotzin va cargada de la suprema verdad de la tierra: durar para la vida. El tiempo para la mujer es el tiempo interior del fruto, que madura lo mismo la caída-muerte como la semilla-resurrección. La mujer, compensando la claridad estéril de la conciencia del hombre que anticipa, juega y combate, se encuentra más cerca del esplendor misterioso de la vida total.

 

 

CANTO XIV

 

               El éxodo. Dos imágenes nomás: «caña rota» y «humos nómadas», asociadas a la idea de tiempo implícita en el primer verso. Aislé estos dos versos porque creí que su fuerza sintética y sugestiva alcanzaba así una mayor eficacia y daba entrada al tema que se desarrolla al principio del canto siguiente y último del poema.

 

 

CANTO XV

 

               La fogata y la estrella. El pueblo de Quetzalcóatl, errante después de su derrota, vencido por la violencia guerrera, marcha «en la pura tensión de la lejanía» y se siente cada vez más fuerte en la dura hermandad de un pensamiento místico de paz y de fundación. Quetzalcóatl va con los suyos, por última vez. Pero por muy poseído de anhelo de futuro que esté el pueblo solar, no puede dejar de oír la voz del pasado que lo acompaña (simbolizado por los Murmullos, raíz de mito y de historia). Estos murmullos, en su carácter de inmemorial conciencia colectiva que se expresa por medio de imágenes oscuras y balbuceos mágicos, tienen una significación semejante a la de las visiones que desfilan por el espíritu de Quetzalcóatl en el primer canto del poema, y cierran el ciclo de mi concepción quetzalcoátlica como una coral de fábula y crónica anónima, en la cual se individualiza únicamente la figura de la doncella Ixquic del Popol Vuh. Para estos murmullos utilicé algunas imágenes y nombres sacados de los Anales de los Xahil, del Popol Vuh y de algunos poemas nauas, a fin de que en el ámbito nuevo de mi poema resonaran ecos directos de la voz antigua. En mi interpretación de Ixquic, que surge también de los Murmullos y precede inmediatamente al sacrificio y ascensión de Quetzalcóatl, la figura de la doncella del sur personifica en mi pensamiento el eterno femenino ligado a la tierra: llamada de génesis, el deseo del cuerpo como puente entre el ser y el no ser, atracción ciega hacia abajo de lo irracional de la vida. Así, al final del poema coinciden —no en oposición sino en yuxtaposición— los Murmullos, Ixquic y Quetzalcóatl; o sea: el pasado como una inmensa boca que hunde su alucinante balbuceo en el tiempo; Ixquic, sólo vida llamando más vida, ausente de todo menos de su fuego, maravilloso molde de posteridades; y el Fundador Luminoso a punto ya de ascender de su propio cuerpo convertido en el símbolo espiritual del eterno retorno.

 

 

 

Salvador Espriu

 

 Santa Coloma de Farners, 1913; Barcelona, 1985.

 

OBRA POÉTICA: Cementiri de Sinera (Cementerio de Sinera, 1946), Les cançons d’Ariadna (Las canciones de Ariadna, 1949), Les hores (Las horas, 1952), Mrs. Death (1952), El caminant i el mur (El caminante y el muro, 1954), Final del laberint (1955), La pell de brau (La piel de toro, 1960), Llibre de Sinera (Libro de Sinera, 1963), Per al llibre de salms d’aquests vells cecs (Para el libro de salmos de estos viejos ciegos, 1967), Setmana Santa (1971), Per a la bona gent (Para la buena gente, 1983).

 

 

Salvador Espriu

Final del laberinto

 

 

Dedicado a la clara memoria

de Francesc Espriu, mi padre.

30-IV-1940

 

 

 

 

Soll das Herz vollkommene Bereitschaft haben, so muss

es beruhen auf einem reinen Nichts —in diesem liegt zugleich

das höchste Vermogen, das es geben kann.

 

Meister Eckehart.- Von der Abgeschiedenheit.

 

 

 Et propterea magnus Dionysius dicit intellectum Dei

magis accedere ad nihil quam ad aliquid. Sacra autem

ignorantia me instruit hoc, quod intellectui nihil videtur, esse

maximum incomprehensibile. —Quis enim intelligere possit

unitatem infinitam per infinitum omnem oppositionem

antecedentem, ubi omnia absque compositione sunt in

simplicitate unitatis complica­ta, ubi non est aliud vel diversum,

ubi homo non differt a leone et caelum non differt a terra, et

tamen verissime ibi sunt ipsum, non secundum finita­tem

suam, sed complicite ipsamet unitas maxima? —Desiderium

autem nostrum intellectuale est intellec­tualiter vivere, hoc est

continue plus in vitam et gaudium intrare.

 

Nicolaus de Cusa. De docta ignorantia.

 

 

 

 

 

I

 

De lento dolor deviene sueño oscuro

aquella luz de los altísimos palacios. Y el tiempo

la esparce por el recuerdo, flor deshecha ya

entre los dedos ásperos de lluvia de mi invierno extremo.

Miro la noche entera y percibo el corazón

vastísimo de la tierra, el maternal respiro

fangoso que guarda al trigo por venir.

Mañana llegarán horas tranquilas:

amplias alas abiertas de los pájaros

traerán al campo las grandes calmas del verano.

Tal vez haya un buen mazo de árboles piadosos

de sombras extendidas sobre secos caminos.

Pero yo que conocía el canto secreto del agua,

las alabanzas del fuego, de la tierra labrantía y del viento,

me veo metido en oscura prisión:

descendí por escalones de piedra

a este cerrado recinto de lisas paredes

y avanzo solo al espanto del largo grito

que retumbaba entre las bóvedas mi nombre.

 

 

II

 

He andado estancias de la casa

del hacha del relámpago.

Como no tiene ventanas

no podía yo saber.

Como no tiene puertas

no podía yo escapar.

Del fondo de sus pasillos sin luz

avanza contra mí un terrible llanto,

una queja elemental por altos prados,

por vientos libres y bosques y la noche

ancha y abierta bajo las estrellas. En peligro

extremo de muerte, me siento más y más

hermano de aquel dolor que ya se acerca,

ciego y enemigo.

Entonces, cuando la sangre

es derramada airadamente por la roja tiniebla,

devengo hombre cabal, justificado.

Y mis labios entonan,

nacidas del valor, de la compasiva sonrisa,

abriéndome finalmente el único paso de salida,

unas pocas, frágiles, claras

palabras de canción.

 

 

III

 

Me conduce el canto

al pastor

del rebaño resplandeciente;

al pastor que posaba

mucho lento y dulce sueño

en los ojos de la noche.

El sol se va;

todavía veo

en las cimas

su último adiós.

Ahora mismo el pastor

compra cabritos

en los mercados

altísimos de la luz.

Después se inclina,

viejo, compasivo,

y compra también

este dolor pequeño

que soy,

y hacia el horizonte

me lleva consigo,

por entre hierbas tiernas,

por largos caminos de crepúsculo,

siempre con él

y con el viento.

 

 

IV

 

Rebaños de estrellas,

rebaño del viento.

Y yo.

Y sólo un pastor.

 

Pero se van

con mucho sueño

a echar los bueyes

de la alta manada.

A mí me quedaba el viento.

 

Los dos vinimos

siguiendo el paso

lentísimo del sol,

su camino:

también queremos dormir.

 

 

V

 

¡Occidente!

Con el pastor venía

el largo rebaño del viento.

 

Viento dormido sestea

entre yerbas altas.

Le abrigará su sueño

oro otoñal de los árboles.

 

El viento y yo bebíamos

poco a poquito del agua.

Una misma sed

nos hermana.

 

El viento y yo, el viento y yo.

En la orilla del río, seguíamos

la mirada del pastor.

 

 

VI

 

Poco a poco bebes muerte:

tu sed envenenaba el río.

No te mires en su corriente;

no te alejes del viento.

 

No ames tu imagen

en el fondo del agua.

Toda la tarde es peligro;

por el oscurecer viene pavor.

 

Al mirarte en el espejo,

pequeño amigo, tan frágil,

en su mirada de hielo

te has para siempre encantado.

 

Y ya no puedes huir,

y escuchas que se acercan,

saliendo del miedo del bosque,

pasos lentos de cazador.

 

 

VII

 

Acontecerá la tarde,

venado, muerte escondida.

 

Oro, luz prisionera

en los palacios de la araña:

claridad de sol poniente

poco a poco hilaba.

 

El cuerno del cazador

me busca por entre la larga

herida de la sed

en el espejo del agua.

 

Como los ojos de la noche

me daban acogida, ¡me conocen!

Lentísimamente, el hielo

aleja las palabras.

 

 

VIII

 

La vieja noche se pone

abrigo nuevo.

Se lo abrocha con una larga

canción de grillos.

 

El hombrecillo de la luna

enciende su farol.

Lanzó mudas jaurías

en mi persecución.

 

El peligro total te escucha,

corazón palpitante.

Grandes colmillos del silencio

andan al acecho.

 

Alta frialdad de estrella

en el último hielo

de unos ojos que ya no ven

se miró.

 

 

IX

 

¡Que el bosque me rodea!

Escóndeme de los árboles

de mi miedo.

 

Me alejas por entre la noche

del mendigo ciego:

¿por dentro he de sentir

temores de alba?

 

Me sé presa segura

de esta cacería.

Cuando cobres mi despojo,

¿a quién llevarlo?

 

Devengo, al rayar el alba,

desnuda herida de delgada lanza.

La gran sed de ti

ya se apaga en mi alma.

 

 

X

 

Desnuda luz de alba

me daba la caridad

de una ropa de plata.

 

Sólo de desnuda luz

el mendigo se ha vestido

y caminó los mares

de la niebla del alba.

 

¡Cómo su clara frialdad

convertíase lanza!

Por su herida, soy

de la voz que me buscaba.

 

Poco a poco, el hielo

calmaba la caza.

Con harta sangre apago

la sed y la mirada.

 

 

XI

 

Entre la niebla

del alba,

¿qué veías, cazador,

qué veías ya:

hombre, venado, árbol?

Guarda tu rápido dardo,

abandona la delgada

lanza. Penetrarás mejor

en lo secreto de esta

profunda vida clara,

tan solitaria,

si la hieres

con hacha bien afilada.

Pero mírame antes,

allende la hora calma.

Adivina qué soy

a la orilla del agua.

 

 

XII

 

Observa este árbol solitario:

arraigado en honduras

de un sueño doloroso,

mira cómo me voy volviendo árbol.

 

Al suplicar más luz a estrellas

lejanas, mis brazos alzados

por todo lo alto

se convertían en ramas.

 

A beber de la fuente

de mis palabras,

en orden de copa a ramas

bajan pájaros del alba.

 

El canto se me volvía

corazón que lentamente se para.

La niebla velará

último rumor de agua.

 

 

XIII

 

Pájaros del alba

leve bajan la mañana

de rama en rama.

Ya en tierra, la luz se va

a paso de tarde.

 

 

XIV

 

La tarde se ha encantado

escuchándose

en un ligero rumor

de doradísimas hojas.

 

Poco a poco caen

pequeños vocablos, suaves alas

de la canción de sueño

de la tarde.

 

En los ojos profundos del lago,

ramas ahora desnudas.

Escalofriaba el viento

el desnudo dolor del árbol.

 

Me muero en soledad

de alto tronco junto al agua.

He sentido secarse

las grandes raíces del llanto.

 

 

XV

 

Consumada la muerte del árbol,

con el hacha en seguida cortabas el tronco.

Había acabado el viejo dolor del árbol,

y te lo llevabas a convertirlo en fogata.

 

Cavas la tierra que han dejado reseca

donde se secaron las raíces del llanto.

Cavas dentro de tus palabras:

no sabes encontrar en ellas la canción.

 

 

XVI

 

Cavaba mi jornada

en el corazón de la sequía.

Doblado de sol a sol,

no puedo ya enderezarme.

 

Abría, a punta de pico,

en el recuerdo de mármol,

un hoyo donde más hondo enterrar

mis esperanzas muertas.

 

Trabajo duramente

en áridas palabras.

Se agosta la canción

cuando pruebo entonarla.

 

Profundizaba el pozo

del vidente que me mira.

Nunca duermen esos ojos

fijos al fondo del agua.

 

 

XVII

 

Lo despierto

se olvida de mi sueño,

¿o quiere dejarlo

que sea sólo imagen

del miedo inmortal?

 

 

XVIII

 

Mi miedo

cabalga noche,

temblor de alba.

Sueño adentro

me acosa.

 

Tiempo de canción

alta casa reclama.

De sangre la construí,

de muerte la coronaba.

 

Cansado adiós,

triste, solitario,

larguísimo grito de adiós,

hacia lo lejos del agua.

 

El pobre amor

de mi alma

nombra el nombre de la nada

con odio de palabras.

 

 

XIX

 

Hablaré del viejo fuego y del agua.

Si quema mucho la nieve,

más helaba la llama.

 

Hablaré de la espada y del agua.

Si me ha herido la fuente,

me curará la espada.

 

Hablaré del pájaro y del agua.

Si luz de cimas en el río,

oscuridad de tierra el ala.

 

Hablaré de la rosa y del agua:

la muerte de la mar abre

la flor más perdurable.

 

Hablaré de mis ojos y del agua.

Si todo lo mira el lago,

yo tengo las niñas de los ojos blancas.

 

Nombro la lluvia, la lluvia, la clara lluvia

y el llanto del adentrado

sin retorno en el agua.

Nombro el nombre de la nada

más allá del fondo del agua.

 

 

XX

 

Y después, el silencio,

pequeño, tan frágil,

piel de tambor

que percutió la lluvia.

Unas manos

delicadísimas

la muerta canción

bajaron,

muñeco colgado

de los labios de la locura,

y se la llevan, piadosas,

al reposo de la luz.

Transportada era en alas de palabras,

palabras nunca dichas,

abejas resplandecientes.

Y yo las seguía

hasta el jardín lejano;

y hago entrar al enjambre

dentro del olvido,

y para siempre ya, taponeo la colmena.

 

 

XXI

 

Abejas. El enjambre completo

en la colmena encerraba.

El tapón de la colmena

es de piedra muy pesada.

 

La tierra del bancal

labraba el sueño de los bueyes.

Margen has de levantar

de piedra perdurable.

 

Con sangre he querido erigir

una canción de mármol.

La lluvia la borró

palabra por palabra.

 

La losa del olvido

poco a poco cayó.

Ni el largo llorar de los muertos

podrá nunca más alzarla.

 

 

XXII

 

—Acuérdate de nosotros,

para siempre alejados de la luz de tu barca,

privados de los caminos del mar y de las alas.

En la tierra esperábamos tu lluvia rara;

nuestra sed pedía una limosna clara.

La lluvia venía, y nos era contraria.

Nos encerraba detrás de altas rejas de agua,

apagaba nuestro clamor de sombras ya penadas.

Pero con tus ojos nosotros llorábamos,

y nos volvíamos raíz, la raíz más amarga

de este viejo dolor de escondidas lágrimas.

Lloramos dentro de ti, dentro de tus palabras,

en cada una de tus palabras,

para que hoy nos recuerdes todavía.

 

—Mi extraño tiempo borraba vuestro dolor.

Poco a poquito la losa cayó:

ni con vuestro lamento la podreis alzar.

 

—¿Moríamos en ti o tú has muerto con nosotros?

¿También estás tú aquí, canción ya finada?

Si por ti escuchamos su tañido elevarse,

¡qué oscuro han doblado las oscuras campanas!

 

 

XXIII

 

Tañido distinto percibía el navegante en perdida mar,

un ancho sonido de fiesta por caminos eclesiales,

como invitándolo a la imploración señorial,

a las palabras que llamará su gran fatiga.

Pero las olas gruñen a su alrededor.

Lo rodeaban caninos del can enloquecido del agua.

Sabía lejanos el reposo y la ribera

y se demora y se demora en los peligros del viaje.

Porque sentía miedo del nombre de la nada

y llena su vacío de tristes perjurios.

Por quien ha temido pasar a la oscura claridad,

doblan las campanas palabras de muerto.

 

 

XXIV

 

Las campanas abrían

de madrugada

caminos en mar.

Pero la fuerza

de aquella corriente

del fondo

era contraria

a la proa de mi barca.

 

El viento se duerme

en sábanas de agua.

Velas caídas ponen

mucho más alejada la playa.

 

Se apagaba ya el tañido

por entre la ancha tarde.

Las puertas de la luz

se me cierran.

 

 

XXV

 

Y alcanzo la ribera de la noche,

el reposo del playón que conocía mi barca.

Se encienden fuegos de bienvenida

en la montaña. Más elevadas,

una a una, las estrellas,

ojos que amortiguan hoy mi viejo miedo.

Y me encamino en soledad hacia la fuente lejana,

a los altos prados de la serenidad del sueño.

Y lentamente se abrirá, para acogerme, el cerrado

recinto donde yo permaneceré para siempre

en mi paz.

 

 

XXVI

 

He dejado atrás el playón y la barca

y la mar gruñía más que apagadamente a mi espalda,

lejano perro loco de una antigua pesadilla.

Camino con esfuerzo montañas arriba

y avanzo por entre hileras e hileras de llamas,

luminarias de bienvenida de la noche.

Oigo a lo lejos un rumor que se acerca,

libre galope de caballos en las altas praderas

que veo verdear pasados los límites del último bosque.

¡Porque ya es de día!

Me llega súbita la claridad de este nuevo día

que devendrá plenitud de mi sueño feliz.

 

 

XXVII

 

Cuando ya sea feliz

sueño de praderas altas,

caballos se encabritarán

saludándome.

 

Cielo de los caballos. Volvían

más allá de galopadas

victorias, por entre obedecidos

clarines de batalla.

 

Pastan libertad,

hierbas de sol, las albas,

las tardes sin noche,

toda la luz alcanzada.

 

Por cabalgados caminos

a buen trote de retorno,

en paz me acogerán

sabios ojos de centauros.

 

 

XXVIII

 

Príncipes centauros,

por las escaleras

ascensionales del sueño,

salvadas las cimas,

donde el resplandeciente

triunfo de lo amarillo

ahora da señorío

a la blancura,

me transportan.

 

Los sabios ojos

me dejan solo,

muy lejos del bosque,

lejos del adiós

del último árbol.

 

Suprema nieve

el olvido.

Y yo, solo,

destino

cumplido,

solo conmigo

y con el águila.

 

 

XXIX

 

A salvo ya en la nieve

alta de las montañas,

en la cima más lejana

he pronunciado palabras blancas.

 

Con labios llenos de sangre

expreso heladas palabras,

la clara soledad

de mi alma.

 

Largamente me despiden

ramas elevadísimas.

Sobre el último abeto,

primer dominio de alas.

 

Me percibo desnudo

de recuerdo y esperanza.

Sólo canciones de nieve

podrán acompañarme.

 

 

XXX

 

El aire resplandeciente

arraigó en el lamento.

Alas de la sangre

conducen a claridad.

De la luz a la oscuridad,

de la noche a la nieve,

sufrimiento, camino,

palabras, destino,

por la tierra, por el agua,

por el fuego y por el viento.

 

Salvo mi maligno número

en la unidad.

Más allá de contrarios,

veo identidad.

Solo, sin mensaje,

liberado del peso

del tiempo, de esperanzas,

de los muertos,

de los recuerdos,

pronuncio en el silencio

el nombre de la nada.

 

 

 

Joan Vinyoli

 

Barcelona, 1914; Barcelona, 1984.

 

OBRA POÉTICA: Primer desenllaç (Primer desenlace, 1937), De vida i somni (De vida y sueño, 1948), Les hores retrobades (Las horas recuperadas, 1951), El Callat (Lo Callado, 1956), Realitats (Realidades, 1963), Tot és ara i res (Todo es ahora, y nada también, 1970), Encara las paraules (Todavía las palabras, 1973), Ara que és tard (Ahora que ya se hizo tarde, 1975), Vent d’aram (Viento de cobre, 1976), Llibre d’amic (Libro de amigo, 1977), El griu (El grifo, 1978), Cercles (Círculos, 1979), A hores petitas (En horas de madrugada, 1981), Cants d’Abelone (Cantos de Abelone, 1982), Passeig d’aniversari (Paseo de aniversario, 1984), Domini màgic (Dominio mágico, 1985).

 

 

 

                                              Joan Vinyoli

                                              Viento de cobre

 

 

CON RONCA VOZ

 

Como que no como para hambre como la que tengo,

como que no aplaco la gran sed que tengo,

como que no sé cambiar mi grito

en especie de vianda,

sufro de hambre y de sed y clamo retorciéndome.

 

Tiemblo, oscuro, de las raíces a las hojas

y me cubro de añoranza atormentada

y me pierdo espesura adentro del gran bosque

pleno de barrancos

y soy el pavo montés:

me exalto de noche cuando las estrellas vacilan,

con ronca voz anuncio la aurora,

tapándome los ojos, tapándome el grito con las alas,

y me esponjo cuellohinchado y danzo,

hasta eso, sabiendo que me acechan los ojos del cazador.

 

 

 

1

 

 

 TIEMPO PERDIDO

 

Es hora, ya, de decir

la primera palabra:

Tengo miedo.

Camino por un bosque

quemado, sin árboles. Veo surgir las raíces.

Tengo miedo.

¿Qué dice este pájaro

cantando en una rama deshojada?

Tiempo perdido.

No preguntes,

que no te sabría decir

el origen de las cosas.

Tiempo perdido.

 

 

OJOS DE AGUA PROFUNDA

 

Tiempo perdido. Tiempo perdido. Tiempo perdido.

Repetir unas mismas palabras a mayores profundidades

es quizá despojarse para encontrar el camino

del otro lado.

Ojos de agua profunda.

 

 

DIE ZAUBERFLÖTE

 

Encantada en un bosque

de cedros viejos tocas la flauta.

Qué

tonada, no lo sé.

Sonreías

feliz.

Me hablas a veces

con una voz equivalente quizá

al sonido primigenio.

No dejes

nunca de tocar en el pasado ni ahora.

Crea el sonido.

 

 

EL LUGAR

 

Al llegar al paraje

de los robles y los cedros cuya vejez

nos remonta a los bisabuelos,

se me ha vuelto casi insignificante

el resto de las cosas, todos los pasos andados

fuera de aquí, el insensato afanarse

en caminar. ¿Hacia dónde? Sólo importa

no moverse,

                      encontrar el lugar.

 

 

LA GANANCIA

 

Nunca te rindas.

Vuélvete hacia el costado

donde antaño veías el gallo de la veleta

que te hacía creer en el último grito

del urogallo.

Entra

negra mar adentro y baja al fondo.

 

Cuando subas, coralero, y te hayas quitado

la pesada escafandra,

te habrás ganado una mar lisa

y el vuelo de la gaviota.

 

 

MONTAÑAS

 

En la vida siempre

he visto montañas y montañas

a plena luz, bosques de abetos, de hayas,

como si fuese en un vagón de tren

mirando por la ventana.

¡Cuántas fuentes

brotaban de las sierras y creaban ríos!

Todo es inaccesible, lejos y cerca.

Reverbera la nieve.

No siento

rumor de nada.

A medida

que envejecemos vuelven las cosas

primeras.

 

 

UNA COSA O LA OTRA

 

Vale más caer en un pozo

que llevar el cántaro a la fuente. Vale más

morir en un bosque quemado

que estar a la sombra de un sauce.

Todo recobra

significado cuanto más una gran niebla

envuelve los sentidos.

No borres

las viejas palabras.

Procura, sobre todo,

volver a las fuentes.

 

 

EL GRANERO MORADO

 

El viento de cobre tiembla sobre las montañas.

Las telarañas del bosque empañan al extraviado.

 

Enciérrate en el granero

morado de la tristeza. Ten

en cuenta que quizá lo más importante

es coger nueces o bien encostalar avellanas,

echar un trago de vino, pasar castañas

de un canasto a otro.

Mira, pesa, palpa,

la finura de las bellotas.

 

 

DE GABARDINA GRIS

 

Noviembre, hazme compañía

y recuperemos las viejas castañeras,

embufandados, de gabardina gris,

contándonos cosas de melancolía

sin remedio.

Estoy pleno de montañas

de bosques negros de silencio muerto.

Hace un frío húmedo y el rumor se apaga

sobre los grandes socavones aromosos

de hojarasca mojada, que se pudre.

 

Vayamos a las afueras con el apagaluces

del sacristán: matemos uno por uno

los cirios del anochecer.

 

Penetremos en la oscuridad que germina.

 

 

EXCURSIÓN

 

He visto ir y he visto volver, de lejos,

grupos de gente —banderines y algarabía—

por los flancos de la montaña.

Merendaban, bebían, bailaban excitados.

Más tarde, los hombres han cubierto

a las enloquecidas muchachas de ancas

de yegua, mientras el cielo enrojecía.

 

Tú, muchacho ceñudo, no te estés hurgando

siempre la tapa de los sesos. No mires

azulejos de pájaros ni cristales decorados;

no mastiques el pan de la palabra.

Únete a los demás. Invéntate su alegría.

 

 

REBAÑO

 

Vienen las cabras de oscuro olor

tosiendo, negras, rojizas,

tras los machos cabríos en delantal de cuero

—que no las preñen a todas.

 

Comer queso, beber vino

bajo una encina y el celaje al fondo

—rojo, gris, morado—, y no oír ninguna voz,

diré que es media vida.

La otra mitad

la va mordiendo la muerte con sus dientes de lobo.

 

 

LO SABEMOS TODOS

 

Lo sabemos todos: la vida

inexorablemente juega su juego. Pero

alguien murmura en la oscuridad:

la vida ríe sin motivo; la muerte

tiene siempre la razón,

como una vieja en un rincón.

 

 

EL HOMBRE DEL VASO DE VINO

 

Vivo en silencio.

Veo nubes y gaviotas sobre el mar.

Las lejanías se me acercan.

De golpe, todo se me aleja.

Bebo un gran vaso de vino

bien fermentado y me adormezco,

mientras la tarde amarilla en el viñedo

se vuelve roja sobre el cortijo.

Al rayar mañana seré más pobre todavía.

 

 

HACIA LA NADA

 

No sé por dónde camino; sé nomás

que camino hacia la nada.

Hace mucho tiempo que me destruyo.

No sabré nunca dónde estoy.

No podré ver nunca la verdadera

mar en su fondo.

Sólo se me concede

mirar temporalmente las cosas.

 

 

OTRA MÚSICA DEL OTOÑO

 

Caen las hojas corrugadas

cubriendo de una

costra crujiente la tierra,

pero la vieja llaga

que no supura ni duele mucho

es incurable.

 

Duermo ahora:

déjame reposar

bajo estos árboles donde se enrosca la yedra;

ni viejo ni joven, como quien hace un alto

en el camino y escucha

la voz de los muertos.

 

 

EL MOTOR

 

Encendeis el motor. Estrechais

la frialdad del brazo de agua que vibra

hacia los depósitos.

Desde la terraza

contemplais las islas, la ardiente extensión

del mar, la mañana transparente,

la blusa de una mujer revoloteando al viento.

 

 

TOUS LES JOURS

 

(Magritte)

 

El crepúsculo baja por la carretera azul de montañas

detrás de nosotros, encarrerados en bicicletas

mal niqueladas, de alquiler.

Llegando al carrizal,

a la orilla de la poza profunda me siento:

espero

al crepúsculo que se acerca.

Por el zarzal

bajamos al agua negra, densa

de la poza.

Nos desnudamos. Nadamos.

Escalofrío de carpas.

Nariz roja del hombre

que nos mira desde lo azul.

 

 

PISCINA

 

No todas las mañanas,

ni aunque sea domingo,

podemos abrirnos a la vida,

saber de repente que no es nada más

frustración, trabajo, sino liso trampolín

desde donde, erecto, salta el cuerpo y cae

en la piscina oblonga

de donde parece que no pueda salir nunca.

 

Sale, no obstante, sonriente,

chorreante, luminoso,

y se abandona a tomar el sol.

 

 

GUÁRDAME DE LOS CUCHILLOS

 

No todas las mañanas,

ni aunque sea domingo,

podemos arrastrar un recodo de yedra

extendido por tierra entre gritos

magenta vivísimos, blancos, rojos.

Ciclámenes, gotas preciosas

de sangre.

Guárdame de los cuchillos,

porque puede suceder que me encuentre cortando

tallos de flores abiertas en la noche, húmedas

todavía de rocío, incitantes,

y sólo me queden cálices de adormidera.

 

Caminemos por la avenida de las palmeras

hasta alcanzar el fortín

de los altos cipreses férreos

como un manojo de lanzas

quemando oscuridades al sol.

 

Miremos, ahora, la ruina de los alrededores.

 

 

DÍAS EN EL CAMPO

 

Con ojos de frío y plenos de viento contemplo la escarcha

en el huerto y la metálica telaraña

clavada a los montantes de madera

del gallinero que guarda

al escapadizo averío.

Y siento el hedor

gris, picante, de escuitate de gallina

blando, caliente, que asfixia. Más tarde,

 

hora de sol, rápido, el gallo persigue a las gallinas

que huyen ahuecando el ala.

Me gusta la cuajada

negrura del estiércol, rico en sedimentos,

fiesta para la gran boca de la tierra

que lo engullirá humeante.

 

Las herramientas de trabajo dormitan a la entrada

del cortijo en sombra, arrinconadas

cada vez más por el triunfo rojo

de las grandes máquinas férreas

que navegan sobre los campos.

 

Coa, azadón, azada,

gritan por el mango su indefensión

de no ser útiles sin la mano de un hombre,

pero proclaman siempre,

bajo el óxido del filo,

la vieja fuerza de la mano humana.

 

 

HORA FIJA

 

En plena mañana la Torre se derrumbó.

El escombro en cataratas cubre el bosque.

Donde se irguió la piedra en el oro del sol

polvo de nieve se levanta en el claro de luna.

Destino caduco, incoercible cambio.

Párate:

hora fija del poema.

 

 

 

2

 

 

MEDIO SORDO

 

Estoy medio sordo, pero

no grites. Habla bajito.

“If music be the food of love

play on”. No volveré. No vuelvas.

I must do something of my poverty.

 

 

EN BUENA COMPAÑÍA

 

Buen número de jardines de peonías,

lilas y guisantes

de olor, son lugar para pasársela bien

cuando ya la luz baja

la voz y sin hacer ruido

por las gargantas tortuosas del oscurecer

se aleja la tartana

de la desesperación.

El día tuerce el cuello

como una espiga plena.

La noche es toda para

nosotros. Enciende el vino.

 

 

PERFECTAMENTE RECUERDO

 

Perfectamente recuerdo que venías,

por la calle de la mar, en los ojos fuego,

cuando me viste en lo oscuro donde te esperaba.

Sin decir nada fuimos a una calle del viejo

arrabal terrosa y pedregosa y empinada, y allí,

contra la tapia de un huerto, cogimos bajo

la noche, de prisa, no fuese que alguien nos viera.

Y cuando el gozo fue cazado hasta el espanto convulso,

salí de tu cuerpo y nos separamos corriendo. Y más tarde

nos encontramos y nos vimos como si fuésemos

otros, ya unidos para siempre.

 

 

LA HARINERÍA ABANDONADA

 

Perfectamente recuerdo los días de la harinería abandonada:

en el suelo mismo o en un lecho de sacos viejos nos tumbábamos

quietos, y cuando quemaba el deseo cogíamos y cogíamos,

y resurgíamos limpios y felices

a un ancho horizonte de pensamientos transparentes,

a una alta, airosa, bermeja madrugada levantándose del mar.

 

 

EL ÚLTIMO NUDO

 

Yo sé que está profundamente escondido,

hasta cuando te tengo entre mis brazos,

y bebo en tus labios,

que poco a poco cumplen,

y cada vez más de prisa,

con ciega fuerza los designios

descubiertos primero en la simple

sonrisa, en los primeros blandos

besos que lenta-

mente se complican

en la tarea de andar sacándonos

de un cuerpo para ser en el del otro

hasta alcanzar los espantosos

convulsos gritos pequeños

del último nudo del abrazo carnal.

 

 

PROYECTOS DE FELICIDAD

 

Nos perdimos en el paso

inacabable y único

del uno al otro:

hablaríamos

de todo en el claro día estricto,

se nos volvería la voz

como un silencio de rocío

sobre la yerba en la noche,

descansaríamos la mirada

sobre el orden de los campos

y las islas pobladas

de gaviotas y alcatraces.

 

Pero un día, en cayendo

la tarde en campo abierto,

encendimos una buena fogata

en un olivar muerto

y con manos temblorosas nos llevamos

tizones encendidos a la boca

y nos llenamos el pecho.

Y morimos, no muriendo nunca,

como de quemaduras de último grado.

 

 

UN MORETÓN EN EL HORIZONTE

 

Inventaremos un sol

que no se baje nunca: pasaron

días y noches, meses y años,

y el sol estaba en el mismo punto, ardiente,

y solitario, limpio; abajo el mar

pleno de chispas.

 

“Felices pocos”.

Pero no.

Un día calentó menos; otro, lentamente

comenzó a ponerse.

Bien puedo decir que lo devoró la noche

como a casi todas las cosas.

¿Casi?

No: todas.

Todavía veo un moretón en el horizonte.

 

 

POR MÁS QUE NOS ABRAZAMOS

 

Por más que nos abrazamos y que nos llenamos la boca

de boca y que nos mezclamos los cuerpos,

nunca somos uno. Cada vez

el intento de no gastar demasiadas palabras,

que es lo que más traiciona.

Vale más el gusto de las pequeñas cosas

veladas, que revelan.

 

Un día claro de sueños y de fuego

nos devuelve al lugar donde comenzamos.

 

 

UNA VOZ DESDE LO OSCURO

 

Escúchame: para siempre escucharás

esta voz que tanto en ti recoges

como si no fuese la mía, sólo la voz de alguien

que te llama desde más allá que de lejos.

De un mar fosforescente donde se forma

la gran tempestad que tú y yo sabemos

guardar y hacer nuestra.

 

 

EL BANCO DE PIEDRA

 

No diré nunca que malgasté la vida;

si el rostro te sonríe

es que las aguas bajan limpias y nos

hemos bañado los dos en la misma poza.

 

Caminamos después por el sendero

de las palabras hacia la casa del silencio

que se alza en la cima del monte

y nos sentamos en el banco de piedra.

 

Todo converge en una flor

vista y no cortada.

 

Conviene luego, y es necesario,

separarse y servir.

 

 

LA ÚLTIMA PALABRA

 

Todavía no se ha dicho

la última palabra.

Pero los presagios son más que sombríos.

No contaban con el dolor sin fondo

que se apodera de ellos cada noche,

cuando salen del trabajo y saben que nunca

más se encontrarán en ninguna parte.

Todavía no se ha dicho

la última palabra.

 

 

TIEMPO

 

Devuélveme, ah, devuélveme a los años

de la juventud,

de los amigos

en el río, de los paseos

y las pistas de tenis

y el pingpong.

No. No.

Devuélveme a la furiosa

pasión que hizo de mí otro hombre.

Ya nunca más seré el muchacho

que se la pasaba jugando.

Y me alegro.

 

 

3

 

 

 

 “LO QUE LLAMAMOS MUERTE”

 

Llegamos al final

de una vida desmedrada:

sueño, hambre, frío, no cuentan ya.

Sólo un rostro de ojos

desorbitados contempla

“lo que llamamos muerte”.

 

Pequeño fardo

de acumuladas infelicidades

soportadas a lo largo de lo que llamamos

la vida, no te mueves, no

intentas ningún gesto de rebeldía:

mueres dura y simplemente.

Que los burlistas

depongan sus cascadas trompetas

frente a este estertor.

 

 

EL SILENCIO DE LOS MUERTOS

 

La tierra cobra su diezmo. Pero no

hablemos de los muertos y hagámosnos

lentamente a la idea de que algo suyo

lo tenemos cerquita.

Vivamos acompañados

como si nomás nos separase una pared de humo

que priva sólo de vernos. Su silencio

se nos torna sensible, a veces,

intensamente, en un recuerdo.

 

No dejes de rodearte

de sus imágenes. Todos los días

ponles flores a un lado, por si pudiesen

oler el olor de las rosas.

¿Qué sabemos de cierto

de su manera de ser? Preservemos las cosas

que tocaron, dejémoslas allí donde las dejaron,

quietamente. Y quizá algún día

se te manifestarán.

Y si no lo hacen, espera

paciente, contemplativamente,

toda la vida. Vive tu vida

mezclada con ellos.

Trata con los muertos así.

 

 

PIETÀ

 

Hay mujeres

a quienes, ya grande, se les murió un hijo,

y lo llevan siempre en las entrañas,

que se abrieron de nuevo para acogerlo.

 

Vuelta la mirada a dentro,

miran sólo un envoltorio de gasa

frío, rígido, mudo.

 

Su oído sólo escucha

el abismo del silencio.

 

 

VIEJAS MUJERES OSCURAS

 

Palpan las pilas bautismales

de iglesias en ruinas

a la mortecina flama

de viejos cirios que chorrean

carámbanos alrededor de las columnas,

mientras las breves, moradas,

últimas luces de invierno se meten a la cama

más allá de los muros del cementerio.

 

 

EN LA NOCHE

 

Otra vez te veo

durmiendo, cuerpo mío,

pesado, lejano, no sabiendo nada

de lo que pasa de día.

Lastimosamente

procuro consolarme del hecho de ser cobarde

pensando que todo pasa

en un mundo que es diferente al mío.

Hay quien se duerme

sin pensar en otro negocio

que no sea su placer.

Con todo y mi cobardía,

quisiera piedras de palabra

contra este muro.

 

 

AJEDREZ

 

A veces los himnos

son para aquellos que están

bajo tierra.

Nosotros, aquí,

vivimos todavía en el siniestro

destino de los hombres.

Y vemos que juegan

ajedrez.

Avanzan sus peones

por más que muchos caigan. Saltan

como el caballo, y, rápidos,

oblicúan como el alfil.

Sacrifican la dama y, ya casi

perdidos, se enrocan.

Que el rey aguanta lo suyo

—pero seguro

que con todos sus atributos, cetro y corona,

acabará cayendo.

 

 

LA MEDIDA DE UN HOMBRE

 

Bien sopesado, los días

de juventud valen mucho

para no darles un alto precio.

Si fueron ricos de fuego y acción y dispuestos

a todo

—una noche estrellada

no la desdeñes, no vale menos que los yermos

transitados por la muerte.

Si fuiste

fracaso, anhelo y soledad y reserva

de la chispa que incendia bosques

y no sólo

proyecto avaro de ganancias

de hipócrita dominio,

sobre todo si fuiste

puro en la pureza, diré que diste

la medida de un hombre.

 

 

(A RAFAEL ALBERTI, DESDE CATALUÑA)

 

Sombras, recuerdos, palabras

desde muy lejos y siempre.

 

Mientras la guadaña nos tenga marginados,

vivimos, ardemos, clamamos.

Después nomás nos es preciso

morir con honor.

Aquí a menudo lo hacen

algunos héroes.

 

Llueve sangre.

                                                           Barcelona, Las Tres Torres, septiembre de 1975.

 

 

 

NO TENGO TIEMPO AHORA

 

No tengo tiempo ahora

de cabalgar los encendidos

caballos.

Oigo que cierran

el bar.

Marchemos a la segura

muerte transitoria

del sueño.

Y repongamos para comenzar

nuevas formas de vida.

 

 

 

Joan Brossa

 

Barcelona, 1919; Barcelona, 1988.

 

OBRA POÉTICA: El crim (El crimen, 1948), Sonets de Caruixa (Sonetos de Caruixa, 1949), Parafaragamus (1950), Dragolí (Dragoncillo, 1950), Em va fer Joan Brossa (Me escribió Joan Brossa, 1951), Nocturns encontres (Nocturnos encuentros, 1952), Esquerdes, parracs i enderrocs esberlant la figura y La mare màscara (Grietas, harapos y escombros rompiendo la figura y La madre máscara, 1952), Barbafeca (1958), Poemes civils (Poemas civiles, 1961), El bell lloc (El lugar preciso, 1962), Or i sal (Oro y sal, 1963), El pa a la barca (El pan en la barca, 1963), El saltamartí (El tentetieso, 1969), Frègoli (1969), Poesia rasa [1970, primer volumen de poesía completa. Allí da a conocer Fogall de sonets (Fogón de sonetos), de 1943-48, Odes rurals, de 1951, Cant de topada i victòria (Canto de encuentro y victoria), de 1951, El tràngol (La marejada), de 1952, Catalunya i selva (Cataluña y selva), de 1953, Cant (Canto), de 1954, Festa (Fiesta), de 1955, El pedestal són les sabates (El pedestal son sus zapatos), de 1955, Interluni (Interlunio), de 1955, Poemes de París, de 1956, El poeta presenta quinze pantomimes, de 1956, Els entrebancs de l’univers (Los obstáculos del universo), de 1956, Vint-i-una odes, uns goigs, una dansa i un sonet (Veintiún odas, unos alabaos, una danza y un soneto), de 1958, y Avanç i escampall (Avance y dispersión), de 1957-59], Calç i rajoles (Cal y ladrillos, 1971), Des d’un got d’aigua fins al petroli (Desde un vaso de agua hasta el petróleo), 1971, Càntir de càntics (Cántaro de cánticos, 1972); Ahmosis, Amenofis IV, Tutenkhamon, de 1947, Sord-mut (Sordomudo), de 1947 y El gran Francaroli, de 1944-64, 1972; Cappare, 1973, La barba del cranc (La barba del cangrejo), 1974, Poemes visuals, 1975, Poemes objecte (Poemas objeto), 1975, Maneres (Maneras), 1976, Sextines [Sextinas] 76, 1977, Poemes de seny i cabell (Poemas de pelo y señal), 1977, U no és ningú (Uno no es ninguno), 1979, Antologia de poemes de revolta (Antología de poemas de revuelta), 1979, Rua de llibres (Hilera de libros), 1980, Vint-i-set sextines i un sonet, 1981, Ball de sang (Baile de sangre), 1982, Els ulls de l’òliba (Los ojos de la lechuza), 1982, Askatasuna, 1983, Pas d’amors (Paso de amores), 1983, Ot, 1984, Ja hi tinc un peu (Ya tengo un pie ahí), 1984, Calcomanies, 1985, Qui diu foc diu flama (Quien dice fuego dice flama), 1985, Els entra-i-surts del poeta (Las entradas por salidas del poeta), 1986, Sonets a Gofredina, 1986, Poemes públics, 1987, Tarannà (Talante), 1988, Ollaó, 1989, Furgó de cua (Furgón de cola), 1993, Cavall al fons (Caballo al fondo), 1993, Poemes hipnagògics, 1995, Passat festes (Después de navidades), 1995, La clau a la boca (La llave en la boca), 1997; Sumari astral, 1999.

 

 

 

Joan Brossa

La marejada

 

 

 

 

                                               A menudo me viene al pensamiento

                                                La oscura cualidad que Amor me da.

                                                                                                       DANTE

 

 

                                               Mi alma es el reflejo del mundo que me rodea.

                                                                                                       NAZIM HIKMET

 

 

 

 

POR LA CORRIENTE

 

Venía a la oscuridad la luz ayuna.

La vara sobre el mar no acaba en rosa alguna

—Grietas de la tierra. Montones de ruina.

Cae la represa. Me envuelve el torbellino en bruma.

 

El oro (flor) castiga con su perfume (fortuna).

La Mente no es el esposo ni la Palabra la esposa.

—Hará infundir terror aquesta luna:

¡Rugir del mar, rugir que no reposa!

 

Y la uña roma en un dedo es fortuita.

No puedo esconder mi rostro de la brega

Ni, puertas, el dolor, con cerrar se evita.

 

Encierran, truena, los rebaños, y relampaguea,

¡Oh fuego que no he encendido, llama infinita,

Corriente de agua continua que me anega!

 

 

ÁSPID

 

De altos árboles siempre verdes no hay espeso bosque.

Pasan las nubes como ciudades que huyen.

A mí me aflige. Desconsuelo. Herencia.

Para ti, ninguna fruta.

 

Instruidos en sus leyes los corazones caminan.

Ya la oscuridad no abrasa ningún leño encendido:

Llevo apuntada en el puño la hora en que el cisne

Pasa entre lirios.

 

La cera funde caminos que me has hecho torcer

Cuando de los árboles del bosque me aferro al orbe.

He estado en las cumbres. Localidad desierta.

Profundidad, ahora.

 

Son solitarias estas tierras: aire, piedras,

Monedas, cornos, trompeta, ¡alma mía!

Un águila en el sepulcro destaza los días.

¿El oro dónde? Comienza.

 

Se tambalean los astros, tambaléanse

En tu honor, ciertamente, alma mía.

Abrimos las manos al peor cataclismo,

Gris, después negro.

 

Bochorno, luz, amor, para mí, ninguna fruta;

Pero que dure, demasiado y mucho; rompo

Trampas a montones, redes me encorvan, una

Red me encorva.

 

 

DEMOS UNA VUELTA

 

Veneno de serpiente. No puedo, hombre, dice ella,

A lo último. Fatalmente. Duramente. Anochecer otra

Vez. Siento su filo. Lo siento. Mirad. Busco a la Reina.

Como un áspid me sofoca.

 

Como un áspid. Forjais, forjais crímenes entre dientes.

El oro se enrosca a lo último. Me tapo los oídos,

Y paso el río a pie. Y paso el mar a pie. ¿Eh? No.

Sí. ¿Qué es? Oigo en los truenos la voz de los lirios.

 

¿De qué se trata?, digo. No. ¿Eh? ¿Verdad? ¿Qué era?

Ella se asfixia. Amarga. ¿Qué haces? ¿Qué tienes adentro?

Calle arriba, calle abajo. Arriba. Abajo. Las casas

Están hechas para entrar en ellas.

 

¿Verdad? Sí. Desliza las manos hacia abajo, hombre.

¿Te ven así los demás? Demos la vuelta. Aquí. Ahora. Hola,

¿Cómo van las cosas? ¡Qué tiempo más bonito! Aceite.

¿Un relámpago aquí? ¡Da-le!

 

Veneno de serpiente. No puedo, hombre, dice ella

A lo último. Fatalmente. Duramente. Anochecer otra

Vez. Siento su filo. Lo siento. Mirad. Busco a la Reina.

Como un áspid me sofoca.

 

 

EN LA PUERTA DEL BOSQUE

 

La puerta. La puerta del jardín. Yo te saludo.

Tentación. Amor. Amor. Ella pregunta.

¿Ondula a flor de mar? No lo sé. No lo sé. Palabra.

Es la hora de la cita.

 

Gobierna el mundo. No yo. Sereno evito, alegre.

¿Quién acciona el fuelle por aquí cerca? Respuesta.

Arbolado de buena altura este. Pregunta. Todo mete ruido.

La gata, ¡el gato!, la gata.

 

No te friegues con la mano. El ojo. ¿Cómo te van las cosas?

Oscuridad, oscuridad insondable. Mordisquean las ovejas.

Ningún alma prudente lee en voz alta.

Oscuridad, oscuridad insondable.

 

Digo yo, y eso nada explica. Amor. La pared cuelga.

¿De qué lado te aprietan los zapatos, quieres decírmelo?

¿Quién era aquel, quieres decírmelo? Amor, ¡cómo van

Las cosas! Una banca: ahora disfruto.

 

Las manos entre las piernas. Es la hora de la cita.

El anillo. Siento sus ojos. Todas las mujeres. Todas.

Ya. ¿Y los astros brillantes? Sus ojos bajos todavía.

Hacia lo lejos un torrente se aleja.

 

 

PIENSO EN UNA REINA AL CAER LA TARDE

 

Abrásame de amor. Amor, testa en la fiesta.

Todavía no. Florece solo. Lumbre brilla. Has

Encendido fuego. Hachas. ¿Dónde quedó el bronce?

Así es. Diosa.

 

Noche dentro del corazón alienta poderosa,

Remueve el corno de todo lo que recuerdo.

Cajón lleno de agua. Negro país. Negro

País, sí, negro.

 

Negro. Cabello sobre los hombros. Negro.

Mirada cautelosa. ¿Por qué? Negro.

Relinchan los caballos. Negro. Relinchan

Los caballos. Negro.

 

Negro. Saludemos juntos, amiga mía.

Noche. Buenas noches, amiga mía. Negra

Noche corazón adentro. Negro. Mira. Brasas.

Tus ojos son brasas.

 

Ardientemente. Negro. Negro. Negro. Negra

Noche en mi corazón alienta poderosa.

Negra noche en mi corazón. No yo. No. Negro.

Negro. No. ¡Negro!

 

Abrásame de amor. Amor, testa en la fiesta.

Entre nosotros no hay nadie. Gruta.

Un arpa me empapa. En realidad, la lluvia.

¿No me acompañas?

 

 

FRENTE A LA FRUTA

 

¡Qué conjunto de tormentos! Nos resulta pesado. La rosa.

Ningún prado en ninguna parte. Tendré que empeñar el reloj.

Hay pruebas contra mí de tristeza palpable.

Lo sé. Y me inclino. ¡Tierra!

 

En la lejanía, mucho más allá de este paisaje compacto,

Buena esperanza alimentaba. Roca tú. Buen refugio.

Disimula que comes. Bajarás a la fosa.

Uno de estos días, parece.

 

Laurel del texto difícil frene sus muchas aguas.

Ay, ¡cuándo desbordarán leones las mías únicas!

Triunfan dentro de mí duras cosas de furia:

Amor, tú caes dentro de ellas.

 

Os veo. Bloc del principio encorva mi alma.

Friego la noche en el espejo, la tarde y el mediodía.

Amor, Amor, apresúrate a socorrerme, apresúrate

A socorrerme, Amor, a mi favor despliégate.

Copia a las olas.

 

La llama. El universo. Lo que es, ¿dónde es? Dime.

Engullida por el mar. Sí. La llama. La llama.

Dentro de mí las oleadas lo son las fuerzas cósmicas.

Tú no me conoces todavía.

 

Enciende el fuego, ¡oh mujer!, resplandece, pon títulos;

Toma a tu cuidado mi corazón, recupéralo, ¡tómalo a tu cargo!

De ti nacemos, Amor. Y en ti. Por más que duren

Las épocas. Palabra.

 

 

NUBE MATINAL

 

Tal como lo digo. Tú eres una columna, mujer.

Tu parte del árbol no es listón flexible.

Escribo estas cosas, y se trata de la Vida;

Fuente de la Vida: mujer.

 

El telegrama así sería exacto. Escucha:

La piedra de la raza. Exceder en la demanda.

Punto. Aclamaciones. Dos puntos. Partir piedras.

Punto. Firma. Puño y letra.

 

Agua a chorros. Bulla. Brote. Ea, entra, que te como.

¿Qué pienso? ¡Oh amiga! Ríe. Punto. Bajan las aguas.

Punto. Necesario al cuerpo. Punto. Fe y obras completas.

No te cargo más pesos.

 

Conocer profundidades te dará al amanecer estrellas;

Que la ardentía del sol te conduzca a las fuentes,

Y los rayos y los terremotos al humo del sol y el aire.

¡Brillad, ojos furiosos!

 

Vuelva esa sangre que abrasa. Que flameen sus antorchas.

Ningún libro abierto. ¡Ningún libro! Poned la mar de pie.

Que terremotos derriben el cielo, el mar, la tierra.

No hay nube enemiga que pueda sobre mis aguas

Si por el fuego me haces pasar, Amor, vista y oídos.

 

 

PUEDO DEJARTE

 

La media luna de un imán me atraía.

Miro el imán que algún día me regaló.

Después de los relámpagos liberaré la esclava.

Huye de mí la fuerza.

 

¿Por qué en el pecho agujeros de agujas largas?

¿Y eso por qué? ¿Plantar dentro de la casa?

¿Más piedra? ¿La flecha fuera de blanco?

Sea. Con tristeza.

 

Poco podía. Y el oro. La puerta se cierra.

Ningún faro baña este camino movible.

Se han despuntado tus flechas, ¡ay!, tus flechas

Más poderosas.

 

Más crímenes forjan los dientes en mi boca.

Pájaros flautean. La serpiente no es sorda.

Se han despuntado, Amor, tus flechas,

Las grandes, las mías.

 

La lengua puntiaguda quiere venganza.

Extinta reina. Mi cabeza saltaba también.

Cadenas de oro transportan en bandejas

Bosques adentro.

 

Prolonga Amor su flecha cuando la lanza.

De piedra imán en la pared eran las piedras.

Olor de fruta el viento ya dispersa

Escalando riscos.

 

Como flor y raíz en medio de cielo y tierra,

Del mismo modo raíz y flor son sol y luna;

Horas hay de la mañana y horas de la tarde:

Sí: puedo dejarte.

 

 

ÍDOLA

 

Desaparece bebida por el pasillo,

Tu desnudez destroza bosques.

Escribo en la pared. Gracias. Vete:

Clavas las uñas.

 

Se me ha dormido un pie. ¡Bella moneda!

Azoto al mar. Ordena un nuevo eclipse.

La fronda del cabello, ¿qué dios la engendra

Sobre tu nuca?

 

Germina, fructifica. Sí. No, ven.

Algo más que las cimas. Las cimas bajo algunos

Árboles. La rotación de la tierra es insondable.

Quiero fijar mi ídolo.

 

Quiero arrancar las páginas de los libros.

Amor, enciende el horno al otro lado.

La tarde guiña el ojo y es devorada.

Tensa la red.

 

Sanen sus víctimas. Los lobos atacan

Cuando la sombra en el lugar del oro pone la plata.

Procura que no te quiten la cartera.

¡Ídola mía!

 

Llama de tu cabello. Pie en la media.

¡Oh semejanza absoluta de mis ídolas!

En frasco de perfume escribo palabras

Para danzarinas.

 

¡No, mil veces no! ¿Quién funde los ídolos?

Nadie. Nada. ¿Y mi yerba curativa?

Único aviso en docenas de sobres.

Idolatría.

 

Bañemos el cuerpo. ¿Qué cosas estas?

Conmueve al mundo Amor incorruptible,

Séptima esfera, fusión absoluta…

Pero ¿quien vuela?

 

Para todas las cerraduras, ¿qué llave nos hace falta?

Abarco de una ojeada el curso de los siglos.

—¡Ah sed de amor que no puede saciarse

Sino de sus ídolos!

 

 

LA MAREA

 

Se envuelven los rayos en espesas nubes.

Se envuelven los truenos en espesas nubes.

Viniendo como vienes, mirando rocas estaba.

Mirando las rocas.

 

Es arena. Y con el pie borramos letras.

Con las plantas de los pies sobre la arena.

La arena. Y con el pie borramos letras

Sobre la arena.

 

Llámame por mi nombre. Péinate con un encrespador

Ese cabello tan negro. Recoge y guarda

El arcoiris. El gato es un tigre en forma débil.

¡Qué montonal de piedras!

 

¡Que lejos están las montañas…! ¡Que lejos parecen…!

El faro. ¿Me amas? En cada puerto, dicen.

Y me abandono. La brisa nocturna.

Estás cundida de algas.

 

Y hay piedras en la playa. Piedras. Piedras.

Y muchos trozos de madera entre la arena.

Rueda el reloj de arena. Reloj

De arena. Rueda.

 

Amor, ¿dónde he puesto tu carta?…

Abandonar montañas tierra montañesa

Veo ahora con mis ojos y, en el fondo del agua,

Los primeros astros.

 

 

PASEANDO TAMBIÉN A LA ORILLA DEL MAR

 

Acércate más al mar. Aquí, las barcas.

Escucha al viento sobre las rocas planas.

Y continúa el agua, y continúa,

Sí, el agua, el agua.

 

¿No ves el fin del mar entre la niebla?

Oímos las campanadas de un reloj.

Pues yo sí. Son las ocho. ¡Cuántas oleadas

Doblegan el agua!

 

No zambullamos este ramo. Cortemos más yerbacintas.

Desyerbemos estas plantas. ¡Hola! Media vuelta.

Yo miro el agua, el agua tú, tú los astros.

Brilla la luna.

 

La muralla se desploma. Estás espléndida.

Cerremos los ojos. Así. Parece una mentira.

Escucha las oleadas romper la sombra:

Oleada, oleada…

 

Transmiten una voz al curso de los siglos.

Transmiten una voz al curso de los siglos.

Transmiten una voz al curso de los siglos.

Al curso de los siglos.

 

Transmiten una voz al curso de los siglos.

Transmiten una voz al curso de los siglos.

Transmiten una voz, lo repito,

Al curso de los siglos.

 

 

AL CAER LA TARDE

 

Cumbres rojizas son la cara del paisaje.

Los cuernos en cuarto creciente, un buey contempla

La sombra sutil de las nubes sobre el agua

Del torrente.

 

Nieve abundante. ¿Cabello? El árbol se sofoca.

Amor ataca los cuerpos a estocadas.

Ten cuidado aquí, en las rocas. Pululan oscuras

Plantas silvestres.

 

El cielo encapotado se puede sentir la reina;

En el viento del bosque le pintaré una cara.

He visto entrelazarse una cepa y una yedra.

Relampaguea.

 

La flecha acierta su blanco. Tuerzo el gesto.

A lo lejos retruena el trueno de la montaña.

¿Has visto caer un pájaro mientras volaba,

Alma mía?

 

¡Qué peso las horas! Sus latidos. Penumbra.

¿Cavamos la tierra con un puñal? Detente.

No se cierra la herida. ¡Cómo te flota

La cabellera!

 

 

LA MENTE RECORRE

 

Las faldas. Cruel. ¿Qué perfume usas? Cuerpo.

¿Quién era aquel tipo del sombrero de copa?

Eres un tesoro. ¡Cuántos! Pero no tengo pruebas.

Mañana, domingo.

 

No rías. El espejo. Fuma. Pintada.

¿Qué pasa? Acerco mi fósforo. Ten. Gracias.

La media. Asegurar el liguero.

Sus pechos resaltan.

 

Su boca. Noche. La copa que nos alegra.

El anillo en el dedo. Esquivar el farol. ¡Cuánta

Hierba! Bajo la mirada por sus…

Final: zapatos.

 

El parque. Me muero de ganas. Las manzanas.

La luna llena. A mi lado. Casarse.

Todavía triste. Entiendo. Los cabellos grises.

La miro de arriba a abajo.

 

Su escote es ceñido: observo cuando se inclina.

Bonita. De amplios pétalos su dulzura.

Bar. Mi montón se deshace. Castillo de naipes.

Pensativa. Callo.

 

Sus ojos oscuros, India, inmutables.

Su nariz: parece hebrea. ¿Me lo haría?

Nada de eso; es decir: miro la punta

De sus zapatos.

 

 

LA CALLE DE

 

La puerta del jardín. Mujeres y un hombre.

Frente al hotel, ¿quién pasa a grandes zancadas?

Dos caminantes. Grita el portero. Un carro.

Las vidrieras.

 

¡Lástima! La taberna. ¡Cuántas ninfas!

Más casas. Las últimas parecen cuadros.

Hace buen, atrapan el vino, tiempo. Humo, labios,

Gritan vendedores.

 

Dos policías. Seguridad: ¡cuánta!

Las ventanas. Uno, siete, seis, cinco, dos autos.

El mercado. Una mujer abre la boca.

Veinte pies, y hojas.

 

Un pórtico. Siguen conversando. Día. Buenos

Días. Mal camino: un viejo. Y pobre.

Saca la mano de la bolsa, me parece…

Pasa un tranvía.

 

Coincidencia. Muchacha. Morisca.

Bella. Idea rosa. Menos cuarto. Perros.

El mundo es bueno. En su punto. Buenos días,

Rosa. No, solitaria.

 

Barracas junto al camino, ¿y estos coches?

¿Qué significa una nación? Paran.

La tierra está llena de eso. Total:

Dos damas de honor.

 

 

LA COLUMNA

 

Lejos la mar y, en el llano, un árbol solitario.

Flotan, entrelazadas sobre mí, corrientes marinas;

Como las nubes son el precio, nadie alza los brazos.

Todos los nombres son mudos. ¡Todos!

 

Quiero atrapar con mis manos el corazón de las montañas,

Arrancar de los cerros el pez que engulle el alba.

¡Oh marejada que me envuelve! ¡Oh viento que me lleva consigo!

Corazón mío ¡como a un enemigo!

 

No queda lugar para mí en la abundancia de los árboles,

Mi mente no puede comprender pueblos lejanos que escucha,

Son borrados mis brazos y mis manos ya no se alzan:

Vacila todo consuelo.

 

Yo busco la mesura y aguaceros atrapo con redes.

Me lanzaré a las llamas. Estoy perdido en los bosques.

Ningún perfume aspiro ni manosean luna alguna

Mis lisiadas manos.

 

Me sostiene la palabra que forjo a martillazos. Pero

No sé ni quién soy. El fruto cae, sacudiendo el árbol.

Y rechazo los anillos. Mañana partiré al alba:

Rápidamente. Sí, sí.

 

Luz del sol en las joyas, y las joyas en el agua. Un caballo

Frente a mí. La sed no se me apaga. ¡Oh fuego, fuego

En columna de raíces derechitas al centro!

Tápame la boca, noche.

 

Se descarrían rebaños. No recuerdo ningún pacto.

Removidos capiteles, alejados sois de mis términos.

Fortaleza escarnecida, ¿con qué afrontaré los siglos?

¡Nada dejará el gusano!

 

Oh voz desde las piedras, raíz mía desparramada,

¡Cuánto trigo de ti tiembla, cosecha perseguida!

¡Oh firmamento extendido, fundamento que anhelo!

¡Montaña probando su oro!

 

¡Soledad que me espanta de los bosques que me envuelven!

Oscuramente se tambalean las antenas de mis versos:

Dentro de mí, las murallas, amarillas de oro al rayar el alba,

El océano desborda.

 

 

EN EL BOSQUE

 

¡Ey! ¿Habrá eclipse? Quieta, quieta.

Ortigas. Vuelan perfumes. Vieja reina.

Es alto el arbusto que extiende sus ramas.

Y sus flores, lánguidas.

 

Y también el agua hacia los pastos.

El sol pasa sobre la serranía.

Nubes también. Precisamente las miro.

Todo por una sombra.

 

El bosque detiene al viento. Truenan los robles.

Mañana muy calurosa. Nosotros digo yo.

Bandadas de rebaños en verde silencio:

Excesivo. ¡Qué alondra!

 

El espacio. Yo soy el fuego. No ostento ningún

Nombre. Excesivo. Debería darme cuenta de eso

Recordándotelo. Cejas altivas te vigilan los ojos,

Fauno de los bosques.

 

¡El bosque! Aquí el perfume guía la vista.

La tarde, dices. Sonríes a mi sonrisa.

Como tus palabras, me tutea

La primavera.

 

Es alto el arbusto que extiende sus ramas;

En el verano y en el invierno siempre verdea:

Pasado, presente, futuro son sus raíces;

Sus frutos: nosotros.

 

 

ANACREÓNTICA

 

Despiertan mis oídos notas altas.

Acaba como debe ser. Terminada está su labranza.

Orugas no aparecen en las palmas

Este anochecer.

 

Ni rastro de ella. Habré domado esa ola.

Ya se van disipando las sombras de las nieblas.

La luna entre sus llamas

Abre la plata.

 

Vida, mi vida, tú no olvidas,

En mitad del corazón eres flecha que me agrada;

Era que carcomían piedras, parece,

Aquellas aguas.

 

Una vez más: la vida continúa;

Me regalan libertad valles y florestas:

Igual después me crecen cabello y uña:

Igual que los árboles.

 

Tira hacia delante. Los camiones que pasan.

El mundo es la sustancia. A la izquierda.

Estoy perfectamente bien en la bañera.

Dobla a la izquierda.

 

Quiero llevar el nombre del sátiro y del fauno.

Que los pájaros aceleren el vuelo.

Y ya la madeja en torno a las agujas

Ligo con firmeza.

 

Escudo me alarga el sol a lengüetazos.

Quiero cargar mi agua de plantas,

Porque si sigo mi camino en silencio,

Muero del remedio.

 

Úntame la barba de frutos. Formas, estas:

De medio cuerpo para arriba, de medio cuerpo, forma

Humana; y para abajo, forma de cabra.

¡Úntame la barba!

 

 

Gabriel Ferrater

 

Reus, 1922; Sant Cugat del Vallès, 1972.

 

 OBRA POÉTICA: Da nuces pueris (1960), Menja’t una cama (Chúpate el dedo grande, 1962), Teoria dels cossos (Teoría de los cuerpos, 1966).

 

 

 

Gabriel Ferrater

Teoría de los cuerpos

 

 

Des ensembles de nombres particulièrement importants, l’ensemble des nombres rationnels, celui des nombres réels, celui des nombres complexes sont des corps. Du point de vue algébrique, la définition de ces ensembles de nombres consiste justement à construire un corps satisfaisant à certaines conditions; cette construction se présente comme un problème typique d’immersion, que nous traiterons ultérieurement.

Paul Dubreil, Algèbre

 

 

 

A. Cadaqués.

 

 

 

POEMA INACABADO

 

Aquel que hizo rabiar al papanatas

Garcés y al trasto inútil Teixidor

cuando aireó sus primeros poemas,

vereis que vuelve irreductible a enmienda.

Quiero contar un cuento impertinente,

pero lo dejaré para después

e iré prolongando mi prólogo.

Lo poblaré de gentes y de cosas

y de afectos. Diré que estoy

en Cadaqués, en pleno meloso

y adormilado mes de septiembre

(cuando las hiperbóreas fembras

comienzan a escasear) del sesenta y uno,

de un viento de mar inapelable

(sólo que esta madrugada

parece regresar la tramontana

y temo por el frío que pasaremos,

por mucho que el aire estará limpio

y limpia el agua: me deja más contento

si está sucia y lo bastante caliente).

Dedicar vendrá primero:

a ti, Helena, que me has hecho

conocer a Cristián, al cual imito

(nada más que yo no rimo igualito),

mujer de brote nuevo, que te has ido

en falda de tergal y jersey verde

a examinarte sobre este mismo

Cristián de quien precisamente

hablábamos tan vivamente,

y cuyos argumentos y palabras

(santo Dios, ¡lo que él renegaría

si supiese que sobre Erec y Enida

te habríais de examinar!)

te los aplicabas en cantar

(el triunfo de un gallo te sonrojaría)

la pasión con que descubrías

que las cosas que has querido

y algunas que has obtenido

son viejas como las viejas fábulas

y mucho más viejas que los exámenes:

a ti, Helena, que ahora aprendes

a vivir (dime: ¿me permites

que venga contigo a clase y me siente

a tu lado hasta que me echen?),

que libre ya de exámenes

mañana a la una veremos bajar

del autobús, a ti, Helena,

quiero ofrecerte este poema.

A mí ningún miedo me daría

que fuese ripioso y pedregoso,

pero como es tuyo y tú eres fina

le daré de pasadas por la lima:

cuidaré que la palabra y el verso

no se me crean con derecho

a una vida de exuberancia

lejos de mi vigilancia.

Será mi tema, justamente,

el derecho a hacerse independiente,

pero será el derecho de las hijas

que yo no tengo. Mis rimas,

sin tartajeos quiero me obedezcan.

Cuando tenga a mi placer sujetas

las palabras, me otorgaré toda licencia:

patriarca que con ellas se revuelca.

Seré cursivo y digresivo,

anacolútico y alusivo.

Elaboraré listas de cosas buenas

y malas; nombres de muchachas:

por ejemplo, Maribel,

que nos ha hogaño presumido novio

y debe tener gusto a limón.

Yo me entiendo, y esta es la forma

en que tengo decidido seguir.

Quizá el único fin de esto que escribo

es mi propósito de plagio.

Quiero de una vez reconsideren

que copio a los medievales.

Siempre lo he hecho y declarado

y siempre he visto que nadie lo creía.

Ingenuos que son. Los poetas

ciertamente somos unos mentirosos,

pero antes, y más cierto todavía,

es que somos unos egoístas.

Claro que no decimos mentiras

de nosotros mismos. La verdad

nos parece más interesante

porque nos lleva puestos.

Soy poeta medievista,

démoslo pues por sentado,

y después déjame saludar

a los leales a la edad media

que no sueñan cabalgatas,

unicornios ni sarracenos.

Caballeros, nunca he visto uno.

Si bien su edad media

tirando a moreasiana

no me la creo, Josep Carner

que nos dejó hechos a todos nosotros

y vive en Bruselas gris de agua,

reclama este mi primer homenaje.

Tú, con quien hablábamos de Ausiàs

y recordábamos “la canal

de Flandes”, Rosa Leveroni,

cuando unos nórdicos que Dios confunda

estaban por embarrancar

y los mirábamos consternados

desde la terraza del Marítim,

tú, Rosa, no me falles, y no olvides

que tú me debes y yo te debo un verso

y que tanto tú como yo se lo debemos

a Roser, pues la risible puesta

de sol del otro día no conviene

que caiga en el olvido sin antes

decirle lo que merecido tiene.

Los tres nos reíamos y azorábamos

de aquel sangriento melodrama

en cartelera en el teatro de arriba

del camino viejo a Port Lligat.

¿Recuerdas el sol, cómo giraba,

trompo negro, y se espantaba

de caer tras el Pení?

Como si fuese algo tan decisivo

que una tarde muera, sinvergüenza

que tiene para volver su propia hora.

—No sigo; lo dijo Catulo,

y la naturaleza abusa (como

que nos sabe impresionables),

dándonos estos espectáculos.

Sabemos vengarnos con las palabras:

aquí tienes una versión,

pero ya te enviaré otra,

con más metáfora y menos danza.

A vos, maese Foix, Josep Vicenç

de quien me separa Cap de Creus

(puesto que estais en Port de la Selva),

midiendo por mar (dejo claro así

que yo también me llamo a marinero),

a vos, que entre peñascos descubrís

piedras en bruto de oro onírico,

a vos, que hicisteis catalán el lírico

verso de Bernat de Ventadorn,

os expongo este verso oscuro

que alcanzo, yo que las notas

altas las doy como las ranotas.

Tampoco este año habré venido,

como teníamos convenido,

a seguiros por el país lítico.

Me sorprendió un cólico nefrítico

(piedra también, en el riñón),

y la mitad de agosto me retorció.

Si bien la piedra era chiquita

y me reveló la morfina (mucho

vale la pena: manda lejos al mundo,

y el hedor le quita),

no le agradezco la tironeada.

Por cierto, dijo el doctor Boada

(el vuestro, y mi médico asimismo),

que a un temperamento como el mío

le daba miedo recetarle morfina,

no me fuese a ganar este hábito.

Me pareció de lo más curioso

el nosce te ipsum forzoso:

supe quiero decir lo que piensan

los médicos de quien escribe poemas.

Y a Jaime Gil, que cuando usa

de edad media nunca abusa,

y eso que tañe sextina y albada,

y a Lluís que lo acompañaba

cuando vinieron a Cadaqués

hace ya con creces diez

días, trayéndome una cantimplora,

botella que diga, de alcohol de Scotland,

les recuerdo ahora aquel paseo

en una tarde de mareo

cuando, más allá de S’Arenella,

anduvimos explorando trincheras,

obra de los enchufados

de la guerra de hace veinte años,

y obra instructiva: estas trincheras

enseñan cómo se pierden guerras

(y quise aquí asonantar ‘estrábicos’

y enseñar a estropear octosilábicos).

Helena: enchufado significa

aquel que ir al frente esquiva

sin esconderse: diplomado

y de mapas y prismáticos armado,

vigila costas, descubre espías,

denuncia y pega palizas.

Como yo no soy malagradecido,

de corazón saludo a los eruditos

y su instrumental, los filmes, la lámpara

de cuarzo y las viejas lámparas

donde se queman ojos diligentes

que antes que los míos corren al palpitante

para mí texto de árboles y de hombres,

lo medio leen, medio lo anotan,

y me lo pasan muy puntuado

y todo empapado de aparato.

Gracias pues, Pere Bohigas,

por tu Ausiàs (una mina

de horas de lápiz y sillón

tu lección penetrando); Pere,

con quien espero (y con Mercè)

dos madrugadas sin falta cada año:

la de Año Nuevo y la de San Pere.

Tampoco fallaremos este año.

Y como es tanta mi ignorancia

y necesito auxilio frecuente, gracias,

Antoni Comas, por esas noches

que vienes al Carioca, donde bebo

gin con hielo picado, y tomas naranjada,

y la blancura me traes descascarada

de un verso cerrado que me había

roto los dientes (después sonríes,

perplejo de la nuez, que fue tan blanda).

Gracias pues a todos los demás:

Massó-Torrents, Serra-Baldó,

Riquer y los Rubió, los dos,

y los editores de excelente trato

Champion y Casacuberta.

Y a Halle, de buenos teutones,

y a las casas con lexicones

que hojeo entre dos copas

o bien entre el martini y la sopa:

tu casa, Eduard Valentí,

tú bien lo sabes, y tú, Joan Petit.

Intentemos ahora ir por faena.

Caballeros, antes ya lo decía,

nunca he visto uno;  por otra parte,

a estos que trotan por parecer

que lo son, los encuentro tan abyectos

que de ellos ni una rebanada tajaría.

Más vale atreverse a ver lo justo

y reconocer aquello que sí puedo.

Si como William Morris quisiera hacer,

se echaría todo a perder.

Al rey Arturo él embarcaba,

y Ginebra y Excalibur, y salvaba

la cosa a golpes de erotismo,

de sentimiento y de sadismo.

Pero yo que vivo retraído,

que pasé de Freud, y me la tomo con calma

cuando me exalta una luz agónica

de vehemencia católica

(en el sentido de universal;

poco apunto yo al obispo romano),

quiero un héroe sin aureola

que no me comprometa en fiebrezuelas.

Demasiada comedia. Hablando claro,

lo tenía ya escogido mucho antes

de empezar a formar versos en fila.

Para nada es de ahora que lo invento.

Será un héroe muy de mi tiempo;

un tiempo que ya se me ha hecho viejo,

Helena, te lo digo con tristeza.

Pero vuelvo a mentir. Es por pereza

mental. No estoy triste cuando escribo

sino rico, y envejecer

no me ha regalado todavía el trauma

que a todos, por lo que se ve, nos guarda.

Cierto que el cuerpo pierde su encanto,

pero lo que a mí me ha encantado

siempre han sido los cuerpos ajenos

y no me veo más la carne que los huesos.

Te digo, sereno, que mis veinte años

pasaron en los cuarenta y tantos,

y que mi tiempo es la posguerra.

Que envejecieras tú, Helena,

sí que me haría escupir sangre.

No quiero recordar que una sangre

joven colmó alguna vez a la mujer

que hoy he visto limpiar anchoas

despatarrada en un callejón

y me ha obligado a vigilar que no

le pisase yo tripa de piernas.

Fuera el color Villon. España

se levantaba, en mi tiempo, de hambre:

es decir: reptaba como nunca.

Se detenían trenes como orugas

en pleno campo si un bastón las hurga,

y medio país andaba en tren

(hasta había putas de tren

que ejercían su oficio por los guáteres),

cargando macutos, a la captura

de un poco más de mugre

que la que habían dejado en el tren.

Todo mundo seguía guardando un arma

y no sabía si entregarla

o enterrarla. No necesito

decir que hace mucho se han podrido

las enterradas, y contarlas

(incluso si lo recordaran

los que se decidieron a enterrarlas)

sería académico y aburrido.

No te creas que hago poesía

de alegoría —que ahora llaman

realismo, y es afligente. Hablo

de armas que fueron mala alianza

de acero. Se han vuelto terrones,

pulverizables como los viejos huesos,

y para nada quisiera que tú

ni ningún joven como tú

te me amodorrases al leerme.

Yo, como cualquier meatintas,

quiero sobornar a la juventud,

pero desdeño ese recurso.

De aquellos piojosos años cuarenta,

no te diré nada más por ahora.

Ya les pondrá toques de color

el curso de mi relato.

La atmósfera de la decena

te la da muy bien el poema

primero de Donde dejé las llaves:

el superrealismo, usado

con talento, es más realista

que el realismo academista.

Pero hazte cargo que tú naciste

en lo más espeso de aquella embozadura

y todavía suben hasta ti burbujas.

Sobrada entiendes que es de segundo orden

la parte de vida que este país

o cualquier lugar colectivo

puede machucar y dejar resentida.

Imitarás si no eres tonta

a los pequeñuelos de Nínive

que no hallaban distinción

entre sus manos derecha

e izquierda. Quien político

se excita, acaba chivateando,

chupando como un embudo

o de oreja carnetizado.

Cuando se te acerque un lúbrico de almas

(tú me entiendes) no le digas gracias

si mete mano en la tuya. Escapa;

que en su propio desecho yazga,

y el vicio que quisiese fácil,

se le revierta solitario.

Mucho te deberá si va aprendiendo

que es arte larga hacerse decente

y decente quiere decir solitario

lejos de strip-tease fraternitarios.

A la vida auténtica, pues,

nadie, ni tus padres ni yo,

la dejábamos pillarse los dedos

más allá de unos cuantos engranajes

de nuestro país posguerrero,

pero nos salpicábamos de estiércol.

Yo, tenía la calabaza llena de viento,

y ya te confesé que me convencía

aquello del nuevo orden europeo,

y, ahora, que pegué alaridos de gato

cuando el Reich enseñó la barriga.

Estaba de servicio en Barbastro,

y un coronel de cabeza más aérea

que la mía, y yo, hechos un lío,

pudimos llorar la gran borrachera

por la rendición teutona. Unimos

vómitos al sol, y, sabes qué te digo,

que lo único que no me duele

es haber vomitado. Tú juzga,

y no te figures que ahora los crían

mucho más listos que yo.

Pero volvamos a mi héroe.

Era un mocetón de los que hoy presumen

en blue-jeans y botas de básquet

y que entonces un distinto azul

cubría. Había cantidad de gatos

esperando confundirse

en la penumbra de aquellos días

bajo un sol azul: despistadores

tiñosos. Pero los escardadores

catalogaban y avalaban, y mira

que los pantalones de peto azules

nunca dieron el azul predilecto.

Mi héroe (por fin estamos con él),

era lo que ahora llamais lampista

y lo que yo llamaba electricista.

Hijo de una raza de sufridores

de sufrimiento todavía fresco,

era uno de los que se exponían:

no se dijese que la otra vuelta

de la tortilla (¡la inminente!)

llegase inmerecida. ¡Inocente!

Por menuda mala causa lo había

fichado la policía:

se apuntó para repartir

volantes de la BBC.

Un obrero joven fue mártir

por difundir un discurso de Churchill

(¡oh santa Huelga General,

incorporada al santoral

como mártir de Churchill!; ya mismo

elaboramos tu hagiografía abstracta),

mientras el podrido Sir Samuel

saludaba con la palma de la mano

al cielo (el celo diplomático, día

llega que renuncia a toda medida).

No era nada nuevo en aquel tiempo

ni lo cambian los posteriores

que el oriente del vivir nos rota

en la plataforma giratoria

de los casos: alles, was der Fall

ist, es el mundo —dice Wittgenstein.

Casuales que somos los hombres,

quizá rotábamos entonces

realmente bastante centrifugados:

la placa enfurecida de ataques,

salíamos disparados, y nos recibirían

¿qué inesperadas vías?

La más muerta, la más veloz

o la más asediada por los fuegos.

Él tiró por una vía

traqueteante. Su ficha

del archivo del peligro seguro

lo hacía temblar de orgullo.

Yo hablé con él alguna vez en lo oscuro

(anís y humo) de un antro donde

matábamos la noche jugando albures.

Él no jugaba. Tan despierto, debía

haberse prohibido prohibiciones

que nosotros sí nos permitíamos.

No quisiera que un malentendido

se alzara desde mi verso hasta ti.

Se alzara, Helena, hasta ti

y los catorce amigos que me leen.

La mayoría de lectores,

malentendidos los acopian todos:

antes de ponerse a ello, los posibles,

y ya leyendo, los imposibles.

Joan Maragall escribió (de los mejores

suyos) un verso donde el burgués

sangra, ferozmente ridiculizado

porque, insensible trasudado,

con ojo de merluza muerta bobea

sin medir cuán cerca tiene

la “tempestad lejana” (términos

que quieren decir revuelta obrera),

y hete aquí que Puigcerdà

(pueblo desde el cual Maragall

aguijoneaba) ha puesto una lápida,

hecho grabar en ella su infamia,

y orondo se pavonea.

Y no me vengan con que es porque

el burgués ha ganado la pelea

y ahora se sabe del todo impune.

Burrada: el rebuznador

(burrada) tiene miedo todavía.

Que malentiendan pues cuanto quieran.

Pero tú no por eso has de figurarte

que olvidamos los cuarenta

ser felices a ratos, como lo somos

ahora y como lo hemos de ser siempre

(no hace falta que toques madera).

A esta gran roca de sufrimiento

que nos sirve a todos de fundamento

la envela siempre una arena leve

de afecciones felices. Suficiente

no es nunca, pero los remolinos

los levanta el aire más fino.

Este menudo picor impaciente

puede darnos una cierta confianza

en que cuando nos llegue el momento

de las novissima verba graves

no habremos de llamarlos idiotas

(porque ser inteligente denota

para nosotros un vigor de felicidad:

el sufrimiento queda desleído).

Cuidaremos de no convertirnos,

de ser leales y no mentirnos

con que nos llevaron engañados;

porque nos guiaba este tenaz

propósito de ir pasando días

y empujando años que es toda vida

(así como ves que paso las palabras

y empujo las frases, que es todo

el oficio de escribir con sonsonete).

Pero si dar gusto de gloria quisiera

a aquella juventud mía

que por los cuarenta se perdiera,

mentiría: a ese joven

precisamente lo que no le sobra

es traza en realizarse feliz.

Quisiera creer esto que me cuenta

tu tiempo: que se han encontrado vías

para ahorrar al joven agonías

de dudas y remordimientos,

pero la duda me anda renaciendo

al ver que el chico aún tiene flácida

la mano nocturna y percibo la ácida

quemadura de la muchacha que ríe.

Ahora me he hecho un lío de unos cuantos

años con estas imágenes pues

son adolescentes, y, en los cuarenta,

ya no lo era —felizmente.

Mi confusión me la entiendo,

porque yo sé, y te lo anticipo,

que los héroes de lo que confío

contarte son adolescentes

o muy poca cosa más.

Las horas jóvenes y felices

que me nutren el instinto

de vida, ¿cuáles son? Estudié

la teoría de Galois,

y en una tarde de septiembre

de luz que se revolcaba lenta

por el arenal donde se acuesta Salou

(tan diferente de este compacto

Cadaqués: abstracta y extendida,

una raya de costa abierta),

peiné y me recompuse los moñitos

con que María Bonet

nos escondía las orejas

(lo he puesto ya en un poema),

y no puedo preferir ahora

ni uno de los órdenes de destino

que entonces se me arraigaban.

Soñaba con suicidarme

(encerrado en el vientre de la noche

caliente, o en el frío amanecer),

pero por debajo trabajaba

un rastro sinuoso, y me traía hacia aquí,

hacia ahora y hacia ti,

y hacia este verso que recoge

(si bien se me escurre como

los canastos de las Danaidas) una

ya vieja experiencia: que los años

como el vino ganan con los años

(hasta que se desbravan), y el joven

es pobre porque no tiene manera

de encantarse en un pasado

y dar al mundo por perdonado:

criada inútil, despedimos

a la vida, pero sin herirla.

No todo es encantamiento,

porque quienes somos inteligentes

tenemos poderoso el placer

de entender, y el pasado nos da tema.

¡Ah, estos poetas principiantes,

corderillos de teta de veinte años!

Quizá conviene que una nueva guerra

les traiga asunto para los poemas

que sabrán crear pasados veinte años.

También hay motivos actuales

para quienes no somos tan perversos

y vivimos al día. Yo hago versos

contando mi juventud,

pero ya ves que te hablan a ti,

pues un verso que no sabe a quién habla

semeja al que de cabeza se lanza

a una piscina que ha sido vaciada

o invoca la eternidad.

Veamos si encarrilo esta historia

que te quiero contar y mi memoria

(de la invención no hago uso)

me propone acabada para ti.

Os liga a ti no sé qué sutil nudo

y a mi tiempo y a las vidas aquellas

que un día se abrieron de par en par

tan cerca de mí. Siempre, imaginar

nace así: de súbito se nos cuaja

un pacto de sombras separadas.

No me cuesta advertir que ese nudo

de juventudes es un garbullo:

la mía que recuerdo y no me añoro,

la que miro en ti, y estas que te cuento;

estas, que son las que menos conozco.

Quien cuenta no siempre promete

dar algo mejor que una duda.

No recorro ferias con mulas

para cargarlas de certezas:

si alguna vez tengo una, habré perdido

libertad de renunciar a tenerla,

y en ser libre es donde capaz me quiero

(si quieres mercaderes de certezas

te diré nombres: me sé el de más de uno).

¿Ves? Me toca ya escribir este cuento,

pero ¿por dónde comenzar? Soy libre,

porque buridanesco me he encontrado

(asnesco de Buridán

debería quizá mejor decir):

mi estación, entre muy pocas treguas

de decisión. Mis instantes

son reversibles como los guantes.

Revertiremos aquel principio

que te he dado. Ruego te me olvides

del héroe por ahora. Te hablaré

no exactamente de la heroína

pero sí de su familia.

Hay un buen motivo; no me cojas tirria

por tantos virajes. Ahora entramos

al escenario de la res.

Oh, me aburre tanto describir

sitios donde no quisiera vivir

que no voy a hablarte de aquel piso.

En él trasegaban sus mañanas

varios hermanos, varias hermanas

y también una madre y un padre,

y la cuestión subsiguiente,

que los intranquilizaba a todos,

era: a huir de allí hallarle cómo.

Un cierto recurso eran las misas.

Oh, pero oh, ¡me aburre cómo

este espeso hacinamiento grumoso

de familia ‘de orden y principios’!

Desnudar no quisiera para nada

a ninguno de sus miembros.

Es lo malo que son buena gente

y a despreciarlos no me arriesgo,

y nada ganaría. Si los privo

de consistencia moral,

¿cómo podría yo después montar

un cuento sobre lo que sufrían?

La verdad es que siempre sufrían;

no exactamente como sufro yo

después de un día de exceso de alcohol,

porque a mí un pensamiento me consuela:

consumí más de lo que me conviene,

pero este consumo (si llega a abuso,

qué vamos a hacer) es buena costumbre.

Ellos, y de largo, no consumían

lo que les convenía. Empobrecían,

que es la vocación fatal

del rural en Cataluña. Por mucho

que haya venido agravándose, ya

se veía claro al despuntar los

cuarenta: todo mercado era negro,

y, ellos, casi osaban presumir

que entre negruras tirarían

siempre si de él nunca se salían.

Llegó así el año cuarenta y cinco

y les retiró cualquier permiso

para delirar que las riquezas

son, entre cartas de pobrezas,

las de encima del castillo.

Terratenientes incompetentes,

una restricción de créditos

los guardó de extremas tremolinas

durante quince años, y han temido

(¿oyes qué dicen?) a la inflación.

Aquí los tienes. Que a mis personajes

los para aconejados esta clase

me deja mal sabor de boca, pero

¿qué puedo hacer yo? Todavía más

mal me sabe que vengan conmigo

del pueblo donde se enredó el ovillo

del hilo que yo soy. Voy tironeando

(igual que arrancar una costra antes

de tiempo, perverso): alargo el hilo

a ver hasta dónde llego.

No muy lejos. Tradiciones,

ingenios o placeres o vigores,

no da muchos este pueblo mío.

Pero saber lo poco que valen

no es poco. Reus, donde yo he nacido,

se delata como caso agudo

de ineficacia económica.

Quien no papa embustes volanderos

no puede no acabar descubriendo

que todo aquí se va viniendo a menos,

y Reus es, así, un pueblo cínico.

Teniéndolo lejos, lo llamo magnífico…

Allí todos viven bastante entreverados,

sin paredes y sin dignidades;

ni falta les hace espiar o escurrirse

para saber qué tiene y dónde va

cada casa: la desesperación

les es común, porque todos ellos

fueron fundados, en cierto régimen

que ahora agoniza, en el decenio

penúltimo del siglo pasado

por franceses y por antepasados.

Hace tiempo que el francés ha marchado

y se ha ido aflojando el viento infecto

de los linajes. Han adoptado

política de perro flotando.

Tajados por la avellana turca,

por el vino chileno y la aceituna

andaluza, se nos han arruinado.

Y por cuanto al vino del Priorato

(o Tarragona: esa, optimista

ella, denominación de origen),

es, como siempre, vino de payés

destinado a consumo del inglés

(bajo welfare) que de Oporto se priva.

Del vino de payés dice el mito

que es muy bueno. Tú no le hagas caso:

es vino no del todo fermentado,

que guarda dulce —como las ideas

de nuestros políticos de izquierda.

Cualquiera que va arrempujando un carro

prevé el último pedregal, pero

mi pueblo (te decía el otro día),

la única y ya idea constructiva

que ha tenido desde que yo nací

es poner los huevos a empollar.

Gracias. Sí. También mis versos.

Este es tuyo; poco que lo corrijo

(ni podría: cuanto más avanzamos

más tuya modula curva su voz),

mas te diré que el último filón

de versos me ha llegado vuelto hacia

Josep Pla que está en Llofriu.

No nos conocemos, pero me escribe

amable cuando recibe mis libros,

y a lo largo de los años sus libros

son los que me han enseñado

a observar a la gente del país

catalán. Reías viendo el otro día

que farfullaba yo de ira

tratando de pobres a los ricos

que flotan por el país.

Verás: no me puedo pagar manías

ni obsesiones distributivas.

A mí, que soy nada productivo,

me interesa que ellos sean ricos.

Buen parásito, tengo conciencia

que si no me crece gorda la bestia

ningún espejo me verá engordar.

Y esto, también lo ha dicho Josep Pla.

Tantos versos he hecho ya morderse

(cola de uno, boca del otro) que

estamos en octubre, y ayer

muy de madrugada te escapaste

para largos meses a Barcelona.

Un verano más que se arrincona.

Yo me he quedado unos días más.

Ojalá no lo hubiera hecho:

tengo sobre mí la tramontana.

Hago el muerto, trancada la casa,

pero este perrucho danés inmenso

no se distrae. Le siento el aliento

en el pescuezo, me salpica baba,

sus patas empiezan a revolcarme.

Exagero. Eso nada me aprovecha,

pues perros en Cadaqués ya hay

suficientes sin que algún soñoliento

se los invente metafóricos.

Exagero, y es porque el viento

aires se da de violento:

me es innata la cobardía

de obra, y sólo pienso valentías

de pensamiento. La verdad

es que hay rincones tranquilos.

Me he quedado viendo la bahía

desde las escaleras a la Riba

por las que bajabas al salir

de casa, hace tan poco, y he visto

toda impaciente una red

interferida, porque son muchas

las embocaduras del viento

y cada una remueve su propio haz

de surcos, y se modifican, varias

como las intenciones de un alma.

Por cada roce de un brazo de viento

o el dorso de una mano, hay un gran pez

que vibra escamas de espalda:

su fría sangre parece encendida.

¿Ves? Todo esto pasa por asumir

que Natura está pendiente de mí

y me quiere pescador de imágenes,

antropomórfica redada.

Pero no del todo convencido:

preferiría platicar contigo.

Hago lo que puedo, y en la bahía

sólo pesco yo: no quedan turistas

ya, y estos de Cadaqués

necesitan exceso de reposo.

Moratorias de presencias

como la mía, indulgencia

no la obtienen, ni son buenos los ojos

que me ven facha de absurdo.

Catorce días que escribo versos

y son, tendidos, más de setecientos.

Buen término medio, pero

este tu poema de Cadaqués

será en gran parte de Barcelona,

ciudad que tiene tanto de bona

como esta asonante, que suena falsa.

Tú y yo que no comemos alfalfa,

procuraremos escuchar lo menos

de qué quejan, y sus caras de ansiosos,

¿qué quieres que les pintemos?

Espero que no pierdes el tiempo

y te pones la cultura al día:

que te reencontraré neo-vestida.

Y hoy, es martes tres, he recibido

tu carta. Como no puedo

ni un momento hacer más baja

esta muda voz ritmada

y algunos más me la escuchan,

no te responderé. De Cadaqués

(el trauma de la tramontana había

puesto basuritas en mis ojos),

los turistas no se han esfumado

todos. Miro a la inglesa (—ah, si fuese

rusa) de Joan de la Bola

(—¡qué bien por el octosílabo!).

Pone los pies en una silla, junto

/¿quieres llenar tú este verso vacío?/

a los de la gabacha desnuda

(de pies nomás) que nunca se cambia

(¿lo recuerdas?) aquel pantalón

rojo, de veras menstruoso.

A turistas no le han hecho mucho

las dos muchachitas hasta ahora,

si hemos de creer lo que dice

la mala lengua de este verano.

Y como al fin no tenemos burgueses,

ribereños ni tramontaneses,

nos echaremos todos donde nos plazca,

la de la rosa y la del gallo

y yo y Joan de la Bola.

El amant de cœur (que es hijo del pueblo),

en reposo las cortesanas,

y yo, poeta que lanza redada:

tenemos pueblo felicitario.

No dudes que de ello soy partidario.

En estos días que soy también

yo medio feliz, pensar que Joan

de la Bola de eso va tirando,

de buen corazón me ayuda a reír.

“Fecundo, pero no sabe lavar

de la placenta personal

su obra”, dice el crítico peón de obra.

Lo oigo, como quien oye llover.

Estoy devorando almendrados,

en La Mallorquina comprados

(carquiñolis, tú misma me enseñaste

a que me gustaran), y me alarma

que no sé cómo retomar el hilo.

Ah, sí. Tiene muy poco algo de fino.

Basta con decir que la miseria

material va produciendo miseria

moral, y con decirte que mi gente,

infectada de empobrecimiento

(para el burgués no hay enfermedad

más grave, y de larga agonía),

forma un lazareto supurante:

sufridos, abnegados y cobardes.

Dos virtudes, entonces, por un vicio;

pero son virtudes de martirio,

y aquel vicio incuba crueldad.

Si alguien se iba defendiendo,

esos eran los hombres de la casa:

pasaban horas afuera. El padre,

más trabajar no podía:

unos cuantos días de vigilar

la cosecha y otros para las cuentas,

le dejaban mucho año de sobra.

Probó todo lo que pudo para

redondear las entradas. Pensaba hasta

de noche. Cursó órdenes desde lejos;

los envíos se le confundieron,

y, meses más tarde, resultó

que se había aplastado los dedos.

Tranquilo por fin (el ojo

de las mujeres encima), mataba

las horas, claro, fuera del hogar:

el casino, el café, el sindicato

(es decir: Instituto San Isidro).

Que lo vigilasen, él sabía

que era inútil: ya no había

dinero que le sobrara.

No creo que llegase a comprender

que no lo tuvo  nunca: la tierra

reclamaba sedienta una continua

lluvia de invención de inversión.

Él, que la ganancia llamaba ahorros,

tenía la aprensión, el desvarío

de ayudar a fugas y transportes

del dinero lejos de su terreno.

No viene a cuento. Cuando yo lo asumo

ya no había lugar para cálculos.

Tenía hijos, carne del instinto

que su dinero había absorbido:

pegaban fuego escapando a la quema

y todos estudiaban carrera.

Todos, dinero desinvertido,

desamortizado y evadido.

Nueve meses al año, si bien tomaban

pocos baños y pocas calorías,

no inspiraban aire de hogar.

Eran buenos estudiantes,

estimulados por el miedo azul

a no llegar a tiempo. A los machos

los teníamos pues o encarrilados

o terminalmente estacionados.

Toda estación selectiva

requiere vías muertas. Por la casa

se alargaba la rama femenina

sin poda y sin cultivo.

¿Poda? Pornografía.

¿Cultivo? Quién iba a comprometerse

sin saber el gusto de los maridos:

no atemos de manos al destino.

He conocido un cierto posible

marido. Sólo le repelía

(no se trata de gustos: la palabra

nos la da la precaución),

en una yegua a la cual miraba

los dientes, con vistas a honrarla

montándola que, por mala suerte,

fuera hija única. El consuelo

de la herencia no pagaba

encontrarla individuada.

En las mujeres, la cantidad

garantiza la uniformidad

o la neutralidad interna.

Una botella la abrimos llena.

A una mujer la ha de llenar el uso:

el cuerpo, de lo que serán los hijos;

el entendimiento, de decencias

que liberarán paciencias.

Resueltamente cuantitativo

era el pequeño mundo femenino

de esto que te cuento. No me distraigas.

Quiero que conozcas a la heroína,

y son tantas que las confundo.

Ah, ¡ya la veo! Iguales como son,

para complicar se pasan la una

a la otra los vestidos. Bueno, y ahora

que mi heroína quiere entrar

parece que me toca tomar

un tono de simpleza lírica.

Mas quiero la fábula verídica,

y la joven (si no se distorsionan

los hechos), no: no era ni con mucho

tan guapa como tú, Helena, lo eres.

Tenía un aire de mosquita

muerta de frío y de tristeza,

y una sonrisa como un saltamontes

agarrado entre dos piedras

que sabe que las oprimirá

la feroz fuerza del niño.

Me conmueve, pero reconozco

que me adelanto. Entre todas las hijas,

lo único que me la distingue

es la acción de mi relato,

y todavía no hemos llegado

hasta allí. Ni la propia matriarca

distinguió nunca sus caracteres.

Las reconocía por el turno

doméstico de las obligaciones

que las veía ejercer. Llamaba

por sus nombres (ponerlos declino),

y le contestaba un montoncito

de acciones pasadas, de guijarros

que no formaban orden en series

ni sistemas de coherencia. Que

un guijarro cambiase de montón,

era accidente de lo más común,

pero inadvertido: la memoria

daba grandes tumbos. Esta historia

familiar era (si puedo

verla con ojos de Collingwood)

de scissors-and-paste. Un pegamento

encostrado y muy reseco.

Dos hechos en todo aquel archivo

permanecen bien atribuidos,

nunca fuera de sitio: el matrimonio

de la tercera, y el desmadre

que la segunda aportó,

la monja, cuando reclutó

para que también lo fuese, a la criada.

La verdad, no pretendo bromear.

Sostengo que no soy yo el perverso,

y exagero porque río verde.

Más valdrá que me deslice rápido

por aquel orden cuartelario

que no veo que pueda inducirme

simpatía, y subversivo

a mis años no se es con gracia.

Mancomunadas en la matria

(de patrias no han aprendido ni la

primera palabra del primer verso;

ni siquiera la aritmética, quiero

decir; ni una pizca de inteligencia,

quiero decir…), cada muchacha tiene

su sombrío rincón tierno, y un

plato preferido que cocina el día

que toca, y una almita que reposa

(el alma, este minúsculo fuego

de una luciérnaga: el cuerpo).

Y si alguna vez algún espasmo

convulsiona en alguna mejilla

un surco, no puede contarse como

hecho: se olvida cual pensamientos

o las películas o los sueños.

De tanto en tanto estallan odios

y tiemblan voces. Puede ser tenaz

la lucha, pero de ella casi nada

se sabe. Los hombres dejan la casa

y se llama al clérigo. La madre

siempre se ha guiado por

un principio bien trenzado

que su cerebrito no destrenza:

una tentación, tan viva

que los curas y los maricas

no se resistirán nunca a ella,

es la de hacer daño a una mujer,

y el clérigo es así arma pesada

para las civiles guerras fembriles.

Si alguna vez lo llamas, buen provecho,

eh, pero a mí no, ni me hables de eso,

porque los capellanes me dan asco.

Para nada lo apruebo, por cuanto

a este país lo apestan ascos repodridos

por un miedo largo. Y entender

sé muy bien que es mejor que temer,

pero ¿qué quieres que hagamos? Somos

todos (que no me proteste la frase

de Hobbes porque, de paso, la llamo

a leva) hijos del español y

de La Miedo, su mujer de siempre.

Las murallas contra el miedo,

a los posesivos que los hombres

somos, sólo las cosas nos las ponen.

¿Cómo quieres no vernos asustados

cuando vivimos tan desmantelados?

¿Te acuerdas de aquel me estoy quedando

tan pobre, de Antonio Machado?

¡Cómo se le va escapando el sentido

de sí mismo, y de su destino! Pues

a mí se me escapa el de este poema

cuando las personas me sufren.

Mañana me voy de Cadaqués

si es que hoy llega mi dinero. Un mes

se nos ha escurrido ya: treinta días

creando pájaros de papel de vida.

Igual que cuando llegué, dejaré este

pueblo con viento de mar, y mar de

jaloque (que comenzaba a entrar, por

debajo de un golpe de tramontana).

Y tengo ya la impresión invernal.

Pesado como el de hoy de tanta miel

no verás muchos soles. Me empalaga,

no me baño, y una línea extraña

(reconozco el arabesco enroscado

al cuello de Madame de Senonnes)

me desdibuja la bahía. Vete

tú a saber por qué, estos días

recuerdo a Ingres constantemente.

La verdad, yo sé muy bien por qué

me anda rondando, y no quiero

decirlo: leo la Traumdeutung, me veo

por dentro, y a Ingres veo

ligado a mis proclividades.

“Volvemos a las procacidades”

(reduplico este pareado),

diría algún necio. No te me alarmes,

Helenita; no tienes que esperar

a ser grandecita. Mírate bien

las intenciones de estos ojos viejos

y no podrás encontrar un sólo hombre

inocente como las bestezuelas

que nadan por mi inconciente:

ninguna trabaja y ninguna miente.

Despierto sí, todo mundo da pena:

habla para no sentir dientecillos

mordisquearle algún hueso maldito

en lo alto: en las buhardillas del recuerdo.

Ratas se entopan por entre espesos

panes de recuerdo: son mis versos;

sobre todo ahora, que te quiero

decir (me ahoga el olor a podrido)

que yo fui joven entre muchachas

como las que te cuento, y las muchachas

que te cuento debían sufrir entre

estos jóvenes como yo me he visto.

¿Qué, pues? ¿Me hará muecas el poema,

otra vez, a mis espaldas,

o querrá que me veas llorar,

cocodrilazo de cuarenta años?

Las manos que estrujan faldas;

las caras que ávidas me miran

en tantos espejos mal argentados

ahora que me les traigo enfrente,

los cuellos de entonces que se voltean

para no verlas —Se me peinan

las diez mil brujas de un recuerdo

espeluznado de lluvia y de sol,

y con mirada burlona, sin prisas,

dicen (¡ridículo de mí!) que esperan

mi palabra, mientras insistentes

los turnos de sus peines marcan tiempo.

 

 

 

 

Tornada

 

 

Perdón, Helenita, perdón.

No vendrá la conclusión

y este embrollo de rodeos no acaba

en ninguna parte. ¿Te lo esperabas?

Cuatro meses lejos del verano,

meses que no me has visto aparecer

de sopetón, la bolsa llena

de folios que pretenden sorprender

una orejita paciente.

También, como un hombre, puede un cuento

hacerse viejo antes de alcanzar

su altura justa de crecimiento.

¿Y quién tiene la culpa? Cadaqués

sin decirme ni adiós huyó de mí,

y mi cauterio es una barrita

de plata de self-pity fresca.

Ah, ¡pobre de mí, que ando llorando

por las esquinas de espanto

de este pueblo de Barcelona…!

Con orgullo puedo decir que tengo

mucha traza para no trabajar;

pero no es toda la que necesito.

Continuar mi cuento quisiera,

o hacer vida contemplativa:

las horas enteras de una mañana

agradecería al pino sus dones:

el implante del tronco lanzándose

al abrazo de las ramas, la

corteza externa igual que su sentido,

y sus agujas, último verde

delgadito, como mi añoranza

de una vida donde no se trabaja.

Yo medio trabajo, lo que es decir

que este cuento no verá su fin.

Qué mal me hace sentirme, sobre todo

ahora: el pasaje que me esperaba

se habría lanzado, con cuánto gusto,

a hablar pestes de mi juventud

en toda su parte masculina.

Nada te cuesta, ¿eh?, imaginarte

por qué motivos mi edad

quiere hablar mal de su pasado.

Es el presente de estos, de los jóvenes

que hoy se abren paso a codazos.

Tuerzo la boca, pues, y no diré

que soy legado de mejores tiempos:

no quisiera enseñar las orejas.

Eludo el ataque directo. Astuto

me revuelvo, sincero me resuelvo,

me empapo de remordimiento,

tal cual era de joven me describo,

y la razón del mundo me socorre

cuando afirmo que para encerrar

dentro de una fórmula el sentido

de un modo de ser joven

y seguir a las muchachas (que, como

un regusto, a los dientes me retorna),

hay bastante con llamar al rechazo

con que aquellos hechos se me rebelan

si los expreso en términos de afectos.

Chicos y muchachas hacen amor

(si bien no siempre hacen el amor):

es la creencia más difundida.

Yo no la veo así. Con las primeras

personas de las que puedo echar mano

sólo construyo el discurso

del poder y de sus desazones.

Te propongo entonces el principio

de un poder que corrompe todavía

más que el absoluto: el tosco poder

en ingrato crecimiento

que corta caminos para saber

hasta dónde lo lleva su paso

hollador de la tierra, y oír

el crujido de las ramas tronchadas.

¿Para qué seguir? Mira por dónde

iba a avergonzarme. Si hoy

imagino a una joven saliendo

a una calle del tiempo de mi cuento

para verse conmigo que soy joven,

a lo mejor la hago regresar hasta

la puerta de su casa y compruebo

que tras ella se cierre, confiando

que un poquito sí ampara

el poder que la recobra

—si bien soñar que un poder ampara

me eriza hasta las puntas (igual

por los padres) de las peores dudas.

Bueno. Comprenderás de qué muchacho

hablo. Callado, va dando trabajo

a sus dedos, y ni de uñas se lima

para no rasguñar una vagina.

Tiene muy metido en la cabeza

que una muchacha no puede escoger:

la que no tiene ficha de virgen

es para todos, o se hace la tonta.

Como, digamos, la luna:

si los rusos ya le vieron el culo,

no tiene razón si no nos lo enseña:

fruiríamos todos del estreno.

Bien. Comprenderás que yo comprendo

que de este muchacho bestezuela,

tú, que eres un poquito más lista

que aquellas pobres muchachas mías,

procuras mantenerte lejos

(si bien no estoy del todo seguro

que bajo algún disfraz no te ronde

rozándote, y dispensa). Lo que

mejor quiero que comprendas

es que las muchachas de mi tiempo

real eran también las más listas,

y que aquellas que aquí llamo mías

son de tantito después.

Ah, muy pocos años les costó

(abolido el infierno y su azufre)

conseguir se picase el vino joven

y un miserable arenal lo bebiese.

Las muchachas con las que anduve

para ajustar las cuentas de la guerra

sabían reírse de quien vigila

los muertos eternos de este país,

peores que un muerto que va de vivo

por ahí. Bajo una guerra que entra

dentro, la gente aprende a liberarse

y escupir ante un festín

ofrecido entre ruedas de molino.

Los primeros años de la posguerra

no trajeron prisa alguna en perder

tal libertad (que no tocase el orden

sagrado de los pistoleros: mucho

campo quedaba por recorrer). Las

muchachas que mejor me socorren

un cierto añoro pueril, dijeron

la suya un tiempo, hasta que el país

se nos cubrió totalmente de negro,

mientras yo tiraba de la escopeta

por las montañas de Aragón,

sometido a la conscripción.

Fue por el año cuarenta y cuatro.

Tendrías que haberme visto la cara

de pasmado cuando al regresar

me los encontré todos asfixiados.

Habían desaprendido a vivir,

y Tristán que nunca rió

allí habría perdido la fama.

Ahora que arranca el nuevo deshielo

quizá no haga tanta falta insistir

en olisquear la piel de hibernación

del oso de aguazal tiñoso,

el apestoso monstruo hispánico.

Puedo, sí, decirte esto: la factura

que las muchachas de la sutura

(habían asistido al paso

de checos primero, de italianos

después, y por debajo el ibérico

vibrátil de desorden bélico)

pagaron, una vez establecido

un orden que supo hacerse estrecho

por unos cuantos años, fue muy alta.

Pocas llegaron a verse casadas.

Alcanzada cierta edad (¿no lo oyes?)

la mujer se nos casa con chillido

amargo de urgencia: rata

que salta, viéndolo que naufraga,

del barco de la vida. No

alzaré lamentaciones

por las otras, las dejadas

fuera de cuenta, las calumniadas,

porque espero que su orgullo

me lo echaría en cara como insulto.

               Qui as dames honor ne porte,

la soe honor doit estre morte.

Las muchachas de mis viejos días

me reclaman honor con creces,

y una gracia que se aleja

merece que suspendas la duda,

tú que llegas. Les voy a dedicar

(no te me rías) un canto llano.

A vosotras, las que me fascinabais

(una, un mes; tres meses otra)

y yo reía, celoso cobarde,

al oíros siempre salpicar

por algún impotente de taberna:

María, de ojo sereno; Enriqueta

color del otoño; Pilar

como Dudú la del Don Juan;

Paquita sin paciencia;

la enamorada de camelias

que ahora no quiero nombrar;

Montserrat, que me eres fraterna

porque nada sabías de bailar:

toda vez que el recuerdo os escoge

(ya había yo olvidado algún nombre),

antes que os recupere el fondo muerto

de esta memoria mía, os doy las gracias.

También te invoco a ti, hermana

Amalia, que fuiste de las primeras

de después, pero aún no dominabas

bien el arte largo de adormecerte

y te has casado con un inglés,

lejos de nosotros y de Reus.

Y ahora quizá vale más que calle.

No conviene me entren todavía

tentaciones de insinuar

cómo habría ido mi relato

encaminado a su mejor término.

Y vale más no hacer una cosa

que hacerla a medias. Callo entonces pues,

y me ahorro el peor trozo

que me habría tocado escribir:

cómo se enamora la heroína.

Cierto que en cosas de amor

de ningún pan desprecio los mendrugos;

toda harina tierna quiero moler.

Aunque eso de enamorarse de un hombre

se me figura cosa extravagante,

tal extravagancia la cometen

la mayoría de las mujeres,

gente razonable: alguna gracia

debe hallarse en este juego extraño.

Muchísimo me habría costado,

desde luego, presentar vigorosa

la debilidad tierna de mujer.

Parece ser, pues, que callo a tiempo,

sin caer en vil atolladero.

Ya puede apagarse la candela

que he intentado mantener encendida

para una larga procesión de versos

balconeadores, palabras dispuestas

para componer limpias imágenes

de aquelas cosas que me son objeto

de afectos, o de aversiones.

Qué sé yo si este muñón

de poema que te ofrezco

produce mucha angustia. Si pienso

en los emparrados espesos

de uvas que son pies y manos

de cera sucia que trepan

por las paredes de las ermitas,

me trastorno, y me da miedo

que sea viscoso exvoto

lo que te quiero dar por poema.

Y ya no tiene remedio, Helena.

Hoy que se ve fallido el golpe,

déjame en varas medir su extensión.

Llegaré con los tres que me faltan

al verso mil trecientos treinta y cuatro.

Me queda uno: el de decirte adiós:

barca nueva, que tengas buen viento.

 

 

 

L’un des corps les plus simples est le champ de Galois C2 de deux éléments o, e, dont les tables d’addition et de multiplication sont:

 

+            o             e                                                         X            o             e

 

o             o             e                                                         o             o             o

e             e             o                                                         e             o             e

 

Paul Dubreil, Algèbre

 

 

 

 

B. Londres, Cotlliure, Hamburgo.

 

 

NIEBLA

 

Mucho antes que te les vuelvas vieja y gris,

la sombra de mi nube sobre esta extensión

de naturaleza y cultivo: tu tierra,

como un copo de ceniza leve, imperceptible

para todos ellos, aunque para ti no todavía,

cuando se la lleve un último pálido viento,

se rizará convulsa por el adiós

y te dejará el recuerdo de un frío caduco.

Sé que después se les abrirán los caminos

del sol, cuando, en su múltiple sorpresa

de nobles hojas, les aguijonee el oído

la ágil flauta infernal de tu mediodía.

Lo sé yo que ahora ennieblo tu profundo

crepúsculo matinal. Todo desesperación por

levantarme, desgarro mi nube en zarzales

y lleno de llanto cárcamos de incertidumbre.

 

 

BOSQUE

 

Acuérdate. Cinco niveles.

Tierra y vida oscura.

Una yedra profusa.

Y ella. Sobre ella

la araña oscilante,

la avispa estremeciéndose,

y tú. El zarzal

rozándote, infecta

roya. Cinco niveles

de un poso espeso

de instintos adormecidos.

Y alrededor,

proyecto de luz

cansado o inexperto,

veíais subir

los troncos de los robles.

Pero algo allí no era confiable

y te giraste,

furtivo, entornados los ojos.

Un instante al acecho

y, bruscaexcitadas

como nervios, las ramas

resinaron azufre

de sol invernal.

 

 

DEDOS

 

Ligera, se iniciaba

la lluvia de una noche.

Ligeros, se confiaban

tus dedos entre mis dedos.

Un menudo instante de adiós.

Oh, sólo por dos días.

Me sonreías a través

del lagrimeo que llovía

sobre tu abrigo de cuero.

Temblor de los bruscos túneles

por donde te me pierdes: corazón confuso,

esta noche hago bolitas

el rastro de recuerdo

que guardo entre los dedos. Vacíos dos días,

oprimieron la sombra del toque

de tus dedos, mientras te me perdías.

 

 

ENGAÑO

 

“Dime: ¿por qué me hiciste

confiar en mí?”

¿He podido engañarte,

corazón tan perplejo?

“Me has querido sobornar,

cauto, sin orgullo”.

Sin espera, con orgullo,

te me concediste.

“¡Y era para dañarme

cuando llegase hoy!”.

Ah, ¿cómo te me has creído

que me fueras fiel?

 

 

GAVILÁN

 

¿Sabía yo que un gavilán furtivo

tentalea cielo hasta encontrar una grieta,

se desliza, viene a mí y se revuelve ruidoso

en mis brazos, el ala empapada de sal?

Un sucio verano se engranadaba espeso.

Días prensados, grumos de sangre y huesecillos.

Cicatrizaban solas las encías de su sol.

Carcomía la carcoma la fibra de sus noches.

¡Qué disparate! ¡Tanto verano y tan lejos!

Esta noche que algún dring ha hecho pedazos

vidrios de cielo y fresco me rasguña

su azul garrudo que ríe, entiendo el disparate.

¿Sabía yo que un gavilán, cuando de veras

es furtivo y me quiere sorprender y ríe,

sabe qué cuerpo tomar prestado, y engañarme

que vuelve conmigo la muchacha que tengo lejos?

Candente de sal, serpea calas, de noche.

Los farallones astillados le han pinchado

el vientre claro cuando nada en lo oscuro.

Pisa fuerte cuando se remoja en gin.

Y este gavilancito súbito que ríe

de ser bueno conmigo, me engaña con sabor a sal

y nos revolcamos como águilas liadas.

Lengüeteo y río, muerdo cabello corto

y chupo dentro de oreja valvada fruto

de oscura mar, la mar de muchachas, lejos.

 

 

FE

 

La tienes en tus brazos.

Te duermes, y la sueñas,

y sabes que es un sueño

todo lo que miras de ella, y

el corazón se te echa a andar,

tiembla de fe.

Sólo una cosa

que tú le propones

te deja en prenda

de que te amará despierto:

sabe que es un sueño

lo que de ella le dices,

pero por debajo

del sueño que es ella

a quien tienes en tus brazos.

 

 

HIJO

 

Cruja la tarde. El tiempo se les atragante.

Trascolan ruiditos. Una casa entera

se remueve impaciente, y escalofría

de silencio la cisterna. Feliz piso clausurado.

Late un fósforo frío, se duerme la bestia

de agua profunda, los dos cuerpos largoanudados.

El rompimiento, el tiempo. Corderilla de jabón,

ella bajo la ducha. Las palabras

y su risa, leves sobre su piel, espuma

que huye con el agua brusca.

El rompimiento, el chillido

de la plana de una sierra: el llanto de un niño

desgarra violento.

“Es quizá el niño

que no hemos engendrado, y que se nos queja”.

Hijo,

criatura de los demás, calla. Encuéntrate

a los dos que tú delatas, pobres dos

que se prometieron y no han sabido cumplirse.

Tentador demasiado tosco, nos avergüenzas.

Encuentra a quien te deseó cuando ofrecías

otro cuerpo. Revolcaos los tres.

 

 

IDOLITOS

 

Las manos quietas en las rodillas,

recuerda: deja que un rayo

agriete tu cobijo oscuro

y mira el polvo de los años.

¿Hablas de fe? Se han removido,

brillantes gránulos aéreos,

millones de dioses minúsculos

a quienes tú fingiste fe.

Ahora, sin fe (y sobra que

te reserves con una sonrisa),

hazte propicios sus dioses lares,

los del hogar que ella se escoge.

Como nunca, ahora vale la pena.

Ese hogar al que ella entró hace

tan poco, del que no quieres sacarla

ni puedes creer que en él permanecerá.

Te es fácil seducir

(mitad con intención, mitad dejando hacer)

a los dioses, que son tan humildes.

Y a estos mejor, pues los conoces.

Rompe el encanto oscuro,

levántate, enciende luz en la habitación,

busca. Si recuerdas dónde,

ahí tienes tus imágenes.

Desenvuelves la seda

marchita, y por tus dedos pasan

agallas de demonios viejos

tallados en viejo jade chino.

Helos: todavía plenos de virtud

irrisoria, nada tiernos,

los inocentes, los nocivos

idolitos de tu juventud.

 

 

ÍDOLOS

 

Entonces, cuando yacíamos

abrazados frente a la ventana

abierta a la pendiente de los olivares

(dos semillas desnudas dentro de un fruto

que ha abierto el verano violento, y que se llena

de aire) no teníamos recuerdos. Éramos

el recuerdo que tenemos hoy. Éramos

esta imagen. Los ídolos de nosotros mismos

para la fe sumisa de después.

 

 

JUEGO

 

Puedes jugar con su cuerpo

que es joven y ríe, y gusta

de tu juego, y no ha tenido suficiente.

¿Todavía crees que hay vicio en ti?

Demuestra tu vicio. Entrégate

entero. Si es que lo amas,

no le sofoques este temblor:

la curiosidad del cuerpo, que tú

hace mucho tiempo que llamas deseo.

 

 

KENSINGTON

 

La luz del verano nórdico es inmensa,

y aquellas tardes que no mueren nunca.

Como la paz de después. Cuando ellas casi revelan

el viejo secreto que buscamos siempre

por caminos nuevos.

Y ella habla, y me platica

de las imágenes que hacen camino con ella:

su camino, tan lento, por donde la llevo

hasta la cima.

“Siempre me parece que me transformo.

No sabrás nunca las cosas que haces que me crea,

cuerpo mío. Una vez fui Kensington,

esta extensión de calles retorcidas,

claras de luz sin sol. Y hace un momento

te digo que me he vuelto una flor amarilla”.

El imaginario floral a mí me es fácil.

Du bist wie eine Blume, y en la mano

tengo todavía un recuerdo de flor carnívora:

esta cosa que se va abriendo hasta una flor

de carne húmeda, corola abierta

increíblemente vasta, para que, insecto,

me le entregue. Digo:

“Te vuelves una flor,

y todo el cuerpo te sube hasta aquí”.

Me he desviado. Pura luz. Los dibujos

que yo sé calcar no sirven. Corrige:

“No, si la flor no cuenta. Es que era toda amarilla.

Te me he vuelto una flor amarilla”.

 

 

KORE

 

Sonríe cada vez

que alguna nueva cosa suya

merece de ti un amor.

Sonríe cuando tú sales de ella

e intacta se vuelve a cerrar.

Sonríe de una ternura

que no os suplicará

(a ti, en tu mundo ávido)

que le llameis bondad,

y apenas adivinas que

se absorbe. Todavía

le hace falta sumarse. Todavía

va naciendo su cuerpo.

 

 

LORELEI

 

Sé muy bien lo que quiere decir

que me encuentre tan contento.

Cierto instante de un verano pasado

no se me va del pensamiento.

Las piedras tibias de luna,

y en la hierba se impacienta un viento

de mar. Por una escalera que se arrambla

suben ella y un borracho.

La muchacha de blue-jeans se propone

ser bondadosa con el hombre incierto.

No huye a verse en su ojo de niebla

ni burla su paso que se pierde.

La mueve su impulso natural de ofrenda:

siempre le han dicho que lo ahogase.

Y eso ha hecho la chiquilla mía,

ella solita.

 

 

METRÓNOMO

 

Muchacha, mujer, muchacha,

mujer. Oyes el batir

de un metrónomo duro

y velas la alterna

naturaleza que amas.

¿Cuál prefieres?

¿Muchacha que se exhala?

¿Mujer que se recoge?

Diriges la segura

conspiración

de todas las cosas:

abolís la muchacha,

traeis la ya lograda,

la reclamada tanto.

Y ya de la muchacha

ni hablar sabes

siquiera: vida anterior,

como de pájaro o fruta.

Mujer instaurada,

tú la interpretarás.

Tendrás para expresarla

valores claramente entendidos

y tacto, suave

terciopelo de silencios,

y palabras. Tus palabras,

que avanzan refinándote.

Incisivas por años,

no te sirves de otras

para hablar de ti:

las palabras que te arrancan

la piel de la lengua

cada vez que las dices.

 

 

MUDANZAS

 

Va y vuelve, ágil,

de la ternura a la risa, del pudor

(la cara, que cuando vence

su desfallecimiento se revuelve fiera

y huye a lo oscuro bajo tu pecho)

a la insolencia (la mano, pájaro

agudo de burla y de pregunta:

que te la sientes en la espalda, y te mide hasta

dónde se habrá estremecido tu madera

desesperada al erguirse).

 

 

NIEVE

 

Pesada sobre ti. Su cara busca

encajarse en tu cuello, y avanza hablando.

Entra la luz de nieve, y recuerdas qué

frío teníais. Ella va contándote cosas

y cosas, y tú escuchas y olvidas, como

si te contara un sueño. Hasta que te suelta

que hace unos días se acostó con otro. Tiemblas.

“¿Por qué te sorprende? Tú ya sabes que a veces

alguien me lleva consigo”.

“Quizá no me sorprenda,

pero me da pena”.

Y ella se te incorpora,

se aleja de la injuria en que quiere

endurecerse tu cuerpo y, encendidos los ojos:

“Más me da a mí. No sabes lo que es eso. No hay

nada más horrible. Te encuentras encima

un tipo cualquiera”…

Y te sales de ti.

Tiemblas. No hace mucho, por la calle,

ella tenía frío a tu lado.

 

 

MUCHACHAS

 

“Podría hacer el amor con una muchacha

menuda, como de marfil”. Y encorralas

brusco a todas las muchachas menudas,

como de marfil, junto a la carne

que te estorba como la de los hombres

enemigos. ¿Descubres que hay

demasiadas muchachas en el mundo?

Mira, tú. Quién te lo iba a decir.

 

 

OCIO

 

Ella duerme. Aquella hora en que los hombres

ya se han despertado, y poca luz

entra todavía a herirlos. Con

muy poco tenemos bastante. Sólo

el sentimiento de dos cosas:

la tierra gira, y las mujeres duermen.

Conciliados, caminamos hacia

el fin del mundo. No necesitamos

hacer algo para ayudarlo.

 

 

PERDÓN

 

Amor, te he pedido perdón

demasiadas veces, hasta que advertiste

la argucia de mi corazón tramposo:

con tu perdón él se da permiso.

“Perdón por habértelo pedido”.

Una chispa nueva se enciende en ti

y zigzaguea por cien espejos

de consentimiento suplicado.

Una magia baja pretende

deslumbrarte, y levanta

(almagres y verdes) un barracón

en una feria de suburbio.

Amor, allí no entres. Infiel

ayudante de este mal histrión,

mi corazón, te entrego descubierto

su truco de implorar perdón.

Amor, perdón. Perdón por mí.

Un último perdón sin encanto,

no un proyecto de mis vidrios viles,

el fraude que para ti montamos.

Y todavía más. Perdón, perdón

por hoy, por este momento

cuyo relampagueo intranquilo

me ha hecho temer que te engañase.

Yo, que no sé dejar el servicio,

demasiado fácil, de mi corazón absurdo,

he olvidado (lo comprendes, ¿verdad?)

que eres real, que tú vives en ti.

 

 

LLORAR

 

Necio, ¿por qué querrías

aprender de llorar?

Ella vacila todavía,

se le ladea la cabeza,

el mundo te da vueltas y vibra

como, cadente augurio,

el trompo moría

cuando sabías llorar.

Si se aleja y no te mira,

si te es adverso el instante,

¿qué ganarías de llorar?

Necio: si te oye, reirá.

Y hoy sabías reír,

pero tu risa, a plomo

como un cuerpo muerto, te desliza,

agua adentro, por instantes.

Zambúllete, necio. ¡Va!

Nariz y orejas ensangrentadas,

recupera la risa. Si ella voltea,

tú ríe, y quizá reirá.

 

 

REÍR

 

Tu beso dentro de mi beso,

ágil amor, como el viejo

del mar que desespera

la llave confusa con que lo oprimen

los brazos interrogantes.

Miel o tabaco, ginebra o sal,

áspero limpio limón

o la última fruta interna

de carne, en el jardín cerrado

donde se entra sin renombre

(empresa del todo furtiva:

delicia que no precisa llamada).

¿Cuál es el gusto de tu beso?

Y ahora, amor, este beso tuyo

(otra leyenda) se me cambia

de naturaleza hasta la raíz.

Tiembla, me olvida, su dulce

tacto se me escurre impaciente,

y una risa, gozo inquieto,

brota profusa y rebrota

y dentro de mi boca enrama:

fresco amargor de laurel,

verde, aéreo rumor.

Déjame reír a mí, amor.

En toda partida cuento y

mi ganancia la sé; ¿y qué  haría

de una juventud mía?

La tuya es la que me importa.

Compadecido de sí mismo,

difícil tengo yo cambiar mi beso.

Cambia tú, que ruedo contigo

y mío es todo vuelco de tu dado.

 

 

SABERES

 

Subo la escalera del metro

de prisa, porque se me hizo tarde.

Hace ya media hora que tenía

otra escalera que subir.

Me sorprende y me detiene a la orilla

del vacío el último escalón.

Marco el plano de piernas que pasan,

con los ojos, como con un nivel.

Piernas que caminan por la tarde

como por un vago descampado.

¿Qué saben las cándidas cómplices

del gran juego que vienen montando?

Mujeres absortas consideran

que alguien quizá les mintió.

Las que van de negro, serenas ya,

no saben a quién mintieron.

Los hombres que bajan de sus coches

conocen los licores amargos. Tres

muchachas van juntas para ir riendo

y sólo saben que ya han salido de trabajar.

Cualquiera puede pensar cualquier cosa

sobre algún dinero, ínfimo o grueso.

Todo mundo respira. No todo mundo recuerda.

Yo sé dónde está tu cuerpo.

 

 

SIGNO

 

¿Qué pincel de oriente

obedeceis que os dibuja

un signo de caricia?

Líneas de un cuerpo y de otro

no se separan. Dejais que

os avenga desfallecido el abrazo

carnal. La mano

se te dobla lejos. Un pie

te oprime la cara.

¿Te das cuenta

que ella no leerá

como tú el ideograma

del instante, el puro trazo

instintivo que os aprieta este nudo?

Ella calca un fantasma.

Tú complicas recuerdos.

Ríe de haberse atrevido.

Ríes de que ella quiera, flexible,

recorrerlos contigo.

 

 

SOLSTICIO

 

Medianoche del solsticio. Como la nieve

(no nos ha caído este año), sobre la piedra

que encueva el lecho de nuestro millón,

se hace pesado el silencio violento

de los cielos volviéndose hacia nosotros

como una cara, y con lenta clemencia

que nuestra desazón no sabrá turbar,

comienza a abrirse el ojo que nos forma, el ojo

de la luz nueva.

Dioses de la promesa, este

verano sí me creo que me concedeis que venga.

Tengo lejos la cara donde reposo mi mejor

fe, y quiero acordarme de vosotros.

Me avengo a suplicaros, para ahora y para

todo momento en que, como ahora, tenga

yo lejana tan dulce cara, que se dé la vuelta

y vuelva a mí como un fruto a mi alcance.

 

 

TAMBIÉN

 

“—but, you know, every woman

is a mother, and thinks

every father is her child”. Lo dice

ella que lo sabe. El mundo, la inacabable

cinta métrica, el orden

histórico (entre tantas

otras, la línea mínima

que eres tú) se enrolla de golpe

dentro de ella. Mundus

in nuce. Una mujer como otra cualquiera,

y es también la única Gran Madre.

 

 

ÚTERO

 

Ya hace unas cuantas horas que está aquí.

Partes de su cuerpo, no las más íntimas

pero partes de su cuerpo, se han dispersado

y repartido por las cuatro o veinte esquinas

de esta habitación. Y ahora vivo

encerrado dentro de la cosa que amo.

Cualquier movimiento que hago, y que me estira

más allá de mi repliegue, topa una media,

o un zapato o un jersey o una falda:

linderos de la tierra mía.

 

 

CIFRA

 

Amor, llevabas en el mundo

siete mil setecientos sesentaicinco

días al cerrarse aquella noche

que me llamaste desde tu rincón,

voz que se había compadecido,

y me recibías, cuerpo deferente.

Qué juego perdido, qué rodar

hasta romper un ramaje oscuro.

Siete mil setecientos sesentaicinco

días. Antes no pude encontrar

dónde te me fuiste a replegar,

amor, para crecer lejos de mí.

 

 

 

 

 

Un tel corps K´ est appelé corps de rupture du polynome f(x). Ultérieurement, nous construirons, également par un procédé algébrique, un corps de décomposition de f(x)… On remarquera, en outre, que tous les éléments du corps K´ peuvent, d’après la definition de ce corps, se mettre sous la forme d’expressions rationnelles… Ce procédé de construction, purement algébrique, du corps de rupture K´ d’un polynome f irréductible sur K, est connu sous le nom d’adjonction symbolique. Donnons-en quelques applications.

Paul Dubreil, Algèbre

 

 

 

 

C. Calafell, Hamburgo.

 

 

CANCIÓN IDIOTA

 

Año de distraídos Año treintaiocho

Habían prohibido la playa

y nos íbamos a bañar desnudos

resbalándonos por debajo de una alambrada

Aprendí a hacer el amor

a la sombra de unos pinos de Pedralbes

mientras roncaban los camiones

llevando barcas a pasar el Ebro

Las barcas de la Costa Brava

caminaron atravesaron muchos pueblos

campesinos una ciudad entera

de quinta columna

Finalmente pasaron el Ebro

Ni ellas mismas se lo esperaban

Año treintaiocho Año de distraídos

Hice el amor Tuve playa

Las barquitas pasaron el Ebro

Y en un avión corrugado

aterricé cerca de Toulouse

justo el día que Daladier

para reservarme paz francesa

no empalmaba con nuestra guerra

y yo me veía partido por la mitad

Un año entero vivido al día

Oro de una luz Sonido de clarines

Un alambre de tierno recuerdo

me corta este espesor de un día

del mantequilloso sesentaidós

Año treintaiocho El año más torpe

y en él yo aprendí a vivir

Qué rosado enredijo de entrepiernas

Año de distraídos Año treintaiocho

 

 

TEMPESTIVA VIRO

 

Veíamos amistoso su cuerpo

y de veras creíamos que ella no lo sabía.

Espiábamos que quisiera

quedarse atrás, en un recodo.

¿Contaría dinero y leyes,

ligada a las que no se abren,

las justas que sólo se exponen

a darnos hijas, para después?

Pero la muchacha de esta vez

no nos ha burlado, y nos avergüenza.

Pensamos en ella a cubierto, confundida

con el cuerpo que ha elegido.

Que no brille en su mirada

el reproche de no esperarnos

que fuese tan lista. Nuestra risa

le contará lo poco que temimos.

Si ahora nos oprimen otros miedos,

que sean vanos. Invisible se deslice

la frágil por entre los caminos

de los cabrones obscenos delatores.

Que la guarden nuestros dioses

(dioses de prudencia, no de justicia)

de añorar el redil donde no peligran

las malignas que a él se han retraído.

Que no tarde en descubrir

buenas razones para su  buen proceder,

dócil al gusto de la tierra,

encuevada en lo oscuro de un pecho.

Y que nunca le parta el corazón

el demérito de quien se nos parece.

Que en todas las camas donde se acurruca

la arrope una mano de reposo.

 

 

DE LEJOS

 

De lejos, no tan real

como Helena Tindárida, en quien se emparran

los nombres y las imágenes.

Más difícil creerlo

cuando agosto las mantiene echadas

sobre la era grande, montoncitos de mijo

medio picoteados, mientras el sol nos aturde.

Costaba creerlo en la noche

de paso difícil, la oscuridad en desecho

cayendo horas más tarde

que nuestra noche entreabierta.

Costaba creerlo en su cuerpo

final, entregándose agrietado como nunca,

y es incierto este vientre donde la mano

usada se olvida, como en un agujero de arena.

Y, con lo poco que creíamos

en nosotros, ¿quién venía a persuadirnos

de que también un mal se aferra

a algunos hombres de lejos, por ejemplo

al marchante de palabras que yo no me escucho?

Hasta ahora, que nada más: “Este suicidio

es el que me ha impresionado. No es lo mismo

Hemingway. Tan guapa” —o mejor:

que ce sera un dur métier

que d’être belle femme.

Hasta que así (la tierra

gira de vuelta hacia una noche)

habla la muchacha en quien yo tengo fe.

 

 

MAÎTRESSE DE POÈTE

 

Una sucia intranquilidad. ¿Cómo? ¿Un ritmo nada más,

cuando que el ritmo es nuestro oficio? Viejos, ahora

reclamamos más. Y proferimos: cuando la vida

quería imitar al arte, éramos cachorros.

Pero no tiene remedio. ¿Qué puede la nueva

mano que apretamos sino calcar recuerdos?

Los versos que él ha cogido de esta muchacha

son inmortales hasta nuestra muerte.

Se le parece demasiado, pues, y no tiene forma

ni lugar de cuerpo. Un ritmo desnudo.

Marca del talento duro. ¡Y qué angustia,

de envidia o de desprecio, nos viene burlando!

¿Tenemos por vil a quien deja vida vacía?

No. Tan morales no somos. O no creemos

que él chupase algo. Es ella, merecida

al cabo de los años y de obstinada fe, quien

le hizo ver claro lo que él, como necio,

seguía creando cuando ya era falso.

Un presagio nos atormenta. Pues el mérito

se siente muy poco feliz, recompensado.

Pudo ver su estilo de creer. Y sí:

escribió mucho mejor que nunca. Se había

comprometido. Cuando la perdió

tenía que ser como acabar un poema

y publicarlo y proclamar el éxito.

“Wyatt

ha traspasado a Ana Bolena al rey”.

 

 

LAS MOSCAS DE OCTUBRE

 

Llovida, la playa se encostra, más larga

que todos los veranos. Aprendes a mirártela

vacía de soles que se fingen ocultos —e irradian

cuando un labio reencuentra la sal insolente de una piel.

Costa de despertar mañanas, y sus tardes caminan

por un oro a manchones malsanos, que pesa y se ciega

charco tras charco

(un corazón que drena mal.

La imagen que no se funde).

Vivos sólo ellos (negros

coágulos del ardor que se recoge a medio día, exultantes

de no verse caducos todavía), los recuerdos.

Es larga la playa. Caminas. La tarde no gana de ti

la suficiente paciencia. Meses y meses

mirarás sin meterte a ella, la mar

que se convulsiona espumosa

de esfuerzo, como la piel de una mula

que el tábano no deja en paz

(y si una mujer esconde

la cara bajo tu pecho para que no veas

que la revuelca la oscura corriente que has desatado,

si después, ligera la mano sobre una mejilla,

le perdonas su miedo, le agradeces

que junto contigo se haya dejado llevar

hasta el remolino donde el miedo que os traía

de lejos a ligaros no se reconoce

—¿volverás a llamarle vida? ¿No más vale

que caiga un invierno?).

Y encima, los trenes de noche

que silban al pasar, crueles de proyectos, y desvían

una sonrisa al hombre que para siempre quisiera

saber, para siempre feliz, que la vida ha sido toda,

que nada más será.

 

 

LAS GENERACIONES

 

La muchacha que me corta los cien gramos de mantequilla

(graciosa y humilde, sonríe menudito, como que es de buena

pasta, pero de treinta años y todavía soltera) comenta

con su amiga de carne opulenta que escoge tomates,

lo que ha engordado Ramona.

“A lo mejor peso más yo,

pero es de siempre; no sé cómo decírtelo; ni me lo noto.

A ella la vi ayer, de espaldas; no me lo podía creer.

De embarazada yo aumenté diecisiete kilos;

ella casi nada”.

“No la recuerdas bien: estaba bastante gorda,

pero como tiene mucha cadera no daba la impresión”.

Treinta años

que ellas se conocen los cuerpos, y los olvidan un poco:

los pesos, medidas y cogidas de esta y de aquella

y de Ramona y veinte amigas más (las luces de la escuela

de invierno, color de arena muerta. La arena y el viento

que les liman las mejillas: corren, se calientan el pecho

oprimiendo con fuerza sus panes redondos. La arena metida

en su lecho en los atardeceres de domingo, el mareo de las voces

groseras de los muchachos, que huyen y vuelven y sofocan,

y es preciso que las muchachas se rían

sin dulzura ni reposo).

Afuera, en la playa,

arde el último sol de octubre. La magnífica mujer,

inacabablemente desnuda de vientre y de espalda,

la larga holandesa que ni uno de nosotros olvida

por muchos instantes seguidos (¿cuántas semanas

hace ya?), revuelca por la playa a su hijo, el cachorro

azul y rubio como la mar y la playa. Cinco niñas a las

que la mar y la playa han vuelto en pocos años morenas

cerradas, y sus madres visten (calcetines y zapatos)

más de lo que me hace falta a mí viejo, a nosotros los

ociosos de la vieja cultura cerrada —cinco niñas

hacen ronda alrededor del cachorro, y la mujer, que ríe

y les muestra la carne más tierna. Las niñas se empujan

y dos o tres manos se alargan y palpan,

sobornadas, la cosa más frágil, la cosa que se encierra

en un grosor de quince años por venir. Ese momento

(sólo yo lo espío) les va haciendo más usual y más cierto

el reclamo. Niños, todos los días se ven. Otro niño confiado

(como los días, los brazos de los hombres no son nunca

distintos) nutre la juiciosa actitud que habrán de compartir

mujeres amigas de siempre, en un pueblo cerrado,

que hablan de los cuerpos de una y de otra, visten

a las hijas igual, y todo lo recuerdan y lo olvidan juntas.

 

 

LA LECCIÓN

 

Te vuelves a mí en el momento que abres la puerta,

y ríes, y una vez más debo aprender la lección

de sujeción, dulce y sabida: que un gesto

tuyo me arrastra siempre, y que allana

el obstáculo de rompientes donde me aíslo, difícil

y todavía personal. Es esta, es esta

apostura de ahora con

que te vuelves, y el torso se

te inclina y desorienta, concedido

al movimiento, la más pausada zona

donde duerme la reserva de tu cuerpo

(qué horror innegable, qué horror

de materia del mundo, cuando pienso que

me doy a componer una rota falsía desde

aquí, desde este otro lugar del mundo,

mientras quizá ella se vuelve en el momento

que abre la puerta de una habitación

donde yo no me encontraré nunca).

 

 

PARA JOSÉ MARÍA VALVERDE

 

¡Oh estos que apeonan, encantados

súbditos del rey de Babilonia!

Ningún agua viva te reclaman. Van a la suya:

polvo, y ahogo seguro de parsimonia.

 

Ahora, ni tú quieras beber. Sólo déjate

tragar. La negrura de estar solo. Tres días recógete,

amarillo candente como un metro de carpintero.

¿Quizá seremos escupidos a la mar? ¿Un gran medio día?

 

 

LOS ARISTÓCRATAS

 

¡Oh Borges, Lowell, oh patricios

americanos! Teneis vuestra historia

tan cerca, y os vive su asco.

Tengo historia cerca. Tengo su asco.

No sabré escribir los detallados poemas

que os escribís. Mi asco

(envejecido, porque nadie cuenta su historia),

como los tobillos de una niña gitana,

quizá me deja ser piel y vida bajo lo sucio,

pero soy agrisado, y sólo hablo

generalidades, como un plebeyo

que no escuchó nunca, lentos y frescos

los recuerdos de las mujeres en su casa

densa, y que anda vaciado: un pozo de miedo.

 

 

S-BAHN

 

Nox longa quibus mentitur amica, diesque

longa videtur opus debentibus.

Todos deben su trabajo.

La deuda los va minando;

la obra no contempla cesar:

montones de escombro ensucian sus almas.

Betreten der Abbaustelle verboten.

Los hombres de treinta años

(A wakeful brain

Elaborates pain)

se duermen en el S-Bahn, brunos

en su banca de madera bruna, cuando

cumplen treinta años de los años más brunos.

También este espíritu sopla donde quiere,

sopla el polvo y los remolinos

de su tormento. Estos cerebros que duermen

ruedan, no huirán, penan también.

“Ahora, la muchacha

qui tant d’eaue froide m’a fait boire

tiene un hombre entre los muslos. Es sábado

y es su día. Le gustan hombres

de week-end, de boca bien cerrada,

porque al dinero le apesta el aliento.

Ein ernster Vogel gesanglos.

“El amor de las mujeres

es humilde, dicen.

Encuentras una mujer

de las que te enamoran,

pájaro acurrucado.

La alborotas, y mira:

cubierto de vahos tiernos

en lo profundo del nido,

como un bonito huevo

enfebrece un marica,

redonda sorpresa.

Bastante se ha repetido.

Oh, el humilde amor

de tus mujeres”.

“Las uñas y el pelo me están creciendo.

El entierro atraviesa calles, calles,

y esta mañana me encontré a una muchacha

que conocí cuando éramos estudiantes:

árbol entonces glorioso, llamaba

a que se alzasen los vientos, para desgarrarlos.

Ahora sonríe herida: la deshonra

de hacerse cinco años vieja la ha marcado.

Y tú, tú mi serpiente, tú mi orgullo,

me has dejado a medio vestir. No fuimos

juntos a Ámsterdam. Oro y sangre (un dragón

obra del hombre), luce allí su costra honda

de aceites. ¿Qué es un hombre? Dos manos,

una en el pecho y otra en el vientre de una muchacha.

Las uñas y los cabellos me están creciendo.

Las caras como ventanas, y hablamos

de cosas de señores, y voy diciendo

que sí que sí. Tantas las cosas que eran

obra de los dioses, y son obra del hombre.

No rompo los vidrios, no sé revolcarme

desnudo como una babosa gris entre estos pies.

Las ventanas son altas, latiga el sol,

y si alzo los ojos, tengo que cerrarlos.

Alguna cosa nunca más conferirá sentido.

Las uñas y los cabellos te están creciendo. Ya

ni siquiera tú que a mí volvieses. Ya ni siquiera

tú. Ni los vidrios troceados herirán

el cuerpo viscoso, la babosa gris”.

“Oh señor, este señor

que busca estremecerse dentro de la boca

de alguna señorita que los dos

dicen que es suya, de buena voluntad.

Hasta que ella se le desprende. La boca,

abierta todavía, le rezuma risa.

Una deferencia todavía

la confunde de excusa, y dice: Es que

me aburro. Y el señor, al oír

que su mejor miembro era aburrido

se volvió impotente. Pero deferencias

él también tenía a su abasto varias,

y escogió una, una caricia

de humildad que renuncia,

y se le acurrucó cuerpo abajo (dos

cuerpos que no encajan, sólo vísceras

resbaladizas que las horas de ternura

han descascarado de la árida piel) y no tuvo

que reconocerse atado de manos. Así

la señorita iba haciéndose grande. Domina,

non sum dignus.

Piedades, piedades pisoteadas, el guante

del niño: lo empapa un lodo que es del color

del cielo que es de alquitrán, y alguien

lo ha recogido y lo ha colgado de una garra

del Stacheldraht, el miedo

teutónico. I maintain that terror

is not of Germany but of the soul.

 

 

MÄDCHEN

 

Después de veinte minutos por nieve

(el verano nos avivaba prados,

pero tan planos que ya

sólo pueden desistir virginales,

y fuera de los cables y guardacantones,

ideas de la ciudad

que no nos hemos de creer del todo,

no contradice al espíritu blanco

ninguna ironía de ningún cuerpo),

después de todo, qué tiene de raro

si en los colores encuentro reposo

y me fijo mucho en los enjambres

colegiales (gorras de piel

y botas altas y anoraks)

que bajan junto conmigo del tren.

Me ensordecen, zumbando en alemán,

abejas como en todas partes.

—La simplicidad eglógica me tienta

demasiado. Ahora mismo no veo

mosquitas de sol en enjambre.

Ahora mismo mejor miro

no los ojos que se alejan volteando a ver

sino el lástex de los pantalones

donde no se cierran interrogantes.

¿Había pues aprendido tan poco

para no saber que a lo largo de los años

no nos vuelve a quemar el mismo fuego,

dos mujeres no son iguales?

Eso que es casi femenino,

ah, ¡qué personal se nos vuelve!

Entre muchacha y muchacha distinguimos

proyectos de alma mortal

y avara de tiempo y de mundo.

No se admiten cambios, ni me sirve de nada

(cuando el género es un estorbo)

recordar el mito inaugural:

Eva, das Mädchen, neutro puro.

Un fácil ser matinal:

dos muslos, una entrepierna,

dos piececillos que huellan prados.

 

 

TESEO

 

Un hilo sol te dora

la oscura memoria,

corre por los tapices

donde te has representado.

¿Vuelves? ¿Vuelves tú?

No pisas firme

y pones tus ojos a sufrir

siguiendo la trama

por viejos corredores.

Salvas socavones

de miedo sucesivo con sólo

que te relampagueen

relumbres de fe

en que, un tanto idéntico,

alguien que puedes decir

que es tú mismo, siempre

camina contigo.

No reencontrarás

tu sombra espesa,

el propósito dúctil

con que sabes traicionar,

hasta que salgas donde

a la luz del sol

(“¿cuál?”, “¿cuál?” te grita

el grajo) reunidas

te esperan tus mujeres.

 

 

 

Vicent Andrés Estellés

 

Burjassot, 1924; Burjassot, 1993.

 

OBRA POÉTICA: Ciutat a cau d’orella (Ciudad bajito al oído), 1953, La nit (La noche), 1956, Donzell amarg (Ajenjo amargo), 1958, L’amant de tota la vida, 1965, Lletres de canvi, 1970, L’inventari clement, 1971, L’ofici de demà (El oficio de mañana), 1971, La clau que obri tots els panys (La llave que abre todas las cerraduras), 1971, Llibre de meravelles (Libro de maravillas), 1971, Primera audició, 1971, Hotel París, 1973, Hamburg, 1974, El gran foc dels garbons (La gran quemazón de los rastrojos), 1972, Manual de conformitats, 1975, Antibes, 1976, Balanç de mar (Balance de mar), 1978, El procés, 1978, Festes llunyanes (Fiestas lejanas), 1978, Lletra al pintor Josep Renau (Carta al pintor Josep Renau), 1978, Document de Morella, 1979, El corb (El cuervo), 1979, Les cançons d’Ariadna, 1979, Manuscrits de Burjassot, 1979, Ofici permanent a la memòria de Joan B. Peset que fou afusellat a Paterna el 24 de maig de 1941 (Oficio permanente a la memoria de Joan B. Peset, fusilado en P…), 1979, Poemes preliminars, 1983, Cant a València, 1984, Cançoneret de Ripoll (Cancionero menor de Ripoll), 1985, Ram diürn (Ramo diurno), 1986, El forn del sol (El horno del sol), 1986, Odes temporals, La casa de la música vora el mar (La casa de la música junto al mar), 1989, Puig Antich, 1989, Mare de terra (Madre de tierra), 1992, Testar, 1993, Mural del País Valencià, 1996.

 

 

Vicent Andrés Estellés

La gran quemazón de los rastrojos

1958-1967

 

 

A Joan Fuster

 

 

 

 

En casa hemos encendido “minetas” [veladoras, las llamadas ‘mariposas’]: tantas como difuntos tenemos —recordados en la familia. La palabra mineta debe ser una corrupción de “animeta” [almita]. En un plato lleno de aceite flotan las pequeñas mechas propiciatorias. Producen una luz amarilla, temblorosa. Apestan un poco. Y hay que rezar el rosario entero: las tres partes; los quince dieces; más una sarta interminable de padrenuestros en sufragio de parientes, amigos y conocidos.

Joan Fuster

 

 

 

1

 

Disponían la trampa para las aves en aquellas

mañanas de tanto frío. Pasablemente siniestros,

comían, esperaban en silencio,

eructaban y bebían vino negro;

 

una peluda tribu de la Biblia,

que se limpiaba la boca con todo el brazo.

Astuta, corajudamente tiraban

de la cuerda. Recuerdas

 

el piador terror unánime de los pájaros

aprisionados por la cuerda:

un colectivo, inerme espanto atávico,

 

mientras los mataban, con dos dedos al cuello,

o les deshacían la cabeza de un golpe seco en el suelo,

como, en mañanas de fiesta, el estallido de los petardos.

 

 

2

 

Vuelve a las calles la primavera; vuelve

el verano y vuelven el otoño, el invierno,

con su repertorio —cada año

más limitado— de amenidades, y crece

 

tu recuerdo, la ilimitada fiesta,

cuando cogía como un cantarito

armonioso y deleitoso tu

desnudo complacido, en el comedor, y tú

 

estarías practicando todo aquello que llaman

obscenidades, pecados, de no ser porque

siempre tenías, redimiendo tus actos,

 

una alegría principal: aquel gozo

de estar, desnuda, entre unas manos febriles,

después de una semana tejiendo jerseis.

 

 

3

 

Agonizabas incansablemente,

haz de huesos que ni crujían ya.

Un agua extraña, purulenta, tibia,

empaparía todo el colchón

 

mientras te morías, poquito a poco,

de cualquier manera, sobre la cama,

y sin aquella dignidad de arrugas

que habrías tenido un mes atrás o dos.

 

Te morirías desgraciadamente,

perdida del todo la estatuaria pose

que te hizo imaginar la larga enfermedad.

 

Escogiste tu postrera apostura,

pero la muerte te llegó sin avisarte

y te moriste de culo a la pared.

 

 

4

 

Contemplarías desde el talud el pueblo,

fumando despacioso, silencioso, a gusto,

con un orgullo recatadísimo de

padre que mira cómo las mujeres miran

 

a su hijo, cómo los hombres miran

a su hija, semejante a Russafí,

aunque tú no dejarías, para los siglos

futuros, versos de dolida gracia

 

sino tu silencio o temblor del ánimo;

tú que observabas desde el talud del pueblo

no el campanario de la famosa altura

 

sino techos, galerías, muros,

las ventanitas de los guáteres, la cal

que en las fachadas deslavaría el tiempo.

 

 

5

 

Sobre el catre sollozaba el perro

oscuramente, envuelto en mantas,

los riñones hechos polvo por el camión,

mientras el barbero le preparaba cataplasmas

 

susurrándole frases maternales e intactas

como Hijo mío, Amorcito de mi vida,

¡Bonito tú como san Luis Gonzaga!

Solo y sin mujer el adusto barbero,

 

con el larguísimo delantal puesto,

cocinando manjarcillos al inválido can,

tejiéndole calcetines de lana de Teruel.

 

Murió tristísimo al morir el perro,

amargo ejemplo de fidelidad,

ladrando seis días de agonía íntegra.

 

 

6

 

Le subió la leche con una furia febrilmente

vegetal —como cuando en el vientre

sintió el trallazo seminal, caliente—;

acontecimiento muy celebrado.

 

“Las tiene plenas”, diría, sopesándolas,

la suegra, con un orgullo agropecuario,

mostrándolas a todo el vecindario.

Crió con los pechos a su hija,

 

poniéndose un pañuelo sobre el pecho

si tenía visita, o si se lo sacaba

de visita ella. La hija, al terminar,

 

se separaba del pezón, que en el aire

vibraba, todavía, un ratito; después, la madre

se lo sacudía antes de abotonarse.

 

 

7

 

Al muerto, que no se había muerto en casa,

lo llevaron a casa agarrándolo entre todos,

y se descolgaba un brazo del muerto, y la cabeza

se le metía dentro de la bolsa al otro.

 

Lo llevan entre todos, solícitos, hablándole

como si le hubiese sentado mal el coñac,

y media quijada le colgaba al muerto,

y alguno le buscaba las gafas

 

como si buscase, entre espadañas,

un geranio para ponerle en una oreja,

como si fuese el detalle que le faltaba.

 

Tocaron a la puerta, abrió su mujer

y se lo dejaron en el umbral. Encima,

alguien dijo: No somos nadie.

 

 

8

 

Tenía un tacto suavísimo de ciego, y,

con los dedos untados de aceite, recorría,

como repasando en una vieja piedra

los torpes signos de alguna inscripción,

 

el duro tambor adolorido del vientre,

mientras levantaba, turbios, los ojos,

como pidiendo a los dioses implacables

—los dioses ocultos, de pampanoso bajo vientre,

 

siempre bebiendo y fornicando a destajo,

que se olvidaban de las criaturas—,

una mezquina, analfabeta, atónita

 

muestra paterna de comprensión

para el niño que desde hace cinco días

según su madre, no caga como Dios manda.

 

 

9

 

Alguna oculta sabiduría incógnita

curaba así, absurdamente, por gracia;

se quedaban todos pasmados: siglos

de estupor reconocían, en aquella, el don.

 

Entornados los ojos y como adolorida,

retornaría al vago anonimato,

indocta sí y analfabeta incluso,

a tejer gratísimos calcetines de lana.

 

Poco a poco se iría desvaneciendo un nimbo,

se adquiriría cierta normalidad,

y lentamente, y crujidoramente,

 

se hundirían, noche adentro, las carretas,

el hijo pediría pan con aceite y sal, todos

de vuelta al usual trajín del matrimonio.

 

 

10

 

Ungidos los dedos en aceite crudo,

intentabas, no interpretar un alfabeto remoto

ni descifrar la inscripción de alguna

losa: intentabas detectar un daño

 

—mientras tanto, amargo, el ciego de nacimiento

andaría recorriendo todo el pueblo, sin saber

muy bien qué lo llevaba o lo guiaba,

conducido por los dioses por callejones

 

que nunca había visto pero conocía—; y todos

interrumpían sus ocupaciones, con una

emoción o espanto inexplicables.

 

El mudo sonreía y ordenaba los trozos

de una pequeña catástrofe habitual

deteniendo con polvo los riachuelos de sangre.

 

 

11

 

Con una vara de caña, como si escapases

rumbo a Egipto y la palmera tibia,

sin tu mujer, sin tu hijo, que apenas

andarían, quién puede saberlo, por el Pla

 

del Pou, cruzas el pueblo entre la polvareda,

con una lamentable, triste barba. Quién sabe

a dónde vas; de dónde vienes. No aceptarías

un vaso de vino, y en el bordillo precario

 

descansarías, los ojos ardientes

de una manda que estarías cumpliendo

sin comprender nada. Te tirarían piedras

 

los insensatos y delicados niños

y recelosas te mirarían sus madres,

y un perro se mearía en tu codo.

 

 

12

 

El altísimo ciego de nacimiento nunca

inspiró sentimiento de piedad alguno,

porque suscitaba admiración

o más: analfabetos acatamientos,

 

subordinaciones indescifrables, aquel

horror cavernario de origen, la sombra

que una grosera luz de sebo proyecta sobre

la desigual pared protuberante. El amo

 

del pueblo sería o quizá su tirano. El altísimo

ciego andaba de noche por las calles del pueblo

en silencio siempre, y en los dormitorios

 

lo presentían o lo sabían cerca

e interrumpían para siempre el coito:

coito que nunca constaría en actas.

 

 

13

 

Lo esperabas todo de tu hijo. Lo veías

crecer, hablar en castellano. Te imaginabas

un dulce futuro de confortables poltronas

de mimbre en la calle Mendizábal.

 

Si de pronto te preguntan por tu hijo, no sabes

nada de él. “Por el mundo”. Te inventas trozos

de cartas que no recibes. Y, tierna, lo imaginas

en alguna parte, hablando en castellano

 

con los señores; fumando con los señores.

Si antes lo veías, ahora te lo inventas.

Sola en la casa de ramudas vigas,

 

del corral ancho y olvidado, la palangana

entre los pies, te lo imaginas, te lo inventas,

amarga mujer de mi pueblo, madre.

 

 

14

 

Te felicita doctamente el maestro

por el hijo que tienes; lo pone de ejemplo;

te emociona, y desvalidamente

con una punta del delantal te limpias

 

los ojos, escocidos de tantas, tantas lágrimas.

No entiendes nada. El maestro larga doctas,

incomprensibles jerigonzas. Eres

el ejemplo vivo del sacrificio —dice—:

 

madres como tú se necesitan muchas,

si es que se quiere que la patria prospere.

A veces lo miras con odio: él es

 

el culpable. O el recuerdo del hijo todo

lo dulcifica, o todo lo llena de espanto. Comes

arroz con acelgas y una cebolla cruda.

 

 

15

 

Si alguna vez te llegaba alguna

carta de tu hijo, no la entendías bien.

“Esto quiere decir…”… El cansancio de los

ojos, un cansancio ideológico: no lo

 

comprendías muy bien. Pero besabas

la carta como si fuese un evangelio.

O la ponías sobre tu vaso, y ese vaso

vacilaría como un cáliz anónimo.

 

Podeis marchar en paz. Dabas yerba

a los conejos, su algarrobo, su salvado.

Te arrodillabas sobre la silla,

 

continuabas todas las novenas:

a san Antonio de Godella, a san

José de la Montaña, a san Pancracio.

 

 

16

 

Tenía un hijo: lo crié dándole

lo que se llama educación. Recé

mucho a san Antonio: siempre

estaba arrodillada ante su

 

estampa reclinada en un florero. Crecía

mi hijo, y yo lo miraba, trémula. No

lo entendía cuando hablaba con los

señores. Pero hablaba con los señores.

 

Se ha abierto camino. Le rezo a san Antonio.

No sé nada de él. Le rezo a san Miguel.

No sé nada de él. No sé nada de él.

 

Le rezo al patriarca san José. Enciendo

un cirio a santa Rita. Desvelada, lo veo,

lo imagino: no puedo hablar con él.

 

 

17

 

Plantaba acelgas en el corral, frijoles.

Los regaba a lentas cubetadas.

Le llegaban las cartas por la abertura

de la puerta de la calle, por debajo.

 

Se amontonaban a la entrada, llenas

de polvo. No las abría. ¿Para qué?

En primer lugar no las entendía. Además,

qué tal si la estaban engañando y no

 

es su hijo quien escribe aquellas cosas.

Riega su huertecillo como a una tierna tumba.

Llegan cartas; no las abre; enmohecen.

 

Suavemente riega los camellones,

la querida estatura de su hijo.

Sólo se alegra viendo florecer los chícharos.

 

 

18

 

Llega el ciego. Se sienta a tu lado. No

os decís nada. Lo esperas todos los días.

Un día llegó, inesperadamente,

y ahora lo miras como a un hijo: tu hijo.

 

O quien te podría contar de tu hijo

lo que más temes o deseas. Y callais.

El uno al lado del otro, en las sillas

bajitas. No hablais. Ninguno de los dos

 

esperais ya signo o señal alguna.

Si el ciego te hacía compañía, tú

se lo agradecías en silencio. Y él

 

agradecía, quizá, tu silencio.

El ciego se iba sin decirte nada.

Tú le tenías la silla puesta.

 

 

19

 

Un amargo otoño de cartas secas

amontonadas a la entrada de

la casa, que el viento hacía o deshacía:

a veces se las llevaba suavemente

 

y otras veces las organizaba;

las cartas secas, el otoño, aquel

viento que entraría arrebatadamente

y se complacería en la caligrafía,

 

mientras la madre, desvalida, pobre

muñeco amargo, de dos tablillas nomás,

yacía, en otro montón, en el cabezal de la cama,

 

muerta, con una estampilla en una mano

y la infeliz cabeza dentro del orinal, y toda

la cabeza empapada de orín, como una Ofelia.

 

 

20 

                                                                       

                                            Toni se volvió a casar,

                                            y le hicieron fiesta.

 

Desgració la lluvia las banderas

de pantaletas, y condones como cimera,

pero la gente argumentaba con varas de caña

con dos cebollas y un rábano, o zanahoria

 

en el mejor de los casos, y un par de cuernos

en buen estado, tunas como coños,

monumentalizados los eructos y los pedos,

axilas pobres, de un agrio sudado.

 

Papel de fumar en la punta de un

tubo, hacían sonar músicas obscenas,

soplaban duro, con todo el cuerpo y el alma.

 

Hecho el silencio, se desgarraba un saco

y se oía un gemido de virgo apócrifo.

Los maricones del pueblo eran felices.

 

 

21

 

Recogías por el mercado los dulces

frutos podridos de maduros, los blandos

frutos del desecho, entre las piernas

de las vendedoras; cabezas de pescado,

 

luchando con los gatos negros de fosfóricos

ojos, siempre con los perros y con los gatos,

en un reino feroz y delicado, en una

amarga, triste, lamentable competencia

 

por el fruto descompuesto, por la cabeza de

pescado, por el hueso; todo eso que, en la cueva,

se resolvería en aquel sentimiento, solidario

 

al cabo, junto a los perros y los gatos, y,

de una aislada y triste convivencia, sólo

compartidos el estupor y la miseria.

 

 

22

 

Te dolía el oído. Vuelve a tu memoria,

penosa e invenciblemente, aquel dolor

que no lo aliviaba nada: ni los cataplasmas

ni el algodón en rama caliente.

 

Alguna vieja y erudita dama

del vecindario que te escuchaba quejar,

sentenció el remedio, como un versículo

del Antiguo Testamento. Y a toda prisa

 

buscaron una mujer que amamantase

un hijo, y aquella mujer llegó a casa,

y complacida y expeditamente

 

se sacó una chiche, te puso

el pezón dentro del oído, y lo exprimió,

y todos callaban, expectantes y férvidos.

 

 

23

 

Musgo de axila o entrepierna pobrísima

enturbiaba o rameaba el agua

de los cuatro granos, en la cual resonaban

cuatro muelas de algún difunto anónimo,

 

mientras el enfermo, con justa aprensión,

furtivamente acercaría la nariz

al perolito, pariente rico de la bacinica,

no fuera a ser orín la revoltura;

 

aquel enfermo del colchón de borra

que ya tenía formado a lo largo de la cama

con su cuerpo el caballón tristísimo,

 

el tráiler cálido de la amable fosa; y por

encima el cobertor florido, como un

mantón de aquellos llamados de Manila.

 

 

24

 

Atarantada, dirían, por la muerte

de su marido, que tanto la quería,

mientras tomaba el poleo, la tila,

hacía los elogios, la necrología,

 

aventurándose en los detalles aquellos

que lo enaltecían, entre las vecinas,

tan solícitas todas, cada una

con su taza y su cucharita,

 

y llegó el clero con todos sus gorigoris,

cerraron el ataúd, y cuando se lo llevaban,

ella, sonándose o sollozando, todavía

 

le diría al difunto, hombre de bien

que nunca se apuntó a ningún partido:

Vicent, ¡mucho cuidado con la bebida…!

 

 

25

 

El que fue timbalero y ahora barría

con su escoba de excesiva palma

las calles con clara displicencia,

tarareaba mientras trabajaba

 

fragmentos famosos de zarzuelas óptimas

que le acudían a la mente y a los labios

con signos tales como de inspiración;

y a veces, mientras le acudía

 

o le crecía el viejo recuerdo de otro,

improvisaba redoblillos amables

golpeando con la escoba el suelo,

 

y era entonces genuino e indígena,

y se esperaba, reptil entre las alfalfas,

una dulzaina sinuosa, indómita.

 

 

26

 

Desnuda, desparramada sobre el lecho,

despierta, agradecía la brisa. Se contemplaba

manifestada más que golosamente

en el espejo del armario, a las patas

 

de la cama, y componía, complacida,

la figura, ciertamente maliciosa,

para las fiestas de la noche, entre tronar

de cohetones y explosiones de colores.

 

Se bañó deleitándose en su baño,

y retozona, o anhelosa mejor,

oía los redoblillos del que barría

 

la calle. Sin darse cuenta apenas,

casi alcanzó el orgasmo. Pecadorosa,

se vistió. Le dolía la cabeza.

 

 

27

 

Bodega sería demasiado, y no ya por

aquel prestigio que el turismo otorga:

tienda nomás, definitivamente,

sofocante y de cristales sucios.

 

Aquellos domingos de ambiente espeso

y ojos miserables y purulentos, ojos

como cabezas de aguja, el grosero vino

densísimo, un sudor de camisetas

 

de algodón que dejan briznas en el ombligo.

Rembrandt habría podido, de haberlo

conocido, perpetuar o inmortalizar esto,

 

o Salvador Espriu si quisiera.

Y más mezquino que los miserables ojos,

aquel que llaman el mosquito de tienda.

 

 

28

 

El obispo loco tenía para los niños

tiernas palabras, albaricoques, medallas;

furtivamente se los daba: siempre

miraba a un lado y a otro con incierto

 

recelo, con incierto pánico infantil.

A veces se arrodillaba, y, juntando

las manos, pedía llorando un gran perdón,

un perdón universal; cerraba los ojos

 

y se dormía en el huerto, sobre la tierra,

respirando fatigosamente, entre gemidos.

Dulce la voz y dulce la mirada,

 

miraba como el niño que han castigado

a los niños que jugaban en la calle.

Los conocía a todos por su apodo.

 

 

29

 

Arrejuntaba en una costalilla los cálidos

excrementos de los caballos por el camino

viejo. El panadero le enseñó a leer

y escribir. Sería sacerdote; sería obispo.

 

Conocería mundo, como se suele decir.

Confesaría a condes y marquesas

y diría un discurso frente al rey.

Loco, lo regresarían, al cabo de los años,

 

a su pueblo, y retornaría a la infancia. Era

un niño entre los niños. Tenía miedo

al coscorrón de los mayores, medrosísimo.

 

Se hizo adulto un día, lentamente. La mano

en tu hombro, viejo, reconociendo,

te decía despacio: “El nieto de Nadalet”…

 

 

30

 

“El nieto de Nadalet…”, te decía el obispo,

si es que no te presentaba a Dios, con una

mano en tu cabeza, los cabellos revueltos.

Se le hacían agua las pupilas. Tú acabarías

 

sintiendo por debajo de aquella mano como

un puñado de ceniza. Caía el crepúsculo

por sobre las sábanas tendidas

puestas a secar desde el amanecer.

 

Cuando murió, el pueblo hacía cola

para besarle, vagamente, el anillo. Veías

las manos episcopales, besaste aquel

 

anillo, pensaste en un niño arrejuntando,

por el camino viejo, excrementos,

escribiendo, bárbaro, las primeras letras.

 

 

31

 

Y te las imaginaste consagrando. Todo era

un misterio. Las gentes, las pobres gentes,

alabarían su carrera. Tú, entre que

comprendías no comprendías. Quién

 

podría explicarlo. El Señor pudo valerse

de aquel niño analfabeta que iba

de madrugada, por el camino viejo, tras

las bestias, con un talego al cuello.

 

No soportaste nunca la vida de Jesús

escrita por Papini, quién sabe por

qué. Te bastaría con el recuerdo

 

del obispo loco. Su entierro sería

un acontecimiento más bien grotesco.

¿Qué pensaría el obispo en su ataúd?

 

 

32

 

Lo que llaman la dignidad episcopal.

Después te lo imaginaste en el trono,

recibiendo el acatamiento, las audiencias.

No conocemos los designios. Le dirigirían

 

voluminosas frases en latín. Dios

lo volvió loco inesperadamente. Dejaría,

entonces, la diócesis y regresaría

a su pueblo, a la infancia,

 

a las humildes palabras, a la tella

del mort i pam, las llaves de Dios, san

Pedro y san Juan; la elementalidad.

 

Fue excesivo hacerlo obispo, dicen.

En la hora lenta del crepúsculo, crecen

nubes de polvo y cansancio, misterios.

 

 

33

 

Estaba tosco el tráfico de los traperos,

sus carros siempre a deshoras de la noche.

El ciego cumpliría para ellos algún

papel extraño, y quién sabe qué confidencias

 

sabría. Un día el hijo que no era su hijo lanzó

a la calle, entre risotadas, aquella

pierna de goma; y cojeando, cojeando

pegaba de gritos aquella que no era

 

su madre. De dónde habían venido, se

ignoraba. Todo se ignoraba. Desaparecieron

de la noche a la mañana. El altísimo ciego

 

que guardaría siempre las distancias,

no aceptaría interrogatorios.

Recibía y llevaba encargos tenebrosos.

 

 

34

 

Desnudas las tres, tras la vieja cortina

de carrizo las secaban con sábanas las mujeres.

Los bueyes entraban a la mar. Tiraban

luego de las panzudas barcas. Las

 

tres se peinan, aceitosas, las cabelleras.

Se miran en un trozo de espejo,

en un fragmento remoto de Ovidio.

Descubrían después la impertinencia

 

de sus seis pezones punzantes, anhelantes.

Bajo el larguísimo lienzo las tres tenían

larguísimos los muslos. A los terrados les

 

llegaba la caída de la tarde. Olían las

flores humildes de las macetas. Se reían

trémulamente. Espiaban, de reojo.

 

 

35

 

Llevaba el notario los lentes en la punta

de la nariz; tenía los ojos tristes,

los ojos tristes y flácidas las mejillas,

sucios los dientes de nicotina, y fétidos.

 

Siempre escuchaba con cansancio, como si

lo hubiesen hecho, por un asunto banal,

salir del nicho cuando, por fin, ya había

conseguido acomodar el cuerpo entre los

 

difuntos de arriba y los de los costados

durmiendo después de la habitual orgía,

las parejas que se intercambiaban

 

las canillas, los huesos más dilectos,

en una bacanal que resonaba

como una oscura partida de dominó.

 

 

36

 

De uno en uno se salieron los difuntos,

calladamente, entre las tumbas grávidas,

y se concentraron en la puerta del cementerio,

escondiéndose entre los cipreses,

 

y circulaban entre los muertos consignas,

subversivas consignas convenientemente

cifradas, mientras esperaban la llegada

del entierro del médico. Pero el médico,

 

dentro de su ataúd, se apercibió con pánico

de la proximidad del cementerio

y la subversión de aquellos clientes,

 

y con los pies y con los puños rompió la tapa,

y se fue corriendo por entre las viñas

y no paró hasta llegar a Nàquera.

 

 

37

 

Acabo de ver un plato de cerámica de Manises,

de aquellos que cambiaban en mi pueblo

por espardañas viejas o por trapos,

de unas peras y de unas manzanas, y era

 

mejor el plato que un capitel románico:

de unos colores, una vivacidad,

una carne tierna de recién casada,

la mañanera gracia de octubre,

 

el incipiente otoño, una dulzura,

no sé cómo decirlo, alguna plenitud,

todo el orgullo del terruño, raíces agrícolas,

 

y era agradable vivir y olvidarse

de los poetas latinos, y de Cézanne,

y una tristeza todavía remotísima.

 

 

38

 

Miras la sierra de Mariola

desde el hotel, mientras la procesión

lleva, en la boca de los trabucos, claveles,

en la mañana de tan sencilla gracia.

 

Luces vacilantes y acreditadas músicas;

y en seguida, el caballo de la Estafeta.

Cuando a los trabucos les quiten los claveles

habrá febriles cargas de pólvora.

 

Han desfilado moros y cristianos;

las odaliscas ondulantes, de velos

que alegremente insinuaban su hermosura.

 

Confiésalo: te gustaban las casadas.

Y más todavía: te gustaban más

las más enamoradas de sus maridos.

 

 

39

 

Se peleó con el señor cura, que había

llegado propugnando ciertos cambios

y recortando las preponderancias que antes

habrían tenido las hórridas beatas,

 

en beneficio, a fin de cuentas, del culto,

y ya no volvió a ir a misa, a la misa

que oficiaba aquel sacerdote, y que era

en el pueblo la única que se celebraba,

 

porque ella se montaba misa propia:

sacaba una mesa de su casa a la

plaza, y un libro cualquiera que abría

 

y cerraba a su tiempo, oficiando

y dirigiéndose a nadie, pero en latín

condescendiente: “Podeis marchar en paz”.

 

 

40

 

Como era marinero de oficio y pasaba

semanas si no meses en el mar,

y por el pueblo se comentaba

que se embarcaba por no querer estar

 

cerca de su mujer, cuando regresaba,

desde el puertecillo a casa perpetraban

excesos efusivos, palpándose, a mordiscos,

haciendo ostentación dominical

 

más del entendimiento que del amor,

y ya en casa ella abría la ventana

que da a la plaza y celebraban cópulas

 

enramadas de gritos, de rasguños, de besos.

Por la ventana, los que lo dudaban,

veían la feroz armonía conyugal.

 

 

41

 

Oficiaba doctamente —pretendía

hacerle la competencia al párroco,

en la plaza, bajo el algarrobo,

y frente a la puerta abierta de la iglesia—,

 

y en eso, ebrio, el marinero entraba en casa,

el paso atarantado de quien navega,

las manos sosteniendo las redondeces

de su esposa, y se oían los latines,

 

y de pronto que se abre la ventana, y

marido y mujer ruedan sobre la cama,

y el lecho cruje como un navío oscuro.

 

Y vacilaba como por la mar la casa,

y caían macetas desde el balcón

y los melones que colgaron a las vigas.

 

 

42

 

Oficiaba inacabables misas, y, por

ahí del asomar la noche, en un jadeo

caía por tierra, y llegaba su hermano

y se la llevaba arrastrando,

 

la metía en casa y la dejaba en el suelo.

Calentaba la cena, y habiendo cenado

se iba a dormir. Se recuperaba ella,

y lloraba por la casa a oscuras.

 

Al despuntar el día sacaba la mesita

a la plaza, y el libro, y oficiaba misas.

Nadie la miraba. No le hacían

 

caso, y ella perseveraba amargamente.

De tanta vehemencia en bendecir,

un día se le zafó el brazo.

 

 

43

 

Aquellos presagios de los crepúsculos

que sin decir ni pío interpretaban

mientras fumaban, desde los taludes,

los hombres de edad, fingiendo indiferencia,

 

pero sólo atentos a sinuosidades,

a fricciones o cansancios de las nubes,

a cómo caminaban, hacia casa, los vientos,

aquellos secretos de coloración,

 

a cómo salían los vientos, gráciles o flácidos,

la lucidez de la estrella única,

al momento único de expectación, absortos

 

alfalfas y cañales, y Tebas, todavía

de un dramatismo resignado, vísperas

de lluvias o de sangre, quién puede saberlo.

 

 

44

 

Estaba el muerto dentro del ataúd, y hacía

un frío de mil demonios, dicen, y él

tenía sueño y cansancio, y veía al muerto

a gusto en su ataúd, y veía su funerario

 

y aterciopelado confort, y se imaginaba

de pronto como unas vacaciones

aquel futuro de montoncito de ceniza,

una molicie, y en ello deleitose; y de

 

repente miró a un lado y a otro, agarró

al muerto y lo escondió bajo la mesa

y se metió en el ataúd, feliz,

 

y la felicidad le dio a su rostro

un complacido y arcaico color de cera

dentro del cajón individual y cómodo.

 

 

45

 

Por la vieja calle de los corralones

(todo allí era bramidos de ternera, olor

a establos, aquellas moscas tan pegajosas

que prosperan en las lecherías,

 

un aroma como de maizales maduros,

o quizá la dulzura de la hierba seca

que, en blandas gavillas, monumentaliza

doloridos carros del otoño),

 

aparecía, encendida como la rosa obscena,

como una llama alternativa al viento,

la cortinita fácil de la casa,

 

mujeres picantes de entrepierna, palanganas,

“Está ocupada”, la amarillura de la luz

como la frente del carnicero en coma.

 

 

46

 

Férvidamente lo saludaban

al llegar a la casa del arrabal tirando

de la cortina como en el acto de inaugurar

un monumento: gritaban, piernas

 

por lo alto, las jovenzuelas; decían

cosas que no es decente reproducir;

lo abrazaban, lo desabotonaban,

y él permanecía estatuario, docto,

 

mientras lo iban desnudando, solícitas.

Entraban siempre cinco o seis con el ciego,

y en la habitación había fiesta.

 

Crujían camas, crujían las risotadas

de todas ellas, mientras celebraban,

tan insensatas, corridas óptimas.

 

 

47

 

La cordobesa, que dejó exhausto a su

marido, se fue al arrabal y la recibieron

con muestras de hostilidad manifiesta,

excepto Encarna, que la desnudaba en el

 

comedor, frente a La Zeus, que externaba

movimientos de cabeza aprobatorios,

deslumbrada a cada palmo de carne;

y al verla entera, de pie, desnuda, llamó

 

a sus vecinas, haciéndolas admirar

aquella cosa tan bien hecha, y ellas

le agradecieron generosas la deferencia:

 

—“¡Alabado sea Dios!”; “la enhorabuena”.

La cordobesa siempre andaba desnuda.

Encarna la miraba con ojos agónicos.

 

 

48

 

Siglos después monografías áridas

perseguirían a la cordobesa desnuda

y esbelta sobre sus altos tacones por los

pasadizos del arrabal, igual que buscan,

 

en los legajos de las cancillerías,

cierta irrupción del latín, que hinchaba

velas gramaticales, frases que tienen

gracia de ola o cuerpo adolescente:

 

tan poderosamente influiría, enalteciendo

así de redondeces benignas el amor

y los días de sus contemporáneos.

 

Se la creerá intuida en algún giro

del prólogo catalán al Decamerón,

condecorando un prosaísmo arcaico.

 

 

49

 

Ávida Encarna la velaba: desnuda,

a la hora amable de la siesta, el cuerpo

húmedo o fresco todavía de la ducha,

de cabeza a pies sobre la sábana blanquísima,

 

y reencontraba en la dorada piel

y en la firmeza de su carne algunos cultos

ecos latinos, de ríos, potros, eneidas,

y recitaba estrofas de Virgilio

 

en un intento por retener la fiesta

—otros dirían: por inmortalizarla—:

y días había que llegaba a Ovidio,

 

como otros días discernía la

sintaxis noble de Las soledades,

distraídamente, como si la peinase.

 

 

50

 

Aquel bombero que debutaba se sacó

una fotografía de uniforme,

puesto el casco que redondeaba

cierta impresión de franca apoteosis

 

de auto sacramental, y la miraba

(y la miraba siempre que podía),

con una disculpable complacencia,

y habría hecho de la fotografía una

 

cuidada edición para los amigos, que

no para la venta, naturalmente, de

no haber visto aquellas protuberancias

 

laterales que prosperaban en el casco

en una alusión benigna y no remota

a alguna expresa voluntad de cuernos.

 

 

51

 

Me moriré escribiendo los mejores versos

del idioma catalán en el siglo

XX, con perdón de Roselló y Salvat,

con el permiso de Espriu y Pere Quart.

 

Foix llorará muchísimo al saberlo

e inútilmente intentará un soneto;

el único soneto que le será rebelde

y nunca pasará del tercer verso.

 

Fuster, Ventura: no direis que no os he

avisado a tiempo. En vuestros folios

aparecerán elogios precavidos —oh,

 

siempre se necesita cierta perspectiva.

Pienso en nuestro pueblo, y le pido a Dios

una muerte digna. Que Dios me la conceda.

 

 

52

 

Compras las criadillas, que Almela daba

por término en desuso en el vocabulario

que concluía su edición de El Espejo

o Libro de las mujeres, y el carnicero,

 

en algún momento, te avisa, con

buen acento de clandestinidad,

que tiene las criadillas que deseas, y

tú las contemplas, y las tientas incluso,

 

mirándolas atento, sopesándolas, y

trémulo el carnicero contiene el aliento

en tanto dura la operación,

 

siniestras vísperas de un epitalamio

monumental sobre lecho de canónigo,

un episodio augusto y catastrófico.

 

 

53

 

Fue a Sevilla y se compró su primer

reloj; de diez duros, pero se veía

bonito y parecía de rico en la muñeca,

y desde entonces, ostensiblemente,

 

perdió su interés habitual por las

partidas de cartas o dominó

de las tardes en el café de Bonrepòs:

escuchaba su reloj, como si fuese

 

no se sabía qué brisa en frondas,

qué riachuelo entre pequeñas piedras,

diminutivos de intimidad deshonesta,

 

aquel tictac mordedor y obsceno.

Pegó un grito ese día: “¡Hijo de puta!”

Le salía sangre del pezón de la oreja.

 

 

54

 

Entre los laureles, los ruiseñores que tan

vivamente escuchábamos. Sobre el mar

veíamos la luna. Evocaba yo, esbelta,

tu desnudez, de pie en una bañera.

 

Las persianas hilaban delgado la claridad,

el vértigo aquel. “Tú no me quieres,

pero a mí me da igual. Yo sí que te quiero”.

“Tú me quieres con el ombligo sobre el tuyo”.

 

“Es una forma de querer, también”.

Tú me esperabas en la mecedora.

Fulguraba un amor de dientes y de ojos

 

como un gato excitado. Entre los laureles

del claustro del convento, junto a la tapia,

escuchábamos el canto de los ruiseñores.

 

 

55

 

Se apuntó en la Sociedad

y cada mes pagó su cuota

y todo el mundo le decía palomero,

y él lo aceptaba, vergonzoso o casto,

 

bajo el temor que lo supiesen todo;

y al volver del trabajo se subía

al palomar, y se quedaba horas

(alguien aventuró que subía para ver

 

a una vecina de famoso escote,

que estaría lavando en la galería):

como un piloto, como un pastor, miraba

 

el cielo, que sería para él mar o pradera,

y ávidamente, los días claros, oteaba

por si veía Mallorca, donde fue soldado.

 

 

56

 

La sorprendieron después de una semana

en una cueva de Las Carolinas,

agonizando, o delirando, sobre

un empapado y crujiente colchón de paja,

 

debajo de un soldado, y la esperaban cinco;

los cinco en pie, verguiparados, dándoles

prisa, mientras el humoso candil,

en la chichonuda pared, se exasperaba;

 

y no era cosa de dinero: quería

probar —diría— su aguante,

su capacidad o rendimiento, con los

 

soldados de la conscripción del año 50;

sin escogerlos, pero eso sí: de aquellos

que se preparaban a jurar bandera.

 

 

57

 

La chimenea no jalaba. Mi padre

evocaría aquellas noches en la huerta

amontonando penosamente la leña

para la famosa noche de Navidad.

 

La chimenea no jalaba. El humo

se agolpaba dentro de la casa.

Había fracasado mi padre, como

cuando iba a cazar, y no cazaba.

 

La chimenea no jalaba. Mi padre

había fracasado, otra vez,

el 24 de diciembre

 

del año 35. Cenaríamos cualquier cosa,

envueltos en mantas. Yo tenía en una oreja

un sabañón de frío. Callábamos.

 

 

58

 

Organizaba, paciente, el mudo,

ordenaba más bien, por puro instinto,

por delicado, minucioso instinto,

el cuerpo que el tren había destrozado,

 

con unas lentas manos delicadísimas,

y aquella sangre que se escurría, sucia,

sobre la tierra, y se escapaba, cálida,

la detenía agrupando breves y efímeros

 

puñados de polvo, y retornaba al cuerpo,

organizándole una sintaxis apta, de

puntos y comas de huesos y de vértebras,

 

los cabellos suavísimos; y volvía

a detener el rayito de sangre:

rehacía al muerto o levantaba un altarcito.

 

 

59

 

Por viejas calles, con su olor a establo entraba

al pueblo desde de la huerta, por ahí del

oscurecer, siniestro, el hombre del saco

a cuestas, jorobado, o nomás encogido;

 

aquel hombre que llevaba dentro del saco

el cuerpo de un ahogado o asesinado: no daba

nunca las buenas noches a las buenas gentes

que tomaban el fresco o que cenaban

 

un bocadillo de atún y pimentón. Penosamente,

bajo la gorra negra, bajo el siniestro

monumento o giba, el hombre se perdía

 

en la oscuridad. Dejaba la impresión

del crimen aquel hombre que llevaba yerba

para los conejos cortada en los ribazos.

 

 

60

 

Madre… Tenía el ciego la desvalida

necesidad de decir “Madre…” extendiendo,

lentamente, la mano trémula, la noche

de Navidad, y la madre lo tomaba

 

tiernamente de la mano, y poco a poco

escaleras arriba llevaba al hijo al tapanco:

lo dejaba entre aquellos carrizos, oyendo,

lejanas, las zambombas, las canciones,

 

mujeres que preparaban el alioli, y se

inventaba un mundo o bien lo rehacía,

y era la única noche del año que el ciego

 

no pedía compañía y se sentía

a gusto abandonado, y sacaba

retazos remotos de oraciones truncas.

 

 

61

 

Se murió a la primera, y todos se

preguntaban si no habría muerto otras

veces, de tan rebién que murió: como si

lo tuviese ensayado frente al espejo,

 

como los actores y como los oradores

que verifican o constatan ciertas

actitudes. Se murió a la primera

y lo hizo sin faltarle ningún detalle,

 

con toda dignidad iconográfica.

Interrogada sobre antecedentes,

la esposa no pudo aducir gran cosa,

 

como no fuese aquel día, ya lejano,

que, al culminar un coito perdió el resuello,

y tardó en recobrarse tres cuartos de hora.

 

 

62

 

Hombres mezquinos y cuidada letra,

que delatan, cautos y puntuales,

con una alarma oscura, despertando

a la guardia, incitándola a las espadas,

 

el trémulo crecimiento de la rosa, la

satisfecha y repartida gracia de la

brisa que le desflora los pétalos y

alegraría los ajuares domésticos,

 

hombres cobardes y tortuosos, te han

exiliado y fichado, fechado,

te han confinado y limitado,

 

y ahora tu voz recorre tu país.

Intentarán en vano detener los vientos,

pero a ti nadie te quita la tristeza.

 

 

63

 

A ti nadie te quita la vergüenza. Desde

humilde rincón de tu país, desde

lo alto de una palabra —aceitera, cántaro—,

cantas, sostienes como el gorrioncillo

 

no ya la noche ni el viento sino el pasado,

sino el futuro, y perseveras, flébil.

La desolación te daba armas

y superabas la vergüenza con

 

esperanza o confianza. Tú fuiste

aquel que persevera. Te señalaron

—“aquel”— con el dedo sucio.

 

En medio de los vientos y la noche, esperas.

Te has aferrado a unas palabras. Desde

ellas columbras un país: el tuyo.

 

 

64

 

No estaba muerto, y abrían sus cajones.

Sacaban sábanas de seda y cobertores.

Sacaban, intacta, la vajilla. No

se contentaban con eso. Buscaban

 

todavía alguna cosa más, recóndita:

despanzurrarían los cajones. No

estaba muerto. No se entendían ellos

entre ellos. El resto de los hijos

 

mirabais la triste cuestión, el irreverente

asunto. Escarbaban etimologías,

turbios linajes, legajos de algún

 

crédito oficial, con tal de figurar.

Vosotros repetíais lentamente

unas palabras —padre, madre—, todavía.

 

 

65

 

No estaba muerto. Y con las mantas

lo envolvieron. Todo se lo llevaron. Sólo

unos cuantos os quedasteis a su lado.

Regresó alguno todavía, y lo sorprendieron

 

cuando intentaba llevarse una cuchara de

plata problemática. Mezquinos, mezquinos.

La casa, aquella casa, excesivamente grande.

Hacía frío. Las altas vigas, rincones.

 

Desde el corral veíais alzarse el día como

el palo de lima por abril. Encontrasteis

unas palabras en la cocina: cántaro,

 

aceitera. De una gota de aceite, de una débil

mecha torcida hicisteis un candil. Por

las paredes unas sombras crecían.

 

 

66

 

Exiliado, estigmatizado, escribes

esta tarde de domingo en un

rincón de tu país. Miras tu país.

Crees en tu país. Acaricias

 

en la bolsa unas palabras, oyes

su dolido metal antiguo. Escribes.

Exiliado, anheloso, ahora te enteras:

te llaman bastardo desde su púlpito.

 

Tienen miedo. Tienen miedo. Sólo tienen

miedo. Acumulaban las precauciones.

Reclamaban, urgente, una acción. Tenían

 

tanta prisa de tanto miedo que tenían.

Los ves hacer y deshacer. Callas. Escribes.

Tú tienes todo en la bolsa el futuro.

 

 

67

 

Veías la muerte, que llegaba pobre,

entre los maizales familiares; no aquella

muerte que tendría la iconografía

docta de gesto y de severas telas

 

sino aquella otra, verdaderamente

indigna, de las enfermedades, las

inyecciones y las pastillas; un

caótico tintinear de cucharas y tacitas.

 

Pero tú ya no podrías reclamar

“Esta no es mi muerte”. ¿Quién sabe

si esta es la tuya precisamente?

 

Desistimiento. Tendido en el lecho, lo aceptas

todo. No sabes nada. Venga la muerte,

aquella, esta, cualquiera, la que sea.

 

 

68

 

Tardaste diez días en morirte. Tardaste

diez días y diez noches. Tus amigos

mirábamos desde el dintel la

cortinita de la habitación, encendida,

 

donde tú largamente te morías, después

de tantos meses en cama, tristísimo.

¿Cómo respirabas tan enormemente?

Serías el primer amigo que se nos moría y

 

esperábamos tu muerte: Ahora… Ahora…

Ahora… Pero nos íbamos a dormir, como si

la muerte también se fuese a dormir.

 

Nos defraudó, remotamente, aquella mañana:

tú llevabas ya seis horas de muerto.

Llorábamos tristes, y también irritados.

 

 

69

 

Volvían a ti, tú ya en las últimas,

moreras empapadas de agualluvia, alfalfas,

y una apariencia de humedad subía,

febril, por los huesos de tu cuerpo tristísimo,

 

y no podía ser si no la nostalgia

de la alquería de Carpesa, y frío,

crepúsculos prematuros, el cementerio

de Borbotó, el entierro incógnito;

 

se barajaban apodos, linajes breves

de palabras, la mezcolanza de ciertos

hechos viejos y turbulentos, y aquella

 

indolencia irónica, aquella raícilla que

tanto apestaba entre los dientes, aquellas

largas y pesadas meadas, noche.

 

 

70

 

La lavandera de los famosos antebrazos

que sobre la cama, durante el coito, harían

crujir, como un atado de sarmientos,

el esqueleto perplejo de su marido;

 

la lavandera, que tenía tanta limpiadora,

expeditiva fama, igual que, en

viendo ropa sucia siempre se

arremangaba con gracia y destreza,

 

a veces también se arremangaba

la lengua, y no por sus asuntos secretos

sino para informar discretamente,

 

como aquel día en el cine, cuando a gritos

informó puntual a su esposo: “Es

el vecino, que quiere meter mano”.

 

 

71

 

Si aquello de la concha y Afrodita

tuvo una culta confirmación

y un soneto dice que en una oreja

puede nacer ligera una bailarina,

 

puede en un corazón dolorido, cansado,

en un corazón triste y trabajado, anónimo,

nacer monumental, hasta excesiva,

una muerte grande, fascinante, insigne;

 

y aquellos que no sabían la existencia

de aquella vida incógnita y oscura,

de aquella tierna criatura amarga,

 

pueden quedar por un momento

estupefactos viendo el súbito resplandor,

por más que crean que sería un ovni.

 

 

72

 

Había allí, oscuro, un sentimiento litúrgico.

Se tostaba el cacao, y las cacauas

de suaves redondeces serían ávidamente

buscadas. O entonces se hacían

 

palomitas de maíz. O bien, había calabaza.

Deshojábamos pelando las mazorcas, y

el pelo de las mazorcas lo recuerdo:

un pelo incógnito todavía, una familia

 

de pelo que suscitaba la risa. Después

surgía la mazorca, eréctil, una panocha

de oro, de piel suave. No comprendíamos

 

nada y nos divertíamos. Había allí

un denso ambiente conyugal. Meábamos

en el corral, bajo un cielo crudo.

 

 

73

 

Como tenía que pagar la letra,

y aunque como se dice no tenía

muy católico el cuerpo, se fue al banco,

sacó las veinte mil pesetas y

 

llegando a casa se dejó caer para

descansar un poco, y se murió, tan largo

como era, y ya con las manos cruzadas.

No fue necesario amortajarlo —porque

 

el hombre siempre fue considerado—:

desde la cama lo pasaron al cajón

sin ponerle ni quitarle coma.

 

Pasados el duelo, los mocos y las tacitas,

a los quince días lo desenterraron

con tal de rescatar las veinte mil pelas.

 

 

74

 

Doctos, discuten, y en nada hallan

acuerdo, a tu lado, sobre si es

romana o árabe la torre de Paterna;

sobre su reconstrucción.

 

Y tú nunca sabrás si era romana

o si era árabe Lola Pérez, y en vano

—hará unos veinte años de eso—

intentas lentamente reconstruir

 

entera su hermosura, un esplendor lejano,

un cuerpo de arcilla requemada que podía

rompérsete en alguna cogida de aquellas

 

—como un ánfora amable y graciosa,

pongamos por caso, si te pones delicado

y agrupas tiestos como si fueran sílabas.

 

 

75

 

Te ha gustado mucho la ensaimada, y, creo

yo, mientras leo tu telegrama, los pinos

de Bendinat, los pinos de Portals Vells,

los pinos de Santa Ponça y La Peguera,

 

todos los pinos de Mallorca, y entre

los pinos el presentido cristal roto del mar,

aquel polvillo o contraluz salitroso:

su molido cristal; y te lo podría contar,

 

como podría contarte del codo que dibujaba

la calle donde encontré la panadería

y te encargué la ensaimada. Entré

 

después a la iglesia de Santa Eulària, pero

no como Ramon Llull, porque él entró

persiguiendo a una dama. ¡Y a caballo!

 

 

76

 

Ahora quisiera, para ti, de Palma,

evocar algunas calles catedralicias,

o mejor la calle de Apuntadors,

o quizá la pegajosa tenebrura de algún

 

bodegón de los de Inca más acreditados,

con su amable lechón cuaternario

enterrado en la col, las habas, tantas

cosas, y unos aceites espesísimos. O

 

evocaría Santa Ponça, culos

y pechos vibrátiles, chichitas de agua,

sus provechosos entretenimientos.

 

O las flores de Deià o de Valldemossa

—se oye el piano de Chopin o se oye un agua,

Rubén Darío o su delirium tremens.

 

 

77

 

Al rey Pere le gustaban mucho

los higos —era cosa de familia,

aunque él no lo diga, cuando lo dice

Martínez Ferrando, que lo sabía—,

 

pero los de Mallorca le cayeron mal,

qué le vamos a hacer, y eso que la historia

de la isla es en buena parte una

dulce y bastante plácida historia de higos,

 

poco antes del hijo de Jaume,

cuando Jaume envió la concubina,

casándola con el emblemático portugués.

 

Era ese tiempo en que mi pueblo ya tenía

noble y ensanchado crédito por sus higos

—y ya había entonces higos de Burjassot.

 

 

78

 

Era una noche de aquellas de enero,

de un frío intenso, de una humedad crecida,

y a la mitad de la calle llamada de Bailén

estaba, yerto, el vigilante, dentro

 

del capote voluminoso, y te inspiró

un fraterno sentimiento aquella cosa

que se denomina cumplimiento del deber,

necesidad de ganarse un jornal,

 

los inviernos de Valencia implacables

por más que diga la literatura, de aquella

humedad, boscosa, enorme, hasta que

 

advertiste que bajo el capote, aquel pesado,

voluminoso capote, sobresalían cuatro

piernas, dos de ellas de mujer.

 

 

79

 

El mudo dulcísimo, candidísimo, tierno,

y dispuesto a hacer cualquier cosa por

quien fuese, solidario y habilísimo,

al súbito trasluz de los homicidios podría

 

ser un ‘perro desvergonzado’, y en el

mercado las mujeres, siempre sin quererlo

intuyendo enigmas, lo maltrataban,

y él huía, alegre, lleno de dientes de solidez

 

invicta, y no tendría al llegar a viejo ni un

barbero afeitándole el buche ni un

costal donde caerle y sollozar, perplejo.

 

Nadie ha podido decir qué ha sido del mudo:

si está muerto, si se ha ido, si viaja amarrado

a la parte trasera de un carro de la Pobla o Llíria.

 

 

80

 

Se acariciaban en un talud, en Borbotó,

anhelosa y luminosamente,

libres los pechos que al sol de junio

tenían una madura calidad de frutos,

 

y advertirían, nadie sabe cómo,

que el ciego estaba, altísimo, a sus pies,

detenido como frente a un precipicio,

con una oscura, sorda conciencia,

 

y le tiraron piedras y le llenaron

de sangre la cara inexpresiva, atónita,

y así andaría por las calles del pueblo

 

y llegaría por la noche a casa,

y cenaría sin abrir la boca.

No pegaría un ojo aquella noche.

 

 

81

 

El viejo carro de la trapera —que era

una comadrona que en otro pueblo

ostentaría el decanato con toda

la dignidad atribuible al cargo—,

 

cruzaba el pueblo, crujidor, y siempre

sin grasa en las ruedas, cambiando pieles

de conejo por platos o por jarrones; y esta

trapera o comadrona, amarga, silenciosa

 

al fondo del carro, triste, tenía muy buena

consideración de sus discutidoras vecinas

y de aquellos días, de viento y llovizna más bien,

 

cuando les metía las manos por la entrepierna

y, tirando a buen brazo, les sacaba siempre,

entre la orina, la sangre y los pelos, un hijo.

 

 

82

 

Arrejuntaba por las calles papeles,

trozos de lona, algodón en rama usado,

huesos de aceituna, culos de vaso; diríase

que añadía, dulcísima, a su

 

ostensible, notoria miseria,

la otra miseria, la del pueblo, anónima,

amontonando, coordinando un válido

monumento general a la miseria,

 

una muela de asno, el asa de un jarrón,

los cataplasmas usados en la perrilla de

un ojo, los preservativos viejos de los uñeros,

 

y la encontraron muerta en una cueva;

y una vecina le encontró dos mil duros,

de la mano al culo, dentro de una jarra.

 

 

83

 

Siete hombres viejos, los siete prestigiosos

y bien vistos en la población: los siete

charlan en la granjita de abajo,

sorben sus caracoles, beben su vino.

 

Después se van tranquilamente los siete.

Toman café en el café, ritualmente,

espeso café con sus gotas de coñac,

y los siete se van, misteriosos, por

 

las calles nocturnas, sin hablar los siete,

hasta que los detiene un rayito de luz,

la breve rendija iluminada de una

 

ventana. Los siete de pronto asedian,

trémulos, apilándose, lo tierno interior,

aquello que se llama intimidades conyugales.

 

 

84

 

Aquella losa retacada de

letras, de nombres acogidos

a la sola esperanza de un R.I.P.

distribuido proporcionalmente,

 

cubría los huesos, los pobres despojos

de muchos de mis antepasados por línea

materna, como suele decirse: sucia o quizá

enmohecida, difícilmente podría yo

 

reconocer los nombres. Era un nicho viejo

como la boca de un horno, de un horno

de aquellos que establecieron el prestigio

 

comarcal de los Estellés. Confundidos sus

huesos prevalecería, ahora para siempre,

amargo, sólo el Estellés agrupador y agónico.

 

 

85

 

El nombre incógnito, sin que los filólogos

redondeen un acuerdo unánime,

remontaba el agua como un toro remoto

entre los cañales de musicado prestigio.

 

Todos se conforman, cristianamente,

con un principio episcopal, y aceptan

—qué le vamos a hacer—, un precedente sufrido,

un vasallaje o purgatorio. Ocultan,

 

lejanamente, una etimología,

o bien una viñeta turbadora y grácil

de su alquería, unos árboles, una furia.

 

Lo han ocupado los andaluces.

Braman, lejana, desesperadamente,

unas terneras. Les contesta el agua.

 

 

86

 

Los tenderos de la ciudad, los tísicos,

llegarían por abril, y el agua,

rica en calcio, y el rumor de los pinos

ofrecerían motivos a su gozo.

 

Mujeres del pueblo lavaban la ropa

con brazos tales que necesitan su loa,

regresando a pie a la ciudad. Traerían

la ropa blanca, de esclarecida gracia.

 

Un pueblo pobre. Y ahora todos sacan

a relucir aquel dibujo arzobispal como un

nihil obstat. Me callo. Y unos latines

 

de hisopo rocían esta alegoría, si es que

no la salpican. En la vieja calle de los

pobres se despanzurraba un cementerio.

 

 

87

 

Desguazaron el cementerio. Cuento

con  el testimonio de mi madre. Hacían

música unos tipos con los huesos de

unos muertos anónimos, olvidados. En una

 

casa de aquellas, incrustada en una

pared de cierto corral, podíamos ver

la losa de una sepultura. Pienso

en mi madre que lo miraba todo

 

con un dolor que perdura en ella todavía.

Habían hecho un cementerio nuevo

y desechaban los difuntos anónimos.

 

Siempre que paso por la calle de los pobres,

a la que han puesto el nombre de no sé quién,

me sé pueblo, me sé polvo, huesos de música.

 

 

88

 

Del horno aquel de la calle de Los Ladrones

vuelves a casa, tu delantal alegre,

tan opulenta de brazos como de pechos

—más que de pechos diríamos de tetas—,

 

y en las pupilas la vivacidad,

o la perversidad, o la lascivia, eso

que intranquiliza, eso que excita, eso

que nunca se aclara del todo;

 

y en la cazuela del arroz al horno —aquel

arroz de caldo seco, de prestigio gótico—,

la cabecilla que al marido agrada,

 

la cabezuela del cabrito atónito,

de aromáticas hojas de laurel

y ojos perdurables de extrañeza bíblica.

 

 

89

 

Os tengo fechados, documentados, fichados,

y más todavía: contrastados. Censados,

filiados, restaurados, instrumentados,

monumentalizados, contados, dictados.

 

Y si muchos he apuntado, otros he rechazado

no por ineducados, cagados, meados:

por sus resultados, voluminosidades que han dejado

siempre los libros despanzurrados.

 

Evocados, amados, podridos, llorados,

multiplicados, sumados, restados, airados,

remojados y lavados, y los encalados

 

entre las tejas balones desinflados

de los niños de los vecindarios; desolados

los gatos filosos y enamorados.

 

 

90

 

Aquel espectro de la rosa dentro del

vaso de agua, su inverso enigma, y a los

pies de la cama, sobre el armario, aquella

estampa en azules de san Ramón Nonato,

 

invertida también, y sobre el armazón

de la enorme cama, despatarrada, indigna,

plena de gritos desesperados, de pelos,

de pedos también y amenidades condignas,

 

la joven, en fin, que está de parto. Las mujeres

meten peroles de agua hervida. El médico

ha preguntado si llueve todavía. Diez

 

horas de parto, y como si nada. Salían

los niños de las escuelas e

intentaban mirar por la ventana.

 

 

91

 

Al final no quedará nada de todo esto

si no es aquello que más nos pueda joder,

descarnando, entre estas dulces sílabas,

el afán oculto y desvalido de los cátaros,

 

despanzurrando las metáforas más tibias

o las expresiones más inexpertas;

pero a pesar de aquella sabiduría,

vagamente insensatos —o alucinados

 

si así os gusta más—, tercos insistimos,

acumulamos tristeza y desventura,

la programamos en ritmos y estupor,

 

depositamos, sobre la mesa, palabras,

los deteriorados documentos de la miseria,

la identidad en febriles digitales.

 

 

92

 

El ciego, en el arrabal, escogería,

aún no lo tenía del todo decidido,

en lo que bebían y charlaban, desnudas

por el comedor. La madrota intentaría

 

interpretar su silencio augusto,

y sería en vano, como pasaba siempre;

y se callaría por último, con un secreto,

dolido, inexpresado disgusto. Las

 

manos sobre las rodillas, callaba el ciego

mientras esperaban las muchachas,

sin saber a cuál escogería. Y él

 

rompería el silencio finalmente,

y decididamente designaría:

“Aquella, la de la peca en la axila”.

 

 

93

 

Embrollarían, desembrollarían.

Teorizaban, como dirían ellos.

Y tú los dejabas que teorizasen.

Si con eso eran felices… Mezquinos,

 

mezquinos. Abrían el Casares.

Con el dedo cruel y dictatorial,

recorrerían las analogías

y dictarían las preeminencias.

 

Se contentaban con eso. Mezquinos,

mezquinos. Y más: cobardes. Y más todavía:

los tedeums totales de la confusión.

 

Pero el pueblo respiraba. Se cagaba

en su sintaxis y en quien la toca. El pueblo

subiría al tapanco las cosechas.

 

 

94

 

Analfabeta o iletrada, siempre me has dado

más de lo que esperaba, absorto;

yo diría, y lo diría todo: que Dios te lo

pague. Pensándolo más despacio, creo

 

que ignorabas el avispero en que te metías.

Has representado intensamente tu papel,

o me has permitido perseverar, agónico,

en un asunto inelegible.

 

Que Dios te lo pague. Te dejaba estos

legajos, que probablemente no

leerás nunca, pero que te inspiraban

 

un respeto, un cierto tipo de respeto. Sabes

cuánto he padecido, y me fuiste solidaria.

Permite: que Dios te lo pague. Yo no puedo.

 

 

95

 

Te preparabas para morir tranquila.

Nadie te engañaba: aquello era un cáncer.

Te cortaron un pecho; el pecho izquierdo.

Al volver a casa sin el pecho

 

quizá lloraste en la intimidad.

Lo supusimos o lo presentimos: no más.

Te preparabas para morir tranquila.

Fuiste alegre para todos, y fuiste

 

su confianza, y fuiste su esperanza.

Vivaz, tuviste la palabra amable;

y de una rescatada gentileza

 

alegrabas tus días y tus telas,

discreto el rouge y franca la colonia.

Y ávidamente aspirabas una rosa.

 

 

96

 

Fue más sencillo todavía: no te recuerdo

aspirando ávidamente una rosa

como si quisieras engullirte, llevarte

su perfume o quizá su perfección.

 

Recuerdo, más bien, cuánto hacías durar,

cuán triste y complacidamente, una

corteza de pan, sólo una corteza,

con una intensidad más bien eucarística;

 

y cómo te deleitaba un simple trago de agua.

Agarrabas el vaso, el vaso vulgar,

como una copa de champán lejano

 

¿o como un cáliz? No lo sé, Dios mío. Ninguno

de nosotros te comprendía, y tú lo sabías,

y nos pasabas la mano sobre los cabellos.

 

 

97

 

Mordedor, arrebatador, tenaz

nos empujaba aquel amor, infame,

determinaba situaciones; nos

quejábamos los dos; los dos bramábamos.

 

Yacíamos los dos: al fin y al cabo, las víctimas.

Reían los dioses viéndonos desparramados

por sobre el cobertor, sobre las sábanas

del lecho augusto, desencolado de amor.

 

Tu madre entraba con una palangana sin

mirarnos, sin decirnos nada, comprendiendo

tantas cosas, demasiadas cosas.

 

Me abotonabas, agradecida; yo,

atarantado, de pie; y cuando acababas,

siempre me besabas el último botón.

 

 

98

 

Cantó zarzuelas y cantó la Misa

de Salvador Giner en Borbotó,

y ya tenía esmaltado su retrato,

con su nombre —Rossend Garcia

 

Martínez—, en el nicho que se había

comprado, como se compró también la lápida,

con  su nombre inscrito en dignas versales,

en el cementerio de Benimaclet.

 

Murió ahogado en Burjassot, la noche

de la ascensión de san Roque: cayó,

cuando iba por el margen, dentro del canal.

 

Apareció en Montcada, hinchado el cuerpo,

preponderante la panza, como dispuesto

a cantar El cantar del arriero.

 

 

99

 

Vendía tinas y peroles, vendía

campanitas de barro, platos de Manises

(de los del retrato de Blasco Ibáñez

o de exóticas flores y largas damas),

 

cubetas dignísimas para lavar la ropa,

bacinicas ventrudas a prueba de colitis.

La conocían como La Posesa.

Sería lo que se dice un apodo,

 

porque ella no daba bibliografía

y era difícil suponerla en el relieve

de un viejo sarcófago, gimiendo.

 

Áspera siempre, y el virgo incólume,

según extensa tradición oral, ahora

hará ocho años que la enterramos.

 

 

100

 

El feretrero, el padre, contemplaba

cómo trabajaba el hijo: “No llegarás

a nada. Así no se mete un muerto. En

mis tiempos”… Pero era inútil que hablara.

 

Recordaba su aprendizaje,

el trato dócil con la clientela,

dándoles la razón a los difuntos,

incluso invitándolos a fumar.

 

Habiendo ya fumado y llegado

el clero con todos sus gorigoris,

les decía: “Mañana paso por usted

 

para irnos juntos al Bataclán”. Cuando

los difuntos, ansiosos, cerraban

los ojos, él los aseguraba con doble llave.

 

 

101

 

No se sabe  muy bien que digamos que pasó.

Al ciego lo llevaron al cementerio, muerto

y bien muerto, con las largas manos cruzadas,

aunque nadie pudo cerrarle

 

los ojos, por más que le pusieron,

como es bastante usual, duros de plomo.

De vuelta al pueblo, el cortejo fúnebre

comentaba las incidencias

 

de aquel invierno, sabañones, pelos de mama,

cosas banales o trascendentes, si se quiere.

En eso alguien, al voltearse para orinar, vio

 

al ciego que regresaba lentamente a casa,

irritado, sin dar las buenas noches,

cosa que a todos les cayó muy mal.

 

 

102

 

Hay las muertes dignas y las muertes indignas,

como hay muertes excesivas para un cuerpo

o una vida, si se quiere, más bien precaria,

y hay muertes larguiruchas, más bien delgadas.

 

Hay también aquellas que, por lo común,

obligan a que seis hombres fuertes del vecindario

agarren, como suele decirse, por su cuenta

al agonizante y, quieras que no, lo encajen.

 

Hay muertes de muchas clases. Y eso que

la muerte es una inexplicable industria

que no se preocupa de idear modelos.

 

Los únicos que podrían animarla son,

razonablemente, los feretreros; pero ellos

entre ellos, como siempre, no se entienden.

 

 

103

 

Me pondreis entre las manos la cruz

o ese rosario humilde, sudado, usado,

de aquellas horas de tristeza y miedo

y ya ninguna amenidad. Después

 

cerrareis el ataúd. No quiero que me vean.

A la hora precisa quiero que en Burjassot,

en la parroquia donde me bautizaron

toquen a muertos. Me gustaría, por último,

 

que alguna mujer de mi pueblo saliese

a la calle inquiriendo: “¿Que quién se murió?”,

y que le den una breve noticia:

 

“El hijo del panadero, el que hacía versos”.

Más cultamente todavía: “El nieto mayor

de Nadalet”. Ponedme los lentes.

 

 

 

 

 

TRES AÑADIDURAS

 

 

 

 

Maria-Antònia Salvà

 

Palma de Mallorca, 1869; Llucmajor, 1958.

 

OBRA POÉTICA: Poesies (1910), Espigues en flor (Espigas en flor, 1926), El retorn (El retorno, 1934), Llepolies i joguines (Golosinas y juguetes, 1946), Cel d’horabaixa (Cielo de anochecer, 1948), Lluneta del pagès (Lunita del payés, 1952).

 

 

 

 

   Maria-Antònia Salvà

   Poemas de Espigas en flor

 

 

PRÓLOGO DE JOSEP CARNER

 

En todos los países cristianos encontrareis, de tanto en tanto, señales y pruebas de que los ángeles se preocupan por el Orden. El amor al Orden, a mi pobre entender forma parte hasta tal punto de su naturaleza, que me temo que la revuelta del ángel prestamente caído los afectó desagradablemente lo mismo en su carácter de orgullo que en el de desbarajuste. Es una impresión que debo sobre todo a las pinturas del beato Angélico de Fiésole y a la fina armonía de nuestros paisajes signados por la Cruz. No me extrañaría nada que en Mallorca hubiese un ángel que procediese a mantener la habilidad elegante de los labradores que levantan taludes y cercados, y otro que adiestrase los dedos de las buenas campesinas que, con arte de palma, producen tantas cosas frescas y depuradas. Pero de lo que sí estoy seguro es de haber un ángel que llena de serena claridad y de ingeniosas y artísticas concordancias los versos de Maria-Antònia Salvà. Si quereis explicaros el encanto íntimo, la emoción gentil y profunda de las canciones que de aquí a muy poco os entrarán por los ojos y se expandirán por vuestro corazón, no os olvideis de aquellos versos de la canción popular:

 

Un ángel entró

por la ventanita.

 

               Orden angélico, complacencia íntima de cada cosa en su lugar, de cada emoción dentro de una música bien avenida y propia, de cada tarea bajo el regalo de la paciencia, de cada ilusión bajo el infatigable cobijo de la esperanza, de cada sufrimiento en la envoltura difícil y dulce de la caridad. Maria-Antònia nos entrega más próxima o más sensible aquella forma de identificación de la belleza: splendor ordinis. Toda su poesía, cada hora y en cada palabra, es por excelencia edificante. Pero todavía mejor que cuando discurre, la encuentro cuando prácticamente desprendida de propósitos discursivos se apoya en alguna belleza del mundo y sin quizá advertirlo rezuma cielo. Cualquier estímulo delicado del mundo visible, el rejuego del solecillo entre las hojas, el temblor del rocío, la luz de la luna que irisa las aguas y los corazones, “los higos tiernos abiertos por la frescura de la mañana”, el viento sobre las eras, la canción perdida en la sementera, las bayas del monte bajo que os acechan como “ojos de duende”, aquel sonido de flautín que huele como “el romero del aprisco”, el gorrión entre espinas, más afortunado que el ruiseñor, la pisada de un niño, el sorpresivo estremecimiento de una rama, cualquier indicio de pulcritud y de gracia hace vibrar la deliciosa gratitud de su corazón. Como la flor conserva el rocío o como el pozo profundo su manojo de estrellas, así Maria-Antònia acopia avaramente ese tipo de gusto suprasensible que el amor os lleva a encontrar en la ocasión fugitiva. Ello tempera de suavidad su alegría y su pesadumbre, otorga a su voz una especie de caricia, y posibilita que su espontaneidad, nutrida de visiones selectas, se produzca en estado de gracia, y que sus estrofas, como diría el pueblo, “no parezcan tocadas”.

               “Un ángel entró”; o sea: una iluminación inesperada, una efusión inexplicable… El Infinito en una brizna de cardo, el Absoluto en una chispa de luz, el misterio vuelto consuelo, el piadoso orillamiento del piélago sin orillas. “Por la ventanita”; es decir: por la vía familiar de las cosas que conocemos y que se compenetran en nosotros por la costumbre, íntimamente humanizadas, en la individuación del gesto y casi de su pequeño espíritu frágil, capaces si no de la palabra al menos de una sonrisa. Naturaleza nada panteísta sino enteramente cristiana; no abismo incalculable sino región conquistada, llena de senderos que llevan a buen destino.

               Oh caminos de Mallorca, festonados de pinos y retamas espinosas y asfódelos, la poesía de Maria-Antònia ha sido vuestra bendición del agua y la sal. Oh sendas catalanas que hoy teneis agarrado el corazón por un zarzal enganchador cuya espiral lo cerca, la poesía de Maria-Antònia es como una ofrenda votiva para la santa incorruptibilidad de vuestro verbo. Porque el Señor Dios ha dicho: “No cambiarás de lugar el viejo límite que tus padres implantaron”. Y es propio y adecuado que el límite sea velado por los ángeles, y anunciado si no por sus trompetas entre las almenas, al menos por sus melodías puras sobre las murallas invisibles.

 

 

 

REMEMBRANZA

 

En memoria placentera

volví a las hojas primeras

de mi vida delantera.

¡Oh dicha!, para alcanzarte,

cierro los ojos, y… ¡sea!

 

En virtud de un salto atrás

todo se alegra ante mí.

—¡Buen tiempo el de primavera:

toda yerba es remediera

y la serpiente veneno sin!

 

Pasan volando las golondrinas…

No es oro aún el verdor.

Frescuras niñas mueve la brisa;

mueve un polvillo de correhuelas

la espiguería que está ya en flor.

 

Eres rosa alejandrina,

panal de miel rebosante

y cereza purpurina,

tú, ¡oh bondad matutina,

que te esfumas en mi cielo!

 

Eres la santa sencillez

de cuando éramos niños,

sin comprensión tan vivida…

Eres el rústico paño

que empañala mis canciones.

 

Eres quien me alegra y se ilumina

en una vara de lirio,

en la red de una telaraña,

en un bejuco seco en el que camina,

hacia lo alto, un poleo.

 

 

GLOSA

 

Yo quisiera, yo querría,

yo quisiera, yo querré

brotar en flores de poesía

como en rosas el rosal.

¡Ay, la luz que el cielo envía!;

¡la abeja, que nos quiere bien!

La vi que huía

en una ola de armonía…

A mi acecho, ¿volvería?

¡Y el tiempo que pasa, y no!

 

Yo quisiera, yo querría…

reposo, como nunca lo tendré.

El que mi corazón ansía

en este mundo nunca lo hallaría:

yo quisiera, yo querría

el cielo cuan moriré.

 

 

LLANTOS

 

¿Traerá el agua del llanto deseada

el triste nublado

que enluta tu cielo,

pobre corazón, pobre planta marchita,

que sientes que la vida

huye de tu raíz?

 

Triste cosa es llorar. Pero las gotas

de llanto, todas ellas,

traen expansiones o dulzuras:

como las gotas niñas del alba,

tiemblan por dentro de ellas

colores rientes.

 

Si es más puro el olor regalado

que sube callado

de los árboles remojados,

¿no será más intenso el aroma

del corazón, que se eleva

cuando lloran los ojos?

 

¡Ah, cuántas veces el llanto ha calmado

las voces exaltadas

de un corazón alterado,

transformándolas en suave armonía,

resonancia que extasía

volando en el cielo azul!

 

Cuando salte hecho astillas mi corazón,

¡los secos párpados

remójame, oh llanto!

Dulce lluvia del cielo bendita,

consuelo de mi vida,

expansión de mi corazón.

 

 

LAS FLORES CAEN

 

El almendrar sonreía en plenitud florida.

Lloraban las campanas por sobre el campanar.

Lloraban por mi madre, ya fría, ya sin vida…

Y el eco se esparcía por todo el almendrar.

En brazos de mi nana, yo quizá sonreía

o quizá lloraba, viendo a la gente llorar…

El espanto de esta muerte pasó así a mi vista

sin dejarme de recuerdo ninguna huella pía…

Y así cada año, de febrero vuelven los días,

y al inclinar mis ojos siento la blanca flor

del almendro desprendida.

De calma, y luz y cielo azul los días aquellos,

me traen la añoranza de un suave beso de amor

—un beso, el no sentido de ternura materna.

Y una sombra de tristeza

desciende en mi corazón,

con la blancura desprendida

de los almendros en flor.

 

MARGARITAS

 

Por el ancho cielo el sol ya otea,

y rubio como el panal, gotea

miel sobre las llanuras floridas.

Embelesadas las margaritas,

alzan la testa y beben claridad

que las anima de único temblor.

 

Y en estos días de sol ardiente

en que el cielo brilla más resplandeciente,

parece que lancen gritos de alegría

—las margaritas son flores del día.

Blancas y rubias como la misma luz,

tienen su risa por todo perfume.

 

Es la suya una risa de ojos despiertos.

Más adormecidas las noches oscuras,

más desveladas las noches de luna,

viven de sueños, y es cada una

confidenta de un niño cupido

que en sus hojas resguarda un secreto.

 

Ay, flor, ¡que no te cojan unos tiernos dedos!

No te valdrán ni risas ni campos en flor

ni el sol que te mira desde la alta cima,

y a “me quiere, no me quiere”,

¡caerán tus hojas, pobrecita flor,

caerán tus hojas como cae el llanto!

 

 

DESOLACIÓN

 

Grave desdicha hoy me priva

de sentir y de llorar.

¡Bate mi alma a fuerza viva

en vano su martillar!

 

Tan buen padre que tenía…

¡No lloro, y se me murió!

Hoy su enfermedad es mía;

traspasó a mi corazón.

 

Presa de su agitación

pasaba en blanco las noches:

¡meditaba un sacrificio

que me ha helado la sangre!

 

Y mi esperanza, resuelta

al triunfo de su querer,

ha escuchado, de vuelta,

terrible el “no puede ser”.

 

Mi beso fue tan ardiente

que acabó extinto mi fuego.

Helada frialdad de muerte

dejó al fondo de mi pecho.

 

Frías ahora hallaría

hasta las lágrimas de mi llanto;

¡fría hasta mi poesía,

que era vida de mi corazón!

 

Mi claridad quedó oscurecida,

y brillaba en su mediodía.

¿Es posible que mi vida

ya no vuelva a florecer?

 

Del rigor de la invernada

no muere, no, la simiente:

brote que quema la helada

arraiga más hondamente.

 

En mi alma nació el amor,

su raíz sigue muy viva…

Mas crecer, brotar, no puede

sin el rocío del cielo.

 

Dadme llantos, rocío dadme,

retoñe mi soledad;

me siento pobre y desolada

y terreno seco es mi corazón.

 

 

IN MEMORIAM EMILIA SUREDA

 

¡MUERTA!

 

Buscando tu corazón de amiga, el mío hoy abatido

dejaba correr la pluma que ata las ausencias,

y en largos relatos te hacía confidencias…,

¡y tu corazón ya estaba frío!

 

¡“Muerta”! Voz que hiela; Dios mío, ¿quién la osa pronunciar?

Un vivo punzante escalofrío mi cuerpo ha hecho estremecer.

Sobre la mesa tengo todavía la carta sin cerrar

que nunca has de leer.

 

Ahora que de mi vida ya da la vuelta el sol,

¿quién responderá a mis notas de honda melancolía?

Tristezas del crepúsculo, ¿para quién las cantaría

un pobre pájaro solitario?

 

 

RECUERDO

 

Yo era la sombra triste de aquella mañana tan plácida,

cuando, saliendo de mi habitación al amanecer,

la añoranza en el alma y en los ojos el largavista,

miraba, en la ribera de enfrente, el Corb Marí.

 

Desnudo el brazo izquierdo que abraza la bahía,

es bello ver siempre el derecho tan alhajado.

Bandadas de hermosas casas mi vista distinguía;

entre tantas, una se lleva mi corazón robado.

 

Hacia ella como mariposa de luz vuela mi espíritu:

hace poco, qué bien nos lo pasábamos en su florido jardín…

Emilia, ¡nunca más he vuelto a verte, y te siento aquí junto a mí!

 

El anillo que llevabas luce ahora en mi dedo.

Y este dulce eslabón me ciñe y me consuela

dejándome encontrar tu mano sobre lo que muere.

 

 

EN LA MUERTE DE MATEU OBRADOR

 

Exquisita flor, amigo,

el Amado te quiere consigo

en su vergel de vida,

en donde el pájaro canta.

 

Allá: prados deleitosos,

bellos árboles, bellas fuentes…

Aquí: corazones afanosos

en levantar allá puentes

 

de una esperanza atrevida,

que salven el abismal

paso que separa vida

terrena de la inmortal.

 

Amigo, cita nos diste

en el reino del Amor.

Por ti suspiran las tristes

almas que tanto quisiste.

 

En recámara a resguardo,

tus papeles y tus libros

retienen la serena

mirada de tus ojos.

 

Y en lenta resignación

lamenta su soledad,

Griselda paciente.

Añora su bien perdido.

 

Amigo mío, mi pluma

decae frente a tu muerte,

por no derramar el aroma

sagrado de tu recuerdo.

 

 

EN LA MUERTE DE COSTA I LLOBERA

 

Si la muerte es complemento de la vida,

a tu vida bien tu muerte corresponde

buen amigo que hoy dejas la tierra,

santo amigo, Maestro y luz de mi corazón.

 

—Ay, ¡quién me diera del palomo el vuelo

para lejos del mundo hallar consuelo!

 

Puro como el agua que al cielo refleja,

como el roble del bosque robusto y sano,

contagia tu generoso canto

esperanza y reposo y fortaleza.

 

No encajan debilidades en tu muerte.

Todo es magno por altura y por decoro:

tú viviste elevado sobre el mundo

y elevado te sorprendió la muerte.

 

A loar la pureza de María

los ángeles te llamaron a su coro,

y envuelto en sus sedas sagradas

tu cuerpo, aquí abajo, desfallecía.

 

—Es tiempo de la siembra de los lirios,

cuando más bella es la puesta del sol.

 

 

OFRENDA AL MAESTRO JOAN ALCOVER

 

A la luz de la nueva primavera,

bajo la sombra suave de la higuera,

árbol de abrigo patriarcal,

continúa hilando, hilando la Balenguera…

Tú vives, oh Maestro, en nuestro corazón leal.

 

Huérfanos de tu presencia que fuéranos cara,

seguido te hemos por la estela clara

que la muerte avara no pudo extinguir,

y dejamos, en la puerta que nos separa,

el dolor —ánfora de alabastro.

 

Maestro añorado que ya has traspasado esta vida:

él ánfora está llena —y a rebosar— de llantos…

Acéptame esta ofrenda dolorida

con aquella benévola acogida

que era a nuestro esfuerzo supremo galardón.

 

 

CANCIÓN DE MAYO

 

A tus pies, María,

resuena cada día

nuestro breve cántico.

Reina de la armonía,

al corazón que os lo envía

haz florecer para Dios.

 

Esta vida fatigada

doquiera buscando amor,

suspira como la oleada

del trigo al tomar color.

En vuestro amor, María,

mi corazón reposaría,

y en vos recobraría

su paz y su frescor.

 

Tu puro nombre aterra

a la Sierpe que induce a pecar;

eres lirio de la tierra,

y estrella de la mar.

Vuestra dulce cara

brilla en un alba clara,

¡oh Madre, oh Hija, Esposa

del Dios que te creara!

 

Cuando la alta claraboya

apaga sus joyeles,

vuestro altar se enjoya

de luces y ramilletes.

La noche ha llegado ya

y los hombres, Virgen amada,

recuperan la tonada

cuando los pájaros callan.

 

 

A JOSEP CARNER QUE ME ENVÍA

TRES SONETOS A MALLORCA

 

Mallorca, amigo poeta, te devuelve el saludo.

¡Con qué placer te escucha cantar sus procesiones,

sus bandas de doncellas, sus floridos campos de asfódelos,

sus pueblos, que no conocen su propia gentileza!

 

Por ti se ha temperado su de por sí sutil belleza,

por ti los llanos callan y velan las colinas;

para verte nombrar a ritmo de canciones el amor

de la isla azul, que ríe de saberse comprendida.

 

Quien te reveló su secreto fue la alta Poesía.

Viendo tu labio abrasarse de la sed,

quiso ofrecerte refrigerio de savia mallorquina.

 

Doblando la esmeralda rama de un naranjo,

de un brote de tres naranjas te hizo gentil presente.

Tú encontraste en él, Poeta, tres mundos encantados.

 

 

JERUSALÉN

 

¡Jerusalén augusta, sagrario del recuerdo,

que llevas la vida escrita en la palabra Muerte!

Quien con alma tranquila penetra tus murallas,

al evocar tus glorias y tus penas pasadas

oye aquí, en el silencio de tu sombrío retiro,

lo que no puede decirse y en ninguna otra parte

oirá. Jerusalén sagrada, ¡tan abatida y triste!

Si fuiste la culpable también amada fuiste

por el Hijo de Dios, y llorar hiciste sus ojos divinos.

En otro tiempo tu luz vibró de hosannas argentinos,

y, ay, la oscureció en seguida la sombra del Calvario…

En tu interior yo me empapé de un aire solitario,

recogiendo por tus caminos bálsamo de dulzura:

¡tus caminos purificados con sangre del Redentor!

Mi corazón que allí siente el divino rastro de su ternura,

permanece en el Santo Sepulcro como una lámpara encendida…

¡Jamás te olvidará mi alma conmovida,

Jerusalén augusta que así la haces llorar!

 

 

OCASO EN LAS CUMBRES

 

El invierno domina y el día es breve,

y están las sierras blancas de nieve.

Sobre el azur blanquea la nieve,

alta y callada de un sueño puro.

De íntimo consuelo tiembla la nieve:

tan fría ella, y sueña la nieve al sol.

 

Y el sol la envuelve, ya moridor,

de una mirada que es toda dulzor.

Y la nieve, blanca de sentimiento,

colorada se pone de sol poniente…

Reina un silencio sin respiro,

alto, inefable, como un suspiro.

 

La nieve apaga su bermellón.

A la mar honda el sol ábrese paso,

y en la tranquila hora de ocaso

se funde el rastro de aquel amor.

 

 

 

 

Clementina Arderiu

 

Barcelona, 1889; Barcelona, 1976.

 

OBRA POÉTICA: Cançons i elegies (Canciones y elegías, 1916), L’alta llibertat (La alta libertad, 1920), Cant i paraules (Canto y palabras, 1936), Sempre i ara (Ahora y siempre, 1946), És a dir (Es decir, 1959), L’esperança, encara (La esperanza, todavía, 1969).

 

 

 

 

Clementina Arderiu

Poemas de Canciones y Elegías

 

 

 

HABLA EL ALMA

 

Cuando en el barro tengas reposo, oh poder

de esta carne que, por vil, me es pesada,

el mundo espléndido mostrado y prometido

por mi amigo el leve Inexpresable

será entonces mi patria generosa, y en el fuego

sagrado que alto sobre Él se enciende,

podré —¡oh goce supremo!—, purificarme.

La tierra, lugar de dolorosas glorias y amores

fementidos, quieras que no, me gobierna.

Mi débil paño de humana vestidura,

más que yelmo y escudo, es conductor de ofensas.

Ligeras compañeras ahora ya desligadas,

oíd mi lamento, y mi conjuro oídme:

venid a mí en divina lozanía,

dadme las manos, y elevada me vea

por vuestro esfuerzo en las regiones serenas;

yo sabré loaros en un cántico tierno

que como nunca oído de los inmortales sería.

 

 

BEATITUD

 

La vía desconocida que conduce al leve finir

sigo sin sombra de pavura paso a paso;

mi razón de todo se admira, y atisba aquí y allí,

igual al niño indócil de la madre en un brazo.

 

¿Qué más da, a lo lejos, que tinieblas oculten mi destino,

si a mi alrededor la paz me llama riendo con su rostro claro,

y hasta el húmedo musgo de la orilla del camino

se ablanda más si en él descanso mi cuerpo cansado?

 

Sentada en alto margen contemplo a los viandantes,

y cogida por las gracias a flor de labio errantes

amo a todo aquel que me habla, amor que en mis ojos

 

florece. Y me siento pagada, porque si alguien me rehúye,

más bello amor reencuentro amante,  sin ningún  miedo a enojos,

la Eterna Maravilla que rige el curso del sol.

 

 

“ME GUSTA SABERTE CERCA…”…

 

Me gusta saberte cerca, Amor mezquino,

porque ahora ya no temo tus saetas:

conozco tu ligero andar, tu reír fino,

y tu aroma de lirios y violetas.

 

Verte tejer me gusta, oh pastor vil,

en torno a mí cada vez más estrechas

tus redes; y me gusta mirar que acechas

con cordero nuevo enriquecer redil.

 

De nada te servirá de tu tino la finura

ni la exquisita prisa de tu andadura

más que para irritado quedarte:

 

¿no ves que tu poder contra mí acaba?

Amor, mejor conmigo amistad traba

y, así como eres, a mi lado combate.

 

 

ANACREÓNTICA

 

Entre el húmedo follaje

Amor encontré dormido

aquel día que al azar

yo rosas entrelazaba.

Si te atreves, no te atreves

—mirándolo tan gentil,

¿quién lo creería vil?—,

¡que lo agarro por las alas!,

y dentro del mar de vino

que una copa  me ofrecía

de golpe lo sumergí;

y la copa, rebosando

su borde fino,

vertía a un tiempo mismo

vino y Amor rendido

sobre mi labio reseco.

¡Ay de mí: desde aquel día

en mi interior no hay reposo!

Yo guardo al Amor recluso,

pero siento turbadores

sacudimientos extraños

y un leve contacto de alas

adentro de las entrañas.

 

 

PASÓ

 

Pasó. La incierta vía de su destino

lo trajo hasta mí, augusto y grande.

Cuando por primera vez aparecía,

dijo, maravillado, mi juicio niño:

“Frente a un dios triunfaría

disputando de leyes de sabiduría.

Todo en él deviene razón y mesura,

y hasta su rostro, tiene

aquella serenidad que da la altura”.

Y es que no lo veía bien.

 

En su falsa timidez yo no veía

levantarse su espíritu soberbio

ni el fuego de la impureza

lengüetear bajo su piel osado.

Pero pronto lo vi, pues pronto lo traicionaba

un espíritu perverso que se mostró ligero

entre la oscura ola de armonía

de aquel hablar tan suyo, y en su mirada

aquella, que en otros ojos no anida.

Sus ojos, ¡oh qué bella promesa!, al mismo

tiempo que atraen como abismo

de amor inmenso —¡oh condenación!—,

obligan en seguida a recular de miedo.

… … … … … … … … … … … … …

 

Hoy, todavía, que he visto su imagen,

toda me ha conturbado.

Pasó. Dios guíe su errabundaje

y nos guarde de pecado.

 

 

LA OBSTINADA

 

El orgullo de la victoria contrae su labio húmedo

—su torso todavía se levanta y está en tensión su pecho;

de la última acometida, cruel y mesurada,

el fuete airado tiembla en su diestra alzada.

Ha flagelado el rostro de aquel niño atrevido

que, encendido de alegría y al claro ritmo de un canto

prometedor de gloria, se os aparece de tanto en tanto,

coge vuestras preferencias que antes andaban sueltas

y dulcemente las ata, haciéndoos esclavos de su gozo.

Pero ella, la obstinada, la de tortuoso pecho, presiente

el fraude, y cada vez que el niño liviano la busca

vistiendo nuevo disfraz, la encuentra tan testaruda

que cree invulnerable la estancia de su corazón:

¡ay, pobre corazón, que te consumes en la frialdad

de muerte de esta carne que te envuelve!

 

 

LA PALABRA

 

No me la digais, Amigo, la palabra no dicha:

oteando por las rendijas de vuestros ojos

dejadme buscarla en vuestro pecho, tal como

dentro de él lenta la amistad la ha escrito.

 

¡Oh leves y gráciles letras, qué bellas sois

dándoos las manos! Ni el oro ni las estrellas

fulguran como vosotras junto al corazón

donde impera la llama que no muere.

 

No oseis elevaros hasta el labio, porque

allí el aire tiene la frialdad de espada

y os mataría, aunque cubierto estuviese

vuestro cuerpo por un manto bordado

sobre trama inmortal de poesía.

 

Quedaos. No ha de faltaros compañía.

Segura que algo mío os es placentero,

a vosotras irá mi pensamiento

—siempre que esté libre de trabajos—,

mientras perdure en mí la fe de vivir.

 

Comoquiera que vuestra palabra la conozco,

Amigo, cabe estarse ajeno al ajetreo loco.

 

 

“¿QUÉ TE TURBA…?”

 

¿Qué te turba que tiemblas como una brizna,

oh alma mezquina?

¿Cómo es que has perdido tu clara risa de ayer,

tú que te jactabas de seguir la fina

ley de gobierno que nos lleva a juzgar

vanas las luchas del estado futuro?

¿Quién interrumpió esta bella, aunque

insegura, trenza de tu vivir oscuro?

 

—¡Tus burlas confunden mi orgullo,

oh mi viejo Juicio amigo! Pero

revelado me ha sido lo que ni tú sabías:

bandada de cosa nueva son los días

por ser, y demoledores del bien antiguo

—¿quién su loca carrera vencería?

Así, de lo que ayer me fuera caro

hoy estoy tan alejada que me ensucia

hasta el recuerdo de mi camino pasado.

 

Duro es este hoy, porque olvidando la clara

alegría de vivir que en el momento ríe, clavo

pensativa todavía los ojos en aquel horizonte,

para divisar su lejano paraje sombrío.

 

Porque me es lejano, y amado, y sombrío,

estoy toda temblorosa como una brizna.

 

 

“SI NO FUESE MÁS QUE LA INÚTIL…”

 

Si no fuese más que la inútil

ráfaga del viento

o la lluvia vocinglera

de la pálida nube nacida

que me flagelase el rostro

o me castigase el pecho,

yo firme me sostendría

y hasta de ellas me reiría:

a lo lejos el sol derrama oro;

la noche alegra el corazón

de estrellas con un tesoro.

Pero si un gozo se obstina

y se niega a ser proscrito

del bello lugar  que anida

¿quién con alma lo bastante

potente a la puerta lo pondría?

Quizá eso sería

lo que el buen juicio conlleva,

mas, ¿cómo entonces salvaría

de inquietudes y de dudas

mi pobre corazón que llora,

sin al propio tiempo entregarlo

a un olvido enemigo?

 

 

EL SECRETO

 

Se ha el secreto divulgado.

¡La gente, ay, de mente oscura!

Del secreto se han llevado

una poca de dulzura,

lo han golpeado y lesionado

hasta restarle figura,

mas, al fondo de mi espíritu,

mío el secreto perdura.

Nunca sabrán que allí anida

ni que es rico en juventud

ni en qué camino abre vía.

Acompáñalo, alegría,

condúzcalo tu virtud

donde no llegue fragor

ni vacía habladuría.

Si el viento pasa silbando,

sea levante o mediodía,

pasa, viento, Dios te guíe:

yo seré un ser vivo tanto

cuanto dulce el secreto en mí anide.

 

 

LEJANÍA

 

Habla una voz desde lo profundo:

“¿Por qué tan sola, oh fina amada?

Haz a un lado el dolor, que hoy el mundo

viene a ti por vía insospechada”.

 

—“Si entra la gente en mí

por vías viles y a escondidas,

¡ay de la gente! ¡No es suave el viento

de mi revuelo sino violento!”

 

Y otra voz: “Fue ayer

cuando tu amado en el oscurecer

se escondió a tu mirada…

Pero de vuelta lo tendrás mañana”.

 

—“No quiero consuelo ni que me mintais.

Aún cuando por el dolor ninguna olvidada

virtud en el alma revive,

yo quiero toda la anchura del dolor”.

 

Y otra como un dardo, todavía:

—“¿Y tú qué sabes, oh encaprichada,

de aquello que quieres? ¡Agacha la mirada!

La ley del mundo te es desconocida”.

 

—“Dices bien. No es gracia de mi mente

esta ley. Presuntuosa en demasía,

se nos vestiría impudentemente

—¡ay, loca mente, siempre atrevida!

 

Pero yo la conozco en mi espíritu

—era la tierra una recién nacida

cuando me fue revelada,

y yo era un punto en la alta noche constelada.

 

Y por ella veo el sol

cuando baja la noche cerrada,

y cuando a mi vera se obstina el dolor,

ella me devuelve la hora reposada.

 

Voces de la tierra: no me compadezcais,

que en mi alma el Amor ya ha entrado.

¿Sola con el Amor…? ¿Y me lo reprochais?

Una vez más, a mí volverá mi amado”.

 

 

“¡OS TENÍA A MI ALREDEDOR…”

 

¡Os tenía a mi alrededor,

y entre que os veía y presentía!

Os tenía delante, Señor,

¡y de nuevo os negligía!

Y Vos que tan justo sois,

pues pecado cometía,

me haceis oír el llamado

y me entenebreceis la vía.

Yo, Señor, os quiero honrar

y desarmaros querría.

Ah, ¡si os dejaseis rogar

y aceptaseis mi ofrenda pía…!

Yo os doy entero aquel bien

que se quisiera y suspira..;

todo os doy cuanto se tiene

y mi pan de cada día,

por el humilde rincón, tan claro

si con mi amado lo compartía,

por su dulce mirar aquel

y por su mano en la mía.

 

 

EN UNA MISMA RAMA

 

Por ser las desconocidas

de todos, menos de mí;

tan tímidas que os espanta,

vecino, el nombre de Amor;

 

por sólo tener caricia

de una túnica de lino,

oh vosotras, que nacíais

coronadas de un rubí;

 

por ser tan suaves y tiernas

—junio os hace madurar—,

y permanecer en rama

sin que os vengan a cortar;

 

porque ayer os veía tristes,

cerca de languidecer;

por estar hoy encendidas

como el buen vino y las rosas,

yo cantaré vuestra gloria,

la de hoy y la de ayer.

 

 

 

 

Rosa Leveroni

 

Barcelona, 1910; Cadaqués, 1985.

 

OBRA POÉTICA: Epigrames i cançons (Epigramas y canciones, 1938), Presència i record (Presencia y recuerdo, 1952).

 

 

 

 

Rosa Leveroni

Cinco poemas desolados

y otros poemas

 

 

 

CINCO POEMAS DESOLADOS

   …cree ganar puerto en la playa desierta

Ausiàs March, XCII, 57

 

I

 

Como una poza que, sin luz ni rumores de aires tiernos,

suspirando por las estrellas y el batir de aquellas alas

que nunca la sellarán, lentamente languidece

sin un grito de esperanza…,

así pasan mis días, huérfana de aquel canto mío

que ponía claridades en la aspereza del camino.

Si fue angustia el amor, me era dulce su espina

y, como pájaro cegado, el dolor me era cántico.

Hoy la carga del amor sobre el corazón cansado

es nomás soledad

de su llama feroz devorando en silencio

la vida que se consume lejos de ti, lentamente,

sin un grito de esperanza…

 

II

 

Como el animal herido, morir completamente

sola, de cara al cielo no más, entre la maleza

alcanzada con dolor, lejos de pesadumbres

de unos lazos ya rotos, pasado el asco

del último desengaño, triste tósigo

necesario a la muerte… Morir completamente sola,

los ojos de par en par a la alegría

del gran despojamiento. Dulce olvidarse

del dardo que me abatió, miseria de otro

pero mía también. Morir completamente sola,

ahorrar mi grito en la tiniebla:

Segura de la Claridad…

 

III

 

Corazón desolado, vela al viento de la tarde,

pasa raudo este freo de sirena.

Habiéndolo vencido, tu sueño para siempre

sentirá imposible la añoranza.

 

Corazón desolado, quién fuera en sus ojos

náufrago sin recuerdos de la patria lejana.

Timones ardientes de las horas encendidas

sin ponientes ni deseos de alba alguna.

 

Corazón desolado, desnuda roca desierta,

presa del viento y del sol y del agua.

La libertad que es llanto ahora será cántico

en la vida más alta, corazón desolado.

 

IV

 

Piedra y el aullido del viento sobre la piedra

si se levanta alguna voz. Si no, el silencio

del implacable sol bebiéndose el agua

en la fuente más honda. Alas siniestras

de los cuervos descarriados. No se ve

el misterio del alba, del poniente… La luz,

la piedra castigada por el fuego… Esta piedra

te quiere llamar. Señor: llama tu lluvia

y Tú no le contestas. Perdida, sola,

piedra hasta la entraña, ¿qué espera todavía?

Dime, ¿dónde estás, Señor?

 

V

 

Tras del muro, seguras,

oigo viejas palabras

llamando imperiosas

al retorno a la tierra,

antigua patria triste.

Mi paso inmóvil echó

raíces en la oscuridad.

Ávidos, mis ojos reclaman

su dulce claridad.

Este muro la defendía,

y mi corazón, cobarde, no osa

emprender su conquista.

 

 

AUSENCIA

 

I

 

Respiras, siento

la brisa de tus sueños

junto a mi mejilla.

¡Qué importa que las montañas

me alejen de tus brazos!

 

II

 

El olvido sería

que mi poblado silencio

callase todavía.

Pero la fuente devuelve

tu voz intacta.

 

III

 

¡Oh viento, lleva

mis añoranzas

en cautiverio!

Conviértelas en auras

suaves sobre su rostro.

 

IV

 

Claridad de mi sueño,

¡oh rostro que amaba!

¿Por qué abandonas

mis noches, dejándome

la sombra por compañía?

 

V

 

Amor: Palabra

hecha de sueños muelles

y de tristeza.

Caminos que se pierden

en el dolor del alba.

 

 

ANGUSTIA

 

I

 

Estos lamentos del alba que agoniza

en un lecho de rosas apagados,

estremecen las velas deshinchadas

de mis sueños cansados.

El tormento de la luz dispersa la sombra,

probadita previa dulcísima de la muerte.

¡Ay tristeza incurable que arrastras

al despertarte, puerto!

Han muerto las estrellas que me fueran guía

navegando en aguas de infinito.

Tú fuiste mi reposo y mi esperanza,

¡y ya ni tú me quedas, noche!…

 

II

 

Como daba mi amor y sólo el aire

lo hacía suyo, ardiente;

como ningunos brazos seguros encontraba

mi sueño para tenerlo vivo;

como mis preciados tesoros sólo fueron piedras

de un cándido juego infantil

para mi amado distraído, y como mi cántico

no fue nunca su encanto,

no le contaré el desconsuelo ni la tristeza

que encuentre en mi camino.

Ser la hoja que al viento no reposa

también es un bello destino.

 

III

 

Sólo la sombra de su vuelo rayó la tarde

dándole nueva luz.

Pasó raudo el pájaro; sólo la puesta de sol

preservó su perfume

en el suave desmayo de aquellas rosas

que daban al jardín

su amor recluso, ofrenda casta

que nadie cosechó.

 

IV

 

Caminos de mi desazón, donde encontraría

la claridad de las estrellas

si perdía mi amor y no volvían

nunca más sus anhelos…

Caminos de mi dolor donde se fundían

engullidos por la noche,

que ya dentro de mí no encuentro la esperanza

ni el ansia de infinito…

Caminos de mi gozo loco, ¡dónde está

vuestra pasada voluptuosidad

que ya sólo teneis regusto de cenizas

para mi corazón cansado!…

 

V

 

Aquella fuente gentil sólo espejismo fue

creado por mi anhelo.

Volvía a mis adentros otra vez

la soledad del cielo.

Si había muerto la llama, ¿quién podría

reavivarle el juego?

¡Oh cenizas apagadas que perdían

el áspero perfume de su fuego!…

El viento, sólo el viento será sobre la tierra

de mi vivir confuso

quien con orgullo esparcirá las hojas yertas

de un pobre sueño iluso.

 

VI

 

Las rosas del recuerdo van deshojándose

del tiempo en mi jardín.

Uno a uno, sus pétalos siguen la danza

que tañe el violín

malo del olvido… ¡Oh melodía

que adormeces mi corazón!,

más cerca nos traes con cada día

el presente de la muerte…

 

 

ELEGÍAS DE LOS DÍAS OSCUROS

 

I

 

El retorno de Ulises rememoraba ya

bajo el cobijo de casa, y las quimeras

vencidas por el combate se retiraban

en apresurado tropel. Venía la hora

del bien ganado reposo. Ya el medio día

de aquel tormento de amor, íntimo periplo,

se adelgaza lentamente hacia una puesta

de sol donde la paz es corona de mis sueños.

Los caminos de la mar desde el dintel

son un recuerdo no más. Mi corazón recupera

la certeza del puerto —aquel fijarse

en su paso olvidado, en el misterio

del perennal fluir de toda cosa.

Antes yo era el torrente de aguas locas

que no sabe del descanso sino su ausencia;

ahora soy el espejo en que todas estas nubes

se miran lentamente o se persiguen locas;

pero yo permanezco inmóvil, contemplando

sus frágiles castillos, conociéndolas

en toda su gran fugacidad… ¡Ah, la segura

perennidad de los campos donde fructifican

tanto dolor, tanto gozo, en mieses

que son el sueño vivo de unos ávidos

brazos! ¡Ah la lenta, obstinada melodía

del perfecto cumplir, sin pesadumbres!

Piélago escurridizo, ¿qué cosecha

he levantado de tu seno rumoroso?

Tu delicioso rastro en los ojos sentía

y el cansancio tenaz de esta lucha siempre

a contracorriente, a capricho de la ola.

Ni perlas ni corales fueron el premio

a un amor obstinado; contra las rocas

moría sin remedio mi alegría…

¡Ah pulcra tierra firme del silencio

donde canta un ruiseñor que yo ignoraba!

¡Isla del gran reposo, estrella inmóvil

que me guardas los recuerdos y la esperanza

como un tesoro oculto para ofrendarlo

cuando las luces del alba vuelvan a florecer!

 

 

II

 

Este lento recordar, como de meandro

de ancho río perezoso. Este revivir

bajo el cielo conocido el paso de las nubes

de otro cielo que me fue más caro. Este rosario

de perfumes y sonidos y de roces de ala

señalando mis días con la secreta

claridad de los oráculos que predecían

abierto el mar (el puerto, como un misterio,

permanecía inabordado; en sus brazos

mi reserva de olvido y agua mansa).

Este vivir el hoy como reflejos

de un ayer venturoso cuyo signo fueran

una flor pueril, una pizca de luna,

el canto de un ruiseñor que conjugaba

en su leve campana todo su sueño…

El camino de la muerte, ¿podría ser

este lento recordar como de meandro

de ancho río perezoso?

 

 

III

 

Desmayo de anochecer sobre el agua

dormida del puerto. Las nubes grises

abandonaban la tristeza de sentirse

huérfanas de su rosado botín de ocaso,

sobre el espejo opaco. El ala del sueño

surcaba las trabajadas cubiertas

de un íntimo cansancio. Ya ninguna bandera

ornaba los masteleros y la chatarra

de los botes abandonados eran la muda

llamada de la desesperación. Nuestros pasos

resonaban por el muelle y las palabras

eran el lento suspiro de la nostalgia

de un viaje nunca hecho… Ah, las inútiles

velas del deseo muerto, ¿cómo desplegarlas

al viento que no vendrá para llevarnos

al goce del mar abierto, a la alegría

de las olas batientes, pues los brazos ávidos

de este puerto desolado nos retenían?

 

 

IV

 

El tejido de mis sueños tejía y destejía

—Penélope fiel a una sombra de aquel amor

que fue. Ruidosas resonaban nuevas

voces apremiantes para que la habitación

donde la paciente urdimbre me retenía

fuera dada al olvido. Ruegos y voces airadas

eran inútiles; ya ningún espejismo

volvería a serme engaño ni me seducía

el pensamiento fugaz de un nuevo rostro…

Aquellos anhelos punzantes de juventud,

¡oh mar abierto en torno a mi isla cerrada,

camino real que había de traerme un bello

desconocido!… Ahora sólo imploraba a las olas

el retorno y la certidumbre

de mi sabido amor de cada día.

Pero el mar permanecía sin ninguna vela,

bienvenido anuncio de mi esperanza…

Y ya el tejido inútil de mis sueños

no sabía romper… ¿Cuántas vigilias

en las que la lasitud sería la dueña

de mi huérfano destino, nomás y todavía

me separaban de la grave derrota?

¿De qué loco insensato sería presa

cuando me viese abandonada por mis sueños?

 

 

V

 

Oh lagos de mis recuerdos, aguas profundas

que ya ni me sois espejo ni puedo en vosotras

encontrar un rostro bienamado. La muchedumbre

de las alas os dejaban desiertos; por compañía

el silencio quieto de los árboles despojándose

de sus hojas, lejos en las riberas.

Oh lagos de mi recuerdo: de aquellas horas

de amor dolorido, ¿cuántas, inmóviles

como mármoles sumergidos, en vuestros senos

esperan pacientes que las rescaten?

Bastante que os interrogo y ninguna respuesta

me da el rostro liso de vuestras aguas.

Os di un amor, y avaramente guardais

la prenda; mis manos estrechan aire

helado y vacío… ¡Triste quimera este amor

me fue, puesto que encuentro una sombra!

 

 

VI

 

En un desmayo de rosas muere la tarde

con los suspiros del viento entre las cañas

que recluyen los huertos. El puro silencio

de este morir tranquilo acompaña

los sueños dormidos donde se repone

mi recuerdo dolorido. Sellan sus alas

con su rápido vuelo esta tregua.

Y de este dulce olvidar brota purísima

la plateada canción de una campana.

¡Oh suave silencio! Pero comienzan

a despertar la noche las voces de los sapos,

enfervorecidas flautas amorosas

de un canto nunca acabado. Y tú retornas,

presente amor lejano, y en tus brazos,

deleitoso dolor, me encuentro todavía

prisionera y fiel solamente a una sombra.

 

 

VII

 

Como puerto desconocido del que se ignora

qué hospitalidad ofrecería a nuestro

vagabundeo y de pronto nos espantan

sus brazos abiertos, temor me dabas,

¡oh soledad mía! Tus sombras

me parecían hostiles; te cambiaba

por falsos espejitos de aquellas horas

donde me mentía el sonido de las palabras

absurdamente iguales, donde todos los rostros

no eran más que espejo de la tristeza

de sentirse parejos en la miseria

de estar atados y juntos… Y no encontraba

tu tesoro oculto; cada ruta

que me acercaba a ti me lastimaba,

hasta que me conquistaste. Ahora tus brazos

me llevan firmemente, y descubro tu fluir

de fuente, amorosa voz que me va

dando su canto y todos mis sueños

colorea de nuevo. Tú me ofrendas el silencio

sonoro donde se recupera el suave

respiro aquel del mundo que me rodea.

Y vas haciéndome amiga del misterio

que siento dentro de mí, rosa perfecta

que se está vistiendo: Muerte… ¡Nunca más me dejes,

oh soledad mía!…

 

 

VIII

 

Este grave son de cuerda dolorida

que subraya mi canto, es la prenda

dejada por la muerte para que te recuerde,

amor adolescente. Es tu sombra

que, en la alta soledad de los caminos ásperos,

con brazo acogedor me ofreció

este reposo seguro, oh llama pura

de mi amor pasado, presente todavía

en la sonrisa triste de un mundo que carga

el peso de todos sus muertos en los floreceres

de cada primavera renovada.

Eres mi puerto cerrado donde de mi inútil

navegar proceloso veo la tristeza

y el consuelo… Sombra benigna

que me acompaña el canto temperándolo

con unas notas graves, presérvame los brazos

eternamente abiertos…

 

 

IX

 

El más preciado trofeo que yo tenía

del amoroso combate, tú lo eras

para mí, ¡oh fiel dolor mío! Tu llama

me alumbraba el camino, y las miserias

de un vuelo no alcanzado tú las convertías

en un anhelo más grande que se elevaba

en el viento poderoso de todos los sueños.

Me eras el arma y el escudo; contigo la lucha

se resolvía en canto, embriaguez

de ruiseñor cegado, cantor del alba

que nunca más verá pero que sabe cierta

por su amoroso dolor… Me abandonas ahora,

cuando sólo tú quedabas en el campo inútil

que el amor dejó… ¡Siquiera en la tiniebla

que ha perdido mi recuerdo y mi esperanza

de un nuevo florear del sol, sintiese

los tiránicos y seguros brazos con que me ataste,

oh pretérito dolor, ya inalcanzable!

 

 

X

 

Te di mi canto. Él fue la llama

arrebatada a los dioses en la locura

del amor juvenil. Mis manos se alzaron

con el gesto triunfal que proclamaba

la ofrenda del botín… La ira divina

me hería la voz, y las tinieblas

después del brillante fuego se hundían

en un silencio ciego. Horas amargas

sin resonancia de cantos fueron el castigo

a mi amor por ti que a los dioses mostraba

el orgullo de mi dolor… Se vengaron

los mañosos inmortales con el doble golpe

que hería mi dolor y de mí se llevaba

el resplandor de la canción que fue tuya,

¡oh mi difunto amor!

 

 

XI

 

¡Oscuro destino de esta vida mía que ya dio

su amor y todos sus sueños a los vientos

derrochadores!… Extendidos los brazos,

clamo el advenimiento de un alba nueva,

y a mi alrededor sólo encuentro las cenizas

y silencio de abismo, ¡y están tan altas

las brillantes estrellas!… Ah, ¡cómo quisiera yo

mirarme en unos ojos, ver en ellos la llama

que por todas partes busco! En su piélago

encontraría la muerte, y sería dulce,

¡ah, oscuro destino mío!…

 

 

DE LA MUERTE

 

I

 

Heríame aquel grito

de miles de ojos que sufrían

dentro de unos ojos nomás.

Y mil dolores lloraba

en tan sólo un dolor.

Ya cada muerte en una

sola muerte venía,

toda desesperanza en una

sola desesperación,

y en mi interior el silencio

por el silencio de Dios.

 

II

 

Como un guijarro pulido

por el agua dura y pura

que le quita la aspereza

primitiva de la piedra,

quisiera llegar a Ti

cándidamente desnuda,

probada por el dolor

de aquellos que en mí sufrían,

y sin voluntad,

como la piedra amorosa,

fuese yo suave en Tu mano

reteniéndome benigna.

 

 

HOMENAJE A GABRIEL FERRATER

 

Recuerdo, Gabriel,

aquel dulce atardecer

volviendo de Port-Lligat

hacia fines de septiembre

tú, Roser y yo,

que me conminaste

a recordarlo en verso.

Tú sí que nos diste

como un hito en el camino

tu inolvidable

“Poema inacabado”.

Mi verso no acudía…

Después vino la Muerte,

Gabriel, tan triste,

que nos dejó desolados.

Hoy ha vuelto aquel crepúsculo,

y me ha traído un verso,

ciertamente demasiado pobre…

Está vivo sin embargo su recuerdo,

y el olvido imposible,

Gabriel…