Doce Poetas 1

Orlando Guillén

DOCE POETAS CATALANES

DEL SIGLO XX

 

Guerau de Liost, Josep Carner, Carles Riba, Joan Salvat-Papasseit, J. V. Foix, Pere Quart, Agustí Bartra, Salvador Espriu, Joan Vinyoli, Joan Brossa, Gabriel Ferrater, Vicent Andrés Estellés

 

Con Tres añadiduras

 

Maria-Antònia Salvà,

Clementina Arderiu,

Rosa Leveroni

 

y un APÉNDICE DE VARIA INTENCIÓN

 

Epílogo

de Enric Casasses

 

 Edició bilingüe

Edición bilingüe

                     

 [SEGUNDA EDICIÓN VIRTUAL CORREGIDA Y AUMENTADA, 2019]

 

                                    

 

 

la poesia tot just ha començat

i és plena de virtuts inconegudes

                                                

                                               la poesía apenas acaba de comenzar

                                               y está llena de virtudes desconocidas

Joan Maragall

 

 

 

A LA MEMORIA DE JOAN VINYOLI

 

 

 

Introducción

 

A LAS DONCELLAS DEL AÑO DOS MIL

 

                                                                                                        más que una

‘traducción’, una ‘muestra magnífica

                                                                       de la poesía del siglo XX’

                                                                                                                    Eliot

 

 

Cuando en 1979 conocí a Joan Vinyoli llevaba yo en mano la Antologia general de la poesia catalana de J. M. Castellet y J. Molas. «Para que no pierdas tu tiempo leyendo en vano», me dijo con ágil, expedita cortesía. Y tomando el libro marcó en el índice los doce poetas que ahora dan título a este que va a su memoria.

En la lista no aparece ni una sola mujer.

Tampoco hay muchas en la poesía catalana del siglo XX ni por definición el referente casual tenía por qué incluirlas a todas.

Para mí la presencia de la mujer en esta poesía es estimable y paralelamente fundacional, o más exactamente refundacional. Esto sobre todo en una literatura a esguinces enigmática que carece por razones históricas y políticas de una ‘tradición’, de una herramienta decantada, de un trabajo literario de asentamiento y doma de idioma y cuya lírica naciera entre ungüentos provenzales en las cortes del amor[1].

Hay sueño suegro de Adán en la materia verbal virgen, y peso y reto de refundación.

La mirada de halcón es ave de prisa y caza, pero me parece que los nombres a flor de paloma viñolianos ofrecen un panorama representativo de la poesía escrita en catalán en la reciente centuria difunta. Sin duda es suficiente y digno en su conjunto para representar esa poesía; porque se trata de autores sin los cuales no estaría ella ni en su altura ni en su hondura justas ni en sus diversidades formal y tendencial. En poeta que no es misógino y sí torcido por lo Recto, la tajancia de la producción femínea puede fuera de azar indicar opinión, y en ese caso tendría todo derecho.

Este es el punto para remarcar la peculiar circunstancia en que se da esta selección y el modo en que hoy la asumo. Un vistazo personal, gestual o nervioso más bien cumple a la anecdótica, y así, paradójicamente, no doy a Vinyoli el crédito más que fuera de reclamo por ajeno a su origen: se factura a partir de una nómina accidentalmente presente, y para destinatario cordial: sin más fin que allanarme la aventura poética en patio contiguo, y nunca pensada con ribetes de panorama o antología atentos a la esencia, a la sensibilidad y al gusto extremos[2]. Espontánea: no es más que desprendimiento de espíritu de quien convida en privado a un banquete de vidas y de signos. No hay compromiso ‘público’ en el poeta, y ni a él ni a mí se nos hubiera ocurrido entonces nada símil a este libro improbable y furtivo que el tiempo, el amor y la muerte me impondrían al paso. Restringida y acotada ‘de nación’ no es pues una antología expresa ni menos estricta a obra de Vinyoli sino envío y saludo míos a su recuerdo humano, mero tributo de vida entre mis muertos.

Joan Vinyoli puso en tales condiciones los poetas, y yo el material con que quedan representados. Por eso y por lo expuesto mantengo en el cuerpo principal los autores ‘indiciados’, y acuño con precisión numeral el título de esta obra: Doce poetas catalanes del siglo XX. Son en portada Guerau de Liost, Josep Carner, Carles Riba, Joan Salvat-Papasseit, J.V. Foix, Pere Quart, Agustí Bartra, Salvador Espriu, Joan Vinyoli, Joan Brossa, Gabriel Ferrater y Vicent Andrés Estellés. El racimo prieto de estos doce es panorámico y llena y abraca[3] la poesía catalana de su tiempo en sus vertientes litorales de desarrollo y por sus grandes singularidades; supone asimismo encuentros, desencuentros y búsquedas en el interior y hacia el interexterior: las aguas revueltas, densas de amor y mierda, cruentas, trágicas de la poesía europea donde (en gran trago a salto de mata) se escribe e inserta[4]. Pero ningún panorama (insisto: JV no se propuso eso) en la poesía de lengua alguna es completo sin el aplomo a plomo de la escritura hembra —que a ocasiones paga por todas: inclinaos al paso proevocativo de sor Juana.

Aún cuando el rigor dictara la exclusión, en un verdadero panorama habría que mostrar para demostrar a los ojos mostrencos de todos la objetividad subjetiva de quien prima la razón poecrítica para disensión o goce estético o chasco o plenitud de otros. A eso me ajusto: es derecho del clan al juicio propio; y el aparente daño lo restaño con mis Tres añadiduras. Sé que JV estaría de acuerdo conmigo en esto, pero no si como Espriu (lo que me fue exultante saber después) reuniría las mismas autoras que yo: «Rosa Leveroni es la más auténtica y depurada voz lírica femenina de la generación a la cual [] pertenezco []; la única digna de ser comparada con las nobilísimas de Maria-Antònia [Salvà] y Clementina [Arderiu[5]. Mis Añadiduras prestan, por la vía versaria y pirata (trovadora de veras), aroma al título danzón dedicado de esta Introducción: es verso de Maria-Antònia localizable en la Ñapa y albur en sombra al cual me arrimo.

Ni comparto ni he compartido el ánimo que anima los usos y costumbres de los antólogos usuarios. Por el contrario, más de una vez he sido víctima de su arrebatinga fragmentista, oscurecedora y fraudulenta. A este volumen la calidad monumental le viene en principio de la decisión de representar a los poetas por libros enteros. No podía ser distinto. A ratos una edad, otros su culmen, un libro siempre representa la lírica de un poeta, aún siendo ese libro de iniciación. Un libro de poesía es unitario incluso por sus partes, porque responde a estados de espíritu irreparables, y coge y captura tiempo con la mano desasida del verso. Ello exime ‘razones’ para la presencia de uno u otro títulos. Los libros de poesía se recomiendan por serlo.

Para mis Añadiduras contradictoriamente el criterio pareciera ser otro. Mas: no me propuse representar por absoluto en el caso sino mostrar y dar así mayor ‘integridad’ a un panorama poético inopinado, subrepticio y trunco con una noticia amplia de obra. Son nomás florezuelas fieras de emoción dispersa, pero estoy seguro que llamarán a algunos al perfume corolario de los libros de estas mujeres como mar.

El crecimiento al impulso del trabajo impuso sobre el monstruo de 12 más 3 cabezas resultante el Apéndice de varia intención, corona referencial poética y crítica.

Puntal puntual que sustenta también la condición panorámica de este libro, revierte autosuficiente —por lo menos en la medida de mi inmersión en la poesía catalana del XX que no termina de estirar todavía la pata inmortal, y que comparto a los 4 vientos poéticos con la certidumbre de un paquete textual si no exhaustivo sí indispensable para la caudal comprensión de aquella, y de encaminar la curiosidad intelectual «forastera»[6] a ensanchar por otras vías este intento que en más de un sentido se queda corto. Este libro está acabado ya. Este libro es libro abierto. Mi lectura de esta poesía sigue en movimiento.

 

 

Manazo de ala de ideas y en balcón plural a su figura, Guerau de Liost (de quien no di más que La ciudad de marfil), se ve rodeado por La montaña de amatistas (en forma del prólogo satánico escrito a ese libro suyo por Eugeni d’Ors), y en sus propios Sueños por el Soneto a ellos alusivo de Carner. Tierna, ingenua, implacable y perversa amistad: «Sin tu grata compañía/ sería enojosa la inmortalidad».

Llegó tarde y caminó pronto Nabí, libro con el cual también me hubiera gustado representar a Josep Carner. En su lugar en el Apéndice arrejunto material de ojo de agua diversa para servir al conocimiento de su ser intelectual complejo e itinerante. Allí se verá la huella de la antigua poesía naua a su paso de espíritu.

Doy las Versiones de Hölderlin, de Carles Riba, con el Prefacio naturalmente posterior y ya inseparable de Ferrater. Repito para precisar: no digo que doy Hölderlin ni podría ni soy quién para juzgar en esto a Riba: ignoro por lo redondo el alemán. Doy el Hölderlin de las Versiones de Riba. De la dignidad de ellas no deja duda la lectura de Gabriel Ferrater; y aporta servicio digamos de restauración que si se sigue es iluminante, esclarecedor. Hay razones en el trazo de estilo de Riba, pero si no las hubiera la razón histórica sería suficiente: Hölderlin entra por esta hendidura a la poesía catalana. Allí lo conoce entre otros Vinyoli. Del Prefacio: «Basta pensar en la obra de Joan Vinyoli para ver que Hölderlin ha contado (y ha contado con ‘pureza’, tal como a Riba le agradaba decir)».

Nada es mezquino y otros poemas, su concepto del poema y un autorretrato alcanzan a definir mejor en este libro la personalidad esquiva de Salvat-Papasseit, poeta del amor adolescente que enamoró muerte florida.

J.V. Foix cree escribir verso cuando escribe prosa[7]. Por eso escribe prosa cuando escribe verso. ¿Hay tal lugar? El límite limita de sí consigo. ¿Es la prosa real y arreal el verso? Por eso y por otras cosas lo doy en prosa en el cuerpo principal y en verso en el Apéndice; y en ambos: textos más o menos teóricos que entrambos pintan raya de arte poética.

La frontera es ilusoria.

Ritmo puro.

Maravilla sórdida.

Pero es: sucede en una escritura de imágenes y sueños dentro de una realidad lo mismo patente que arreal; arte y vida: opuestos simultáneos besándose los cráneos: disruptura de la ilusión como migración deslumbrante a lo cotidiano en ejercicio. Frontera tenue por abolición del límite realarreal. El prodigio como lo ordinario. Es dimensión de la vida vivida y la intensidad puesta en ello al sueño de vivirla. Una medida de gracia como la infancia o la poesía como celebración, como loanza. A su alrededor atónitos, perplejos estallan otros muertos: burbujas de dinamita de sueño que no llueve paraguas. La frontera es música de alientos y música de densidades; y tiempo y movimiento alternos al vuelo y al peso conceptual, de modo que se tocan en fruta de anhelo y renacimiento. La frontera entre verso y prosa es espacio danzante de la vida, del amor, del sueño y de la muerte. Todo transcurre en el tiempo y la espesura de su bosque es música encinta de imaginación voladora. Lo de adentro y la unidad de intensidades convergen con lo de afuera. La poesía vive allí. La poesía vive en la prosa y en el verso, y es ubicua en la frontera. Al verso y a la prosa los separa lo que los une: la música, y la entidad de los bloques de sentido. Vivir poesía es vivir frontera: los de Foix son sueños con vida y muerte corporales.

Hoy jueves que proso estos versos con mano de Vallejo, Foix firma con la propia: la frontera es espacio compartido; separado y estanco; el lugar en movimiento, la activa contemplación; y tan campantes cada quien su cacho de humanidad, su sombrerazo de nube. Así el minuto de obra, el saco audible del espanto, la consumación del crimen de la especie. ¡Foix versa la prosa y prosa el verso, y el beso es mutuo, y hay y no hay lugar a confundirlos! ¡Foix que hiciste catalán el lírico verso de Bernat de Ventadorn![8]

Pere Quart dispone de vacaciones pagadas en el infierno. En otro lugar pero en el mismo Vicent Andrés Estellés atiza con los mejores versos de la lengua catalana el fuego gran enano amarillo de los rastrojos o del pajonal de los maizales. Ándanse en caliente: ríase la gente.

Doy Quetzalcóatl de Agustí Bartra con apego al texto catalán, mas sigo el criterio (testamental por último) expreso en el prólogo a su antología personal La luz en el yunque (editada en México). Allí no lo entrega completo pero con cursiva suya lo considera entero «en tanto que lo excluido no era imprescindible para que no se hundieran las estructuras de su desarrollo épico»[9]. Tal cual. Doy en cambio la totalidad de las notas autorales al poema para mantener en obsequio de quienes leen el hilo argumental general, y porque aquí si que nadie mejor que el poeta para dirimir los extremos de espíritu de su obra. Se trata de una recreación del poderoso mito de Quetzalcóatl, Serpiente Hermosa, que reafirma la presencia del motivo antiguo mexicano en la poesía en catalán del siglo XX[10].

Agustí Bartra irrumpe con proyecto propio en sentido distante en el oleaje épico-celebratorio ambiente entonces en ciertas zonas de la poesía europea, cuyo aliento versicular prestigia en francés Saint-John Perse con viento caribe, y cuya lógica interna solventa Bartra y desenvuelve en grandes vuelcos de ala de prosa rítmica sobre el verso catalán (en andanza muy otra pero ambas expansivas a las andanzas foixianas) no sólo en este poema sino en su lira épica. En Quetzalcóatl es rasgo de estilo y pieza estructural.

Las variantes advertibles al cotejo proceden del texto castellano de Bartra, y se han incorporado con pertinencia tipográfica y de manera natural: son el coro de las doncellas y las ‘negritas’. Era esencial mantener como base el texto catalán para sustraerse a la manía bartriana de modificar sus escritos cada vez que los tocaba[11]. Me limité pues a ‘fijar’ el texto frente al ‘otro’ castellano. Doy mi versión y no la de Bartra por lo dicho, y porque este es un libro de versiones mías.

Agustí me dispensó en Terrassa trato de generosidad y afecto. Tengo la mayor deuda con él (aquella que es de suyo impagable), por haberme hecho conocer a Paco Seguí, hermano determinante de vida y poesía. Desde la calavera incólume de estos dos difuntos poéticos, dejo al paño de los imbéciles pretensas ‘comparaciones’, ‘arbitrariedades’ o fantasmagóricas ‘soberbias’. Estrictamente, con algún método y con toda la fidelidad posible, mi versión se adecúa a modalidades especiales de un autor.

Muy pronto en mis relaciones con la poesía catalana traduje La pell de brau (La piel de toro) de Salvador Espriu: hacia 1978-79, y la publiqué en 1980 en México[12]. Bolaño la encontró entonces ‘curiosa’ en Barcelona, y yo, ahora, en Las Flores de Uxmal: eso; e insuficiente y apresurada. Me movían móviles prácticos y no sólo poéticos de aprendizaje y dominio de una lengua emergente que se me aparecía fascinante, lúdica y melodial entre las del tronco romancero; si es que estos móviles son separables de la poesía. Oprime timbre ocre y tañe bronce mano de plata en resonancia. Con Espriu aprendí un catalán adusto, fino, de suaves ritmos a la flor del viento, y conocí a un espíritu severo a la devastación, sombrío, cabal temblante en el fondo del ojo negro vivo a gritos del espanto. Cíclope o Testigo, augur de graves ecos en el hueco de lo presente que es presagio de pasado y pico de pato de futuro; desolado de toda esperanza: terriblemente, por asunción de la indefensión cósmica humana; y sospechoso del valor ‘real’ del ejercicio (más valdría ciego en el sentido de fatal) de los inciertos ‘poderes’ del poeta, Espriu es autor no obstante floreciente de una poesía de conciencia e indignación frente a la guerra y la opresión satrápica en cuyo eje lírico gira siempre la muerte[13]. En este libro está señalado por Final del laberinto en el piso principal, y en el entresuelo por Semana Santa. En muestra varia y funcional desparramo su contribución crítica.

Y por lo que me toca: de mi suerte postrera da cuenta hoy este animal que se comba en arco de apabulladuras de vida de poesía.

Joan Vinyoli es el único autor a quien represento por tres libros: Viento de cobre en la proa; en la contraparte, Todo es ahora, y nada también, y Dominio mágico.

Todo es ahora, y nada también es delantero en el orden existencial.

Viento de cobre baja al centro del camposanto.

Dominio mágico es jugada de mar.

Dominio mágico es una isla encantada de la vida celebrante a las puertas de la muerte. Es embeleso ritual, y Próspero acata a Miranda.

Sabiduría de celebración de vida sobre muerte.

La lira es genio del aire. Lira trágica y sagrada como la canción de Ariel.

Shakespeare está hecho de la misma materia que Trínculo.

Ha sucedido un universo.

Poesía y muerte al alcance de la mano son cosa rica y rara.

Calibán sortea entre las aguas el epitafio rugiente de vida de la carne muerta. Doy con su prólogo a Lo callado la poética de JV.

Espriu y Martí i Pol, cada quien por su seña y en su tiempo (1965, y 1979), leen con perspectiva por el ojo de buey de la agudeza la obra viñoliana, y con pasión proclive como la mía la siguen por sus contenidos estético y de espíritu con signo de iluminación. Son cuchillas críticas diferentes referenciales necesarias, como atañe a lectura de poetas.

La poesía no es cantidad.

Este seguimiento debe estimarse normal en un volumen a la memoria de Vinyoli.

En la poesía de Joan Brossa por realismo metafísico que ahora entra abrupta y en plena marejada, «Es alto el arbusto que extiende sus ramas;/ En el verano y en el invierno siempre verdea:/ Pasado, presente, futuro son sus raíces;/ Sus frutos: nosotros». La fácil apariencia de un estilo resuelto por el accidente, el giro, el hallazgo: mas la sorpresa manjar de originales monda condición humana y recorta imágenes como sigilos de vida o muerte o sueño. Esta parodia de la paradoja abstracta o modo de ser en el absurdo que ya es lugar pero más el vacío, recluta por eficacia lengua como gota de sangre en vaso de leche que se alza para beber y se advierte sin asco ante el prodigio plástico el tulipán viscoso mas con asco de la vida: lengua de payaso: larga, afiluda, veraz, concertista y asesina. «¡Soledad que me espanta de los bosques que me envuelven!/ Oscuramente se tambalean las antenas de mis versos:/ Dentro de mí las murallas, amarillas de oro al rayar el alba,/ Desborda el océano». En verdad el lenguaje de Brossa no es desconcertante; es extravagante, como si fuera el que hablaran figuras de la baraja o personas de plata o mármol. «La flecha acierta su blanco. Tuerzo el gesto./ A lo lejos retruena el trueno de la montaña./ ¿Has visto caer un pájaro mientras volaba,/ Alma mía?».

No hablan fríamente más que por razones pasionales las estatuas. «Amor ataca los cuerpos a estocadas». Es lenguaje de sueño. Más bien Brossa se vale de elementos de desconcierto, y por principio de incertidumbre recurre al Caos como instrumento a tumbos de exploración y conocimiento. «Barracas junto al camino, ¿y estos coches?/ ¿Qué significa una nación? Paran./ La tierra está llena de eso. Total:/ Dos damas de honor».

Sin recargo a la vibra y al eco vocinantes (de voz no de bocina pero de igual brillo instrumental), el lenguaje de Brossa experimenta también por exceso desdoblamientos que le son propios y súbitos, y así por muestra en el poema que incluyo con otras intensidades en el Apéndice impacta a golpe de magia empática con Gómez de la Serna en el lacónico genio facundo de la greguería: «Si fueras una flor nunca te apagarías»… La estatua de cera de Hamlet frente a la cuarta Ofelia[14] derramándose en la marejada de los ojos de agua: «¡Qué peso las horas! Los latidos. Penumbra./ ¿Cavamos la tierra con un puñal? Detente./ No se cierra la herida. ¡Cómo te flota/ La cabellera!».

La poesía de Gabriel Ferrater presenta características que la sitúan agitándose en la convulsa víscera del riesgo. Frente a la masa amorfa empero formidable de una generación que se conforma y repliégase y procrea y educa y fomenta otra nacida para la resignación, esta poesía cuenta dentro de aquella que acosa y pone sitio al miedo.

No son muchos en España los poetas que pisotean y pasan por encima de esa gran plasta que se conoce como la posguerra, pero menos desde las lenguas minoritarias —y no nomás por razones matemáticas puras. Está presente el fulgor astroso Unograndelibre del franquismo.

No es un mérito que la obra de Virginia Woolf esté en inglés o la de Quevedo en castellano; tampoco que la de Ferrater esté en catalán. Pero en el caso es significativo: así lo dicta la dictadura de la circunstancia. Mas es fuera de ella que me importa su travesía. Desde luego y como toda obra poética verdadera esta pertenece irreductiblemente a la lengua en que fue creada, y es desde ahí que se amplía o yergue y hace dimanar su proyección humana.

Esta poesía es pus de una llaga vulnerada. Una gran sombra blanca, el guiño de un cadáver que se despereza y vagamente resucita, un vaho de espejos o pañuelos más la sagaz sin proponérselo muerte del poeta en plena madurez de arte le confieren el símil decapitado de una amarga melodía inconclusa[15].

Represento a Gabriel Ferrater por Teoría de los cuerpos y Chúpate el dedo grande[16]. Su ocupación crítica aparece dispersa por sus asuntos.

Enric Casasses (mi inmejorable amigo, poeta y consultor en catalán a lo largo de este esfuerzo), se involucró de tal manera en el volumen que acabó firmándolo conmigo.

Multé en efectivo su pasión y entrega poéticas invitándolo a escribir el Epílogo. Allí ubica la poesía catalana del siglo XX en su propio contexto y en general en el de la poesía europea.

Tal la estructura de Doce poetas catalanes del siglo XX, con Tres añadiduras, versiones, Introducción y notas mías, un Apéndice de varia intención y un Epílogo de Enric Casasses.

 

 

La poesía se basta a sí misma como misterio y como expresión de misterio.

Brizna de Atlántida, la condición originaria de la poesía es dual. Memoria, anhelo y sombra remota de integridad por absoluto: El Señor/La Señora teocosmogónico naua; la pareja en Uno resonante en Platón.

La poesía revela relaciones que no corresponden a la razón y a la lógica formales. Las percibe con su ojo balcón de sombra de luz y las hace patentes como unidades autónomas de vida de espíritu (con frecuencia incluso para el poeta[17]); muñón de llama que todavía podemos avivar de alguna forma (perdida en los tiempos aquellos de la inocencia real y la culpa en chinga por acontecer) de coger y definir la realidad y desdoblarla desdoblándonos; y sacudirla con algo y para algo de miedo y humanidad.

Tiempo ocupado.

Tiempo ‘histórico’: tiempo culpable.

La poesía es conciencia de incompletud con que el amor vence a la muerte: triunfo enamorado del minuto, y su cogedura; surtidor de angustia, de soledad y de conocimiento; de paradójica compañía.

La poesía ‘nombra’.

Metáfora original en el tiempo renovable.

El alma es un misterio de la memoria.

La poesía por su esencia en el tiempo fecunda de infinito el río de los desdoblamientos.

El almacén de los despojos vivos de los muertos.

El lenguaje poético juega con dados cargados en la mesa memorial de la especie, y en la conciencia de ser individual del creador. La protagonía lírica es la canción humana reducida a la cabeza ‘libre’ que la tañe como quien sabe lo que son sus alas al límite en el límite dado de una experiencia de vida —como todas, antes y después del clon, única e irrepetible.

Los poemas son estructuras verbales vivas por las alianzas y abrrupturas discontinuas de la psique y la razón; por el beso a gatas de la emoción a la intención, y por la pureza (virginal y por lo mismo impura, tal el oro en las montañas de Díaz Mirón[18]) del sentimiento, del pensamiento, ¡y de la razón!, como la poesía en la edad renegada de este poeta como yo jarocho. Instrumento de conocimiento y de huelleo alógico y arracional pero hijo igual y al servicio de la inteligencia y la sensibilidad humanas, el lenguaje de la poesía no se reduce a ser la expresión sentimental (¿el sentimiento piensa?) de lo bello y lo terrible y lo verdadero: es al mismo tiempo amor que nada puede contra la muerte, y amor que triunfa de ella (en el sentido de trascenderla, ‘poder’ equívoco de la poesía), y aún polvo enamorado.

Pasta humana.

Respuesta de espíritu a la muerte.

Pero el poeta se despliega con todos sus ‘poderes’ intelectuales y paralelos, y utiliza la palabra, que ya viene parida de la frente poeta del clan, y se expresa y nos expresa.

El lenguaje de la poesía es bifrente y bicierto: animal de dos espaldas vivencial y videncial. A esta maragalliana ‘virtud desconocida’ otros la llaman ambigüedad. Espriu: “quizá toda poesía es, además de ambigua y dialéctica, circunstancial”[19].

Así pues traducir poesía es traducir vida, imagen. Aliento, símbolo, pausa, tono, sensación, expresión, sintaxis como concepción de mundo y de pensamiento, impresión, acecho, curva de flor de psique, ritmo, sentido, secuencia, humedad y luz. Tiempo, espacio, globo de sol y cielo, aire, fuego, sombra, amor y música frente a la muerte…

Por cuanto los elementos de la poesía tienden a ser simultáneamente propios de una lengua e intraductibles y categorías de ser poético universal, procedo en general a partir del mantenimiento de los estilos que corresponden al modo de ser poeta de cada quién, con recurso a unidades poéticas de equivalencia rítmica y no métrica y densidad absoluta de contenidos, y con ajuste de lenguaje preciso emocionalmente vivo sólo en los términos reales del original. Hablo del intento. Hablar del logro no es asunto mío[20].

Este motivo ‘funcional’ manifiesto casi siempre en verso libre relega a algo más que asomar la cabecita a la literalidad y a la rima en sazón de fidelidad y ritmo. Ello es apreciable a lo largo de todo este volumen. En cuanto a peculiaridades espirituales a cada lengua inefables, me son bastantes a ilustrarme dos ejemplos aquí aplicados: 1) traducido literalmente como Cómete una pierna, ese título de Ferrater declina el encanto de su referencia poética y lingüística infantil en el sinsentido entre nosotros. La consoasonancia de los vocablos mama (mamá), cama (pierna), y gana (hambre), es el hueso de ser intraductible catalán que mantiene el hecho de que popularmente las madres de ese idioma contesten por evasiva, pero «en verso» a los famélicos hijos suplicantes; otro tanto sucede en castellano con la mera asonancia ‘hambre’/ ‘grande’ que abona rima generatriz a la repuesta de estas madres idiomáticas igualmente intraductible y propia pero equiválida: «¡Chúpate el dedo grande!»; 2) doy El cor quiet (literalmente: El corazón quietotranquilo; sosegado) de Josep Carner por su verdadero alcance de espíritu: Serenidad o El corazón en calma; y dejo así al corazón ampáyer de quienes leen arbitrar el turno de Nervo o de Neruda en la lomita de las responsabilidades, sobre todo viendo que yo no tengo preferencia por ninguna de las flores.

El gallo de la veleta del poema «La ganancia» viñólico en Viento de cobre, virtual en el original y expreso en mi versión, viene cantando del gallinero memorioso de una conversación con el autor.

La música de lengua alguna es traductible a otra, única y universal como ella misma. La traducción de poesía recrea atmósfera; pero acaece y crea música. Fondo y forma no son separables sino simultáneos: Tot és ara i res[21].

La traducción de poesía sólo es confiable cuando es acometida por poetas. El fracaso de los profesores y de los papanatas en los brazos estancos de mar de la bibliografía, confirma.

 

 

Marfil de mármol y oro el rebrote de la flor húmeda revira impulso de celebración cuando Guerau de Liost en el sueño en que nacieron las rondas infantiles abre el Pórtico de La ciudad de marfil con viento de mar manso sobre el casco espiritual urbano de Barcelona y a un tiempo sobre su hirsuto caos doméstico vital en el azul de un día sólido y esplendente que muere.

Viento de mar y movimiento de oda.

En tal azul encantado las cúpulas de la ciudad se irisan, y, con plasticidad y ritmo desenvolventes como las sábanas mismas de cielo y mar, al reflejarse limpias en la turgente marejada por el torso adolescente de las olas serpentean.

La bella ciudad de marfil está hecha de mármol y oro.

La contradicción abstracta unidad petálica en sombra y sangre de su propia corola y se ofrenda aparencial y resurrecta en entidad constatable de vida secreta y sensible: «Tu marfil tiene la gracia de un mármol constelado/ de auríficos polvillos, como la carne de un niño tiernito».

El marfil reviste la coloratura profunda de lo ideal: el circuito interior; la ciudad que vive en él y en la cual vive el poeta. Reluciente y fríamente apasionada en cambio la bella ciudad de mármol del mundo exterior sólo termina por ser aurífica y así perfecta dentro de una mirada de amor: la exaltada que la canta o loa. Erigida en orden al esmero, la ciudad se purifica en su vivir magnánimo y cruento, pero no lo trasciende como sí su ocupación espiritual de identidad humana en comunidad de lengua y costumbres. Por eso con certeza de permanencia y pertenencia renovables en la medida clánica, el poeta proclama que por sobre la frágil grandeza de este mundo la ciudad empuñará la palma del recto juicio[22], que es inmortal.

Resuelta en oda su esencia espiritual, esta joya sustantiva verbal y musical estremecida de auríficos polvillos en mano trabajada de artífice y de esteta es solitaria, no ajena. En contradanza, la poesía es arte de no escribir lo innecesario: el «Romance primicerio de la ciudad de Barcelona»[23] es banal, y sería indigno de Guerau si al final del ‘Envío’ con que cierra el poema (una rogativa a santa Eulalia [nombre de diferentes santas cristianas de los primeros siglos, y especialmente de la que fue martirizada por Daciano en Barcelona, según el diccionario Moll], para que limpie la ciudad de blasfemia y envidia), no sacudiera su plegaria este súbito epigrama vindicatorio de la razón como atributo de poder de la poesía: «Hacedla planear generosa,/ que la han loado los poetas».

La pura laudanza de los poetas es razón de absoluto. Quina gaubança!

Mas desde la austeridad augusta del ideal, rambla que se bifurca abajo y como afrontando con ella el choque del bullicio citadino que comienza una mujer, una devota sale de Belén.

Atraído por su encanto y movido por el deseo de despejar su enigma, el poeta la sigue.

A partir de este momento una historia de amor lo será de vida.

Ilesa por el tronco de la continuidad, esta poesía plástica y descriptiva resulta crítica y simbólica. Para alcanzar el temblor coherente del relato no se vale sino de mínimas ‘líneas de síntesis’ por cuanto Liost pasea por la ciudad como si paseara por la vida.

Tras el seguimiento furtivo de la desconocida y ya en el Paseo de Gracia, clama en vano de las mujeres liberación de este mal de amor nacido bajo el aire matinero. Porque ‘románticamente’ el poeta sirve al amor de una dama muerta. Sólo obtiene la calma con el recuerdo de la Amada Inmóvil, evocación que es celebración y elegía: «Desde el cielo tu faz se inclina,/ y debes verme, pues está todo azul el cielo».

Mas la viva vence a la muerta como yerba sobre las tumbas.

El propósito de amor contra la muerte: «y yo te conocería/ en la virtud, en el vicio./ La muerte que todo muda/ no atravesaría mi escudo»; la ubicación, fruto del seguimiento: «Retraída vive la graciosa dama/ junto al puerto»; el elogio de las manos y el deseo de besarlas: «Ah ¡cómo degustaría/ la salpicadura de ambrosía/ del más pequeño hoyuelo!»; la cobertura de lo que el poeta espera de la mujer además de su belleza y su ‘gracia’: «eres la doncella de los treinta años» (o sea: la virginidad), son hitos suficientes a contar una historia que, evidentemente, los poemas mismos como instrumento de seducción puestos en manos de la musa ataron, y que remata en nupcias el engarce:

Porque su espíritu no vuela recorriéndote,

mi llama interna va quemándose sola,

hasta que de golpe trastornando el pecho,

 

con estirón nupcial alcanza

tu nieve, sobrecogida y casta,

bajo los encajes y el damasco del tálamo.

Roto entre las piernas el secreto, lo demás es ‘Tedio’, vida de marido y mujer; ella juega allí con naipe sometido: desaparece de escena tragada por el hogar y la servidumbre: «En lo que beso ahora tu cabello suelto/ la amiga pierdo que en el seso llevaba./ Pareces, en lo que, ahora recostada te beso,/ la eterna mujer impersonal, esclava». La amada muerta tampoco hubiera aparecido diferente.

Los y las feministas pueden tomar la foto misógina del autor. Basta que se carguen al ángulo obtuso de los poemas citados desde la aparición de la mujer, al «Romance del gozo de tener hermana», al ‘revelado’ de los medallones «Egregia pecadora», «Venus de arrabal» e incluso «Óvalo» y, en final finish entre el costumbrismo y el agravio, al cadente «Romance de Carmelita la costurera». Yo creo sencillamente que Guerau con la acrítica que conlleva la fe comparte la católica convicción de un supuesto orden natural de las cosas que no será él quien altere, ponga en duda o desvíe —y menos cuando la mujer es convicta otro tanto de lo mismo. Va la contundencia cándida ante los durmientes de la segunda «Paternidad»: «Ella está en medio como alta cumbre,/ dulce elevación de suaves regiones,/ y como un árbol su caída de brazos/ guarece a cada niño de su propio temblor»; «A los tres los beso y a hurtadillas paso/ y de paso miro aquel esplendor/ como el campesino que admira su cosecha/ y da gracias a Dios que es abundante».

El brinco de poeta enamorado del recuerdo de una muerta a marido un tanto cínico y orgulloso padre de familia, colma un vaso del día poético catalán con gota de inversión y degradación de los prestigios temáticos románticos (acuse de lejanía frente a los restos todavía humeantes del potente romanticismo tardío de Joan Maragall[24]), faculta línea simbólica y ubica La ciudad de marfil dentro de preocupaciones europeas más estrictamente contemporáneas: la afirmación de ser individual civil ante el avasalle ‘unanimista’[25] y uniformador de las grandes concentraciones urbanas crecientes.

 

 

La sobria humanidad de toda indagación abstracta tiembla en títulos concretos de miedo y densidad especulatoria en la nada en la noche como ser viviente de la poesía de Josep Carner.

La estructura clásica plataformal de lanzamiento del anzuelo poético carneriano a las honduras de la noche terrenal, cósmica y humana es quijotesca plata formal[26]: su rastreo furtivo heterodoxo al reto de la noche y su videncia poéticos se presentan como obra de sueño, de fiebre, de locura y de miedo a lo desconocido como reclamo de la oscuridad; su (‘recto’) juicio católico se ha descarriado de grey, extraviado por la ramal torcida de la poesía («¿Es acaso la locura que me cerca?/ ¿Qué instinto grosero se enciende en mí?/ Mi idea farfulla, silabea,/ y no se alcanza a expresar»; «¿Me inspira el aliento de una raza oculta?»; «Mi pensamiento, ¿quién me lo descarrió?»). No pues por senda recta sino por caprichos sinuosos y empinados de la sombra de ser que incumbe a la poesía entra en la región negra airosa al vuelo libre y creador del espíritu, herejía más allá del credo y su respuesta. Su elección no anula la fe (in)conciente sino deslinda muerto al ‘delito’ y al llanto déjale su velo. Su obra de espíritu será por esto por hecho de locura, sueño, fiebre, descarrío ante el Guiador que lleva la antorcha de frente bajo tierra —Aquel a quien se sigue con ceguera con premio de vida entre los muertos catacúmbica: «seguirte y no saber,/ tenerte y no mirar»; y como el gentleman de la Triste Figura recobrará el (‘recto’) juicio en la fe ‘segura’, la ‘verdadera’ que profesa y lo menea.

Mientras El Andante hace camino al andar en reversa hacia la cordura para morir tranquilo, el poeta sustenta vida temblorosa en serena podredumbre y a obra de miedo el ejercicio especular de la duda con la lengua de la poesía, piedra de absoluto. Así reafirma la fe que salva y la ilusión transfísica de la carne en la ilusión tiempal en que cree: la eternidad (utopía del tiempo mismo; inmortalidad del tiempo universal y mortal). La sensatez retacha con la ‘presencia’ crística, imagen antropomórfica filial de Dios según su fe: último modelo de imitación humana según El Matador Kempis y sus asiduos en las tribunas, y cordial ubicua y escurridiza según Carner («Otras veces debes haber venido/ por vía nunca vigilada»; «Y no te hemos visto cuando tan sediento estabas/ de una palabra amiga»), que brinda protección y consuelo al sinsentido: «La sombra invisible de Jesús que pasa// me ve, bajando del monte donde ha velado,/ y despierta mi alma adormecida/ como el agua que con repentina aviada/ borbota dentro de un pozo abandonado».

Mas en los extremos de vida el sentido trascendente de la muerte se imprime sello en la vida misma (concreta en su pura abstracción) de la noche como ser: lo indagado indagándose («Hiérete a ti misma entonces,/ saeta de ti, solamente de ti»); la mano del indagador que coge lo inasido siendo inasible («¿Qué equívoco presente traes contigo?/ ¿Paz al infierno o angustia al paraíso?»); la naturaleza de lo prensil allí donde no hay agarraderas, y sin vértigo («Tu luz, oh estrella, desesperada clama»; «En mi pequeño cuarto me siento un tanto amedrentado/ viendo con cuánta furia te alimentas de infinito»); la vida y la voluntad de vida de los seres y las cosas incluso pugnantes a eternidad en la quietud, en la palpitación y en la sorda latencia: 1) «Ángeles, tal vez, rosas del Elíseo/ deshojan rozando nuestro oído mermado,/ o brotan de las cosas voces de parentesco/ que temblando reclaman un espíritu»; 2) «Como melodía tenue en la flauta/ la savia se impacienta en el ligero ramaje»; 3) «El sereno ablanda la podredumbre/ y en la oscuridad sin estrellas agita/ a los insectos que buscan a la ventura/ sus bodas escondidas y crueles»; y 4) «Frente a mí/ se remueven las máscaras primitivas/ de tanto ser pugnando por ser dios».

Entonces pues en los extremos de vida el sentido trascendente de la muerte se expresa en la vida misma (concreta en su abstracción) de la noche como ser: lo indagado indagándose; la mano del indagador que coge lo inasido siendo inasible; la naturaleza de lo prensil allí donde no hay agarraderas; la vida y la voluntad de vida de los seres y las cosas incluso pugnantes a eternidad en la quietud, en la palpitación y en la sorda latencia.

La oscuridad es de por sí punta en que se topan los misterios. La oscuridad es densa y sagrada. De hecho se entra en ella en acudimiento al llamado de su insinuación y con miedo de profanarla; su condición viviente como la muerte es un misterio en el cosmos penetrado por otro en libertad y búsqueda de ser en completud: la poesía.

La poesía es riesgo como vida que es, pero esta poesía lo corre desfiladero nocturno viento adentro con la ceguera estricta de la orientación, y su vívida saeta estelar en flor de bumerang suicida impacta en vuelo el blanco de sí misma; realidad y fuente de su propia realidad indagatoria y autoindagante pues, misterio de ave de mar sideral, se desvanece en súbita cicatriz de poema que preso de horror se precipita en el fondo del mar terrestre. Cicatriz abierta en el tiempo en movimiento por la luz en movimiento en el tiempo y en la noche mortales: quemadura sonda en el misterio de ser. «¿Eres augurio de alarma?/ ¿Sientes que retiembla el mundo o el firmamento?»; «¿Meditas, único rebelde en todo el cielo,/ la amargura alta de un destino preclaro [?]»; «Ese rumor que flota como muerto,/ ¿es el pisoteo del pasado o del futuro?/ ¿Son los difuntos que mendigan a la vida/ o los vivos venideros que llaman a la puerta del deseo?».

La oscuridad y la luz se paren mutuos y sus conceptos no son amor desligados. En el cuerpecito oprimido por las rosas de la fiebre de Carner antes de Cristo hay brote propio, autónomo como poesía libre no del miedo sino en él agitándose, espeso de angustia humana y masas de sueño en plena metamorfosis escindiéndose. Es voluntad en libertad creadora; seguimiento vivo de lo vivo animal sensible arracional y de lo transhumano y metanimal: lo ‘otro’ vivo en los signos mortales de la noche total; los concertantes páramos de sueño y muerte afirmanegadores de cosmos e infinito. «¿Eres precursor de los días de esperanza/ en busca de un cielo desconocido en los abismos/ o el primer fugitivo, ya casi sin aliento,/ de un ejército vencido?». Vida de entraña cósmica socavándose. Zanjón supra e infrarreal de metavida en el vacío oscuro trascendido y revelado. En cambio, la muerte, que se pasea frente al balcón como un amante enamorado y trae en fina serenata flautas de angustia y violines de miedo, no atemoriza más al poeta una vez instalado en su nube cristiana. Así, los motivos del miedo humano móviles libertarios en plena indagación («La ronca voz se me coagula en la garganta/ y caigo, parapetado sobre mi rodilla./ ¿Es la noche misma que sobre mí se abalanza? / Y mi propio coágulo quiere dar un salto atrás») ofician también ‘El sueño de la separación’ tal vía de conocimiento enigmático y simbólico.

A partir de la ‘culpa original’, el ser dual o la dualidad de ser o incluso la propia poesía El sueño de la separación admite otras lecturas. Ofrezco esta: la materia del poema es alegoría de adulterio y absolución en la forma del amor humano frente al divino.

Esta pareja en el sueño vagamente se conoce.

¿Por la carne?:

  • el hombre: titubeante, confuso al reclamo, al mandato; de bruces como un jabalí herido («¿Quién será?»; «¿Por qué me pide/ que me esconda?»; «¿Qué es lo que hemos hecho?»);
  • la mujer: ‘mi vecina’, ‘casi a punto de llorar’; de ‘temblorosos pies cansados’ y emisora de ‘sollozos de espanto’ delatores de la ‘guarida secreta’ en que yacen.

La aparición ‘vengadora’ de la reina desnuda «en medio de un gran charco de luz,/ y dos rubicundos donceles, cada uno con su antorcha/ y ambos a sus órdenes», y que implacablemente a uno de ellos mandará: «¡Sepáralos!», indicaría separación de amantes ‘conocidos’ por la carne y ‘desconocidos’ ante Dios y ante los hombres por el amor culposo. Las oscuras palabras de la reina serían así eclesiales, y el ‘delito’ el adulterio, absuelto por el dolor quemante de la separación a la luz de la antorcha, y por el arrepentimiento, y desde luego por la vuelta ‘santa’ al aro conyugal que su religión prestigia. La querencia de amor ‘seguro’ católica es preferencial de amor a Dios en la reafirmación de la yunta familiar inseparable de la muerte.

Y al llanto déjale su velo. Su misterio.

Este valle es valle de lágrimas.

La mujer convida al hombre no a cualquier sombra circunstancial ante el oscuro resplandor plástico del portento iluminado sino a la ‘guarida secreta’: el refugio convenido o convencional de los encuentros que confirma con su mera existencia la realidad supraonírica amante de la dupla.

¿Caso dariesco de cerebración inconciente?

Hay todavía otro lugar contrito del poeta que exorrecabo porque puede ayudarme en esto: «Ah, ¿qué cosa mía mejor te implorará[?]»; «la frente no, labrada por un rencor sañudo,/ y la boca menos, donde reluce el adulterio».

Pero además aquí cualquier forma de adulteración del amor ‘perfecto’ es réproba. La loca que obscenamente reclama sexo a gritos a los hombres, y a quien la festiva, tonante, fantasmante y pirotécnica noche de san Juan en la estación verano catalana excita y prende como ninguna otra, cuando ‘exaltada en su prisión desierta/ por la gran soledad y el cielo ardiendo,/ se ancha entera al viento’, es ‘un aspa de horror’ antes que razón de piedad; su imagen trágica y desquiciada alcanza sin embargo a revelar entre ‘proféticas iras vengativas’ algo más que el alias, el apodo del amor: eso, pero pariendo el concepto espiritual de eso.

El amor ‘divinamente correcto’ diríamos ahora que cincha la serena certidumbre espiritual del poeta (asunto de El cor quiet) es el amor en núcleo familiar cristiano y en confesión de crédito católica. Las certidumbres asimismo religiosa y poética que la noche carnérica impone sin más ‘violencia’ que el descarrío o el cerco de la locura (que no significan enfrentamiento al canon), coexisten parejas y se obsequian servicios simultáneos: son líneas conductuales y de vida juiciosa frente a la muerte cósmica hada virtuosa de la transmortalidad.

El desamparo cósmico, la soledad de infinito se comparten con la entidad animal prójima por la percepción de la muerte. Lo vivo lleva puesta su muerte, y todo lo vivo la registra en sí. «¿Qué imágenes son/ esas que se agitan al fondo de vuestras noches/ pájaros lastimeros, animales salvajes/ cuando las poblais de quejas y de gritos?».

La mata de la poesía metafísica indagatoria de Josep Carner es luz de sombra sesgada y actora contemplación instrumental de ubicuidad (‘únicamente guiado por una blancura de rosas’ en la negritud), abandonada un relámpago para ser en el vacío. Propósito de sabiduría de luz como el rayo de sol vivo en otra intemperie vital de El cor quiet, en esta en símbolo nocturno o excrecencia cruenta de espíritu.

Esta poesía rescinde en sus arrebatos la limitación emotiva y sensorial cristiana en el meteoro cuajado del poema —profunda como maniobra incisional en la niñez del cráneo que la constriñe con perplejidad de oscuridades en momentáneos pantalones de por qué. Símbolo nocturno o excrecencia cruenta de espíritu en el muñón de finitud osada que por caminos de cabra también apela a Dios en el absurdo, y en el absurdo se consuela.

Desfiladero viento adentro en la región más transparente del enigma como la noche y la poesía, la poesía de Josep Carner es como la muerte un ser viviente.

 

 

El ‘correlativo objetivo’ de la poesía (aquello que de modo concreto hace ostensible la naturaleza real y verdadera de la abstracción sustentante y así sustentada, y cuya sustancialidad interexterna comprueba al poeta y nos comprueba) no puede ser más que la vida misma, total y cósmica, que como aquella es fuente de sí y de su propia destrucción trascendiéndose incesante. Es una cuestión de ser y de sentido de ser, inseparable de la ‘utilidad’ real y verdadera del arte. Esto así porque la poesía es ejercicio de absoluto y el ser humano mortal. Pero su búsqueda en términos estéticos se sitúa a partir del tajo de vida que da vida al poema, de la emoción y de la ejecución —asunto este de ‘textura’, de técnica poética, de eficacia comunicante y expresiva de la herramienta lengua.

La búsqueda de este elemento de definición y trascendencia que se resuelve en identidad real en el poema fue el problema central que enfrentó la obra de Carles Riba. Riba encaró además la falta en su lengua de una tradición literaria acabada y el hecho, según Ferrater, de que el conjunto de la literatura catalana (la antigua y la moderna) no lo enriquecía ni lo sostenía. Independientemente, «a Riba no le interesó nunca encerrar dentro de un poema la gracia o la punzadura de un hecho aislado, porque quería encerrar en él [] la trayectoria [] de su vida, la maraña de caminos [] que le habían llevado hasta la experiencia de aquel hecho. Y eso [] dentro de cada poema; porque cada poema debía de ser el poema absoluto, el último [], el poema que él podría ratificar in articulo mortis»[27]. Una pretensión de tal orden resulta vana, inalcanzable, y Riba (como después Vinyoli) era muy conciente de ello; pero no estaba (como tampoco lo estaría en su momento Vinyoli) dispuesto a su renunciación frente a la muerte: intuía sin duda que en el intento radica la gloria humana, porque cada vida es proyecto y el límite ineluctable y encima incierto. Díaz Mirón: ‘La adversidad podría/ Quitarme el triunfo, pero no la gloria’.

En esta circunstancia de espíritu cargada y desolada se produce hacia 1920 el encuentro ribiano con Hölderlin: «Hölderlin había pasado [] por aquella angustiada búsqueda de un correlativo objetivo [] [y] lo había resuelto gracias a la ‘pureza’, a una prodigiosa capacidad de poner una fe inocente en las cosas prójimas y menudas, y una fe igualmente inocente en sus enormes mitomaquias, y de combinar estas dos fes mediante una nada inocente intensificación de la textura (la técnica poética), que le permitía suprimir los enlaces discursivos y presentar la abstracción y la concreción como el anverso y el reverso de un mismo objeto simbólico —simbólico por eso mismo, y simbólico sólo de sí mismo»[28]. De ahí que el propósito confeso de Riba al traducir aparentemente de manera anárquica y acrónica a Hölderlin sea el de «pasar por uno de los cantos líricos absolutos que más púdicamente y con más pureza se hayan dejado oír nunca entre los hombres, su propia voz, y eso sólo por un instinto de ejercitarla, o mejor: de ensayarla —o de reconocérsela».

La labor traductora del autor se produce en tiempo paralelo a la creación del Libro Segundo de Las estanzas, de modo que se vale decir que ensaya en 2 tiempos de estilo. Y en dos tiempos de creación. Son libros pues que imponen una lectura contrastada. Su acronía consiste en la virtual simultaneidad de ambos aconteceres líricos (ello es precisamente lo que los ubica en zona abstracta atiempal), y se extrapola en 2 bloques de tiempo paradójico y continuo.

Ferrater advirtió también en algún otro registro de los suyos que el estilo de Riba en realidad no es complejo: lo que pasa es que tiene una sintaxis complicada. De los dos libros que doy aquí esto es manifiesto para Las estanzas (por ejemplo la propiciatura de confusos contornos oscuros por mayor abundamiento de sujetos: «Dilapidamos nuestros días

como una herencia recibida y dilapidada:

nuestro día raudo, que dirías

puesto que delante nuestro un ángel nos allana los caminos

melancólicos de la eternidad;

y la plenitud del amor que no dura

—tal cual el ajetreo del mercado—;

y lo que en círculo encerró una imagen pura

como el rubí de fuego, solitario, adormilado

sobre su anillo»), pero no para las Versiones. Allí su sintaxis se despliega en libertad creadora al servicio de una poesía que ama, que lo expresa y en la cual se expresa y busca reconocerse la propia voz; y seguramente alcanzó a atisbársela. Leer correlativamente a este libro las Elegías de Bierville es tarea por fuera para comprobarlo.

A grandes trazos de estilo Las estanzas recortan de perfil la abrupta serranía de quien avanza a tientas; las Versiones en cambio la libre certeza de aquel que encuentra en la pureza, en la fe y en la inocencia creadoras naturales a Hölderlin el sentido del absoluto, y canta.

 

 

El poema de la rosa en los labios es una historia de amor libre, victoriosa de sus propios riesgos. Flor sangrienta a punto de pureza, erotismo e ingenuidad, el primero su verosimilitud; y más: su realidad objetiva. Quizá intrascienda la voluntad de establecer realidad vivida en el tope lírico de Joan Salvat-Papasseit: él mismo externó ser de imaginación escasa y todo haberlo visto o vivido. Pero hay muchas más maneras de vivir en la poesía que la llama llana de la anecdótica. Y escasa o no mas intensa y fecunda, en la imaginación mama forje el poder real de la creación. En revuelo pues de ave de síntesis: 1) Marsella (donde Salvat pasó algunas más o menos largas temporadas de cura) es el ‘Puerto’ del poema, atado al palo mayor del segundo Caligrama, como Barcelona la ciudad que abandona porque lo distrae del amor. 2) El nominal personaje que otros han procurado para el alegórico pronombre Ella (Margot), no es musa amatoria en su presentación en El irradiador del puerto y las gaviotas: esto engruesa ya (toda sinonimia guardada) el agua ambigua —por si el amor se dio fuera de entonces. Y 3): el verso: ‘Porque tú has venido yo vuelvo a amar’ no por categórico implica preacuerdo de encuentro o compañía de viaje; y ni afirma ni niega conocimiento anterior de la chava, ni los versos que le siguen: «diré tu nombre// y lo cantará la alondra» quieren decir necesariamente que aquel le sea conocido de antes; y a magín enamorado acude más presto el nombre ‘secreto’ que el amante suele endilgar a su amada. Margot no es trino consonante a oído y en pico de alondra, y alguien a más podría reptar sombreando: al poeta pudiera haberle interesado que su alada intérprete confidente no lo anduviera cantando fuera de escucha y foco, y por ello ocultara u omitiera. Salvat era casado, y en esta conjetura de textura en sincronía, aquella aventura ‘ilegítima’. Los tiempos, las heriduras sensibles, los entornos muertos. Por eso lo que se queda es porque me sobra: la realidad real del poema preserva en tiempo y musa su enigma; y aún admite la evocación exaltada en la más aérea y hermética ambigüedad. «La alegría es mía, porque la sé ficcionar: profesión de Poeta que soy»[29]. Por imposición de espíritu así conviene al poeta y así conviene a la forma. La poesía es exacerbación de realidad vivida; realidad real de arte —externa y por su contrario. En el barreño líriconarrativo se contienen y conflictúan realidad de espíritu sobre realidad vivida por despliegue de imaginación creadora. Esto lo digo desde el horizonte clásico del logro, y por los desafueros futuristas aquí ya ensambles mínimos de estructura. El recurso formal a la nova provenzal-catalana medieval signa actualización conceptual de sujeto poeta y de sujetos de amor en ejercicio de absoluto. El riesgo estéticovivencial Salvat lo salva también a dos bandejas: la condición estricta de la vivencia amorosa como materia del relato por una, y la idealización líricosubjetiva por la otra. Realidad e idealidad como sustancia a dos máscaras de un sueño vivido y de otro abstracto espiritual. Espacio atiempal de acontecer de arte. Realidad de ámbito de novela e ímpetu sensual de lira enamorada. Una nova clásica es, a obra de trovadores, novela lírica en verso; y narra una historia real o ficta. La nova salvatiana real o ficticia según este molde, desperdiga en coplas, canciones, jaculatorias y exvotos caligramáticos el esplendor de su asunto más bien en la arrealidad. Una historia de iniciación carnal, disfrute y despedida, sin antecedente ni futuro, y así pues, atiempal. Realidad de ensueño y vuelo abstracto, prescinde de cualquier contenido moral o ajeno al goce: la vivencia corporal y espiritual en sí del amor como misterio religioso de absoluto. De ahí que amante maestro de amor el poeta oficie y despliegue sabiduría litúrgica creyente-sacerdotal en el ‘sagrario carnal’ de la novicia adelantada. Es amor que se agolpa de infinito. No hay principio en este amor, y si lo hay es reto tentativo de divinidad: «Botones de fuego en el corazón/ el aguijonazo de amor» —pero los dioses se tatuaban el corazón. Sin fin ni razón de ser fuera de su práctica que es libertad en libertad. Amor mortal propio de dioses. Parcela de eternidad en el ejido de una vivencia cruenta particular trascendida. El placer del amor vence a la muerte. La pureza del acto amoroso desesperadamente alzado como poesía contra la muerte. Lenguaje simbólico y sencillo. Así la lírica trovadoresca es súbdita enamorada de la majestad femenina. La salvatiana de su divinidad; mas se oficia y se alcanza en mérito de la divinidad propia[30], de modo que de amor somos inmortales: la carne para la carne; el vino para la sangre. Expresión verbal de una realidad arreal que se quiere por algunos y acaso lo sea sustitutoria de la suya de marido enfermo terminal pulmonar. Lenguaje de contenida fiebre, de celebración y éxtasis de totalidad y pureza. El argumento del amor es la inocencia. Lenguaje inocente, descagao de contaminantes realistas que no sean el sujeto poeta y los sujetos del amor. Logro único de estilo en camisa de espíritu que echaba a andar, canto de goce de amor por el amor mismo en contradicción arreal de arte, solitario y decantado en recipiente clásico, El poema de la rosa en los labios es rara flor de olor libre en el jardín de la delicia de amor adolescente.

 

 

Pere Quart toma la vida en andanza de destino terminal como tiempo de que dispone para trascenderla, y somete a la razón los fundamentos del orden en que se formó y creció. En Vacaciones pagadas (meta física de viaje seguro igualitario a la muerte) deja atrás la esperanza, y abre inciso de duda en la fe —resuelta directamente en poesía de experiencia de vida. En la fe quartiana de algún modo precario se asilan el hombre, Dios y el amor en entidad trisustantiva inseparable. Ética de lo particular (del poeta ante el misterio) a lo universal: el acaecer cotidiano en vilo de la vida. Verismo amargo y vivencial que rebulle y rebosa el vaso referencial del realismo social —limitado por la denuncia, el asco y la cólera[31]. Su basamento irónico la reconvierte lúdica, y trágica.

Libro escrito a los 60 años del autor, en plenitud de un estilo abrupto y desnudo por desprecio manifiesto a toda falsía retórica, en la sencillez y su apuesta paga postura al desencanto y a la conciencia crítica, y asimismo a la incertidumbre en torno a la utilidad del arte y el fin final de la especie frente a los ejercicios efectivos de los poderes político y religioso en lo que fue su circunstancia.

La escultura en acantilado de un relieve de poesía implacable consigo mismo y con los cantos y aristas del Todo y de todo, arranca de una forma propia de reprobación del modelo judíocristiano occidental dominante desde la testa y el corazón y el barro de las patas.

La poesía y la actitud vital de Quart conforman en unidad en sorna una escéptica de la vía cristiana de ‘salvación’ frente a la naturaleza humana.

La otra fuente de la cultura occidental (la griega) aquí inexiste. Desbroce de vida que separa y desuella aquello que (bajo Franco y sus ministerios eclesiales paralelos) lo afecta como individuo creador y es óbice (tan intrincado como simple; tan brutal como sutil) a la práctica de la libertad en convivencia de lengua (la del autor, proscrita), usos y costumbres. Omisión tamaña más bien ilustra la permanencia del mito griego con independencia de edades y poderes terrenales, y no da para ignorancia, desdén u olvido. No aplasta la creación ni la vida plausible de lo diario y por ello no es pieza estructural. Una poesía en revisión de totalidad como esta salva un espíritu si no lo pasa a cuchillo.

El reduccionismo poético de las ‘adivinanzas’ de apertura (trivia aparente que orea las vísceras de Eva, de Josué, de Job, del rey David, de Jonás y de Dante[32]) es simbólico del absurdo de la dominación por una verdad de fe única del pensamiento y la acción occidentales —sobre todo por la impostura originalmente militar y expansiva, política y cultural del modelo totalitario judíocristiano de concebir el universo, la vida y la humanidad a obra de Jehová de los ejércitos (de ocupación israelí; posteriormente romana). Quart parodia paradoja en la soledad comediógrafa de Dante en el infierno —la expresión, el límite y el recaudo líricos del catolicismo, estatizado en 313 por el sátrapa Constantino[33]. De Merleau-Ponty a Roque Dalton y de por sí, la religión del Dios padre en nombre del Hijo es absolutista, criminal, cruel, inhumana y conservadora.

Dios, el amor, el hombre pueden ser el sujeto de la cancioncilla incierta «Lay». A diferencia, los poemas que la rodean determinan el sujeto y especifican una visión ‘científica’ del hombre (que advierte en su ser pensante el enemigo, y convierte en prohibición religiosa el pensamiento); del amor humano irremediablemente lúbrico, y de Dios en la picota de nuestra miseria mortal que clama amor en la verdad o reposo.

La necesariedad de la poesía es vindicada por la crítica a quienes se ostentan poetas pero sirven a la infamia. «Estadizas se hallan nuestras palabras escritas»…

Por otro atajo de ser, un nuevo procedimiento reductor permite la negación por irrisión de las pretensiones metafísicas y metamegalómanas del ego filosofista: la elevación del Yo a ser el Centro y el Arbitro. El obispo Berkeley hubiera firmado estos versos: «cuando os veo, de hecho/ os suscito, os resucito;/ y al pensaros/ os doy una esperanza», pero no el sentido del poema en que aparecen —cuyo Yo puede ser el de cualquiera, y a cuya muerte los demás no pasan de serle sobrevivientes. De tal falacia come la verdad del poeta: su oficio consiste entre coplas en trascender la muerte en acto creador.

Los hombres nacen y mueren por el amor. La presencia (‘envilecida’) del amor a la tierra propia es añoranza en Quart. Uno de los poemas importantes de este libro es elegíaco a una mujer amada.

«En último caso aceptaríamos/ la muerte como un renacimiento/ del espíritu, pero con los accesorios/ y el ajuar completo del hombre mortal,/ perfectos, consolidados para siempre» —extremo de ser zumbón de la religiosidad quartiana. Su legado es humilde: vivir y comer, poner en orden codicia y lujuria, y pensar (creer o dudar) en la muerte de la carne y la inmortalidad de lo que llamamos alma.

Envenenado de mitos, con las sacas rebosantes de blasfemias, magro y lagañoso, Job de escalera vecinal, Pere Quart toma el tren de las vacaciones pagadas: «La tierra que fue nuestra herencia/ huye de mí./ Es un chorro entre piernas/ que me desecha./ Césped, lasca:/ señales de amor disueltas en la vergüenza».

El viejo Dios de los padres vive exiliado en la muerte.

Ciertamente hay cosas demasiado puras para ser dichas o simplemente pensadas.

Mi intelecto libré de pensar bajo Darío, y como Quart de esto aquí me callo.

 

 

Preso en la prisión de ser para morir, Salvador Espriu abre el canto para abolirse el número, y nombrar la nada al Final del laberinto [34].

El tranco pisa desprendimiento de espíritu; descarnadura rayo abajo en la muerte y entre los muertos. Poesía sombría de encantamiento de viaje y poesía de contemplación que no sucumbe al amor de la propia imagen y escucha la certidumbre de los muertos.

El tiempo dispendia la memoria, flor deshecha en el tiempo, y abandona.

Paisaje en los yermos intestinos, e individuo de la infancia inocencia que se pierde ante la conciencia de la muerte antes que a la del amor, con lento dolor «se vuelve sueño oscuro/ aquella luz de los altísimos palacios».

Darío convierte el verso de Dante a la mitad del camino de la muerte. Aquí la vida es dolor en sueño oscuro, y el amor como vivo es fiel a la balanza de la muerte: baja por escaleras de piedra el mañana inseguro como esperanza al espanto de la larga llamada que sacude y hace retumbar el nombre del poeta.

Con doble metáfora que hiere o mata y deslumbra, camina por estancias de la casa sin ventanas ni puertas del hacha del relámpago, sin saberlo y sin poder huir. De más allá de los pasadizos sin luz se cierne terrible sobre él el llanto humano por vientos, prados y la noche. En peligro extremo de muerte se sabe hermano de aquel dolor ciego y enemigo. Entonces, cuando su sangre es derramada con ira sobre la roja tiniebla, el poeta asume la plenitud de ser hombre, entero, justificado. El canto naciente es el paso de salida y del valor y la sonrisa brotan y entona frágiles, claras palabras de canción.

Libre por el canto, el canto lo conduce hasta el pastor del rebaño resplandeciente —símbolo quizá personero de Dios. El pastor compra «este dolor pequeño/ que soy», y lo lleva por caminos de crepúsculo, con el viento al río, ojo de sed donde la apaga bebiendo muerte. La sed envenena al río. Ante el acecho de la propia imagen, con la caída de la tarde llega el miedo.

Detenido para siempre en la mirada de hielo.

Se acercan salientes del miedo del bosque pasos lentos de cazador. «El cuerno del cazador/ me busca por entre la larga/ herida de la sed/ en el espejo del agua».

Sufre persecución y miedo. «Escóndeme de los árboles/ de mi miedo».

Ya sola sin el viento la pieza es herida a dardo, a ligera lanza.

¿Hombre, venado, árbol? ¿A quién da la muerte el cazador al herir la vida del poeta? Es más fácil penetrar su secreto a golpe de hacha. Adivinar lo que es a la orilla del agua. Allí se arraiga y convierte en árbol en la sombra.

Tocado por la muerte el canto se vuelve corazón que lentamente se para. Palabras, alas suaves de la canción de sueño de la tarde.

La muerte del árbol es la del poeta.

Seco el llanto, en la posteridad en fuego del árbol en vano cava en las palabras su canción de muerto.

Muertos inocencia, esperanza, dolor y llanto, todavía trabaja las áridas palabras. El miedo quiere oponer su canción. La canción se agosta, acosa al sueño, cabalga noche, temblor de alba.

Del miedo y del adiós cansado el amor dice el nombre de la nada con odio de palabras, no con palabras de odio.

Flor de contrarios: agua y fuego con sus cargas simbólicas le permiten nombrarla más allá del fondo del agua. Después de la lluvia y cumplido su cometido, muere la canción: muñeco colgado de los labios de la locura. La muerte del mar pare la flor más perdurable.

Espriu taponea la colmena de olvido donde encierra el enjambre de las palabras. Nada puede el amor contra la muerte; nada puede la canción. Los muertos reclaman recuerdo. El poeta era su voz, su presencia memoriosa. Pero el poeta y la canción han muerto. Ni el lamento de los muertos podrá contra el olvido.

En brusco viaje de espíritu entre los muertos vira en giro odiseico el miedo al nombre de la nada, a la osadía de haberlo pronunciado. Pero el poeta no canta ya. Está muerto. Ha pasado a la oscura claridad y aborda la trajinera estigia (es un alevoso decir mío en este caso, no metáfora espriuana).

La tarde apaga el doblar de las campanas y cierra las puertas de la luz.

Retorno al sueño de la contemplación de la muerte. Los psicologistas ven en esto una suerte de narcisismo enamorado de la muerte propia (Rilke antecedente) que explicaría su soledad espiritual y la solitariedad de su biografía. Una fascinación de vida en búsqueda y seguimiento de la muerte. La paz y la felicidad de Espriu sólo se alcanzan en la vuelta al origen: en la nada de la muerte.

Deja atrás el mar, el arenal, la barca.

Oye el rumor de cascos que se acercan.

Los centauros lo transportan al olvido, a la soledad de la muerte. El águila lo lleva a la cima: en alas de sangre a la claridad. Palabras que expresan soledad de alma trascendida por canciones de hielo. El aire resplandeciente arraigó en el lamento. «De la luz a la oscuridad,/ de la noche a la nieve,/ sufrimiento, camino,/ palabras, destino,/ por la tierra, por el agua/ por el fuego y por el viento».

Bodelerianamente se libera de la dictadura del número —dejando de ser uno en la multitud de ser; siendo descarnadura en espíritu:

liberado del peso

del tiempo, de esperanzas,

de los muertos,

de los recuerdos le es dado decir en silencio el nombre de la nada.

 

 

 

Lo informe que el deseo inconfiesa en las formas que obra el amor. Lo que títere por el mundo fosforescente se revela miedo; lo que, flor de cierzo, chisporrotea origen, anhelo, alapié de muerte, añoranza de nada, vuelta a casa de caos a vacío. Soledad y angustia humanas en absurdo de cosmos, ‘siniestro destino’[35] de los ‘míseros’[36] mortales.

Por «intensa potenciación imaginativa de un objeto delineado con precisión y acariciado con paciente afecto», la poesía de Joan Vinyoli parte de ser «cifra de la experiencia total del autor» a «la ambición de desentrañar [] los significados más generales o esenciales de la vida»[37].

               Llibre d’amic, aparecido en 1977 pero producto entre 1955-59, y cuyos poemas son «el correlativo objetivo verbal de un largo proceso de interiorización» como escribió Vinyoli, presta, digita ilustrar desde cuándo y cómo (fuera de sus intereses místicos)[38] el poeta se encontraba o sabía en uso eficaz de instrumento lingüístico, y 20 años después alcance de certidumbre.

La cifra total de la experiencia es conducta y memoria, ética y poética. Una escéptica un tanto adusta y en sombras del amor como vía única siempre insuficiente de completud y realización, y como acicate de vida y poesía en simultaneidad presente y en crecimiento de la muerte, que opone y da sentido humano al sinsentido existencial. «Por más que nos abrazamos, nos llenamos la boca/ de boca y nos mezclamos los cuerpos,/ nunca somos uno»; «Un día claro de sueños y de fuego/ nos devuelve al lugar donde comenzamos».

Lira conductual despojada, eximida, exenta de toda ‘ganancia de hipócrita dominio’ (así Pound de toda Usura), sin más que ser ‘pura en la pureza’, en términos sumarios de inmanencia y trascendencia poéticos. Itinerario en unidad de desarrollo desolada y tenaz por sobre y en uso de la duda y el miedo como implementos impulsores de silencio y de luz en profundidad y en movimiento integrales e integradores de mundo, vida y muerte.

Vienen las cabras de oscuro olor

tosiendo, negras, rojizas,

tras los machos cabríos en delantal de cuero

—que no las preñen a todas.

 

Comer queso, beber vino

bajo una encina y el celaje al fondo

—rojo, gris, morado-, y no oír ninguna voz,

diré que es media vida.

                                  La otra mitad

la va mordiendo la muerte de dientes de lobo.

Itinerario de espíritu señalado por incidentes plásticos y melódicos en trompo girante vital y vitalista, denso en sombra de amorosa melancolía.

Itinerario también de lo callado —rebrote en estallido final de trascendencia, sensación y celebración de haber vivido muerte.

La ética y la poética viñolianas no se quedan en la posesión, manejo y de hecho ‘dominio mágico’ del instrumento idiomático (así se exprese como extensión del sentimiento y la intención abstractas en el copón formal del poema) sino dictan el desechamiento paulatino hasta la desnudez de elementos superfluos o artificiosos en busca de la palabra incontaminada y precisa, diestra de abrirse paso en lo inefable con filo de indagación y victoria de obra en la nada. En Vinyoli la resignada constatación de la caducidad de todas las cosas y la aceptación de la propia[39] hincan ética; la ética, meditación poética, y la meditación la duda, el silencio, una cierta tendida rabia serena, y aún cansancio por esfuerzo experiencial, asco por la guerra civila y militara alrededor, e impotencia sólo al límite humana. La búsqueda de la realidad material y metamaterial de vida y muerte en escéptica amorosa es propuesta poética vital en escisión de espacio, en comisión de ‘lugar’: encontrarlo es encontrarse preparado allí donde converjan con la arrealidad de lo real insólito poesía de inmanencia y trascendencia, vivencia amorosa y tiempo abolido; y nada, y miedo. En uno. En sí.

El desnudo silvestre humano y la estatura progresiva de la vida y de la muerte en las edades paralelas del amor surcan un estilo cuyo yermo es fértil en palabra amputada hasta la sencillez en el paisaje, en la pureza del impulso y del sentimiento, en la revelación verbal musicada, en la necesariedad de la percepción y la expresión, en la intención creadora de asumir y burlar destino, en la voluntad y en la representación instrumental como en las cargas de vida interexterior y en los contenidos generales de espíritu.

Encantada en un bosque

de cedros viejos tocas la flauta.    

        Qué

tonada, no lo sé.    

                        Sonreías

feliz. 

       A veces me hablas

con una voz equivalente quizá  

al sonido primigenio. 

                              No dejes

nunca de tocar en el pasado ni ahora.

Crea el sonido.

A pie de la magia de la flauta mozártica como en este poema («Die Zauberflöte», Viento de cobre), mas en otro aire de sueño en libertad creadora, Vinyoli escribe Tot és ara i res como alguien que viene de lejos en recuento y en recuerdo totalizadores. Es poesía de aceptación de mortalidad y de celebración de vida ‘única y por una sola vez’ presente y por venir y de vida ya vivida. Vinyoli pasó y no de paso por Riba y ha asimilado para su cauce caudal compacto a Hölderlin, a Rilke, a Llull, a Juan de la Cruz, ‘secretamente’ a Quevedo[40], y con ellos mantiene correspondencia de espíritu, más cuando esta poesía crea poesía de la poesía; y da cuenta de su comercio con Shakespeare —como la música ‘rellano de más arriba’ terminal de interlocución espiritual en brote torcido de adiós liberado en Domini màgic (actualización, diversificación y apropiación creadora de los contenidos líricos de fondo dramático de La tempestad, estación terminal a su vez de Shakespeare).

El trabajo de espíritu y la circunstancia de destino y no el afán insensato de caminar en lo incierto llevan al poeta al ‘lugar’ en el momento justo. El lugar de suceso de la poesía. «Llamémosle puerta cerrada,/ —eso quiere decir que es difícil/ entrar solo, a propósito,/ donde sea: por ejemplo en una plaza/ clara, de duras acacias goteando,/ picoteada por el piar de algún pájaro». Estar en el lugar de la poesía es merecimiento extremo y razón de vida en juego trascendente antes de entrar en la ‘batalla’ del amor, la vida y la muerte: antes de su canto. Estar en el lugar y que allí lo tenga la poesía. Lugar por ella misma y lugar de ubicuidades.

Tot és ara i res abre y cierra en el jardín de acacias de suceso de la poesía.

El lugar existe. Encontrarlo en la arrealidad de la realidad es la vianda terrible para el hambre suculenta de ser con sentido en la vida y en la muerte. Retener la sustancia del día en la nada que pasa en la canción diaria de la vida en un rapto de sitio: en reconocimiento de ser en el misterio. Vinyoli es de los ‘pocos felices’ que han encontrado el ‘lugar’ lírico mediante un persistente (entre dudas y replanteamientos) ejercicio de renunciaciones y alcances vitales, éticos y estéticos, y de modos de trato espiritual con la muerte y con los muertos. Son virgílicas lágrimas de las cosas:

Ahora soy una rata espantada que surge

de lo oscuro y corre a esconderse en cualquier

agujero. Pero cuando me acuerdo de los amigos

que han muerto irremisiblemente, los insustituibles,

me vuelvo un girasol que se alza desde un estercolero

y habla como alguien que habla con voz empañada

en una cálida tarde de verano, frente

a la sonrisa de sus muertos que se le acercan.

Pie de ser en poesía de dos realidades en el todo y en la nada. «Felices pocos/ a quienes el corazón no se les quiere morir nunca», le dice al poeta la mujer que tenía la llave y le abrió la puerta a «donde pasamos algunos años hablando de Shakespeare/ y de recuerdos de la vida» —lo que, por lo demás, es tanto como decir que hay otros: los ‘recuerdos’ oscuros de la nada que anticipan conocimiento de la muerte, y la iluminan y trascienden en rodanzas de regreso al origen.

Sentidos encontrados ata en Vinyoli la expresión recurrente en distintas orientaciones ‘felices pocos’, que acopia de Shakespeare. Está en aquella escena de Enrique V en la cual Westmoreland antes de entrar en batalla expresa al monarca su temor de ser muy pocos. «No» —rebate el rey. «Si estamos señalados para morir, somos suficientes para causar la perdición del país; si lo estamos para vivir, cuantos menos seamos mayor el honor». Y añade: «Las generaciones venideras asociarán este día a nuestros nombres: este día no pasará, desde hoy hasta el fin de los tiempos sin que seamos recordados: nosotros, pocos, felices pocos, banda de hermanos, porque aquel que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; y por vil que sea este día le ennoblecerá, y los caballeros ingleses que ahora están en su cama maldecirán no haber estado aquí, y se tendrán por muy poca cosa cuando alguien hable de quienes lucharon con nosotros» —palabras más o menos.

Entre la duda y el miedo de ser suficiente para vivir o morir, estar en el ‘lugar’ es privilegio de uno entre unos cuantos: selecto, poeta entre poetas[41], felices pocos, en un primer desprendimiento posible del tronco shakespiérico. La lectura a que es proclive ‘la ola tumultuosa de los tontos’[42] acarrea hasta esta página el móvil inmóvil de ‘querer ser’ uno entre los mayores, pero la poesía es cuestión de ser no de querer ser, y lo que Vinyoli busca (a salvo de toda ganancia hipócrita por su vida y por su obra) es interlocución de espíritu desde la angustia y el vacío existenciales: 1) por necesidad de no saberse solo en el intento poético; 2) por reconfirmar ante su ser dudante y dudoso la utilidad ‘real’ de la poesía y la propia condición de poeta[43], y 3) por resistencia a la infamia en banda de hermanos de espíritu.

La vida es muerte enamorada. Un segundo desprendimiento atañe a la naturaleza del amor. Aquí el amor se hunde, se alza en vuelo y fracasa en ala de mortalidad que permanece sobre un paisaje yerto; ello imputa contención en caída y en celebración por un dolor a pique: «Plena de domingos la barca/ en que navegábamos se fue a pique./ Se desbarató en pedazos/ el andamiaje de los sueños».

Frente a la propia concupiscencia, la pasión propaga la fugacidad del amor. El amor carnal es celebración de vida no completud en unidad —aspiración en vano de todos modos porque, en plenitud espiritual de ser animal de dos espaldas, ser en el otro no es poder del amor sino ilusión de realidad vivida que deja cicatriz de sueño en el recuerdo del cuerpo, y en los trabajos de espíritu por el amor absoluto en acecho de utopía; en incurable sostén de amor.

Yo sé que está profundamente escondido,

hasta cuando te tengo entre mis brazos,

y bebo en tus labios,

que poco a poco cumplen,

y cada vez más de prisa,

con ciega fuerza, los designios

descubiertos al principio en la simple

sonrisa, en los primeros blandos

besos que lenta-

mente se complican

en la tarea de andar sacándonos

de un cuerpo para ser en el de otro,

hasta alcanzar los espantosos

convulsos gritos pequeños

del último nudo del abrazo carnal.

Lo que es ‘propio’ y uno es la vidamuerte, y el amor ángel quemado por un bloque de tiempo y yelo seco. Por ejemplo: la dificultad de entrar al ‘lugar’ es igual a la de encontrarlo. Se accede a él por paradoja de destino, y por la puerta de amor. Es la mujer (ideal pero de carne y hueso) quien tiene la llave. En el poema en el cual el referente se hace título («Happy few»), o antes como entes en «Un moretón en el horizonte» (Viento de cobre) los pocos felices son los enamorados, condenados a vivir el amor por imprescindencia (como en otra razón pero en la misma: «Siempre hay alguien de quien no es posible/ que prescindamos./ Quizá gracias a eso vivimos todavía»), a riesgo asumido de su finitud pasional: 1) «Cayó el rayo. Después me levanté/ no viendo nada, palpando formas quemadas,/ descoyuntado, y tú cerca de mí, rayeada/ también, dijiste que era preciso/ el último retorno/ desde la roja casa encolinada/ hasta la casa negra en mitad del yermo./ No era lejos pero había/ que hacerlo por mar; quiero decir que separaba»; 2) «¿Culpables? ¿Inocentes/ de tanta vida vivida?// Son estas cosas/ las que desorbitan a los felices pocos/ no destruyéndolos. Pero los potentes las queman/ de todas todas sin dejar ni cenizas,/ o sólo un rastro/ vago de humo perdiéndose en el aire amarillo».

La soledad última que el amor comprueba y ultima a grandes tarascadas de lumbre de paso es entonces el asunto del canto.

Puedo hacer el amor, puedo devastar

una boca besándola a mi aire, sin gastar

palabras casi siempre capciosas

o quizá impotentes.  

                                   Qué más puede hacerse.

Todo es una señal

provisional.

Igual que las cosas (incluidas las abstractas y profundas por Riba) vida y muerte se oponen en juego simultáneo. La vida es muerte enamorada. Por una conclusión viva de la muerte tal la poesía, todo ha sido dado y tiene lugar ahora, y nada también. Mas la estatura de la muerte pisa sueño en Verlaine y desarrollo en las edades del amor, y, como viva que es, en el prado incierto. La muerte es la única certitud posible; eso, mientras no llega. Porque no otra cosa más que el cuerpo muere ¿con uno? a la hora de la propia certidumbre; porque abandona en la esquina al púgil terminal avasallado y puesto ‘fuera de conocimiento’. ¿A dónde va el conocimiento? ¿A dónde irán los muertos?/ ¿Quién sabe a dónde irán? Abandono de esquina que es permanencia en vida de la muerte. Porque no acompaña al ‘otro’ conocimiento —si hay tal lugar[44]; y porque en retirada más bien lo desestima, y así permanece viva mientras vuelve a la nada la muerte propia rilkeana. La tragedia de la muerte en paradoja consiste en su ser vivo, y crecer en nosotros es su victoria en el tiempo. En conjunción de simultaneidad la muerte y el espíritu son el gran misterio de la vida (¿alguien la vive?), y por exclusión comprueban al negarse el destino terminal del tiempo.

«Mi poesía son recuerdos» es más que declaración de uno entre los autores de la materia de espíritu que es la poesía. No es de entendimiento literal: la poesía es vida, y vivir del recuerdo abruma, sustituye y esteriliza. La poesía de Vinyoli, por el contrario a esto, vive en acontecer actual: en simultaneidad presente de pasado, y en tensión y carga de futuro. Los recuerdos en la obra de Vinyoli aluden a estas estrías dimensionales de la existencia cotidiana tanto como a la vida profunda inseparable de la muerte (en razón de quien son trascendidos por gracia de poesía, y pasan abstractos a integrarse en la memoria de la especie). La poesía es rememorativa porque se escribe ‘después’ de la experiencia objetiva o abstracta que la suscita. Aquello que se expresa por el canto es u obedece a melodía e ímpetu de cosmos: instrumento y canción; misterio que cae como en trampa dentro de otro, y lo revienta. La muerte propia es oficio del tiempo en el tiempo. Por eso, «mi poesía son recuerdos» atañe también a la memoria de los muertos, y a las memorias oscuras del ser humano, siempre viva presencia en lo que es poeta y de modo especial en lo que es esta poesía.

En tanto los muertos sustancia de espíritu están vivos, hay que mantener su trato; y la poesía de Vinyoli es también una forma de trato con los muertos, ‘como quien hace un alto en el camino’, y los escucha. Un trato de amores, como entre muertos ordinarios afirmándose en ambas realidades: abolido el tiempo por convergencia en el lugar de acaecimiento de la poesía. 1) «No dejes de rodearte/ de sus imágenes. Todos los días/ ponles flores a un lado, por si pudiesen/ oler el olor de las rosas.// ¿Qué sabemos de cierto/ de su manera de ser?»; 2) «Vive tu vida/ mezclada con ellos./ Trata con los muertos así».

El tiempo, caducado en pedazos de cada quien, es pésame de medida humana:

Bien sopesado, los días

de juventud valen mucho

para no darles un alto precio.

Si fueron ricos de fuego y acción y dispuestos

a todo  

          —una noche estrellada

no la desdeñes, no vale menos que los yermos

transitados por la muerte. 

                                            Si fuiste

fracaso, anhelo y soledad y reserva

de la chispa que incendia bosques  

                                            y no sólo

proyecto avaro de ganancias

de hipócrita dominio,

                                    sobre todo si fuiste

puro en la pureza, diré que diste

la medida de un hombre.

Un poema como este zanja los ejes obviales que hacen por ejemplo de Antonio Machado Pero Grullo de las ‘profundidades de la vida’. Este poema es no sólo uno de los más hondos sino (como lo impone su asunto) una de las muestras más originales del autor —ajeno a novedades supuestas, artificios e imposturas.

Esto es cosa sabida (p. ej., Johannes Pfeiffer): la originalidad como peculiaridad de ser y solución en acto de la existencia humana es condición de la poesía, pero es insuficiente (lo mismo que la ‘autenticidad’) sin la facultad natural de expresión y plasmación verbal objetiva de un estado de espíritu, accidente de destino espoleado aquí por incidentes de música, tono, ademán y concreción plástica. En este poema sumario de dar sentido a la vida vivida en plenitud de edad florida obran cuerpo poderosamente el tono particular, el temblor de alma en límite de quien se acecha y se juzga, y la expresión esencial de la veracidad de conciencia. Naturalmente como de Vinyoli, su escritura es estricta; sus palabras las justas. La vida interior que desde la oscuridad de ser que se percibe revela la poesía, obedece a un estado de psique cuyo impulso revierte necesaria la creación del poema, su explosión, su materialización expresada, y reafirma la realidad de la vivencia profunda: la vida real del yo poético desdoblándose en tú distante y acercador al dispersarse íntegro en el día del rebaño; en el caso, un modo ‘puro’ de ser en el mundo.

Sólo con la vara de la poesía y la vida poética como modo de ser y de conducirse por ante y por entre los demás puede medirse y así entenderse la exigencia de la pureza viñólica —cuyas fuentes (Hölderlin, Nietzsche), por otros borbotones conocidas por nosotros, ya no son reconocibles sometidas a servidumbre de paso expresa por otro espíritu.

Porque sólo la poesía es memoria humana en estado de pureza, y fuera de ella ser puro en la pureza excede los alcances de nuestra condición. Un dato de intencionalidad que en sí se nutre y en sí se agota al expandirse, mucho más afín a la sabiduría en dictum de Goethe: «¡Muere, y sé!»; acompletador al apremiante imperio conductual nietzscheano citado por Vinyoli: «Sólo un mandamiento valga para ti: sé puro»; y virtual espectro al sorprendente, imposible brazo que lanza el lancetazo dariano: «Mi intelecto libré de pensar bajo». Me parece por eso que ser puro en la pureza alude al resorte más recóndito en tanto individuo de los actos de la especie (y de allí su originalidad profunda), y es giro recargado de ética: por la lateral 1 alcanza la medida de un hombre por sus hechos en revisión, y por la 2 es por extensión una manera de asumir la muerte con serenidad a obra del esfuerzo creador rectamente cumplido. Sin embargo, no indica triunfo, certidumbre o absolución; es presencia humana de ser en iluminación, donde no cabe complacencia.

La valoración es plástica y abstracta en ser y en espíritu, y reverbera poema en el agua viva de lo humano. Verdad y belleza son a la poesía inmanentes.

 

En Tot és ara i res la liberación de la memoria simultánea es variable psíquica en conducta itineraria que sortea los vaivenes de la duda y el miedo en poesía de meditación de lo contemplado, y de la realidad vivida —y como en Baudelaire: en ciertos estados anímicos ‘casi sobrenaturales’ la profundidad de la vida se revela total en lo contemplado hasta convertirse en su símbolo. Esto vale también para el resto de la obra viñólica (simbólica por pura convicción de inmanencia), pero en él la profundidad de la vida es también simbólica de la muerte, del todo y de la nada.

Lo que en Hölderlin son edades de la vida (como antes en Dante; a las cuales Darío reconvierte en edades de la muerte, y Quevedo dispersara en polvo enamorado), en Joan Vinyoli son a un mismo tiempo abstracto edades de conciencia de la vida y de la muerte sucediendo en tiempo real que de ser y por ser se abole.

 

Inmersión serena en el vértigo del miedo, fondo de duda y contrapunto de certidumbre de fe mortal en poesía, Viento de cobre da un sentido concreto al ‘lugar’ viñoliano. Pulsión de espíritu en las dos densidades de realidad (o en las dos realidades de acontecer), corrobora un trabajo de vida en ritmo de muerte. Aquí se trata del sitio donde se alzan los robles y los cedros cuya vejez remonta a los bisabuelos; lugar de mansedumbre y sabiduría que vuelve fútiles los pasos andados fuera, el insensato afán de caminar. Aún cuando esto último podría leerse negación de obra previa, el lugar de suceso de la poesía en Viento de cobre acoge más bien su más acendrado resultado que es, en ese momento creador, suma experiencial decantada en estertor de vida física terminal y en haz espiritual de lanzas quemando oscuridades al sol.

Pequeño fardo

de acumuladas infelicidades

soportadas a lo largo de lo que llamamos

la vida, no te mueves, no

intentas ningún gesto de rebeldía:

mueres dura y simplemente.

Que los burlistas

depongan sus cascadas trompetas

frente a este estertor.

Lugar de la memoria total y simultánea, lo que cuenta una vez encontrado no es moverse: ser y estar en él. Lugar de aceptación de la caducidad de la esperanza.

 

En Viento de cobre, metáfora de música de aliento de la muerte, los proyectos en el crecer ubicuo de vidamuerte son como el amor funámbulos de lo incierto. El tramo inexorable que va de uno a otro estados de materia de espíritu ostenta muescas sucias de poesía en la pureza, lugar mutuo de las dos realidades: la masa de lo real profundo: memoria viva vivida, añoranza y vacío. Mas la mortalidad equilibra en el cordel del aire todo proyecto incierto: lo poético humano es intención, voluntad, hechos y dichos en carbón no en diamante de poesía.

Inventaremos un sol

que no se baje nunca: pasaron

días y noches, meses y años,

y el sol estaba en el mismo punto, ardiente,

y solitario, limpio; abajo el mar

pleno de chispas.

 

“Felices pocos”.

                              Pero no.

Un día calentó menos; otro, lentamente

comenzó a ponerse.

Bien puedo decir que lo devoró la noche

como a casi todas las cosas.

                                             ¿Casi?

No: todas.

Todavía veo un moretón en el horizonte.

La mortalidad prestigia la muerte irremediable del amor como pasión; su finitud real frente a su ilusión de vida.

 

De entrada tres vuelcos de guante deshuellan en Domini màgic el concepto de ‘lugar’:

1) el imperativo categórico contemplativo de ‘no moverse’:

no distraer nunca/ la soledad;

2) la muerte como manera de ser desechados del ‘lugar’ del encanto del sueño de la vida:

Pero permanecer en el lugar del hechizo

no me ha sido dado,

efecto producto de equiparar el ‘lugar’ por física y metafísica con el propio planeta, dada la unicidad de la vida:

no infringir nunca las leyes

del orden de la tierra; hay que andar

siempre a tientas hacia una luz ignota

bajo las bóvedas de la oscuridad

donde recrea el epígrafe de Trackl, y

3) la muerte de toda esperanza en la [sabia] soledad de la vejez:

«todas las ciudades/ están en mí ya reducidas a una:/ necesidad de vivir más dentro de mí/ para llegar tal vez al otro único»; «en el fondo de mí, dentro del otro ya, naufrago»; «el lugar es embrollarse por caminos/ desconocidos y verlo todo de paso»; o bien: «¿Qué se me perdió en este lugar espantoso/ que siempre vuelvo a él y nunca encuentro nada?/ Se me perdió el miedo a no encontrar,/ y buscar me propongo, para siempre ya» —pues el ‘lugar’ finalmente está en uno: aquel que precariamente ocupamos en la vida y en el tiempo, sólo palpable a la inteligencia trágica a su término solitario. «Ser viejo de verdad quiere decir saber estar solo».

El lugar que ocupamos no es más que el camino a la muerte.

Sólo permanece la poesía al fin de los trabajos y los días: «Las palabras me llevan no sé a dónde:/ en ellas me quedo ahora, y es un mundo».

Las palabras también son el ‘lugar’: son una patria.

 

Ya de salida vívida tempestad sacude y hace zozobrar el barco donde viajan Antonio (duque de Milán por usurpación de los derechos de su hermano Próspero, a quien abandonara a su suerte en el mar); Alonso, rey de Nápoles (instigador y cómplice de Antonio); Fernando, hijo del rey; Sebastián, hermano de Alonso; Gonzalo, viejo consejero; el mayordomo borrachín Estéfano; un Contramaestre, y Trínculo, bufón. Todos ellos supérstites a la catástrofe, mas dispersos en sitios distintos en una isla. En esta, en su momento Próspero (no menos usurpador ahora que su carnal) había salvado el pellejo (gracias a los víveres con que lo proveyera Gonzalo), y sometido a Calibán, animal deforme de mar y persona, rey del lugar —hijo de Sycorax, reina bruja de quien poseía sabiduría y poderes mágicos. Los poderes de este rey de isla encantada los ha hecho suyos; como los de Ariel (numen creador o genio del aire), a su servicio bajo palabra promesa de libertad: dominio mágico el de Próspero-Shakespeare tanto de obra como de ‘lugar’ (reino por Vinyoli sublunar). Vivía allí circuito por el mar con su hija Miranda, bella inocente y florida a quien alguna vez intentó violar Calibán… De exacerbado verismo plástico, pero la tempestad no es real sino ‘creada’ por Ariel obediente a Próspero —cuya es la intención de atraer a sus enemigos y saldar cuentas con ellos a su merced. En La tempestad, obra constante de sobreposiciones de realidad dramática sobre realidad real y de teatro dentro y fuera del teatro[45], Próspero provoca el encuentro Miranda/Fernando, quienes se enamoran a la vista como lo previera. El mago somete a Fernando a duras pruebas (con oposición mirándica que no entiende por qué) para asegurarse de su enamoramiento —su magia no alcanza como la de nadie para producir sentimientos verdaderos en otro; ese es poder del amor, que es magia a ciegas. Mientras: 1) Antonio convence a Sebastián de asesinar a Alonso y ocupar su lugar; Ariel lo evita; 2) Calibán se encuentra con Trínculo y Estéfano, y se pone al servicio del mayordomo a cambio de que mate a Próspero, se case con Miranda y se convierta en nuevo rey isleño. Ariel lo advierte y los conduce con música y canciones irresistibles a una trampa; 3) en forma de arpía, Ariel se aparece al rey napolitano, le echa en cara sus culpas y le pide arrepentirse. Alonso enloquece; 4) Próspero bendice la boda de su hija; Ariel y sus espíritus representan una danza nupcial; 5) el resto de los personajes, azuzados por perros de caza espirituales es reunido por Ariel ante Próspero. Este se da a conocer y en desdoblamiento hace aparecer a los felices desposados en sus aposentos jugando ajedrez. Tras una gruesa reprimenda prospérica a él y a sus grotescos cómplices, Calibán promete ser niño bueno —carne como todos de happy end. Próspero anuncia su retiro  de la magia, y pide aplauso. El poeta actor Shakespeare máscara ya en su persona anuncia también su retiro definitivo de la magia sustantiva del teatro, en una incisión más poderosa todavía de realidad dramática en realidad real.

 

No es gratuita en razón referencial esta mínima glosa tempestuaria. Como la gran comedia shakespiérica, Domini màgic es obra de despedida de los oficios poéticos de su autor, y La tempestad inspira el título viñólico. Las identidades Próspero-Shakespeare y Próspero-Vinyoli son manifiestas también.

Asimismo, y sin caer yo por mi parte en ninguno de sus sentidos en poesía comparada, Shakespeare y Vinyoli escriben estas obras en despedida —náufragos a flote de poesía sobrevivientes a la catástrofe de la vida, y en este sentido producen una señal última del sentido de la vida por el arte frente a la muerte desde la tabla terrestre desolada circuita por el mar, con dominio absoluto de los poderes ‘mágicos’ misteriosos de por sí de la poesía, pero no buscan salvación alguna por permanencia poética en la memoria de la especie pues ambos son concientes de los límites devastadores de la mortalidad humana que rebasa los atributos que la inteligencia media deposita en Dios. De manera distinta pero como Dante, dejan atrás toda esperanza, y asumen la desesperación por la vanidad, la futilidad, la insensatez, el sinsentido de todo esfuerzo humano —incluida la creación misma pues todo a la vista morirá. WS: «Mi final es desesperación». JV: «cuando ya el cordón umbilical con la vida está roto y te encuentras muy solo con las ‘preguntas que nunca tienen respuesta’». Para ambos igualmente poesía nacida de la pureza y la profundidad es un bien que consuela, exalta y ayuda en la tarea de vivir de amor el sueño para morir. La fe en la poesía y sus poderes supramortales y espirituales humanos se decanta por el amor como sentimiento puro y espontáneo de la vida y como su razón de ser en ejercicio. El amor de Fernando y Miranda juega el fatal ajedrez de la felicidad como una forma que cobra la inocencia[46], y no es obra de magia prospérica sino apuesta por el sentimiento puro como sentido de la vida, que sigue y permanece tras la muerte del poeta. Así Vallejo puede decir: «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!» con tal desesperación como la enigmática shakespiérica, y Quevedo plantarse en amor constante más allá de la muerte. Y Vinyoli: «ni vana quimera/ ni condición/ mortal me liga/ sino puro amor».

Las obras terminales de Shakespeare y Vinyoli desde la tabla en vilo de ambos taumaturgos en naufragio y paradójica plenitud de dominio creador, agitan la realidad trágica humana como señal simbólica de una ocasión única de paso y celebración por amor vivida, y hacen incidir con puñal de pureza poética el arte como sentido de la vida en la vida misma, y a esta en la realidad ficta y real del arte.

Se hace residir la imaginación, restricta su libertad aparente, en la realidad —escribí en algún lugar de mi juventud; ahora sé o entiendo por qué. La vida como simulacro de la muerte enamorada desdoblándose incesante, y la vida propia del poeta que se despide desde su obra y desde su vida me lo enseña, me lo pone patentito; poesía dentro y fuera de la poesía («mi concepto de la poesía es muy complejo y oscuro, y únicamente se me revela alguna cosa en raros, excepcionales momentos, a través de la lectura de los grandes poetas con los cuales siento afinidades, y de mi propia experiencia, cuando escribo o antes de hacerlo, cuando algo desde el fondo de mí —una semilla creadora, para decirlo con palabras de Gottfried Benn [schöpferischer Keim ]— pone en movimiento el lenguaje y comienzan a producirse las asociaciones y combinaciones de palabras, y así pues también de significados, hasta resolverse en poema la extraña inquietud que te punza”)[47]; incisión amorosa de dolor humano más potente y solitaria todavía por desprendimiento y adiós definitivos del don y la virtud de la realidad creadora en la realidad real. Poesía que crea poesía de la poesía y de la muerte prójima; ominosa marca naufrágica en soledad de poesía, que es soledad humana que muere aislada de absoluto, tentaleante y punzante de luz celebratoria en privilegio uno e inexorable que alza en medida estricta la búsqueda como ente espiritual de valor en sí («Se me perdió el miedo a no encontrar,/ y buscar me prongo, para siempre ya»), y, porque no hay respuesta ninguna a ninguna pregunta, como capacidad de integración a la totalidad que permanece —justo al volver al clan como uno más para morir; y sin embargo duramente indiferente e indiferenciado («¿Quién quiere/ algo más que ser un hombre entre tantos?»), profesión de humildad. ¡Viva mi desgracia, porque gracia fue; suficiente y superada!

«Puede ser que poco a poco vayamos acostumbrándonos a la serena aceptación de los dones que hemos recibido [] poseídos por la vieja verdad que un gran poeta de nuestros días formula con renovada, profunda convicción: ‘La única sabiduría que podemos esperar adquirir/ es la sabiduría de la humildad; la humildad es infinita»[48].

 

He dicho que entre otras búsquedas Vinyoli buscaba la esencia de la lírica: «por más que se puede hacer y se hace muy bella poesía rica en imágenes y de complicada textura, la esencia lírica no reside necesariamente en ellas y [] hay un canto lírico más profundo que tiende al desnudamiento y a la sencillez». Vinyoli cree encontrarlo en la canción de Ariel:

A unas cinco brazas de hondo yace tu padre:

de sus huesos se está formando coral,

lo que eran sus ojos son perlas ahora,

ni una pizca de lo que en él es mortal

se ha perdido; una mudanza clara de mar

lo transforma en cosa rica y rara.  

Cada hora ninfas tocan a muertos por él: ¡escucha

su tintineo! Las estoy oyendo: lin lan lin lan.

Y dije que Quevedo no vuelve a asomar la cabeza sino hasta que Vinyoli entra en tratos de vida, muerte, lira y mundo con Shakespeare:

¡Malhaya aquel humano que primero

halló en el ancho mar la fiera muerte,

y el que enseñó a su espalda ondosa y fuerte

a que sufriese el peso de un madero!

 

¡Malhaya el que, forzado del dinero,

el nunca arado mar surcó, de suerte

que en sepultura natural convierte

el imperio cerúleo, húmedo y fiero!

 

¡Malhaya el que por ver doradas cunas,

do nace al mundo Febo radiante,

del ganado de Próteo es el sustento;

 

y el mercader que tienta mil fortunas,

del mar fïando el oro y el diamante,

fiando del mar de tanto vario viento!

Más allá de las diferencias melódicas a cada lengua en que estos poemas fueron escritos, «el ánimo [entra] en suspenso, fascinado por la simple descripción lírica de las mutaciones que sufre el cuerpo de un ahogado, el cual lógicamente no se altera sino solamente se transforma», en una cincuentena de palabras en Shakespeare y en las siete bien arropadas del tercer verso del primer terceto de Quevedo[49]. Lo que destaco es la circunstancia de mar de los sujetos de esas muertes por agua, y el tono elegíaco diversario convergente en la sustancia lírica de la muerte como transformación, mudanza o cambio, que en Vinyoli se compacta o comprime en este verso paracompadre: «La muerte es puramente un cambio más». Concluyo de todo esto por la imposible separación de fondo y forma que para el racimo bandido de estos 3 la esencia de la lírica es trágica, y su asunto marcado por la condición mortal; la muerte vindica nuestro ser de paso para el espíritu, y por amor en poesía, revierte en transformación que será permanencia en la ‘sucesión de difuntos’ de la vida.

Una escéptica simbolista del amor:

No diré nunca, no diré nunca el amor,

porque el amor no se puede decir.

No intentaré —no osaré el amor,

porque por entero no se puede asumir.

Quizá, quién sabe si por el arenal de los años

me acercaré silencioso al río donde absorto

pesca el hombre que no sonríe, blanco

de cabellos, mirando despreocupado cómo

fluye la vida, y oye el canto de un pájaro

negro. Quizá del amor le hablaré a él.

 

El amor, vial de sentido, insuficiente mas trascendido:

Quien de amor se abriga

sube el escalón

que deja en la artiga

del saber mayor.

Vinyoli desechó una técnica aprendida de Les estances ríbicas y las Nuevas poesías rílkicas («consistía en concentrar voluntariamente el espíritu en sí mismo o en el objeto de que se tratase para extraerle sustancia lírica») al descubrir el sentimiento, la ‘intuición sentimental directa’ que «nos permite ver la vida espiritual del otro como otro» y «salir de nosotros mismos y entregarnos» (y en vuelo a pique en Domini màgic, el conocimiento trágico: «dentro del otro ya, naufrago»), en camino a una poesía sustancial: a la poesía: «las palabras más sencillas surgen provistas de una fuerza que las sitúa [] en el plano del lenguaje poético» y «por más que utilice el lenguaje corriente las palabras ya no significan [] lo mismo: [] ya no aluden a la realidad cotidiana sino a lo que el poeta entrevé en su experiencia profunda». Así, sintió «que la poesía reclama libertad, disponibilidad y riesgo, y que sólo a quien ‘se abre a todo sin recelo’ es posible que un día le sean inteligibles [] unas palabras sencillas, secretas, necesarias, plenas de sentido y de misterio».

Despuntan gritos de hojas en los árboles,

desgarra un vuelo de grifos la caída de la tarde

y la montaña, en azul recogimiento

crepuscular, lleva en el regazo humilde

un delantal de trigos todavía tiernos.

Me alejo de los embrujos del poniente,

esparzo las pesadumbres y las cenizas

y de la vieja madeja corto el hilo.

Pastan por la noche rocas y cabras,

el río encendido se precipita al mar,

el espacio bermejo se cubre de relámpagos como sables;

dominio mágico, reino sublunar.

 

Lo informe que el deseo inconfiesa en las formas que obra el amor. Lo que títere por el mundo fosforescente se revela miedo; lo que, flor de cierzo, chisporrotea origen, alapié de muerte, añoranza de nada, vuelta a casa de caos a vacío.

 

Soledad y angustia humanas en absurdo de cosmos, siniestro destino de los míseros mortales.

Lo que era se ha acabado: comienza el ya-no-ser.

 

 

Gabriel Ferrater entiende a decir propio la poesía (o más exactamente: su poesía) como la descripción de algunos momentos de la vida ‘moral’ de un hombre ordinario como él. «Ni una sola de las cosas que mis poemas consignan», dijo en una de sus últimas entrevistas —concedida por cierto a un periodista mexicano, «tiene un valor eminente, y es la complicación y el equilibrio de los temas lo que puede dar al conjunto un interés de sostenida verdad». Y a propósito de los temas: «mi único tema es el paso difícil del tiempo y las mujeres que han pasado por mí». Y para cerrar esta miradura, expuesta cuando ya su obra estaba concluida (El Heraldo de México, 1971): 1) «Estilo hemos de tener poco: debemos simplemente realizar aquel que nuestra educación nos ha dado y que es por tanto impersonal, y guardarnos de jugar con el sentido de las palabras de la tribu»; 2) «Lo ideal sería que todo poema fuese claro, sensato, lúcido y apasionado; es decir, en una palabra: divertido»; 3) «el escritor tiene un compromiso con la gente que lo rodea y el país donde vive, pero la creación de su obra es otra cosa; es la intención de traducir una experiencia en que cada escritor es diferente. Yo practico muy poco la poesía política, pero me parece muy bien que una persona para quien la política tiene importancia en su vida, la traduzca en poesía»; 4) «Busco de mil modos que las ideas teóricas no me distraigan demasiado, pero quizá puedo decir que he llegado a alejarme mucho de la estética romántica dentro de la cual ha nacido mi tiempo. Comprendo ahora que es completamente legítimo distinguir el fondo de la forma en un poema, y no sé por qué me he impuesto confundir un viaje por el infierno con el patrón estrófico de la terza rima. Me parece que es el fondo lo que constituye el poema» 5) «me interesan muchísimo más los escritores hispanoamericanos que los españoles. Uno de los grandes poemas que más me han influido y releo muy a menudo es el Martín Fierro, cuya importancia es mayor que cualquier poema español del siglo pasado o del actual»; 6) «Cuando se discute por qué escribimos en catalán se plantea si un escritor está obligado o no a escribir en su lengua materna. Sobre esto se pueden adoptar todas las tesis». «Petrarca era tan gran escritor en latín como en italiano. Hay ejemplos para todos los gustos. Ahora bien: lo que nadie dice por hipocresía es que muchos poetas hemos adoptado el catalán porque la cultura española en bloque nos da asco»; 7) «Yo siempre he pensado, aunque sea hombre de letras, que la base de una cultura auténtica y respetable es la ciencia. En el siglo XVI el clero prohibió la ciencia en España; por eso a la cultura española siempre le ha faltado la base». «Yo soy partidario, aunque no sea muy ordenado en mi vida, del orden y la sobriedad»; 8) «La conciencia histórica y social y tal el escritor la tiene o no la tiene»; «pero lo cierto es que una forma literaria no me va a dar nada en cuanto a mi experiencia. Es como creer que cierta forma literaria me va a dar el sentimiento de la mujer, y ese es uno de los peores defectos de la literatura contemporánea: el escritor cree que debe escribir a medida que se le forma el tema en la cabeza»; «Las ideas tienen que ser anteriores a la forma»; «yo no soy de los que viven de cara al pasado. No pienso demasiado en organizar ni cambiar el género. Pienso en saber de dónde vengo y cómo he llegado a donde estoy, no a dónde voy»; «El escritor no tiene por qué cambiar el mundo»; «Tenemos que cambiarlo todos los hombres, pero no el escritor más que otros»; «en el fondo el único tema que me interesa son las mujeres. Cuando uno está enamorado observa mucho más; está mucho más atento a lo que es una mujer que cuando no lo está. No. No escribo mejor cuando estoy enamorado. Escribo mejor después»; «Desde luego me duran más las mujeres que las ideas de tipo ideológico (parece un juego de palabras, pero una idea matemática no es una idea ideológica). Conservar una idea ideológica durante más de un año siempre me ha resultado muy difícil»; [la literatura] «es un procedimiento higiénico para destruir las ideas ideológicas: es un ácido disolvente. Como a los literatos lo que nos interesa es justamente la observación directa de hombres y mujeres, eso sirve mucho como disolvente»; 9) «Es obra del azar mucho más la obra del poeta que la del novelista»; «Si yo escribo un soneto sé que cometo una extravagancia, y así el novelista tiene que tomar conciencia de que escribir novelas ahora es en cierto modo una extravagancia, mientras que en el siglo pasado era normal. Eso no destruye la posibilidad de ser geniales. Si yo tuviera energías, podría ponerme a escribir un poema en octavas reales y hacer una obra maestra, pero el poema épico en octavas reales no es precisamente el género del siglo XX. Al fin y al cabo la forma no es esencial. Lo único que nos interesa a las personas, a los hombres y las mujeres son las relaciones entre los hombres y las mujeres; o sea: las relaciones personales; entre un hombre y un hombre, o una mujer y una mujer, cada quien como pueda. ¿Tú recuerdas un poema de Octavio Paz que hable realmente de una relación humana entre dos personas? Aquí está: para mí, Octavio Paz como poeta no existe»; y 10) «La poesía medieval tiene en mí un buen lector, y no le cuesta nada persuadirme. En Bertran de Born, Chaucer, Villon, Skelton, encuentro acopio de verdad ágil y monda, vista con  limpia mirada y cordialmente sentida, lo cual me evita añorar las grandes masas de líquido verbal que puso en ondulación el Renacimiento. Catulo es el único poeta antiguo que he llegado a conocer, y he intentado entre los recientes hacerme un rincón bajo la sombra de la rama de poesía inglesa que surge de Thomas Hardy y se alarga en Frost, Ransom, Graves, Auden. Pero Bert Brecht es el primero que me dijo que la poesía puede prescindir de muchos lujos. Los poetas catalanes que más a menudo recuerdo son March y Carner».

Comienzo por Catulo. El título en latín del primer libro de Ferrater (Da nuces pueris, único de los suyos que no doy en este volumen —3 como los rollos catulares) viene de estos versos de la Procesión nupcial de la «Canción de boda en honor de Manlio y Junia»:

Que no callen más

los procaces versos fesceninos

ni el favorito niegue nueces a los niños

cuando sepa que ha terminado

el amor de su dueño.

 

¡Da nueces a los niños, indolente

favorito! Ya tuviste tiempo más que suficiente

para divertirte. A las nueces sea grato

ahora servir a Talasio.

               ¡Dales, favorito, nueces!

 

Ayer lo mismo que hoy te repugnaban

las campesinas, favorito.

Y hoy el peluquero te afeitará

la cara. ¡Ay, desgraciado, desgraciado

favorito!, ¡tírales nueces!

Los soeces versos fesceninos se cantaban en las bodas romanas del tiempo catúlico para conjurar que la excesiva felicidad de los casados fuera a provocar funesto enojo a los dioses. Estas canciones eran las de los soldados en las marchas triunfales de los generales victóricos.

Tomando las nueces como juegos infantiles el lanzamiento de nueces a los niños simbolizaba el abandono adolescente de la propia niñez: la hora llegada de hacerse hombre, y casarse: servir a Talasio —Himeneo griego entre romanos[50].

Gabriel Ferrater en acción de juventud tardía a los 38 años de su edad acomete la aventura contraria a Rimbaud que a esa edad la deja: se hace hombre al hacerse poeta y sirve a Talasio en virtual matrimonio con la poesía —frutecida en el racimo irreparable y sucesivo de las muchachas en flor en el corte nupcial creador que va de 1960 a 1966, corte extracto de tiempo encinto y dado a luz en sombra de su obra compacta y expedita.

Aquella entrevista resulta un tanto excéntrica. Es como el montaje de algún texto (previamente escrito a preguntas puntuales o no) con largos fragmentos a veces estancos de una conversación de ginebra literaria decepcionante para el poeta[51].

Ferrater que tenía vena y duende para ello y gustaba de esas jugarretas parece haberle tomado la medida y el pelo al entrevistador. Así se explicarían cagándose de la risa trágica algunas de las atrocidades que es imperturbable capaz de soltar entre pronunciamientos sustentables generalmente obvios y magias truncas y fallidas. Ningún poeta verdadero es un hombre ordinario. Tales no son poetas. El estilo de Ferrater no es el que su educación le diera, y menos impersonal. Ningún poema es divertido ni adusto; puede serlo en cambio su asunto y su tratamiento o el ánimo que precipita el hecho poético. Martín Fierro es o no mayor que cualquier poema español ‘del siglo pasado o del actual’, pero nadie encontrará en la poesía ferratérica rastro o huella de él… Mas esta es la perla más chancha que puede arrancarse de las fauces bivalvas individuas de ese bancal ostiónico: «he llegado a alejarme mucho de la estética romántica, dentro de la cual ha nacido mi tiempo. Comprendo ahora que es completamente legítimo distinguir el fondo de la forma en un poema, y no sé por qué me he impuesto confundir un viaje por el infierno con el patrón estrófico de la terza rima. Me parece que es el fondo lo que constituye el poema», y más todavía: «Al fin y al cabo la forma no es esencial» —algo que por supuesto su poesía desmiente, y no aguanta ni el escorzo del ave de los análisis: la Comedia dantesca no es «un viaje por el infierno» (el ‘fondo’, y constituiría el poema) ni la terza rima es en el caso más que instrumento que tañó el autor para expresarla, y lleva la música por dentro; en ella supongo que se han dicho ya, y más que pueden decirse, las más grandes pendejadas, y en modo alguno se la puede confundir con aquello que enuncia o canta, del mismo modo que no puede separársele. Por otro laredo: ¿la estética romántica dicta la inseparabilidad material de un cuerpo de espíritu simultáneo nato como el poema en razones de fondo y forma?; o ¿se trata de un hecho de misterio dado, como en esencia y en los hechos la poesía, la vida y la muerte? Con el textículo prójimo dialoga Ferrater sin aludirlo: es el Elogio de la poesía de Joan Maragall: el hermoso texto romántico catalán sustentante de la teoría de la palabra viva, que doy en versión de campo, sin el original o a mi crédito, y por la franja pertinente:

SEGUNDA PARTE
VI

Todo lo que he dicho pertenece al poeta y a la poesía ideales. He hablado del oro puro para reconocerlo bien entre la tierra donde lo hemos de buscar. No hay canteras de oro puro en la tierra sino minas con vetas de oro, filones; o bien, oro en polvo, o en pequeños terrones, siempre entre impurezas, y lo hemos de arrancar con pena y después trabajarlo con mezclas de otros metales y otras cosas que le dan nueva consistencia. Pues así mismo la poesía en los hombres y en sus obras. Hay hombres que son en sí mina muy rica, y hay obras trabajadas con mucho de ella; pero el poeta puro, la obra maciza de poesía sólo existen en aquel ideal que hemos de tener siempre delante de los ojos para irnos acercando a él, acercándonos siempre. Es la ley de la complejidad del caos que tiende a la unidad de Dios a través de la Creación[52].

Así la poesía suele brotar entre los propósitos de razón (que es lo más opuesto a su naturaleza intuitiva) o por prurito de un ritmo externo sin alma (que es lo más peligroso por lo que se asemeja exteriormente a la inspiración poética, siéndole lo más enemigo porque, con una tal facilidad, falta a las palabras la presión que necesitan para florecer plenas de sentido, y brotan abundantes tan sonoras cuanto vacías); o por un interés humano ajeno a la forma, que nos mueve a hablar con un cierto calor elocuente que muchos confunden con la emoción poética, pero que, como que no viene de la forma reveladora, carece del ritmo del esfuerzo creador y no puede dar por tanto belleza pura; y también cuando, a veces, habiendo logrado un momento de verdadera poesía, queremos extenderlo al redondeo del concepto que nos ha sugerido sin acabarlo, y nosotros lo acabamos con palabras frías de razón, muertas ya para la belleza.

Entre estas y otras impurezas suele brotar la poesía, la flor verbal, casi siempre accidentalmente, y en la medida de riqueza poética del hombre que la busca a través del propósito, del afán aguijoneante, de la elocuencia interesada de manera distinta: estimulada a veces, ciertamente, por la actividad espiritual que estos estados promueven en el poeta, pero siempre como una cosa diferente de ellos mismos, impensada entre los pensamientos, casual entre los propósitos, súbita aparición de una forma viva entre los fantasmas verbales de otra esfera, pura entre impurezas.

Y de estas impurezas vienen los denominados géneros de poesía; porque ella en sí es una sola. La epopeya, el drama, la oda, la sátira y tantas otras clases de obra de lo que se llama literatura, son la concepción estructural, son la tierra y el polvo, son la ocasión, el lugar de nacimiento de la Poesía, que es una en todos ellos, la Palabra entre mil palabras, la flor entre hojas, el ritmo entre ideas[53].

Entonces pues, ¿qué haremos? Condenaremos el propósito, el cálculo, la preparación, la pauta, el concepto, y se alzarán frente a nosotros La Eneida de Virgilio, la Commedia de Dante; rechazaremos el artificio o el prurito del verso, y se nos presentarán los trovadores cortesanos con aquel  talent de trobar que los prendía; apartaremos el interés oratorio por ideales abstractos y se nos aparecerán Schiller y demás románticos cantando la Libertad y otras abstracciones. ¿Negaremos como poetas a todos estos que lo fueron tanto? No. Pero no me rindo, ténganlo por bien entendido. Ni Virgilio ni Dante ni los trovadores ni los místicos ni los románticos valen por el gran escaparate de sus obras, ni por el  talent de trobar ni por el calor de sus ideales ni por el sabio artificio sino por el oro, sólo por el oro de poesía disperso en el fardo de sus obras, por cada instante de emoción poética que los enciende entre mil instantes: por el relampagueo de la palabra viva dentro del nubarrón de sus abstracciones; porque fueron poetas pese a las concepciones que se montaron en la testa, y un rayo de la luz de poesía que llevaban dentro penetró, de tanto en tanto, a través de la obra muerta.

VII

Séanos Dante y la Divina Commedia el gran ejemplo, porque allí hay de todo. La invención del asunto es muy abstracta, aunque la abstracción fue vivificada por el recuerdo de aquella Beatriz tan ausente y tan presente. El plan es un mero concepto filosófico, teológico. Pero a llenarlo se lanza allí todo el hombre; guiado, eso sí, por su gran amor, pero también con todas sus demás pasiones religiosas, políticas, científicas, y sus odios y amistades personales, y sus iras facciosas, sus indagaciones de moralista, sus mecanismos racionales de estudiante, sus dolores de desterrado, sus fantasías, sus debilidades, su vida pública entera, y la más íntima: allá va todo: al crisol, a la fundición; allá va el hombre completo. Mas como este hombre era un gran poeta, hete aquí que allí va mucho oro, oro sobre todo; y en el grandioso amasijo de tantos metales diferentes y tantas impurezas, serpea allí espesísimo el oro; tanto que os deslumbra y os parece un solo bloque de oro puro.

Dice un comentarista de la Divina Commedia que Dante se propuso componer un poema didáctico y le resultó una epopeya. Y es eso, lo impensado, la ley de la poesía. Seguro que cuando Dante se adentró en el infierno con sus odios de gibelino, poco pensó en encontrarse allí con dos amantes. Y he aquí que de golpe surge uno, y se le ponen delante aquellos dos

…che per l’aer vanno

e che paion si al vento esser leggeri,

y el episodio vivo tan palpitante de poesía.

Tiene eso Dante —y por lo mismo es el mayor ejemplo de poeta: que quiso escribir el poema más fuera de este mundo que se haya imaginado por su asunto, y le revirtió el poema de más luz terrena, de más gestos humanos, de más carne y sangre y voces y aromas corporales que nunca se haya escrito. Querrá iniciar el símbolo del Purgatorio, el paso teológico del Purgatorio al Paraíso, y todo se le volverá imagen de montañas, de ríos, de caminos, de luces y sombras; y al llegar a lo alto de la montaña de cima teológica, según su intención, se le aparecerá sin quererlo aquella vista que tuvo un día en lo alto de las montañas de este mundo desde donde se ve al mar tremolar a lo lejos:

connobi il tremolar della marina.

Símbolo, concepto, abstracciones, ¡adiós! Surgió el poeta, el oro del poeta, la forma viva, la sencilla visión popular. Estos son los hilos de oro tan espesos que doran el poema completo.

Mirad todas aquellas sutilidades escolásticas que nublan de niebla el Paraíso cómo son vivamente coloridas por el reflejo de la total entrada luminosa:

La gloria di Coloui che tutto muove

per l’Universo penetra e risplende

in una parte più e meno altrove.

Eso, que podría muy bien ser un seco aforismo escolástico es, dicho por Dante, forma que palpita, ritmo de vida, poesía.

Y hasta de sus derivaciones más extrapoéticas por su intención hacia la política, trozos de mera elocuencia, se alza con vuelo poético porque todo lo ve a través de la forma:

Ahi! Serva Italia, di dolore ostello,

nave senza nochier in gran tempesta,

non donna di provincie, ma bordello!

Y así va brotando el poema completo en imagen, en gesto, en forma de vida; con altos y bajos, naturalmente, según la inspiración de cada instante. Fueron su mundo y su tiempo los que dieron vida a aquel ultramundo y aquel ultratiempo que él quiso significar. Quiso hacer su poema didáctico, pero como que era un gran poeta, le salió epopeya viva.

Porque, decidme, aquella teología y aquella filosofía, y aquella política, y aquella Italia y todo el sentido oculto y toda la trascendencia moral que en la intención de Dante fueron quizá lo sustantivo de su obra y su tema y su orgullo, ¿dónde quedan, ni qué significan para nosotros? Aquel fardo sistemático y trabajado del pensamiento de su siglo podrá ser tal vez objeto muerto de la atención y el estudio del historiador y del filósofo del nuestro y de otros tiempos que lo contemplarán con triste curiosidad como reliquia respetable del esfuerzo de toda una época; pero en su fondo, ya sin virtud actual, como cosa pasajera. Mas de tal obra, ¿qué es lo inmortal, qué es lo siempre potente y verdadero, qué es lo vivo y actuante hoy y siempre? ¿Cuál es la gloria de Dante y su grandeza; y por qué, colocado entre los genios de la humanidad, allá arriba con Homero y Shakespeare y Beethoven si no por aquellas imágenes vivas de hombres, por aquellas gesticulaciones y aquellos gritos de pasión, por aquellas visiones de luz y sombras en el mar y en los campos y en las montañas, por aquellas palabras inmortales que accidentalmente le brotaran al calor de su actividad de poeta, y que para él fueron quién sabe si únicamente el medio, la manera ocasional de decir, el episodio lanzado al azar de su discurso?

[…]

VIII

[…]

¿Qué os pensais que es lo que en la Divina Commedia salva mucho de lo que fuera maltrecho por la frialdad de sus intenciones extrapoéticas? Pues el ardor de una forma siempre presente y soberana en el pensamiento del poeta: es el amor de Dante por Beatriz.

La Divina Commedia fue el palacio que Dante levantó para hospedar en él al gran amor de toda su vida: y Beatriz está allí presente de un modo u otro en todas sus habitaciones. Así la presencia constante de aquel amor en el alma de Dante, permite que los ojos y la voz del poeta nunca se descarríen por completo; que la presencia constante de aquella sublime forma comunique al conjunto de sus palabras, digan lo que digan, algo de la emoción formal reveladora, de la vibración transhumanizada del ritmo divino que hay en ella. Así  l’amor che muove il sole e l’altre stelle hace de la Divina Commedia una obra esencialmente poética.

Y esta trascendencia del amor en la poesía (como en cualquier otro arte) es a menudo recurrente. Porque el móvil inmediato del amor es el mismo que el del arte: la forma. Cierto que el amante ama muchas cosas en su amada; pero todas, si bien se mira, a través de su forma, como el artista a Dios a través de la forma. Y el fin último de uno y de otro es también el mismo: la perpetuación de la forma; su inmortalización —aunque cada quién a su manera. Así pues el amor que obliga a tener los ojos siempre fijos en la forma amada, dispone al arte y a la poesía; y el artista y el poeta, cuya vocación de vida es la forma, suelen ser muy enamoradizos; pero así como el amor del enamorado que no tiene otro don se resuelve en el deseo de perpetuar la materialidad de la forma amada por la generación porque no puede hacer otra cosa, la vocación del artista se resuelve principalmente en perpetuar el espíritu de la forma, que es la revelación del ritmo por medio de su expresión humana. Así el amor es una suerte de arte ciego, y el arte es un amor luminoso: uno y otro crean, pero cada uno a su modo. El hijo de Dante y Beatriz es la Divina Commedia.

El fracaso en el extremo opuesto de los afanes proselitarios de Maragall en torno al juicio previo de la forma como revelación divina de la palabra viva («en el fondo equivocada»: Carner), y que hace de los contenidos material de desecho, resulta incluso conmovedor por su arbitraria impunidad metódica, por su inocente ingenuidad, y así también por su prosa. Dadas su ‘viva’ agilidad y elegancia discursivas, debería ser como todo lo verdadero inobjetable, pues la ‘forma revelada’ le conferiría tal carácter, a menos de reducirla a verdad de fe como la patraña de la Escritura.

Pero sin duda Maragall creía o quería o necesitaba creer en eso; y hablaba en serio.

¿Hablaba en serio en esta entrevista Gabriel Ferrater? Yo creo que no.

¿O más bien que sí?: ¿hablaba en serio según el giro trágico de una jugarreta en la cual él mismo se estaba involucrando?: ¿una acción brutalmente ‘limpia’ de autodesprecio, propia de una ruptura ya entonces definitiva con su vida y con su obra?; ¿un desnudo de espíritu puesto a cubierto por la circunstancia presente de un inquiridor inopinado patiño que nada entendería: la negación del sustento y la razón de ser de su propia poesía? En todo caso, el poeta sabía muy bien la vanidad bisturí de quien pretende pasar a cirugía a La Siamesa en Uno, ubicua e intangencial. Y autocalumniarse es una forma de odiarse. Ferrater pareciera haber encontrado allí una manera divertidamente triste de ser en burla de ser por destino, en los linderos del yermo, a un paso de la sequía de absoluto.

Hablar es todavía seguir estando vivo.

Diez años antes había escrito:

No estoy triste cuando escribo

sino que río, y envejecer

no me ha causado todavía el trauma

que por lo que se ve a todos aguarda.

Cierto que el cuerpo pierde su encanto,

pero lo que a mí me ha encantado

siempre han sido los cuerpos ajenos

y en mí no veo más la carne que los huesos.

Mas los otros cuerpos también envejecen:

  • «esta mañana me encontré a una muchacha/ que conocí cuando éramos estudiantes:/ árbol entonces glorioso, llamaba/ a que se alzasen los vientos para desgarrarlos./ Ahora sonríe herida: la deshonra/ de hacerse cinco años vieja la ha marcado»;
  • «Que envejecieras tú, Helena,/ sí que me haría escupir sangre./ No quiero recordar que una sangre/ joven colmó alguna vez a la mujer/ que hoy he visto limpiar anchoas/ despatarrada en un callejón,/ —y he debido vigilar que no/ le pisase yo tripa de piernas».

 

Ferrater se hurtó al agravio de la vejez real, y se odiaba por haber ‘envejecido’ relativamente:

qué horror

se ha introducido ahora

en este cerebrito

fácil de vulnerar,

y esta cara joven

se ha fundido por un segundo,

se ha fundido como una máscara

de cera, y me ha hecho ver

la cara ineluctable

del viejo que allí se oculta

y sabe lo que lo odiamos.

La vejez le era abominable porque lo es para las muchachas, y las aleja.

Nada peor para el definidor de esto:

¿Qué es un hombre? Dos manos,

una en el pecho y la otra en el vientre de una muchacha.

Moción de procedimiento:

                                                           Eludo

el ataque directo, me revuelvo

sincero, me revuelvo astuto.

me empapo de remordimiento,

tal cual era de joven me describo,

y la razón entera me socorre

cuando afirmo que para atrapar

en una fórmula el sentido

de una manera de ser joven

y seguir a las muchachas, que hasta

los dientes vuelve a mí como un regusto,

no necesito más que llamar al rechazo

con que aquellos hechos se me rebelan

si los expreso en términos de afectos.

 

 

Catulo y Ferrater se topan en más de un descampado existencial y poético, a veces hasta por la evidencia:

C: «Pues el poeta piadoso debe ser decente,/ pero de ninguna manera sus versos»; F: «¿Que mis versos son indecentes? Bien puedes/ decirlo tú, Olibrio» (¿o se trata de ‘falsas’ versiones —como el aparente epígrafe catular de Chúpate el dedo grande) y yo ando desencaminado…?).

Vistas sus obras acabadas es dable establecer que ambos escribieron poemas cortos, poemas de largo aliento, y epigramas; C en tres rollos de papiro, equiválidos a los 3 libros de F.

Catulo, muerto a los 30 años, es el poeta joven por excelencia; Ferrater, poeta de la juventud tardía.

«Los lectores de Catulo estarán de acuerdo conmigo si afirmo que su poesía puede ser lasciva (32), o puritana (30), superficial (33), o profunda (76), sencilla (43), o compleja (68B), llena de gracia y humor (53) o extremadamente seria (58), cariñosa (50) o implacable (88). Catulo, por tanto, no puede ser reducido a una sola cara, sea esta la de su poesía de amor, sea la de sus ataques satíricos o sea la de sus elaborados poemas largos»[54]. Los lectores de Ferrater no tienen más que sustituir los ejemplos (tal vez con la excepción puritánica) y el nombre del poeta para atarlos por el vértice. De todo aquello en lo que coinciden (el cabecilla neotérico o «novísimo» propugnaba una poesía elegante, al mismo tiempo llana, directa e intimista, subjetiva; y en sus poesías de ocasión el ritmo es ágil, vivo, conversacional) destaco ahora la búsqueda amorosa en la vida real de un correlativo objetivo a su ideal de mujer, vocación de fracaso y, así, ‘romántica’. Beatriz llena a Dante no como ser vivo Portinari sino como espíritu que da vida a otro espíritu por amor creador idealizado; pero Dante supo escindirse para vivir un amor terreno asumido sin esperar de la amiga virtudes etéreas impropias a la condición humana. Su musa es sobrehumana e inmortal; su mujer, de carne y hueso. Así también la Comedia es una estructura abstracta, teológica y metafísica, pero su sustento absolutamente humano. Las mujeres que viven en la imagen ideal de Catulo son alegóricas, como Acmé flor de la vida, amada, enamorada y fiel —simbólica de las carencias terrenales de Lesbia; o Ariadna, capaz por amor de abandonar posición regia y familia; o como Laodamía, a quien le es insoportable la muerte del marido. Lesbia en cambio es musa de carne y hueso y por tanto traiciona y no llena las expectativas del poeta que en ella creyó hallar ideal. Mucho más complicada la concepción de las muchachas que se montó en la testa Gabriel Ferrater en la busca de la ideal entre las mujeres: la mujer en sí que está en todas y en ninguna y que lo llevó a construir su teoría de los cuerpos (concepto algebraico y no geométrico, transfísico y metapsíquico destinado a la construcción de un ‘cuerpo’ bajo ciertas condiciones sucesivas de sueño de amor sobre el poder del tiempo y el mar de las muchachas), revocación de vida al vacío de la muerte propia.

Teoría del cuerpo construido por amor en el poema: con toda su carga trágica y contradictoria pasional, el amor como recuerdo del cuerpo sido en el sueño de dos en uno, acompaña tras la muerte transfísico (esto así, aunque el poema que sigue no provenga de ese libro, cita que mantengo aquí, sin revisar, en una vieja versión):

Estoy más lejos que amarte. Cuando los gusanos

hagan de mi cuerpo una fría cena,

encontrarán un regusto de ti. Y eres tú

que indecentemente te has amado por mí

hasta la náusea: saciada de ti,

de pronto te excitas, te me vas detrás

de otro cuerpo, y me deniegas la paz.

No soy sino la mano con que te manoseas.

 

En 1968 Ferrater reunió su obra poética corregida en «Les dones i els dies»[55] bajo este epígrafe anónimo y lapidario:

Wen more is said than must,                Cuando se ha hablado ya más de la cuenta

Then better left unsaid and done.         Lo mejor es callarse y dar por terminadas las cosas.

Your artful songs of love,                     Tus habilidosas canciones de amor,

The rigor of your spoken lust,               El rigor de tu lujuria verbal,

Have now become a cunning sort of      No son ahora más que una especie astuta de

Overrated pun.                                    Ocurrencia sobrevaluada.

Establecida la identidad de la autora, Jil Jarrell, con quien se casara ‘por lo civil’ en Gibraltar (1964) en parte debe pensarse para quebrantar con un acto de individualidad en compañía simbólico la norma franquista, y con quien viviera por lo menos una relación de tres años, el epígrafe cobra las alas crueles del epitafio de autor a una obra de amor combatida por la pasión de un rencor de mujer amada: respuesta a una respuesta puesta en la balanza del conjunto enamorado sucesivo de las mujeres en los días y en la indefensión de una utopía bifrente y devastada que defiende el amor por inocencia, sobre todo cuando Ferrater construye poesía ¿involuntaria? que completa a Catulo al dar lo que pudiera extenderse como el epigrama de Lesbia. La ponzoña de la reina. El aguijón de la musa. Con Las mujeres y los días se cerró la obra ferratérica y ese pie sobre cuello de poesía se haría definitivo para toda ella, pero eso ni el autor ni nadie me parece podía saberlo entonces.

Todos estaremos en el Puerto con La Desconocida.

 

 

• •

Vicent Andrés Estellés acomete en El gran foc dels garbons[56] la crónica poética de su pueblo natal.

Poesía de acaecer disperso en la entraña de una pequeña ciudad, no se ciñe a la anécdota de aldea que tiene al chisme por eje (aunque no lo desdeña) ni sigue las sagas conductuales de los poderosos, de los ilustres de alcurnia municipálida.

El gran fuego estellésico está atizado por la leñadura ósea espiritual de la gente común y su memoria trivial y sórdida y profunda. Es un fresco de alcances épicos populares en el que caben la estampa, el retrato, las costumbres, los ciclos de perfil humano, el amor, el sexo, la inocencia, la brutalidad, el chiste, la prostitución, la miseria, el esplendor y la muerte. Su trazo es lo mismo ancho que delicado, y se ilumina desde fondos sombríos pues su lugar de suceso es el que vive íntimo en el recuerdo del autor y actualiza rescoldo en poesía sucinta que prende hoy con ayer. Su presencia constante y cantante en este infierno minimal juega dantesco su muchedumbre pasionaria humana —sin embargo escueta, y limitada por la muerte como ética poética y plástica lúdica.

Una peluda tribu de la Biblia (el mudo, el ciego, el obispo loco, la madre sola, la puta cordobesa, la trapera comadrona, el timbalero que tañe su escoba de barrendero, la beata oficiando misa en la plaza pública, el feretrero; el marinero y su mujer cogiendo con las puertas abiertas al testimonio más que a la curiosidad pública…) manumite a la vida a un esclavo del qué dirán tanto como del olvido: el gañido vivo de la pasión, la emoción y el poder creador de los hombres, las mujeres, las niñas y los niños ordinarios en convivencia circuita y moral.

Entre estos 103 sonetos se encuentran algunos de los mejores (no sólo versos como vindicara socarrón el poeta) poemas de la lengua catalana del siglo XX, y su conjunto constituye uno de los libros de más alta gracia de la poesía radical que la cultura humana puede hollar sin constancia en las actas eruditas de los paisajeros del sueño de las élites.

Desguazaron el cementerio. Cuento

con el testimonio de mi madre. Hacían

música unos tipos con los huesos de

los muertos anónimos, olvidados. En una

 

casa de aquellas, incrustada en una

pared de cierto corral, podíamos ver

la losa de una sepultura. Pienso

en mi madre que lo miraba todo

 

con un dolor que perdura en ella todavía.

Habían hecho un cementerio nuevo

y desechaban los difuntos anónimos.

 

Siempre que paso por la calle de los pobres,

a la que han puesto el nombre de no sé quién,

me sé pueblo, me sé polvo, huesos de música.

 

 

Aquí me planto.

 

 

Las Flores de Uxmal, DF

                                                                                         Setiembre de 2002-abril de 2003

                                                               [Las notas temporeras se fechan solas]

                                                                                                          • • •

 

 

 

AGRADECIMIENTOS

 

 

A lo largo de los años de traducción y producción de este libro, agradezco:

 

A Immaculada Roca Grifell, compañera de tanta vida, madre de mis hijos.

 

A mis hijos Rilke e Ilíada Cherezada, que comparten propias las dos lenguas a la poesía de las cuales sirvo en este lugar.

 

A Francisco Seguí (en memoria), poeta y hermano de vida y poesía, lector y consultor en catalán de mis primeras versiones (Espriu, Ferrater, Carner, Vinyoli).

 

A Antoni Garcia-Porta, por su lectura, observaciones y comentarios a mi primera versión de Vent d’aram.

 

A Dante Delgado Rannauro, exgobernador de Veracruz, cuyas gestiones hicieron posible una beca por un año del Ayuntamiento de Jalapa 1998-2000, gracias a la cual pude coronar este esfuerzo en Barcelona entre 1999 y 2000.

 

A Rafael Hernández Villalpando, presidente de ese Ayuntamiento, y a los funcionarios culturales Eduardo Pérez Roque y Alicia del Villar.

 

A Joan Clos, alcalde de Barcelona en la fecha, y a Tona Mascareñas del Gabinete de Relaciones Internacionales para América Latina, por el apoyo logístico e institucional a este trabajo.

 

A Guillermo Sánchez Meyer, presidente de la Asociación Nacional de Artistas con Discapacidad AC de México, por su solidaridad.

 

A Vicenç Llorca, director de Cultura de la Generalitat de Cataluña en aquel tiempo.

 

A Francesc Parcerisas, director de la Institució de les Lletres Catalanes entonces, por su apoyo a esta obra.

 

A Enric Casasses, por la poesía.

 

A Mireia Soler, por ella misma, y por todo.

 

A Dolors Miquel, por la poesía.

 

Al jardín de la reina Elisenda Serrano.

 

A los actores de mi grupo de teatro Las Flores de Uxmal: Roberto Godínez, Hugo Swami Isachar, Sandra Sabugal y Sandra Oviedo. A la memoria de Federico Galo.

 

A Bruno Montané por el fitxatge.

 

A Mario Raúl Guzmán, por lealtad a un fantasma: la amistad.

OG 2003

 

 

Especial. También en nombre del epiloguista: a  los herederos, representantes o actuales poseedores de los derechos de autor cedidos para esta edición.

 

De 2007, noviembre. Agradezco de última hora las lecturas puntuales y aportaciones diversas y enriquecedoras de Jordi Cornudella, Jaume Pons Alorda y Andreu Subirats.

 

 

Guerau de Liost

 

 Olot, 1878; Barcelona, 1933.

 

 OBRA POÉTICA: La muntanya d’amatistes (La montaña de amatistas, 1908), Somnis (Sueños, 1913), La ciutat d’ivori (La ciudad de marfil, 1918), Selvatana amor (Amor selvatanés, 1920), Ofrena rural (Ofrenda rural, 1926), Sàtires (Sátiras, 1929).

 

 

 

Guerau de Liost

          La ciudad de marfil

 

«Coupez le myrte blanc aux bocages d’Athènes…»

Jean Moréas

 

 

«A Eugeni d’Ors, Glosador

—por cuanto, magnánimo, tuteló

a Guerau de Liost, caballero novicio;

por cuanto aladamente insufla

normas civiles—,

brinda, pompática, su entrada

la Ciudad de Marfil».

 

 

 

PÓRTICO

 

Bella Ciudad de Marfil, hecha de mármol y oro:

tus cúpulas se irisan en el azul que muere

 

y al reflejarse limpias en la turgente marejada

por el torso adolescente de las olas serpentean.

 

Tu marfil tiene la gracia de un mármol constelado

de auríficos polvillos, como la carne de un niño tiernito.

 

¡Bella ciudad de mármol del mundo exterior,

has devenido aurífica en una mirada de amor!

 

Eres obra labrada de un ordenado esmero.

Te purifica tu vivir magnánimo y cruento.

 

Y por encima de la frágil grandeza terrenal,

empuñarás la palma del recto juicio —que es inmortal.

 

 

RAMBLA ABAJO

 

Bella Ciudad de Marfil: escucha a un peregrino

de tus calles y plazas. Del campanario del Pino

siete horas manan, frescas por el aire matinal.

 

Sale de Belén, se detiene bajo el portal barroco

—como afrontando el choque del bullicio citadino—,

una devota. Y marcha después, poquito a poco.

 

Camina llena de gracia poniéndose en camino

y la mantilla deja entretenerse al viento.

Entre sus encajes vuela hechizado mi pensamiento.

 

¡Oh mujer desconocida que te pones una mano

sobre el pecho, en caída que se tuerce más o menos

como cabritilla que fuese de lo más dócil de criar!

 

¿Bajando los párpados apagas la inocente

mirada como una niebla que empaña el firmamento,

y te sonrojas, púdica, si te dicen un piropo?

 

¿Una pecadora eres, acaso, de fácil ligereza

y manejas al escuálido galán atolondrado

como maneja una santa al dragón con su virtud?

 

¿Una viuda joven con un niño de ñapa

y una hija núbil donde tu beldad renace,

y tu amigo, ¡oh tierna pareja!, es el mismo?

 

¿Eres fiel esposa de un marinero que anda lejos,

que volverá de Cuba hacia últimos de junio

y es tan robusto que aplasta las nueces con el puño?

 

* * *

 

Hasta Belén regreso rehaciendo tu camino.

Y tomo el Paseo de Gracia a ver si así disipo

este amor nacido bajo el aire matutino.

 

 

EN EL PASEO DE GRACIA

 

¡Liberadme de este mal de amor,

oh mujeres presumidas que, caseras,

podríais todas serme hermanas!…

Liberadme de este mal de amor.

 

Cierto que pasada la hora displicente

os dejaré sin escoger amiga. Vuestros

besos que cualquier nadería marchita

son mera picazón de un soplo de viento.

 

Pero es en balde que osado me enderece.

Siento las alas de una calma nueva

señorear la alcoba de mi pecho

—donde el ansia deleite se me vuelve.

 

Y ya ninguna mujer en el Paseo veo.

Tal vez estén a los postres o levantando la mesa.

Mientras tanto, sin decirme palabra alguna,

tú permaneces en mí como en noviazgo eterno,

 

porque me acompaña, y me es grato, tu recuerdo;

aquel recuerdo de la hora matutina.

Desde el cielo tu faz se inclina,

y has de verme, porque está todo azul el cielo.

 

 

SUPOSICIONES

 

Bella mujer desconocida:

¿qué limosna me has dejado?

¿Una angélica bebida?

¿Algún manjar de pecado?

 

¿El tormento que no fina

de siempre ignorarte más,

cual si fueses la vecina

que no importa de dónde es,

 

y que alguna tarde ociosa

uno se la conquistó,

y miedo nos da si osa

esperarnos de camino?

 

De Belén saliste sola.

No voy a hacerte reproches.

¡Mas vuela mi ingenio vano

a cazar al vuelo tu feliz secreto!

 

¿Qué anhelo venir te haría?

También yo desde entonces vengo.

¿Con las hijas de María

cumples aquí el Mes de Mayo,

 

mes en que atais los noviazgos

de las flores y el ángel tierno,

de las flores aún intactas

que perfuman nuestro polvo?

 

¿O al fondo de las capillas,

en recreo de irreverencias,

algún diálogo despliegas

a escondidas de tus padres?

 

¿O, medio en lo oscuro perdida,

al Cristo de aquel pasillo

rogabas cual concubina

que tu trampa bendijese,

 

y como una Magdalena

le besabas el brocado,

mientras la espalda doblabas

en tu carnal humildad…?

 

Daría sin pesadumbre

por saberlo mis deleites,

pues si el placer cansa a ratos,

el recuerdo no te angustia.

 

Y el recuerdo lo tendría

grávido ya de tu nombre;

y cada día te vería

a mi espera en algún sitio,

 

y a ti te conocería

en la virtud, en el vicio…

Ni la muerte que todo muda

mi escudo atravesaría.

 

 

JUNTO AL PUERTO

 

Retraída vive la graciosa dama

junto al puerto, donde suave la mar se afina.

Pero cada mañana del ábrego viento la llama

le broncea el brazo bajo la randa fina.

 

Brazo que da limosna poco a poco se inclina

al mirador que enrama una madreselva,

y riega a escondidas la clavelina

tras el tiesto encubriendo la pierna.

 

Volando volando en escorzo que enamora,

la regadera roza una golondrina, y salpica

el brazo, que se inclinaba, un tantito así…

 

Hacia levante la niebla se evapora.

Las campanas están tocando a misa

y el sol naciente ensangrienta Montjuïc.

 

 

TUS MANOS

 

En tus labios, cerradas,

pues con ellas incitas,

guardan infinitas

semillas de besos;

 

en el pecho, cruzadas,

de antiguas ermitas

las santas imitas

en piedra talladas.

 

Un huequillo perdura,

de los labios medida,

sobre cada dedo.

 

Ah ¡cómo degustaría

la salpicadura de ambrosía

del más pequeño hoyuelo!

 

 

FLOR DE NIEVE

 

Mujer perfecta a capricho de Dios,

suma y espejo de maravillas creadas:

eres la doncella de los treinta años,

tallo de fuego bajo la vasta nieve.

 

El fuego te mueve como a sombra leve,

mas, cerradas de rendijas tu mirada,

vanamente desde adentro atizará.

¡Tan vergonzosa nuestro amor te vuelve!

 

Porque su espíritu no vuela recorriéndote,

mi llama interna va quemándose sola,

hasta que de golpe trastornando el pecho,

 

con estirón nupcial alcanza

tu nieve, sobrecogida y casta,

bajo los encajes y el damasco del tálamo.

 

 

TEDIO

 

En lo que beso ahora tu cabello suelto

la amiga pierdo que en el seso llevaba.

Pareces, en lo que, ahora recostada te beso,

la eterna mujer impersonal, esclava.

 

 

 

EGREGIA PECADORA

 

Como en un derramamiento de pétalos y turquesas

el azur dignificaba la testa soñolienta de los plátanos.

La hojarasca desprendida adormecía

el refriegue de los pasos sobre el paseo de plata.

 

Ya se habían marchado las flácidas burguesas.

El viento regalaba una caricia de guantes de seda.

Los troncos mostraban pletóricas desnudeces

como una giganta displicente el escote.

 

Vos estabais de pie, inmóvil bajo la fina sombrilla.

Vuestros ojos velo adentro eran como dos

halcones resguardándose bajo el sombrero airoso.

 

A vuestra mano, sumisa llegó la carretela.

Mas, al subir a ella en dispersión de encajes,

volteasteis a todas partes, pavoneándoos de orgullo.

 

 

ROMANCE DEL GOZO

DE TENER HERMANA

 

¡Qué preciosa suerte

de tener hermana!

Jovencita que es

y tan juiciosa ella;

jovencita que es

y, al morir mi madre,

se vistió de luto

y rige la casa.

De tan bien que lo hace

ámanla las criadas,

aumenta la hacienda

y sonríe mi padre,

y el amor sonríe

cerrando las alas,

y la deja hacer

sin ir a estorbarla.

 

De tan bien que lo hace

un puñado de hadas

baja en torno suyo

y tarea comparte:

una, la comida;

otra, lava ropa;

una, tiende y cose;

otra, pule a fondo;

una arregla camas,

la otra la mesa

y entre todas cubren

la labor de casa.

Jovencita que es,

nos queda mi hermana:

queda por mi padre

y por sus hermanos.

 

La Virgen le dice:

—Muchacha hogareña:

tu regir me place

y tu habilidad

y todo tu amor

y toda tu gracia.

Te hago camarera

del altar del Carmen.

Ténmelo luciente

cual tienes tu casa.

 

 

OFELIA

 

¡Oh cabellera,

pecíolo de lirio

nacido en el valle

austero del martirio!

 

Tímida, huyes.

Lánguida, cantas.

Acechas las lluvias.

Llamas a las santas.

 

Tímida, lloras:

sola te inclinas

bajo la luna

 

y amas las riberas

llenas de albinas

flores de laguna.

 

 

BESAMANOS

 

Pálidas manos, intactas de besos:

vuestra enlutada señora camina

bajo la discreta oscuridad de un pasadizo.

¡Cuánto, generosa, hacia adelante os alarga!

Ella no se ve, pero vosotras, perdidas a media altura,

la anunciais como pareja de tórtolas.

¡Pálidas tórtolas! ¡Con nomás columbraros

vuestra invisible señora adivino!

 

Vuestra señora adivino: la testa tirada

hacia atrás, porque le molesta la sombra.

Con la señal en los labios de las letanías

y una mirada tan inmóvil que escucha.

Pálidas manos de alabastro: imagino

a vuestra señora, purísima y desnuda,

acariciando la diáfana espiga

del surtidor como un cetro de hada.

 

La álgida espiga, el cuello torcido en el aire,

un desgranamiento, volátil, despliega.

Vuestra señora sonríe un poco, inclinándola,

estremecida bajo la lluvia.

Vuestra señora baja un momento

de su pedestal, de pronto mujer sensible,

y con dignidad natural os alarga,

pálidas manos, para que os llene yo de besos.

 

 

VENUS DE ARRABAL

 

Bella mujer desgraciada

que echadora de maldeojo

alborotas a la gente

y hechizas al jovenzuelo,

venenosa como el tallo

de una adelfa confidente:

picante vino del ansia

eres: eres venus de arrabal

que, fruta en premio de una tina

callejera, has emergido inmortal.

 

 

AL PASAR

 

Acaba de pasar. Nada me ha dicho.

Pero al cruce su mirada me grita

que, fuera del recuerdo, todo ha concluido.

¿No valdría más el olvido

que el empacho de una amistad marchita?

 

 

ROMANCE DE CARMELITA

LA COSTURERA

 

I

 

Hete aquí que era una tarde

a las seis o seis y cuarto

—cuando se encienden las tiendas

y el anochecer refresca,

se pasean las señoras

llenas de hijas y paquetes,

y los pianos de manija

arman su bulla en concierto,

y a la gentuza congrega

un joven que llevan preso—,

que pasaba Carmelita

roja como una amapola.

Desde el cancel de una tienda

le hablaba el dependientillo…

Eso pasó aquella tarde.

Y pasaron dos, y tres.

Al doncel le daba miedo.

La doncella lo abordó.

Le dijo en cuál escalera

la hallaría entre nueve y diez,

donde la luz es benigna,

nada dicen los vecinos

y las puertas y las madres

dan cobijo a los noviazgos.

 

II

 

¡Ay, Carmela, costurera,

recargada de ir más guapa,

de tanto querer casarte

eres pura piel y hueso!

Cada noche en la escalera

entera se te abre el alma.

El doncel como es novato

al besar se tuerce el cuello

y se queda boquiabierto

y el bozo se le alborota,

y en la oscuridad resuena

batiente su corazón.

¡Ay, Carmela, casadera!

Hete aquí tu sueño de oro:

hete aquí que tienes hombre,

o al menos que tienes novio.

La alegría de tenerlo

te hace verlo dulce y bueno.

 

 

ÓVALO

 

¡Oh damisela casta y dura,

mitad virtud, mitad locura!

A tu senil virginidad

nada la abate.

 

Tu faz, todavía lisa,

enérgica, las palabras precisa.

Tus dedos son más crueles

que raíces.

 

Gustas dulces legendarios,

medicinas de herbolarios

y el vino de Alella —que es

vino barcelonés.

 

¡Oh damisela casta y dura,

mitad virtud, mitad locura!

A tu senil virginidad

nada la abate.

 

 

PATERNIDAD

 

Las golondrinas me avisan desde afuera

que ya es de día. Revoloteando llaman

a los vidrios empañados de mi ventana.

Humea el último cabo de un cirio

y veo la alborada tímida que espía

tras las cortinas de la alcoba.

Duerme mi mujer, cambiada y perfumada,

acezante de felicidad y de fatiga.

 

A su lado, pacífico, yace el recién nacido.

Abre los ojos y de nuevo los cierra,

fundiéndose todo él en la ufanía materna.

Es tan pequeño que el rocío lo diezma;

mas encierra promesas infinitas,

como la semilla que es árbol y es selva.

Y lleva la sangre de Cristo, y lleva la gracia

como flameante divisa principesca.

 

Cuando tenga la fuerza empuñará no la vara

sino la palma inútil, gloriosa.

Su pisada deshoja los rosedales

y enturbia los arroyuelos. Y pasa.

Un ángel le acompaña un paso atrás.

Le rinden acatamiento las pacíficas

vacas, las huertas, el viento, las montañas…

Y el mismo cielo que lo envuelve, lo besa.

 

 

NOCHE DE NAVIDAD

 

El pueblo reposa

en cama metido.

El lobo no osa

soltar el aullido.

De un viejo establo

mal entornado

la luz salía.

Huye el diablo.

La noche es día.

Jesús ha nacido.

 

El buey recula

poco a poquito.

—Cantéate, mula,

hazle su sitio.

¡Oh maravilla:

una estrella

cuelga de las vigas!

Las profecías

se cumplen estos días.

Jesús ha nacido.

 

La nieve se afina

aguanieve abajo.

Cantan el gallo

y la gallina.

Los ángeles bordan

de estrellas el cielo.

Los pastores, rondan:

sus vestidos, nuevos,

perdiendo los bueyes

y los cencerros.

 

 

FLORES DE AMISTAD

 

Pasó el hada graciosa y robusta

con su cesta doméstica y bella,

y de las flores que al huerto arrancaba

cada fajo escoge de única brazada.

 

La aterida rosa del torcido tallo,

la gladiola —llameante astilla—;

blancor mortecino de la margarita,

y la niebla aquella de la lila nueva.

 

Flores valentinas la amistad nos trae:

clavel de fuego de beso de doncella,

y la madreselva —hermana de la clemátide—,

y este crisantemo, maravillosa estrella…

 

Flores valentinas la amistad nos trae.

 

 

PATERNIDAD

 

Con un niño dispuesto a cada lado

duerme mi mujer, que no me siente entrar.

Duerme en el viejo lecho familiar. Y yo la miro

sonriendo apenas, y fatigado de escribir.

Ella está en medio como alta cumbre,

dulce elevación de suaves regiones,

y como un árbol su caída de brazos

guarece a cada niño de su propio temblor.

 

Yace a la derecha, soñando a ratos, gordo

y semidesnudo el niño de tres años. Como si

estuviera listo para echar a correr, pisa

los pliegues del doblez que le estorbaban.

Yace de costado resguardando la cabeza

—la gran cabeza pesada de cabellos—

tras el brazo donde brilla el codo

con aire nobilísimo de acometer.

 

Yace a la izquierda, saciado, otro

niño pequeño, de muy pocos meses;

boquiabierto, deja huir el pecho

que se derrama todavía, ocioso y pródigo.

A los tres los beso y a hurtadillas paso

y de paso miro aquel esplendor

como el campesino que admira su cosecha

y da gracias a Dios que es abundante.

 

 

ENDULZAMIENTO

 

Cuando el mercado vigilas, municipal de punto,

de una ojeada tétrica miras el conjunto

de aquella femenina y álgida algazara,

y como un gallo que trepa de pie a la cazuela

acaparando despótico las pastas de salvado,

estatuario te yergues como un emperador.

Mas, ay, tu ferocidad no dura poco ni mucho.

Ya ríen las criadas a tu alrededor. El  olor

de sus faldas, pérfido, te regala una caricia,

y la mirada agachas, más que indulgente, dócil.

 

 

ESPEJISMO

 

Sobre el cerro que domina el llano,

místico fervor de la vieja Ciudad,

se alza la Catedral: divina difuminándose

como un pedúnculo firmado por Dios.

 

Si ocurre que la lluvia se revuelve contra

la Catedral, con sólo rozarla se afina.

En el oscuro escarpado de los muros llora

y en el seno de sus canales se alínea.

 

Y por fuera chorrea tan mansa que se ve

desde el barrio que cobija misterios

de agua, de luz y de niebla una Catedral

 

hecha de los rayos que la rodean, aéreos:

Catedral de espejismo, que se funde irisada

cuando sale al sesgo el sol cortando la niebla.

 

 

RETORNO

 

Dizque el arte de vivir

es vivir desentendido.

Asomarse a la ventana

y mirar pasar la gente.

 

A quien mide el paso sanguíneo,

paso le parece que huye,

o el batir de una gotera

que al cabo abate el refugio.

 

Celoso de abrazar mis huesos

antes se desate su haz,

debo abandonar mi abrazo

para volverme el resuello.

 

Si, en horas de inestable flujo,

la mano me paso por el corazón,

por miedo a que se me rompa

la aparto de sopetón.

 

Buscando el secreto de la vida

me sorprenden señales de muerte:

ni oso reír al mirarme

ni me place sentirme fuerte.

 

Sólo el prurito me queda

de echarme un ojo hasta el fin,

que entre tanta vida externa

me añoro nomás a mí.

 

Añoro mi vida interna,

de la soledad mi reino.

Lo pienso; la carne me flaquea…

Pero acude a esperarme Dios.

 

 

ROMANCE TEMPRANERO

DE LA CIUDAD DE BARCELONA

 

Barcelona, Ciudad bona:

¿qué tal si respondiéramos

al enigma de tu gran bondad

que han loado los poetas

con la paz de tus montañas,

tan sencillas, a un costado,

y el rosario de las olas

remembrando tu pasado,

tus chimeneas en bandada,

tu jubiloso terrado

donde la ropa revuela,

brota un ramo de palomas

y las campanas repican

—cada una a su vecindario—,

en la torre octagonada

y el campanario del pensionado?

Te diríamos que presumes

bajo un cielo amodorrado,

debajo un cielo que alegra

la cometa enguirnaldada,

el cohetón de la verbena

y la euforia del chubasco.

Te tomaríamos como eres,

desgraciada en tu bondad,

en tus huelgas y tus luchas

y la torre de asalto que te sitió.

Separarte no quisiéramos

del Llobregat y el Besòs.

 

Tienes casazas escondidas

de algún noble que ha marchado.

Tienes casitas de alcobas

y jardines emparrados

donde aún viven los burgueses

de más buena voluntad;

plazuelas, chiquillería

tras el ábside soleado,

y una fuente siempre viva

en su lugar resguardado,

de un agua que gorgotea

debajo del enlosado

y aquel escudo marmóreo

de vencejos enjaezado.

Talleres y tendajones

de regusto a humanidad,

animitas ciudadanas:

al paso os hemos olido

—¡oh mezcla qué deleitosa

de adobo y del estofado!

¿Qué decirte de la Rambla

que aún no se haya divulgado,

de la Rambla, tan famosa

tal París o Montserrat:

un paseo de cuarteles

y floristas y mercado

y capillas y teatros,

de recorrido pausado?

 

Barcelona, Ciudad bona,

de bondad madrugadora,

con tu cerco de murallas

que de Roma fue acopiado.

Juiciosos fueron tus príncipes,

y tu pueblo, temperado.

La Merced que a ti te daba

el Cielo era el don de caridad.

Te sienta celebrar Corpus

como en no otra parte celebrado:

con retamas y damascos,

doncellas y clerecía.

Cómo baila el huevo en la fuente:

gira como si adiestrado.

Barcelona, Cataluña

hecha flores de civilidad:

tienes estirpes del Montseny,

vinateros del Priorat,

clérigos de Vic,

marineros que han navegado

por las calas de Mallorca

y alto mar alborotado.

De amplio y bello revuelo

preciso es te hayas alzado.

Cataluña rica y plena

está entera a tu costado,

y sostiene tus manos que empuñan

pendones de libertad.

 

            ENVÍO

 

Virgen mártir santa Eulalia:

en la cripta os han dejado.

Entre vieja pañería

los metales han graneado.

Reflejando las vidrieras

el alabastro ha llameado.

Vuestros huesos de muchacha

aquí alcanzan la Ciudad.

 

Virgen Mártir Santa Eulalia:

en la cripta os han dejado.

Nevada como los lirios

de la faz de un niño tierno,

sois roja como las rosas

de una faz de enamorado.

Sois roja por el martirio;

blanca sois por castidad.

Ya que sois tan blanca y pura,

liberad nuestra Ciudad

del pecado de blasfemia,

que es el hollín del pecado.

Ya que sois tan purpurada,

liberad nuestra Ciudad

de envidias de tufo estanco

que yesca son del pecado.

Hacedla planear generosa,

que los poetas la han loado.

 

 

PLEGARIA

 

¡Oh Dios que mi niñez marcasteis

más tierno que nunca!

Un ángel —y yo no lo sentía—

arrullaba mi sueño feliz,

y Vos, al levantarse el día,

sonreíais desde el espacio.

 

Mas ahora, pleno de mi fortaleza,

sigo siendo de barro.

Señor: si me quitais la corteza,

¿qué me queda si no hueco desgarro,

potencia que se deja torcer,

barro que no parece sangre?

 

Cuando ya blanca luzca mi testa

y  olvide yo mis amigos dónde están

y un ángel —lo único que queda—

vea el insomnio que me disipa,

a modo de caricia materna

pasadme la mano por la frente;

 

y al otro lado, tan más allá de la vida

que hasta mi barro se desvaneciese,

si el ángel de antaño me llama,

que me encuentre enamorado:

que mi alma, despertada,

se alce al cielo en vuestro abismo.

 

 

 

Josep Carner

 

 Barcelona, 1884; Bruselas, 1970.

 

 

OBRA POÉTICA: Llibre dels poetes (Libro de los poetas, 1901), Primer llibre de sonets (Primer libro de sonetos, 1905), Els fruits saborosos (Los frutos sabrosos, 1906), Segon llibre de sonets (Segundo libro de sonetos, 1907), Verger de les galanies (Jardín de las galanías, 1911), Les monjoies (Los linderos, 1912), La paraula en el vent (La palabra en el viento, 1914), Auques i ventalls (Retablos y abanicos, 1914), Bella terra, bella gent (Buena tierra, buena gente, 1918), L’oreig entre les canyes (El viento entre las cañas, 1920), L’inútil ofrena (La ofrenda inútil, 1924), El cor quiet (Serenidad o El corazón en calma, 1925), El veire encantat (El vaso encantado, 1933), La primavera al poblet (La primavera en el pueblito, 1935), Nabí (1941), Absència (Ausencia, 1958), Museu zoològic (Museo zoológico, 1963), Bestiari (Bestiario, 1964), El tomb de l’any (El vuelco del año, 1966).

 

 

 

                                                 Josep Carner

                                Serenidad o El corazón en calma

 

 

                                                    Las noches

 

 

NOCTURNO

 

¿Qué imágenes son esas

que se agitan al fondo de vuestras noches

pájaros lastimeros, animales salvajes

cuando las poblais de quejas y de gritos?

¿Querrá a otras armonías anudarse

su música de hojas, más suave

de noches que de días?

¿Qué busca el viento nocturno desfiladero adentro?

Hasta este peñasco, guarnecido de musgo negro,

a medio declive atravesado y gacho,

diríase casi que está vivo bajo la luna

por más que sea indiferente a todo.

Sereno, quietud, tempestad y viento,

personificaciones de la oscuridad:

¿portais algún requerimiento divino a ritmo

de esperanzas y de miedo? Al menos

para mí que camino mi camino entre la noche

mientras tanta animita se adormece,

el gran trapo intranquilo de la noche se remueve,

la oscuridad palpita.

Ángeles, tal vez, rosas del Elíseo

deshojan rozando nuestro oído mermado,

o brotan de las cosas voces de parentesco

que temblando reclaman un espíritu.

El copo de nieve plateado, el leve

temor de la hierba y lo larguirucho del ramaje,

¿son un engaño de nuestro vano entendimiento

o una palabra trágicamente desconocida?

Ese rumor que flota como muerto,

¿es la pisada del pasado o del futuro?

¿Son los difuntos que mendigan a la vida

o los vivos venideros llamando a la puerta del deseo?

¿Me inspira el aliento de una raza oculta?

Mi pensamiento, ¿quién me lo descarrió?

¡Ah, si hasta me parece que mi paso fuera

el de otro, caminando detrás de mí!

 

¿Dónde está el agua del pozo que nunca se abrió?

¿Dónde el tesoro enterrado? En sus bordes me veo,

pero yo que los busco me he quedado afuera

como alguien que duerme sin mirar ni entender.

Empapa de luz piadosa

—¡oh chorro quieto y blanco

de luna llena que ensancha mi camino!—

la cansada y espectral melancolía

de nuestro muro de fango.

 

 

PROXIMIDAD DE LA MUERTE

 

I

 

Viene de noche la Muerte a pasearse

por mi calle como un galán cortejador,

y desgrana una serenata más fina que mi oído:

flautas de angustia y violines de miedo.

Oigo su paso

que me hiela:

se acerca, ahora, sutil a un postigo.

Cada noche descubre una criatura casi yerta.

Cada noche señala un umbral.

Hay al día siguiente una ventana abierta

y a medio cerrar un portal.

 

Y la gente se demuda. Palabras

cordiales se quedan sin respuesta y besos

se quedan sin dar. Alma adentro,

todo mundo en su viejo jardín siente crecer

el retoño de los pensamientos ruines.

Ay, ¡nos aconseja nuestra alma mezquina

mirar que es otro el que muere!

Mas si besa nuestra nuca el aura fina

se nos arrodilla el corazón.

 

II

 

No es que te plazca el gemido de vidas enlutadas,

¡oh dulce Señor de los palacios radiantes!

Es nomás que en vano agotaste

tus mensajeros blandos.

 

Se puede huir de tu beso piadoso,

de tus reproches gentiles,

de tus bálsamos secretos,

de tu casta y divina melancolía,

de los tenebrosos círculos de tu altar

ceñido de testas en pleno recogimiento,

de tu sonrisa que iluminan sólo

las lámparas rojas de tus cinco heridas.

 

Mas hete aquí la Muerte. Es la última,

es la grosera, la mensajera baja.

De su casa primaveral y transparente

vino el Príncipe al mundo, y detrás suyo

senescales, mayordomos, gente de lo más florido.

 

Ya sólo queda la Muerte, la encargada

del establo, la fe del descreído.

Pero si tu voluntad es traerla todavía,

te ofrezco acción de gracias

por la Muerte terrible que hacia Ti tira

de nos en el silencio negro. ¡Demasiado

hemos cedido a otro imperativo placentero!

¡Hay en el hartazgo el olvido de Ti

y parece que Tú te empañes en nuestra fiesta!

 

Detrás de mí se ha desbalagado el Ayer.

Como no me condujeron a la gracia nueva

ni la noche oscura ni el día carmesí

ni los regalos del gozo y de la prueba,

no merezco, Señor, sino morir.

Mas, viéndome Tú ennegrecido por el vicio,

¿no me expulsarás de tu claridad?

Si he perdido mi anillo esponsalicio,

¿cómo podrás reconocerme, oh Señor?

 

Yo sé que tu justicia me condenaría.

Ah, ¿qué cosa mía mejor te implorará?

¡No el oído, pleno de avaricia

ni los ojos, que sólo miran para envidiar;

la frente no, labrada por un rencor sañudo,

y la boca menos, donde reluce el adulterio,

sino la mano que en mi crimen ponía

delante de mis ojos, avergonzado de Ti!

 

 

NOCHE DE SAN JUAN

 

Bajo el claro de luna llena mi amigo y yo

hemos comido cerezas en el portal.

Salta el fuego en la noche deslumbrada

en memoria de aquel dragón antiguo

 

que doncellas y más doncellas quería…

De pronto el dragón palidece, tiene miedo.

Se pierden risas, gritos y murmullos

en un regolfo de tristeza.

 

Gachas las cabezas, mi amigo y yo salimos,

dejándonos guiar por los regadíos.

Por aquí y por allá casitas de olor a cerrado,

cualquier otra noche llenas de medianas vidas:

las cuentas del rosario están dormidas,

y mellada la blasfemia.

 

Una ventana de buen enrejado guarda

(en una casa de donde todo mundo salió

menos ella) a la loca, pletórica

de incendio en su cuerpo lamentable.

 

Era una mujer piadosa y tierna

que nunca había conocido la oscuridad,

el terrible desorden del pecado.

Tiempo atrás su hija se había marchado

lejos, a la grupa de un amante.

 

La madre cayó a tierra. Al levantarse

habíase envilecido su mirada serena:

los ojos aguijoneantes, la cabellera revuelta,

llamaba a los hombres con aullidos obscenos.

 

Esta noche de San Juan la excita y prende

más que ninguna otra noche.

Ya todo en el silencio va dejándola aparte,

rescoldo descarriado, y marchito gozo.

 

Y ella, exaltada en su prisión desierta

por la gran soledad y el cielo ardiendo,

se ancha entera al viento.

Extrañamente ofrendada

 

es un aspa de horror:

en las propias orillas del infierno,

entre proféticas iras vengativas proclama

el alias, el apodo del amor.

 

 

CAE AL MAR LA ESTRELLA MÁS BELLA

 

I

 

Tu luz, oh estrella, desesperada clama

en mitad del cielo apenas pálido,

intranquilo mechón de llama

derramándote y recogiéndote al mismo

tiempo. ¿Cuándo, vívida saeta,

tu vuelo suicida será finito?

En mi pequeño cuarto me siento un tanto amedrentado

viendo con cuánta furia te alimentas de infinito.

 

 

II

 

Tú que en mi paz viniste a sobresaltarme,

¡oh ardiente desasosiego!,

¿eres augurio de alarma? ¿Sientes

que retiembla el mundo o el firmamento?

¿Eres precursor de los días de esperanza

en busca de un cielo desconocido en los abismos

o el primer fugitivo, ya casi sin aliento,

de un ejército vencido?

¿Meditas, único rebelde en todo el cielo,

la amargura alta de un destino preclaro

o es que horrorizado te precipitas

al fondo del mar?

Ah, ¡descontento de nuestras horas muertas!

¿Qué te propones hacer en país nuevo?

¿Qué equívoco presente traes contigo?

¿Paz al infierno o angustia al paraíso?

 

 

III

 

Mas no puedes tener tu alegría ni tu paz

en parte alguna, ¡oh tú, el más osado de los caminantes!

Ni en las simas de la mar donde viven las perlas

ni en la cumbre del aire, llena de diamantes. Noche

azul sobre la que ya se alza una nubecilla negra,

violeta sol naciente,

mar que resuena al viento que se la lleva,

cielo grande o tierra estrecha,

nadie te entenderá.

Hiérete a ti misma entonces,

saeta de ti, solamente de ti.

 

 

PERDIDO EN MI JARDÍN

 

Habiéndoseme hecho tarde, pensativo

en mi cuarto, primero apago la mortecina luz;

en seguida, furtivo, abro la puerta,

llamado por más insinuantes oscuridades.

 

Bajo la noche que extrañamente sueña

se deforma mi jardín y crece:

su nuevo aspecto extravía mis pasos

y parece que me desmonta de mí mismo.

 

Guiado nomás por una blancura de rosas,

a la mitad del sendero secreto me detengo.

Oigo el latido fantástico de las cosas

tan pronto se apagan mis pisadas.

 

Una hojuela incauta besa mi frente.  Lejos,

rumor de agua que no sé de dónde viene.

Como melodía tenue en la flauta

la savia se impacienta en el ligero ramaje.

 

El sereno ablanda la podredumbre

y en la oscuridad sin estrellas agita

a los insectos que buscan a la ventura

sus bodas escondidas y crueles.

 

¿Es  quizá la locura quien me rodea?

¿Qué instinto grosero se enciende en mí?

Mi idea farfulla, silabea,

y no se alcanza a expresar.

 

¿Rodó al césped mi conciencia?

¿Nace en mi boca un aguijón ponzoñoso?

¿Brilla acaso en mis ojos alguna fosforescencia

o se alza sobre mi espalda un chorro hirsuto?

 

Aquel que fui, en mi corazón se da coraje.

En los siglos reculo. Frente a mí

se remueven las máscaras primitivas

de tanto ser pugnando por ser dios.

 

La ronca voz se me coagula en la garganta

y caigo, parapetado sobre mi rodilla.

¿Es  la noche misma que sobre mí se abalanza?

Y mi propio coágulo quiere dar un salto atrás.

 

Súbitamente enfría mi fiebre un aura fina:

otra vez hombre, camino nuevo,

siento en mi flanco una espuela divina;

la sombra invisible de Jesús que pasa

 

me ve, bajando del monte donde ha velado,

y se me despierta el alma adormecida

como el agua que con repentina aviada

borbota dentro de un pozo abandonado.

 

 

COPLAS DE LA LLUVIA EN LA NOCHE

 

I

 

Magníficamente el agua

tintinea, y gota a gota regala.

La lluvia cae contenta,

da a entender, de corazón.

Mientras el mío la sienta

no temerá cosa mala.

 

 

II

 

Si no quisiera escucharla,

leer me distraería:

no se oye así su alboroto.

Pero si cansado o harto

doblo página y me planto,

la lluvia es mi compañía.

 

 

III

 

Todo mundo en su lecho reposa

menos yo: en vigilia todavía.

Mientras, la lluvia animosa

por doquier punza la noche.

¡Qué gozo! El espíritu maligno

se atraganta de agua clara.

 

 

IV

 

Llueve tenue, pasando cuentas de rosario,

o muchísimo, con viento y sacudidas.

Llora un farol que desvaría

y en la gran calle solitaria

la lluvia baja a pellizcarle,

en tierra, espejos opacos.

 

 

V

 

Retirado mi vida se había

de júbilo y de peligros

y hoy de nuevo mi alma se abría.

Cada hilo de agua plateada

siembra en la oscuridad sagrada

primaveras para mis hijos.

 

 

EL SUEÑO DE LA SEPARACIÓN

 

—¡Escóndete! —, dijo no sé quién bajo

la umbría densa junto a mí.  Pero

igual su voz me parecía conocida

y casi a punto de llorar.

—¿Quién es?— pensé yo. —¿Por qué me pide

que me esconda? ¿Qué hemos hecho? Y pese

a la tiniebla de mi memoria, pecho adentro

me ahogaba el desasosiego.

 

Vino de lejos una dama desnuda, noble,

y en medio de un gran charco de luz, y dos

rubicundos donceles, cada uno con su antorcha

y ambos a sus órdenes.

Caí en la cuenta entonces que me encontraba,

por completo quizá, escondido en el matorral:

de bruces, como un jabalí herido…

Y a mi costado estaban

 

(apenas si sobresalían de las matas negras)

dos pies cansados de mujer temblando.

Ya no oía más su voz: oía

como un sollozo de espanto.

Pensé: —Esta mujer, mi vecina,

¿qué quiere ahora con este llanto deshecho?

¿Se escondió para traicionar como una loca

nuestra guarida secreta?

 

En eso, de golpe, uno de los donceles venía

rodeando las espesas matas,

acercando vengador su bella antorcha

que se agrandaba como un sol.

La reina desnuda ordenó: —¡Sepáralos! —,

y llameaban sus ojos de cielo.

—Da la muerte al delito a luz de antorcha

y al llanto déjale su velo.

 

 

A JESÚS

 

Otras veces debes haber venido

por vía nunca vigilada.

Habrás suspirado y sonreído

en quietud, junto a la luz insomne

o la mesa puesta.

 

Y no te hemos visto cuando tan sediento estabas

de una palabra amiga,

leve, como penumbra a sol poniente

que desde los ribazos va subiendo suavemente

y de todo afán desliga.

 

En cumbre de gozo o en pendiente de afrenta,

a punto de vencer o de caer,

no hemos sentido, siervos de este mundo,

tu mano sobre nuestra frente,

menos pesada que un aura.

 

Mermó nuestros sentidos aquí y en todas partes

el comercio con las cosas,

y no nos anuncian al Huésped más precioso

ni tu olor de espliego ni tu luz que se ve

con los párpados cerrados.

 

Pero hoy, Señor, Solito te has traicionado:

saliendo de la tiniebla

te has asomado al oprimido cuerpecillo

que en su pequeña cuna envenenaron

las rosas de la fiebre.

 

Y la Muerte dejó de atemorizar.

Sometido, el corazón latía.

Ah, ¡qué sabemos nosotros del vivir y del morir!

El botón de rosa que tú decides cortar

ningún día ya marchitará.

 

Y más todavía, oh Dios, entre lágrimas de fe

comprendimos que es libre y tuyo

transmutar todo empeñoso anhelo.

Es más dulce seguirte y no saber,

tenerte y no mirar.

 

Y mucho más dulce que oír tu voz

cuando —¡Sal! — a Lázaro le ordene,

—¡Sal de las sombras! —, es bajar por el freo

si llevas Tú la antorcha en alto, Nazareno,

de frente bajo tierra.

 

 

A MEDIO SUEÑO

 

¿Qué gemido de alguien a lo lejos

me despierta? No lo sé. Me remuevo

sobre la almohada, vida insegura, demasiado

obtusa para saber de qué va.

 

Sombras a mi alrededor.

Extraña soledad

de huérfano, de muerto o de animal perdido…

¿Realmente alguien llora?

 

Lo hubiera yo jurado. Detrás de la ventana

y de la puerta, ninguna cosa de verdad.

Ninguna onda de dolor extraña llega hasta mí.

Si eso había sido, se ha avergonzado el sonido.

 

Como una aguja fina

una agonía se me entra corazón  adentro.

Luego, una voz suave susurra, apenas,

al relajado haz de mis instintos:

 

—Pierde toda conciencia en el piélago negro

que no conoce faro ni ribera.

Esta es hora de tregua.

Duerme a pierna suelta bajo tu manto blanco.

 

Escuchar, ¿para qué, después de un día

angustioso y gacho?

Ve cerrando los párpados, desprendiéndote;

ábrete a la dulce ignorancia de todo.

 

 

EL FELIZ SOBREVIVIENTE

 

Mi pipa yace,  y no peligra,

en un rincón de la boca. Es media noche.

De aquel lado duerme mi hijo; de este, mi hija,

y  dulce alienta en la cama mi mujer.

—¿Qué hace aquí solo? Acaban de dar las doce—

me dicen, viendo la raya de luz

bajo la puerta, negras, soñolientas

las habitaciones de junto al comedor.

¿Qué hago? A mí me gusta la soberanía esta

de un manchón de luz entre oscuridades:

vivo todavía, mientras mi gente sueña,

como un sobreviviente misterioso.

Me distrae aquel ramo de violetas,

aquel reloj, o mi fuego encendido.

Ya del libro las tímidas letritas

nada me cuentan, desentrenado como estoy.

Esfuerzo y preocupaciones de hoy

huyen cabalgando la espiral de mi pipa,

y la memoria de mi soltería

vuelve de puntitas, silenciosa a mi alrededor.

¡Oh soltería! Espera de un viaje

junto al rumor resplandeciente de los demás.

¡Oh precipitarse de los ojos hacia cada imagen!

¡Oh estremecimiento frente a un codo desnudo!

Ir solitario a respirar las rosas

de abril cuando llueve, por una calle olvidada;

debatir con los amigos sobre cosas extrañas

en algún lugar todo encendido, todo empañado,

y, no admitiendo ninguna ley, tener flaquezas

que son como silvestre, subrepticia ley:

aquel meterse las manos en las bolsas

y encogerse de hombros como un rey;

encerrarse tras una puerta que no cierra;

mezclar música y polvo, flores y manchas,

y no poder encontrar la ropa blanca

hasta que de algún cajón un trozo cuelga.

Sentir por mayo que el cielo se nos contagia,

detenernos muchas veces a mitad del camino

e irnos a dormir tan sólo, de mala gana,

cuando el farol ya enrojeció de tanto dar servicio;

levantarse tarde, leer y abandonarse;

comer tranquilo en el comedor vacío,

y al dejar la mesa descubrir que el sol,

cansado, besa un fruto todavía.

¡Juventud, soltería! Os alejais,

pero no demasiado remotos de mi día,

como gente que ya ha doblado la cañada

pero oye todavía alguna voz.

No me dejareis, de este modo, sin riqueza,

sin deseos ni gentiles camaradas,

ahora que crece mi ceja distendida

y mis primeros cabellos blancos brillan sutiles.

¡Oh habitaciones de mis hijos a rebosar de hadas!

¡Oh sensatez de mi mujer, plena de destino!

¡Oh miradas a mi alrededor, confiadas,

que en mi reposan como si yo fuese divino!

Aquel que una vez fue indolente doncel

de su naciente solemnidad se pasma,

y estoy empalagado con un reino

y de mi manto yo mismo me sonrío.

 

Han dado las doce. Las cosas lo proclaman.

La luz amiga se vuelve indiferente.

Abro la puerta. Hacia la oscuridad

camino lento, con miedo a profanar,

porque la noche es como la muerte un ser viviente.

 

 

 

 

                                             Los árboles

 

 

 

NUESTROS PINOS

 

I

 

¡Salud, oh pino de tierra seca,

ligamen, sobre nuestra ruta,

de un mundo áspero y un cielo sereno!

¡Oh cuerpo bermejo, oh barba hirsuta!

Tu raíz es dura como nuestra fe.

 

¡Salud, oh pino de la cresta de la  montaña,

dulce monumento del horizonte;

salud, visión de mar,

oh pino pequeño de nuestras playas;

 

pino venerable de las ermitas,

entre la fuente y el viejo umbral;

pino calamitoso que  te excitas,

espantado y chueco sobre un abismo;

 

pino que eres consuelo de nuestros pasos,

en un declive nacido transversal;

pino que te estiras desde el monte bajo

para alcanzar al sol como un ciprés;

 

pino doméstico de junto a la salida,

que escuchas el canto de los canalillos;

pino entre la selva espesa,

alto jauja de ardillas;

 

pino desmelenado, que no tienes tiempo

de peinar tu frente altiva;

pino que suspiras, ceñido por la yedra;

y tú, el afortunado, que puedes tener

al pie la fuente y arriba un nido!

 

 

II

 

¡Amigo delicado, de ásperos cabellos!

Como sabio antiguo das consejos,

y, suntuoso como un califa,

te tiendes una alfombra todo el año

con tus propios pelos bermejos.

 

¡Salud, oh pino de tierra seca,

ligamen, sobre nuestra ruta

de un mundo áspero y un cielo sereno!

¡Oh cuerpo bermejo, oh barba hirsuta!

Tu raíz es dura como nuestra fe.

 

 

LOS ALMENDROS DE SARRIÀ

 

Pues luce enero tan

claro, dejadme, voy a cantar,

al son de mi voz más pía,

de los almendros que hay

perdidos por Sarrià,

la letanía.

 

 

I

 

Un almendro, primogénito heredero,

frente al mar brota florero

en la cumbre:

¡primera flor que se ve!

Querría venir a tu pie

una sirena.

 

 

II

 

¡Oh divino prisionero,

almendro de aquel jardín

de rostro enfermo!

Flor abundante derramas

nada más que de sentir

que un niño salta.

 

 

III

 

Tú eres el más libre almendro:

donde te improvisas, blanco,

nadie te codicia:

en la lodosa pendiente,

colgado sobre un barranco

que sacude el tren.

 

 

IV

 

Tú, el más tierno arbolito,

te sonrosas, buen niñito,

como de caricias:

dócil, sin desazón,

almendro del rincón

de unas novicias.

 

 

V

 

¡Almendro medroso!

De una hilera rezagado,

espanta tu corazón

la arcilla al desquebrajarse,

y el algarrobo negruzco,

y el maguey.

 

 

VI

 

Tú eres el más humanal:

pegadito a un fiel portal

se te distingue.

De frente al tierno umbral,

tiendes un velo nupcial

sobre la casa labriega.

 

 

VII

 

Almendro del huerto grande:

la col, de cierto aire absorto,

las acelgas, mansas,

el perro y su consorte,

la vieja veleta retorcida,

te ven que danzas.

 

 

LOS CHOPOS DE FRANCIA

 

Chopos de Francia, orilla de los caminos;

chopo de los jardines, chopo de los prados.

Una hilera se acerca y otra ya se ha ido;

las hay que atraviesan o trazan un cuadrado.

Es Dios quien las detiene y Dios quien las impele:

todas cumplen un orden, todas tienen sentido.

Cerrando la quintana, ellos guardan tesoros:

caminando con quien pasa, ánimo le infunden.

Uno alto trepa la cumbre, de su hilera desprendido;

dos, débiles, se acercan y prueban darse un beso.

De la oscura fuente dos más miran el hoyo:

adoran su espuma y adoran la menta. Y todos,

como la niebla en el viento ligeros, suavizan

la tierra y logran del cielo que preste atención

—la tierra, surcada de umbría placentera,

y el cielo, con la poca de nubes jugando.

Placer de un rincón y honra de la altura,

son los centinelas del horizonte.

Y hasta si Francia fuera toda pecado

velarían todavía su pasado honor, emblemas

donde tiemblan impacientes las viejas virtudes,

más altos que las lanzas de los días perdidos.

Amigos graciosos del Sueño Divino,

cada uno preserva un ángel que de él escapó;

y a cuenta de los hombres condenados,

los árboles van por ellos a misa y son sus soldados.

 

 

FRUTALEDA FLORIDA

 

               Cada cosa en su lugar

 

Las plantas que yo he plantado

comienzan a florecer.

Cada cual florecerá,

cada una a su manera:

el almendro junto al mar

y el manzano a medio prado;

de fondo al huerto el peral;

por la era la granada.

 

 

               Las flores del albaricoquero

 

Ya abrió todas sus flores el albaricoquero:

es de una palidez medio rosada,

del color de la muchacha abandonada

que sueña un beso.

 

 

               Cada quien tiene su estilo

 

Este durazno florido,

en exceso guarnecido,

arrellanado, mata horas contemplándose.

Menos curioso, el cerezo

alto, empolvado y ligero,

no piensa sino en la danza.

 

 

               El durazno escondidizo

 

Copeteado de un dejo de brumas,

cautivo de un peñasco hendido,

detrás del velo grisáceo

de los viejos olivares,

un durazno solitario

esconde apenas su rosado chorro

como el fino, furtivo incendio

breve de la felicidad.

 

 

               Señales de marzo

 

Se ve la luna detrás

de nuestro peral en flor:

cada flor de este peral

parece gota de llanto.

Allí una doncella espera

el bisbís de un cuchicheo:

húmeda de la luz ligera

se inclina al don de su sombra.

Poco antes prepotente, una nube

mengua, espoleada por el viento,

y hacia la luna trota.

En el aire perfumado

se oye el último lamento de amor del gato

y el primero de la rana.

 

 

EL EUCALIPTO DE QUARTO DEI MILLE

 

Es un día de invierno sin malicias

y, delante de mí, con su oro fino de miel,

un viejo eucalipto cubre de caricias

todo un pañolón del cielo. ¡Y qué

de cosas a medias oculta o a medias revela!

: La hilera de cipreses de más abajo,

una poca de mar, sólo una poca,

reluciente, dormida como un lagarto;

los olivares, tan alegres y risueños

de su plata pequeña buena compañera;

las tres casas rosadas

parloteando al filo de la colina,

la carretera por donde se deslizan el clérigo,

la hortelana y los tranviíllos abarrotados,

y el puentezuelo del tren, muy ufano

de una docena de ojos.

Cuando pasa atrevido el viento

vibra el polvo en un silbido alargado

y cada puerta parece que golpeando se desahogue,

pero el viejo eucalipto es un sabio

y no un atolondrado.

Por mucho que el viento impela

nunca logra desordenarle del todo su bello tesoro:

a cada revuelo obstinado no mueve

más que una guedeja de colgajos de oro.

Así frente al tierno paisaje

que ahora un súbito exaltamiento agita,

el árbol que señala con gesto benévolo mi casa

es como una coqueta que, al compás

de un rito sagrado,

hasta en día de revuelta y tropelía

mueve ya el cuello con fulgor de nácar,

ya bello y satinado el pie breve

o el dedo anillado.

 

 

DURAZNO FLORIDO

 

Sobre este mínimo risco

—donde nuestra mirada juraría

que entre el airecillo distinguía

un bello durazno florido—,

 

Venus fue visible a los ojos

del mirlo de la ribera:

aquí se ajustó ligera

su cinturón o sus bucles.

 

Nos retrasó la conversa

ción, y al alcanzar el montículo

sorprendimos la aparición

en el momento que se dispersa.

 

 

LOS COCOTEROS DE MACUTO

 

Yo los vi en Macuto un día,

y los estoy viendo aún,

cuatro cocoteros en fila

absortos frente a la mar.

 

Estaban frente a las olas,

hijos gentiles de la claridad,

como columnas olvidadas

o broches del horizonte.

 

En su éxtasis se expandían

como si nadie los viese:

espaciados, al cielo sonreían,

hermanos todos, cada uno solo.

 

Luego, a ras de tierra se torcían

dulcemente vueltos al sol.

Los abanicos de treinta reinas

delicados sostenían.

 

Eran pajes extraviados,

pero crecieron con tal anhelo

que sólo diosas sobre una nube

sus abanicos podrán tener.

 

Cuatro cocoteros en fila

sobre el azul, prodigio de oro…

 

Cuando esté yo entre la niebla,

me asolearán el corazón.

 

 

                                               Las estampas

 

 

 

VENUS

 

El cielo como una seda,

como un espejo la mar.

Venus va por el pinar

a la cala, pendiente abajo.

 

La hechicera quiere librarse

de alboroto y persecución

de hombre o dios o bestia fiera,

prendidos todos de su mirada.

 

Y sobre la arena fina

—nunca ni por pájaro pisada—

Venus corre la cortina

de su invisibilidad.

 

Salta el primer saltamontes,

florece al viento el almendro

y la mar se ve surcada

por caminitos de plata.

 

Y la arena destazada

por cien años de temporal

se vuelve blanca y rosada

bajo el cuerpo de la inmortal.

 

Un ojo de oro brilla todavía

curioso a la mitad de la ola,

y dentro de la concha zumba,

siempre inútil, el deseo.

 

 

CASA QUE FUE DE PESCADORES

 

Casa de cortina blanca que se hincha y que se encoge

en medio de los postigos

verde manzana.

Mi calle tiene al fondo la alegre mar

y si el blanco trapo me la esconde

todavía me salpica su aroma.

 

¡Casa de zócalo azul,

techo de tejas

(vigas inclinadas teñidas de naranja),

y camita humilde de monja!

La mar está muy cerca ; si lánguido

de frescura, perdido en su lecho húmedo,

no estoy, no se apaga nunca

en mi corazón ni en mis oídos

la indefinida desovillación

de la resaca.

 

Casa de pozo de chirridos tercos

y cautiva y dolorida vista,

con tus dalias del tiempo de Felipe IV

y tres geranios:

durante mucho tiempo hubo en ti

dioses y diosas de pie desnudo.

De antiguos tenderos la Fortuna

ahora te ha hecho morada: desde aquí

los oigo, distraídos con una caja de música

y una máquina de coser.

A sabiendas, pues, pero mi juicio extraviando,

desde mi galería yo veo en el muro deslumbrante

redes y remos, y un trozo de antena

ileso de un naufragio, plantado como una ofrenda,

y pesca del día deleitosa

(exquisitos colores de peces desconocidos

espejeando por todos lados),

y en un viejo puchero siete lirios de la costa.

 

 

EL SOL EN LA MONTAÑA

 

El sol que ahora mismo en la ciudad nos consumiría,

de las rugosidades de la montaña se queda suavizado.

Todavía ni se despierta que el gallo ya lo anuncia,

y en el negro alféizar para saludarlo encuentra claveles.

 

Todo mundo lo espera en el campo cuando deshace la noche,

y toda clase de briznas y hojuelas le dan los buenos días;

abejas y moscardones por él se han revestido

de toda su diversa y loca pedrería.

 

Es el buen sol que los allana a quien sube por atajos,

es el buen sol que se asoma por el ojo de la gatera;

 

es el buen sol que dispersa a las gallinas alharaquientas,

agita bajo las ramas randas de luz divinas,

 

y guiña el ojo cuando baja, a mediodía, al rincón aquel

de la carne de las almendras y el vientre topacio del porrón.

 

 

PLENILUNIO DE JULIO

 

Vela la angustia, tras

el balcón de par en par,

y la luna es prisionera

de un leve velo encantado.

 

La noche camina dejándose llevar.

Por un blanco, finísimo cintillo,

en el horizonte se adivina

la mañana inexorable.

 

Como en el día el vencejo,

a esta hora sólo surca el aire

el murciélago. Porque

 

no se mueve el pinar claro

y ningún chapoteo deshace

la vasta sábana del mar.

 

 

OH SERENO DE LA MAR…

 

¡Oh sereno de la mar,

y la gente ya reposa!

La amada que tengo está

al otro lado de la ola.

Una nave que allí va

le lleva mía una carta.

Cruzará toda la mar

con mi misiva sellada.

 

A mi amor se encontrará

paseándose por la costa:

—Del fiel corazón amante

os traemos una prenda.

Ella leerá mi carta.

La leerá temblorosa.

—Blanca sois como el papel;

en la cara, una palabra.

¡Os vinieseis en la nave,

que seríais mi respuesta!

 

 

LOS TRES ALTARES

 

                              El Pozo

 

El pozo es un altar del agua, no feroz prisión.

Y un campanario puesto de cabeza en cuyo fondo

una roldana preserva azur, tímido reloj

donde transcurren las estrellas y las estaciones.

Agua, tú fuiste nube y nieve: de tus batallas

quieres reposar; entonces baja una cubeta,

te abofetea, se llena de un trago, y las gotas

que la rebosan caen más sonoras que el metal

de los guerreros. Y todo lo que queremos es tu clara

compañía, y que despejes de sueño nuestro rostro,

y que los ojos del sediento chispeen a tu frescura;

y aman tu salpicadura los muchachos y las doncellas,

como el caracol que ronda tus perlas finas,

y los vencejos, nacidos de un poco de lloriqueo.

 

 

                              La Ventana

 

Yo te he ceñido de rosas y te besa el sol que se levanta.

¡Cuán sagrado es tu culto, ventana, altar del viento!

Al mismo tiempo que en ti agarra aviada mi pensamiento,

mis brazos se afianzan a la pared de casa.

Abierta de día eres como la risa. De noche, cuando

detrás de ti se ve una lucecilla brillar, entre

la oscuridad que envuelve a los seres se siente

todo el deseo de la sombra que sube hacia ti.

¡Oh viento, remueve todavía el polvo de mis días!

Mi casa es tu casa, y a ella no llamarás en vano;

como a bandera blanca ve aquí esta cortina.

Y trae junto a la heroica salud de tus acometidas

la salsedumbre del mar, el potente aroma del pino,

y polen de mil sueños hasta mi almohada cansada.

 

 

                              La Chimenea

 

Por abuelos y bisabuelos va de luto, porque ingrata

no es la chimenea, altar por siglos del fuego siempre nuevo.

¡Alégrala, chiquillo del vestido escarlata

que danzas con la oscuridad ciñéndola por la cintura!

Oh fuego, por más que guardes tu secreto divino

tienes el aspecto familiar de nuestras cosas:

como el perro fiel te arrellanas sobre las losas

o, adelgazado, a las alturas te estiras igual que un pino.

De pronto chisporroteas comunicativo,

y en un lío magnífico por sorpresa te giras

a los rincones lejanos, al huésped más esquivo.

Hasta muerto y tendido a todos inspiras:

a los jóvenes que se dispersan meneados por tus chispas

y a los viejos que inmóviles cogen al vuelo de tu rescoldo vida.

 

 

EL RETORNO AL PUEBLO

 

Me hubiese arrancado la vista una espada candente

y todavía reconocería yo, pueblo mío,

tus casas: la de Dios por el olor del incienso,

la del molinero por el olor de la menta

y por el olor del pan sabría cuál es la casa

de cada uno de los tres panaderos, y a la primera

vaharada del espliego que se tuerce sobre la brasa

diría: —Estoy en casa de Po, enfermo desde hace

veinte años—; y el olor de la chamusquina

delataría la casa del albéitar.

 

Un filtro me hubiese arrancado mis recuerdos,

y, llegado aquí que fuese extraviado y de noche,

a mi oído las calles subirían su gran grito:

—yo soy la vieja plaza donde el pueblo danza,

—yo aquella tan fragorosa donde se juega a los bolos,

—yo soy la esquina

a la cual, roja de poniente, acudió la enamorada,

—yo la calle de los lavaderos, —yo la calle del mercado,

—yo aquella de la taberna, tan negra y descompuesta,

—yo soy, siempre solicitado, el camino real:

eras pequeño, pequeñito; tu padre los días de fiesta

te llevaba a la viña por mis recovecos blancos

en el costal del asno que rebuznaba sus duelos.

 

Si alguna desventura me hubiese arrancado el juicio

en las ciudades relucientes donde todo es traición,

me arroparías el alma, ¡oh tú, incapaz de reñirme!

Y tu dulzura vendría a mi compás:

escucharía al buen pájaro

que canta y el molino de viento que gira,

y perdería mi mirada su azorada chispa,

y el rumor de las hojas me devolvería el sueño.

Frente a cada lindero, frente a cada margen

sentiría yo algún trozo de noche abandonarme,

y en cada mata y en cada piedra de mi camino

resucitaría lo bastante una vieja conciencia en mí.

Y después de haberme sentado en un refugio dorado

cerca del arroyo que se desliza entre campos de labor,

me levantaría solo, despojado de vanos fantasmas,

y sonreiría de mi mal pasado.

 

 

ARTES DE BRUJERÍA

 

Se oscurece el ramaje. El agua divina

se ha trastornado misteriosamente.

El cielo comienza a amortecerse, el aire es plañidero,

y rezonga que te rezonga, el agua me da miedo.

Ah, ¡quién sabe qué de cosas adivina,

errante la mirada, en este triste momento

que una poca de sangre del cielo rojo encendido

fundió en su oscuridad que camina

como serpiente! De entonces para acá me parece

que llama al día, hijo dilecto de la vida,

que se empaña de un hálito taciturno.

Veo el ojo negro del agua entre las ramas.

El día que tiene todavía las espaldas blancas,

hunde medio cuerpo en el charco nocturno.

 

 

ANOCHECER DE JUNIO

 

Bajo un cielo azul de seda bien tensada

camino en medio de los prados y los castaños.

Canta una fuente a mí vera y canta,

lejos, meciéndose benigna, la campana.

 

María decanta su mirada al mundo:

esta es la hora en que Jesús está,

y el cielo baja a nuestro humilde lamento

y dulcemente intima con las calles.

 

Canta el mirlo en el chopo más alto.

¡Ah, qué blando es el seno del Eterno!

¿Por qué han perdido su rumbo nuestras vidas?

 

En ignorados y piadosos enjambres

los ángeles del Señor bordan los campos

de gladiolas y margaritas.

 

 

DANZA

 

Cuando de las sombras y de las estrellas

el escalofrío tímido comienza,

las jóvenes campiranas

trenzan una danza.

Alrededor de caminos borrosos

y entre sembradíos violeta

una suave brisa aviva

almitas secretas.

Entonces las morenas —que a cuchillo

cortaron brazadas de mieses, imperio

del Sol—, del gran descanso anchísimo

rechazan el misterio.

Parecen volverse de oro y de púrpura

bajo la póstuma solar caricia,

y despliéganse y curvan

con rústica malicia.

Y rememoran alborotadas

de loco amor sus cortas siestas,

sintiendo en el cuerpo que danza

cosquilleo de astillas.

 

EL RAYO DE SOL

 

Érase cada día

un rayo de sol que te esperaba aquí,

y me hacía compañía

con tierno aire de venir por mí.

Se reflejaba en el techo

como un rocío de mil ojos movientes

y en un rejuego de cristal se miraba al espejo.

Estaban contentos todos sus granos de polvo.

Se quedaba aunque, aunque…  Al pie

de tu silla ya comenzaba a dudar.

Morosamente recorría cada puerta

disimulando que se estirara más para allá.

Estaba tan vivo que hasta creía

yo oír el abejón que zumba;

mis ojos dejaban pronto el libro:

me escocían de luz.

Lento, decepcionado, el rayo de sol se iba.

Y yo, reclinado, cerrados los ojos,

adivinaba en él aquella cara seriota

que pone en los entierros, pesado y grave.

De reojo —¿era de pena o de desdén? —,

diagonal el rayo me contemplaba.

Y daba un salto hacia afuera

antes de decir: —Me voy.

 

 

MAR DE DOMINGO

 

Dios mío, ¡este encantamiento suave

del piélago azul

en un domingo: el agua mansa

como ungida por el aceite de la paz,

acabada apenas de estampar y acanalada!

 

¿Por qué toda ira ignora? Y ¿hacia dónde

mira, modesta y radiante?

Esta mar le da la espalda

a los puertos donde tantas maquinarias

chirrían, llenos de tesoros y de agitación,

guarnecidos de banderitas de colores.

Ella, vasta, inmensa, oye la misa

de algún pueblecillo de pescadores perdido.

 

En la iglezuela de ladrillo

un olor de algas reanima a San Pedro.

Jesús predica en la barca. Vuela

una gaviota sobre el viejo campanario.

 

Compungiendo su gran mirada

clara, la mar espera todavía.

Y la enlutada madre del náufrago, saliendo

plena de cielo, perdona hoy a la mar.

 

 

A UN SAPO

 

Cosa desgarrada que huye a una patada, sapo,

el horror de ti mismo agita tu párpado.

Los rayos del sol son para los demás gozo y maravilla;

para ti son saetas de desprecio.

 

En el lavadero, la vieja chismosa todavía

delata asustada tus malvados propósitos:

que tus miradas malignas, dice, tienen apetito

quizá de abortos, quizá de brujerías.

 

Pero llega la noche, bondadosa con la fealdad. Incluso

—entre el sueño y los sueños que hechizan los caminos—,

nace ya, oh salivazo del diablo,

de una riada inmensa de pobres corazones mezquinos

una belleza única, innumerable.

 

La gente, antes, te habría matado, porque la espantas,

pero ahora consuelas a los caminantes medrosos.

Quién sabe si hasta llegas a ser bello cuando cantas

confiado, cerrados los ojos.

 

Suena tu flauta serena y sin pesares. Cae tu despecho

como un fraseo que te sabías y se te había olvidado.

En tu espasmo te sientes tan lleno de gentileza

como la yerba en la lluvia o como el girasol al sol.

 

 

PUERTA DE MESÓN

 

La gran resolana sobre la desierta

calle mis ojos entorna. Mientras tanto, un hombre

pica la grava, y es su propia vida

lo que está picando. Noviea la doncella

bajo una parra empolvada:

apresura su engaño el giro de la hora.

Veo alguien durmiendo con un costal

bajo la cabeza: una cachucha esconde

el sueño profundo que su día acorta.

¡Gente temporal! Yo, citadino,

de modales y lengua distintos,

varado aquí, degusto tedio, único filtro

para alargar nuestra vida inútil.

 

 

CANCIONCILLA INCIERTA

 

Este camino, tan fino, tan fino,

¡a saber tú a dónde lleva!

¿Llevará al pueblo o al pino

de la montaña?

Un lirio azul color cielo

dice: —¡Ven, ven!

Pero: —¡No pases! —, dice un velo

de telaraña.

 

¿Será ingrato resbaladero,

atajo del atrevido

o camino de enamorado

cubierto de materío?

¿Refugio acaso, dormidero

a quien pasa pena?

Este camino tan fino, tan fino,

¿alguien sabe a dónde lleva?

 

¿Alguien sabe si triste o sonriente

acoge al huésped?

¿Alguien sabe si de pronto muere

bajo el ramaje?

¡Nadie sabrá nunca este camino

a qué me convida!

Y camino incierto es cada mañana,

cada vida.

 

 

HUMILDE

 

¡Oh mujer que no caminas más que por caminito

y vereda que parecen secretos de campiranía!

Nunca hechizaste a nadie bajo el ojo de oro del día:

es de burro de carga tu trabajo, y de luto tu vestido.

 

Caminas junto al surco, surcada. No hay vientecillo fresco.

El aire es pesado. Ningún rumor saluda al alba pía.

Si no se alzara la alondra, tu corazón se apagaría.

Y, sin embargo, no levantas los ojos para mirar su vuelo.

 

Pasas a pie, un día que el terreno no te necesita:

¿vas, única alegría, a la cima donde está la ermita?;

¿a seis horas de camino a ver a un sobrino enfermo?

 

Nunca has sido amada. Ni adolescente ni núbil.

Mas cuando agachas la cabeza por el llanto o la sonrisa,

tienes en el rostro una luz que te sube del delantal.

 

 

UN ANOCHECER

 

Una lenta columna de humo

se levanta de la embrujada torrentera,

y en el cerrito que viose todo cubierto

de plata, las ramas de los olivos

llaman a la noche con visos de serpiente.

 

De los altos follajes los murmullos tiernos

han cobrado la voz de algún recelo esquivo,

y en las cenizas del anochecer se entierran

los pámpanos, como un rescoldo sanguinolentos.

 

—¡Ay de quien se me enfrente! —,

dicen, como temiendo trampas enfrente

los pasos de algún hombre solitario

resonando sobre el camino empedrado.

 

Y mi pensamiento, antes de que muera el día,

vaga entre el chorro de sombras violetas

hacia donde un promontorio dorado todavía

hunde su rodilla en el agua fina.

 

 

EN LA MONTAÑA

 

En lo alto de la montaña

tengo de Dios abundancia:

de cuatro en cuatro, las rosas,

de cinco en cinco, claveles;

la oveja y sus cascabeles,

y mi amada en la ventana.

 

¿Reloj? El sol que cada hora

besa un risco al paso estrecho.

Y el chopo para el bullicio,

y para la paz la encina;

y para el gozo la nube,

alatendida, cual nave.

 

Por cama de oro un pajar,

y por candil una estrella.

Por ventana que no cierra

un retazo azul de cielo.

Por criados que me despierten

un quiquiriquí, un balido.

 

En lo alto de la montaña,

en la altura todo tengo:

la riqueza, bajo tierra

para que la laye el hombre;

la alegría, entre penurias

cual rocío entre zarzales.

 

La salud: entre el orégano

y entre las flores del cardo.

Abatido a cruz de palma,

el demonio en un abismo.

Vecino Nuestro Señor,

ocupa el piso de arriba.

 

 

CANCIONES DE ALDEA

 

               Rebaños

 

Hay un bello rebañito de casas

en esquina y valle arriba.

Hay un bello rebañito de ovejas

más arriba, por la vereda.

Hay un bello rebañito de nubes

en la cumbre misma del cerro.

 

 

               Idilio

 

Desde que el árbol del puente

se enamoró de la fuente,

y al árbol del puente

la fuente le corresponde,

nomás mira al cielo en

el suave ojo de la fuente.

 

 

               El orgulloso

 

Solito en la alta montaña

un pino hay de viejas ramas.

Solito en la alta montaña,

más fuerte que el roquedal,

águila y viento desprecia:

morirá, sabe, del rayo.

 

 

               Yendo a misa

 

Por el caminito que lleva a misa

cuando comienza a clarear…

Por el caminito que lleva a misa

veo siempre un rosal silvestre.

Sobre el rosal hay un ángel

que el alma alegra del que a misa va.

 

 

               El paciente

 

Junto aquella ermita en ruinas

llora breve una fontana.

Junto aquella ermita en ruinas

no hay ni un pájaro romero.

Pero el ciprés sí que espera,

por si otra vez dicen misa.

 

 

               Embeleso

 

Si la rosa nos embelesa

o el lindo canto del pájaro…

Si la rosa nos embelesa

sentimos que algo renace:

el pasado aligera peso

y ríe la madre muerta.

 

 

IDILIO

 

Una derechita, como quien no tiene espera,

y, recovequeando la otra, al azar,

van la barca caminando por la mar

y la tartana por la carretera.

 

La barca se empapa volandera

tanto como puede del aliento de las olas.

Y a la tartana, que atraviesa la hondonada,

un alto ramo de retamas la besa.

 

¿Persigue Fauno con rabioso paso la tartana,

amante de aquellas mujeres regordetas

cargadas de frutas y averío?

 

¿Va con la barca alguna sirena muelle?

Saluda a barca y tartana el bamboleo de un pino,

solo entre cielo y abismo, para aquí, para allá.

 

 

NOVIEO DOMINICAL

 

Para no acabar tan pronto

miran lentos las horas lentas.

Los dos suben la pendiente

de un camino de las afueras.

 

Al fondo un cielo de estrellas

divinas y claridades enfermas.

A ambos lados, jardines cerrados

de altísimas cercas.

 

Sin consumarlo (no se sabe nunca

quien puede venir a la ventura),

a un hombro una cabeza busca

y un brazo busca una cintura.

 

Pero no deshojan por juego

la rosa roja del beso.

Van poco a poco, poco a poco:

su voluptuosidad es eso.

 

Es para un desmayo así

de amor anónimo y pobre

que salen las estrellas al espacio:

sirvienta humilde; triste peón albañil.

Y sopla un aire frío,

de envidia más que de menosprecio.

Y mágica espejea

cualquier casa del Putxet.

Y la fina corriente del río,

bajo el ocaso rosa se platea.

Y Sant Pere Màrtir cuelga

cien pañuelos de damasco en su balcón.

 

 

NOVIEMBRE

 

Roja fue la puesta de sol,

y llega intratable el frío.

Una nube sufre escalofrío;

entre las estrellas anda el viento.

 

La fuente brota retorcida

entre grandes aspavientos,

y como una loca grita

que siente que cambia el tiempo.

 

Invierno que nos pisas los talones:

cerramos a piedra y lodo.

Ningún paseante registras

 

y oyes nomás el lamento

interrumpido a ratos

del último grillo del año.

 

 

MI BALCÓN

 

No hay en el mundo cosa tan pura

como ahora mismo mi balcón.

De bella nube que se transfigura

recibí en él la ilusión;

de un pájaro una esperanza,

y de un lirio, mi perdón…

Y si en el cielo hay nubarrones

o gente en el callejón,

un recuerdo de mujer bella

y serenidad me doy.

 

 

FRÍO

 

¿Dónde está? Hace mucho frío.

Diríais que yela.

Por un caminito

pasa una mujer.

 

Un recodo

la engulle más allá.

¿Alguien sabe si ha muerto?

Nunca más volverá.

 

La nieve ya no se funde,

el peñasco se amorata

y el último copo

ya no está en el mundo.

 

En la canal torcida

se quedó atorada

el agua vidriada

como ojo de muerto.

 

Los campos están transidos.

Dice el árbol en la vía:

—¡Mirad mi agonía! —,

y extiende sus dedos.

 

 

NIEVA

 

Dando saltitos cae menuda la borra

sobre la costa, la pendiente y la casita.

Sobre la mar solitaria apenas corre

un movimiento encogido y gris.

 

Detrás de un cerrito de arena fina

que besa el agua, ¡qué súbito hechizo!

Un copo de nieve recibe alma divina

y, lento, se encarama sobre el mundo liso.

 

¡Elévate, gaviota! ¡Esquiva y leve,

de tamo de nieve se hizo tu cuerpo gentil

y en tu noble espíritu rezumas la mar!

 

Mitad nacida de la nieve, mitad de la mar,

quieres encerrarte en tu sueño, y trazan tus alas

un adiós a la nieve y al mar.

 

 

APARADOR DE JUGUETES

 

Muñecas, tambores, cornetas, soldaditos abanderados

y muñecas. Estos son juguetes para que jueguen los niños.

Delante, los ojos encendidos de los niños, sus finas

mejillas. Estos son juguetes para jugar a los destinos.

 

 

VÍSPERAS DE NAVIDAD

 

El humo de cada casa es como una encantada

columna. El sol sonríe y no se atreve a estallar.

Languidece en el cielo dulcísima manada,

y viento y frío se acuestan, del mundo en el lindar.

 

Mientras se encienden los frutos del madroño, ni se mueve

el pino, joven siempre y de gracia su talle ceñido;

en los hocicos de la mula y del buey brilla el rocío,

y el bello incienso que les brota, como que no se quiere ir.

 

Un ángel pone hoy, invisible en su velo,

una poca de gusto de infancia y de cielo

a la miel del cántaro y al requesón del plato.

 

Las nubes pasan bajas, de azules intermedios:

de bajo los árboles sube balanceándose la niebla suave:

se mezclan los alientos del cielo y de la tierra.

 

 

CANCIÓN DE NAVIDAD

 

Brazo de árbol roto por el viento espectral

—¡en otro tiempo pleno de hojas y rama! —,

danos la llama, la llama, la llama…

No la de negra hoguera del mal

sino la llama del fuego de la Navidad.

 

Viento de hielo, genio alado que solloza,

no traes tú el borrascoso mensaje del mal.

Junto a la chimenea haces algo de música,

ensayando un poquito en cada agujerillo

los caramillos de la noche de Navidad.

 

Aterida nostalgia, llagada pesadumbre,

entre la noche las estrellas comiénzanse a asomar.

Ah, ¡caeros al abismo no os corresponde

sino aprender la danza, la danza

de ángeles y santos en la noche de Navidad!

 

 

LAS AULAGAS

 

¡Salud, aulagas claras, oro del invierno, retama

del frío! Es por vosotras que la fiesta dura todavía

en nuestra montaña en las crueles mañanas

de agujas de hielo entre las de los pinos.

¡Viveza de los barrancos y gozo de los caminos!

Os encontrará hechiceras la flor del espino, todavía.

Mientras el espacio se acurruca, ¡vosotras aguijoneais al frío,

y más alegre chisporroteo del fuego nadie sacaría!

 

 

INVITACIÓN DE FEBRERO

 

La lagartija se desliza

hacia la fina grieta.

Están a medio ponerse

los almendros saya verde.

 

Por el pueblo, hoy, gente loqueando:

la cara pintada de blanco,

colgajos de papel enredarán

entre las ramas.

 

Muchachos de aire enfermizo

y humildes diosas, imitarán

voces del averío, bajo el hechizo

de los disfraces.

 

Oh, ¡ven, ven con tu buen juicio

y natural disposición,

sube tranquila el empedrado,

dulce Cuaresma!

 

¡Oh primavera de Jesús

que a los corazones aprovecha

y a los hombres pareces la sobra,

de tan secreta!

 

¡Tú que hallas paz en los horizontes,

tú que llevas miel en las entrañas,

tú que eres morada como el fondo

de las montañas!

 

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

 

Por la brisa del sutil entendimiento

nuestro fuego es apagado;

nuestro gozo será ceniza

y dolor nuestro pecado.

 

Quien quiso tomar la ceniza

y su cabeza con ella marcar,

sabrá que engendra la ceniza

pensamientos de eternidad.

 

Amo tu polvillo tierno

ceniza del Miércoles de Ceniza,

ceniza de la piedad,

 

ceniza pálida y divina,

ceniza viva que germina

en nuestro juicio humillado.

 

 

CUARESMA

 

Esta vieja de clara mirada

de ojos tan dulces, el vestido limpio,

me dice: —Conocí a tu madre

cuando rogaba por ti, que eras pequeño.

Yo que siempre he sido medio sacristana

la veía en la capilla, fiel corazón,

elevándote con celo de cristiana

para adiestrarte en caminito al cielo.

¡Y hoy tu lamento de pecador no se atreve

a entregarse al Dios de tu secreta fe!

No tengas miedo: yo vine para que sepas

que Dios, suave, poca cosa quiere.

Vengo de su parte: ¿no soy una sirvienta?, dime.

Y, gacha la cabeza, reluciente el vestido,

despierto a las hojitas, a las hormigas,

y la chispa del conocimiento.

Más todavía: yo, esta cabeza blanca

que no ha florecido de gozo y juventud,

que siempre camino juntito a la cerca

y como de pie y en plato roto,

soy, iluminada por el Resucitado,

la recaudadora de un gran día de fiesta,

y te paso la bandeja abollada

para que en ella deposites un céntimo de humildad.

 

 

PROCESIÓN DE MADRUGADA

 

Entre dulces cantilenas

cuando aún no se ve bien,

pasean a Jesús crucificado

por calles de casas viejas.

 

Parecen fundirse las estrellas.

Parece que duerma el Nazareno.

Mas de pronto el mar lo atrae,

y bajo los párpados

 

sus miradas renacen.

Se dilatan sus hoyos nasales

al olor de un perfume de violetas.

 

Y sus brazos de hechizado

están así de abiertos

para llamar a las golondrinas.

 

 

VIERNES SANTO

 

La brisa se adormece

y el cielo se ve apagado.

Pájaros del zarzal,

no desveleis al Amado.

 

Sus pobres ojos, cansados;

atardecer moribundo…

Y sus brazos, fatigados

de los pecados del mundo.

 

Huyó la luz, escapada

de su rostro sangriento:

su juventud pasada

como una rosa al viento.

 

Los párpados cerraba

en la cima de un cerro;

las estrellas de cara,

clavado en un madero.

 

La brisa se adormece

y el cielo se ve apagado.

Pájaros del zarzal,

no desveleis al Amado.

 

 

JIRÓN DE NUBE

 

¿Por qué mi vista se atribula

en este silencio extraño?

La mancha umbría en la montaña

parece un atroz presagio.

 

¿No hay en el lampo abierto

de la lejanía ciudadana, gentil,

alguna cosa ficticia

que vuelve su claridad febril?

 

¿Correr de prisa me toca,

por la tormenta acosado?

¿No ya destaca en la roca

espantoso un dios olvidado?

 

No. Sucede que en el cielo profundo,

azul, cercanísimo y lavado,

una blanca espiral se funde

deseando la compadezcamos.

 

 

LLUVIA DE ABRIL

 

Esquiva al aire gris y a los verdes magníficos,

cada golondrina baja leve al agua:

el río queda todo escrito de jeroglíficos

que dicen: —Por el amor de Dios, agua.

 

Detrás de las nubes locas, de alborotada cabellera,

no sé ni cómo pero allí ríe la luz.

Y cada hoja fresca de higuera

recién surgidita en la rama parece una flor.

 

Veamos si al anochecer a mi deseo te acercas

sobre el fluido toparse de las lanzas

de lluvia, sola o con una sola estrella,

 

de mi lila convulsa recibiendo el olor,

luna de abril, balconeando al filo

de la tormenta, en un rincón de cielo.

 

 

A UNA GOLONDRINA

 

Apagan tus chillidos de alegría

la palabra inútil y su vil cantar,

y, ya cerca tus alas, o ya en lejanía,

frenéticas borran la fealdad.

 

 

 

                                               Las dedicatorias

 

 

 

EL NACIMIENTO DE UN VARÓN

 

La noble señora Eulària

está en su cama y reposa.

En torno suyo la oscuridad,

la paz y un débil grito.

 

En un idioma mudo

las cosas de la casa

se hablan del misterio

y la dulzura que ha traído.

 

—Uno más —dice el techo—,

que no me será constante.

—Uno más —dice el dintel—

que me dejará cantando.

 

Este, que me ignora aún

—dice el rosal aromoso—,

desparramará mis rosas

debajo un cabello rubio.

 

Desde sus pupilas húmedas

medita el perro, contento:

—No tendrá miedo a la sombra:

hará huir al maligno.

 

Y en la alta noche profunda

escúchase al gallo orondo

contándole a las estrellas:

—¡Quiquiriquí, que es varón!

 

 

A UN NIÑO QUE MURIÓ

 

Chisporroteo que sube

y fino tamo que cae

han visto una almita

subiendo al cielo azul

—si aún no adaptada

al grosero mundo,

apenas desacostumbrada

al cielo de donde vino.

Tibieza de madre

adurmió sus ojos;

luz de la ventana

se los hizo abrir.

Sus pálidos labios

me han dicho un secreto:

aprendió a sonreír

llorando sin reproche.

Chispa más dulce

que la nada perdida,

más leve que la vida

que no ha conocido,

ya en lecho de rosas

se mece divino

donde va el rocío

que se funde al alba.

 

 

EN UN ONOMÁSTICO

 

Fauno, dedícale un sostenido de flauta

bajo el árbol medio pelón,

no a la fuentecilla por el viento torcida

ni al giro patético de la hoja incauta,

 

no al senderillo que con graciosa pauta

blanco es en el bosque y perdedizo en el prado

ni a este cielo fresco, ahora mismo lavado;

a más honor, Fauno sencillo, la suerte te incauta.

 

Con tu sostenido y en este día

canta el gozo y la melancolía

que en mi corazón se han venido a juntar,

 

a la que rezando hechiza a la charlatana arpía

y junto a su discurso vano escribe cosas de Dios:

quizá alguna vez, debajo de un pino, fuisteis a jugar.

 

 

EN UNAS BODAS

 

Este en que se desgarran las glicinias

rodeadas por el ansia de los abejones

y se abren en el rosal las rosas finas

y el sauco florece en los regadíos,

 

es el momento en que Martí oye su palabra

para siempre respondida bajo el cielo,

y sentado a la mesa, hallándose marido,

a todos cambiados ve, como detrás de un velo.

 

Adora esta diestra que elegiste:

es rosa, es lirio, es jazmín florecido.

Luna creciente que sólo cuenta tres días

es su uña rosa en la punta del dedo.

 

Más duradera y más tierna

que su cintura leve y su labio rojo,

se cierra esta mano sobre tu vida:

es tu exaltación y tu resguardo.

 

Su voluntad acatan todas las cosas,

y expulsándonos, pobrecitos mezquinos,

manda a la llovizna que abra rosas

y al viento que las deshoje por los caminos.

 

Sólo eso es verdad. Nosotros aquí, amigos

o parientes, somos sombras a tu alrededor.

Esta mano dulcísima y avara

que con un anillo eterno has hecho preclara

el cielo te acerca si te esconde el sol.

 

 

A UNA NOVIA

 

Pronto —la caída

del día es breve—

la puerta encendida

te dirá adiós,

 

cuando la montaña

se haya dormido

y con pasos lentos

suba la noche.

 

Un beso te dará

gozo y tristeza,

y escalofrío

un tizón prendido.

 

Todavía, en el cielo,

volviéndote un poco,

verás un último

azafrán de fuego.

 

Pero su fina

rojez menguante

ni es tan sagrada

ni dura tanto

 

como el dulcísimo

rojo estallido

que ha de incendiarte

hasta la mata del pelo

 

antes que el nuevo día

atrevido se levante,

exquisita rosa

de esta noche.

 

 

A UNAS GLICINIAS COLGANDO

EN LA CASA DE UNOS NOVIOS

 

Todo el manto de glicinias

que guarda vuestros balcones

está lleno de abejas divinas,

doradas confusiones.

 

Y cantan sus olorosas esencias finas:

—Que no se vean ni los postigos

ni mueva el viento las cortinas,

que al fondo está el dios Amor.

 

Yo llego frente al cercado

que las bellas flores custodian,

cansado de mis caminos dispersos.

 

Mas detengo en su chorro sagrado

mi pensamiento dorado

que halla la miel de estos versos.

 

 

SOBRE MARIA-ANTÒNIA SALVÀ

 

Cuando Maria-Antònia tiene alguna cosa bella

que decir, se estremece toda impaciente.

Y vívida y un tanto balbuceante, la cosa aquella

se desparrama en un desorden que tiene el encanto de un canto.

 

 

 

 

La sensatez

 

 

 

INTERVALO

 

Abro los ojos. ¡Qué calma pura!

En cueva me hallo que es toda verdura.

 

—Tanto verdor es nomás la persiana.

Vivo. ¿Alguien sabe si viviré mañana?

 

Me acuerdo de un pecado antiguo

(yo, tan indefenso, ¡he sido inicuo!).

 

¡Gracias, oh Dios, por tu dulzura,

por tu espera distendida

 

y esta aura nueva de frescura

sobre el estólido pecador!

 

A lo lejos, da de tumbos la tartana:

de una suave sonrisa me contagia.

 

Y ni bien la mar se ha coronado

de sus primeros nimbos naranja,

desaparezco, de pronto.

Una vez más mis ojos se han cerrado.

La voz que ha dicho: —¡Demasiado pronto! —,

¿era el ángel, el  viento gemado

o la campana de las monjas?

 

 

UNA CASA CERRADA

 

Casa sin nadie, casa tremenda,

áspero en la noche es tu abandono,

y volver la cabeza me hiciste.

¿Qué mensaje me traes y por qué me atrajiste,

 

oh tú, negra amenaza enderezada

donde ninguna ventana encendida sonríe,

cerrada y trancada,

inmensa tumba de un atrio sin rescoldo?

 

Se agacha de tu alero la visera,

la hierba crece en tu portal taciturno,

lloran tus árboles en el viento nocturno

y silba la aspillera.

 

Tú, de dulzuras humanas devastada,

sin memoria alguna ni impaciencia gentil,

llena de flores en las balaustradas,

fuiste casa de novios en un viejo abril.

 

En tu escalera el alboroto

de envidiosos, de amantes, de curiosos

hubo, y en tu sala músicas y risas

y por tus jardines ires y venires.

 

Junto a la idea nueva, los viejos libros;

sobre la mesa, el vino de juventud.

Y en el refugio de damascos de tu alcoba

la cama gimiente del placer habido.

 

Tus balcones gozaban de par en par apertura.

Tus luces en la noche llamaban al forastero.

Pero la Desconfianza

entró por el ojo de la cerradura.

 

Un denso cortinaje se pondría

en cada puerta para simularlas noche,

y desde ellas podría escuchar la Celosía

conteniendo el latido.

 

Eran demasiado bajos los muros del cercado;

los ventanales abiertos, riesgosos demasiado.

La duda de los sirvientes cerró uno por uno los cajones

y recomendó enrejados el miedo a los ladrones.

 

Cada paso de afuera parecía

una incierta amenaza de la calle.

Y el silencio otra amenaza parecía:

espera de otro paso que se acerca ya.

 

Al caer la noche todo se cerraba a conciencia

temiendo que acechasen de la sombra en medio

las emboscadas de la inteligencia

y la extraña acometida del deseo.

 

En la costumbre los besos se apagaron.

Nació entre cautelas el vacío.

Y oprimidos y en soledad miraron

como un abismo el porvenir.

 

Sin desfallecimiento todo lo vigilaron

y todo lo acorazaron.

Y al fin, las defensas bien montadas,

la casa les dio miedo, y huyeron de allí.

 

 

EN COMPAÑÍA

 

Vivo en medio de los dos

y no hay amistad entre ellos:

doy una mano al Deseo;

la otra a la Pesadumbre.

 

*             *

 

Los dos maravillas cuentan

del día vivo o del difunto:

no sé yo entre otra y uno

quién más bellas mentiras cuenta.

 

*             *

 

Deseo y Pesadumbre hasta

le han dado a mi vergel

los sueños y la añoranza

de lo que no hubo ni habrá.

 

*             *

 

Y al serme la suerte esquiva

me han hecho, en mi claro umbral,

lo que no volverá, llorarlo,

o desear lo que nunca arriba.

 

*             *

 

Tienen tino nigromántico:

a la muerte va lo vivo,

pero sobre el negro río

deslizan velas y cántico.

 

*             *

 

A los fantasmas me entregan

al claro de luna, al viento.

Me engañan de tal manera

que no olvido sonreírles.

 

*             *

 

Cuando en sus vanos tumultos

muera quien hace batir mis pulsos,

endulce mis días postreros

la que enternece mis ojos.

 

 

LAS HOJAS DE ABRIL

 

I

 

¡Ah, hojas de abril!, ¡oh promesas que sombras

proyectais ligeras por los caminos!

Pareceis mitad temores, mitad nostalgias;

entre que quereis y no, como los destinos.

Así nos vemos todos, en desorden de instintos,

entre desmayos y deseo mecidos.

¿Quién coge su gozo de los azules inmensos?

Los hombres somos mezquinamente divinos.

 

 

II

 

¡Ah, hojas de abril!, ¡oh cosa incierta!

¡Ni lo bastante sombra ni alegría ni rumor!

Vida temerosa tan pronto se despierta,

del viento que pasa, del tintineante rabión.

En vuestro suave encogimiento veo

mi propia vida como ofrenda inútil

porque el coraje divino la abandona

rodeado de chisporroteo ante su don.

 

III

 

Del mismo modo nuestra cautela es vana

y querer a medias no nos libra de peligro.

¡Fueteadas y chamuscadas

también sereis, hojas de abril —mi espejo!

Y el hijo lamentable de la tierra

muere, a veces, bajo bala perdida,

a pesar de haberse agachado en los ribazos

por no ser santo o por no ser caudillo.

 

 

IV

 

¡Hojas de abril, juguete de todo miedo,

y yo, mero instinto sin goce ni piedad!

En lugar de vida esclava y muerte mezquina,

si nuestro corazón se hubiese incendiado

trazaríamos asaz en el éter consagrado

el interrogante de luz de la gaviota

o el vuelo fino del albatros,

señal heráldica de la tempestad.

 

 

POEMA DE LA CONTRARIEDAD

 

Te han dicho hasta la despedida

oh Contrariedad,

a ti que la madeja enredas

y rompes el tejido,

 

y al pie de la victoria

al guerrero trambucas,

y en la subida atascas

el carro al carretonero.

 

Disfrazas con hojarasca de pino

el camino inseguro,

o detienes el reloj

cuando a alguien esperamos.

 

Pringas el vestido nuevo,

o haces que un trabajo se repita,

o pisas, invisible,

en el baile a la bailadora.

 

Por ti nuestra ambición

va dando de trompicones,

y hasta la virtud rezonga

al sentir de ti escozor.

 

A la tímida esperanza

salpicándola maltratas,

y vacías sus promesas

y su deseo difamas.

 

Dan de alaridos doncellas,

donceles alzan el puño,

y reniegan los estólidos

cuando pasas junto a ellos.

 

Mas yo que ya me reclino

en fina cuesta en un campo

y que sonrío debajo

de este árbol sin follaje,

 

acostumbro, cuando llegas,

hacerte un buen lugarcito,

y si mis dedos te encuentran

acariciarte un poquito.

 

Tú le has enseñado maña

a cuanto aquí se halla vivo,

y vida larga le das

a quien no te es esquivo.

 

Tú que a lo mejor fastidias

la arista casi limada,

arreglas la otra arista

que teníamos olvidada.

 

Mis ojos ya no echan rayos

cuando frente a mí te plantas,

¡oh freno, sazón y estímulo,

oh ironía de Dios!

 

 

CANCIÓN DE LA MUDANZA

 

Sigue recto caminito

en el mundo la Mudanza;

nada ve de hito en hito

ni con odio se abalanza;

es consuelo al pequeñito

y amiga de la Esperanza.

Dolor y fragor nos quita,

y en pesar cambia el tormento.

De día y noche camina,

día y noche y no se cansa.

 

—¿Cuál es entonces tu trazo,

Mudanza?

—Pues nada más que un paso

de danza.

 

Trabajas con tanta maña

que a ti nadie te adivina;

al lado tuyo es grosero

hilo el de telaraña.

Hoy, que todo andará;

mañana, que todo fina.

Por ti no seré recluso

en una vida mezquina,

nostálgico del placer

ni adusto que se envenena.

 

De ti yo quiero ser

juguete,

y también danzaré,

divina.

 

¡Es tan bello tu danzar

que mueve árbol, cielo y olas!

Nuestro día juvenil

sólo ríe si lo coronas.

Dulce anhelo haces brotar

de los momentos más yertos.

¿Pendiente de ti no estar?

¡Yacente en profunda fosa…!

Al día que se va tú doras,

y pisas, cantando, a la noche los talones.

 

El enojo, la lucha,

las hondas,

con risa clara

perdonas.

 

¿Quién contar alcanzaría

tus presentes, oh Mudanza?

Me libras hasta de mí

y todo uno en mis recuerdos;

a mi pobre cuerpo mezquino

abrigo das, y lejanía;

en mi noble fuego divino

la  impaciencia eres, la brisa:

Tú me harás llegar la Muerte

y la Bienaventuranza.

 

Suena si mi fin

avanza.

Suena,

violín de danza.

 

 

CANCIÓN DE LOS CUARENTA AÑOS

 

Fornido, gracias a Dios,

la espalda un tanto haragana,

me detengo ante el portal

de los cuarenta años.

 

En mi gorra bruna

dos flores ostento:

el deseo es una;

la otra el desprecio.

 

Mas ni blando soy

al deseo ni me doy

al desprecio: flores ceniza,

casi las confundo.

 

Otros, de apta naturaleza,

al llegar a mis años,

para obtener riqueza

colocan amaños.

 

Por aquí veo quien ayunta

labios infieles,

o sueña su nombre

escrito con estrellas.

 

Yo ni me muevo ni de pronto irrumpo

ni nada me viene al caso.

Soy un heredero solterón

en su quinta solitario,

 

y en mi cocina,

bajo la viga de pino,

veo cómo declina

de mi vaso el vino.

 

¡Cuánta resolana

cae de sopetón!

A cualquier mirada

hurta mi rincón.

 

Una extraña fuerza

siento vive en mí.

Mas no quiero que tuerza

hacia mi destino

 

el viejito que se hiela

refunfuñando,

ni el joven que pasa,

la mirada ardiente;

 

no, no, no, no el poder, arlote

patán de barriada;

y menos la fama,

que me enseña, vana,

 

una media malva

de punto finísimo,

que peona y se salva

escalera arriba.

 

Sin locura acepto,

sin aspavientos rehúso

lo aparencial

de hombres y tiempos.

 

Mediada mi vida, respiro

un poco de virtud;

si me decepcionan,

aprendo a sonreír.

 

Bajo esta ígnea raya

veo moverse la gente.

Con encogerme de hombros

creo hacer suficiente.

 

 

EL HOMBRE QUE REMOLINEA LA ESPADA

 

Esta mañana

pasó frente a la puerta de mi casa,

andando su camino,

el hombre que remolinea la espada.

Mira de reojo aquí y allá;

la sospecha lo enciende como una brasa:

no sabe qué vecino

lo herirá.

A los hados implora, maldice, pregunta,

la obsesión que lo impulsa.

La espada está oxidada y no tiene punta

y el hombre no tiene juicio.

 

Hasta en la cima del monte que brilla solitaria

o en medio del pelón resbaladero,

el hombre avanza remolineando la espada,

solo contra todos y solo contra nadie.

 

 

TEMOR

 

El carro lleno de sol no sabe que deja

a su zaga una gran señal de polvo

ni el viento sabe que su aullido de queja

de cueva en cueva se vaya dulcificando.

 

Yo que distraído he caminado en vano

—y me es preciso vagabundear sin fin—,

temo oír qué dicen mis pisadas

cuando parece en mi camino que huya de ellas.

 

 

SANTA PACIENCIA

 

Era mayo, y  todo canta

y estaba abierto el cielo.

Por casualidad yo creo

vi a una santa

de vestido durador.

 

Gris, sin pretensiones,

era su jubón.

Como una payesa

llevaba un pañuelo

ocultando el ardor

de su pura estrella.

Santa Paciencia

se llama en el cielo.

Su voz, aunque avara,

parece caricia;

su pestaña clara,

de un lago la orilla.

Auxilio y ayuda

de mil pensamientos,

los husos ebúrneos

de sus dedos atentos.

Con arte de amiga

y ponderado juicio,

deshilvana, anuda

el hilo roto;

enrolla la madeja,

desenreda el hado.

Lo que ella toca

no parece tocado.

Todo lo compone

sin que nunca estorbe.

Ningún día descansa;

ninguno está ansiosa.

Y pese a los obstáculos

del mundo insolente

ella hace milagros,

se vuelve sapiente:

con tímidos signos

derriba al tirano.

 

Como los ojos benignos

del tomillar

es piadosa y lánguida,

y dulce como la sidra.

Como Jesús un día

en Jerusalén,

hizo al cielo su entrada

a caballo de un borrico,

saludada por el laurel

bienaventurado.

Esta dama diligente

del jubón grisáceo,

es una sirvienta

en el Paraíso.

Atiza los fogones

de Fe y Caridad,

barre los caminos

de la Castidad.

Administra las provisiones

de los héroes divinos;

arregla y limpia la casa

de pecados mezquinos.

Arrincona los escombros

del Celo, y trae

el caldo que devuelve

la Fortaleza.

 

Santas, ¡hay tantas

en torno de ella!

A todas las santas

las meció en la cuna.

Y entre las que están

ante la Alta Presencia,

ninguna tan parecida

a la Omnipotencia.

 

 

EL CASTILLO DEL OLVIDO

 

Junto a la mar se alza el castillo del Olvido.

Hacia él voy bogando bajo una noche serena.

Y cae el chorro de esta luna llena

sobre sus leones y dragones de granito.

 

No hay un nombre en el portal ni un can contrito

que de sus ojos rinda la húmeda ofrenda.

El gran portal nos conduce hacia única noche:

sorda, abismal, petrificada noche.

 

De buen grado sin embargo hacia la rada

angular vengo bogando. Sopla brisa calmada.

Una voz extraña me advierte subitánea:

 

—Sólo escucha un latido de estas estatuas

quien, de pie, sin anillos ni plumas fatuas,

sube bajo la sombra gigante de su desprecio.

 

 

 

Carles Riba

 

Barcelona, 1893; Barcelona, 1959.

 

OBRA POÉTICA: Primer llibre d’Estances (Primer libro de Estanzas, 1919), Estances. Llibre segon (Estanzas. Libro segundo, 1930), Tres suites (1937), Elegies de Bierville (Elegías de Bierville, 1943), Del joc i del foc (Del juego y del fuego, 1946), Salvatge cor (Silvestre corazón, 1952), Esbós de tres oratoris (Esbozo de tres oratorios, 1957).

 

 

 

Carles Riba

Estanzas. Libro segundo

 

A

(1920-1928)

 

 

1

 

Silencio, ángel potente,

mensajero entre Dios y nuestro pensamiento,

no hagas más pesado tu vuelo con rosas

sobre la cabeza ni empapes las abiertas

alas en las gargantas azulencas donde pasan la noche,

del Tiempo gemelos discordes, la Ilusión y el Olvido.

 

Házteme reconocer por el ágil revuelo

con que despiertas de un salto

la Verdad dentro del corazón adormecida,

allá donde el arbitrio del bien y del mal

no envía su oleo —¡oh playa inviolada!

 

Como cuando empuñas en vuelo

sobre la airada cima de los robles la brisa

y la reviertes a la bajura discreta

del murtal, y el gran bosque se inmoviliza

por el espanto a que saliese, al rumor inoportuno,

la diosa, estremecida de su propio cuerpo desnudo.

 

 

2

 

Dilapidamos nuestros días

como una herencia recibida y dilapidada:

nuestro día raudo, que dirías

puesto que delante nuestro un ángel nos allana los caminos

melancólicos de la eternidad;

y la plenitud del amor que no dura

—tal cual el ajetreo del mercado—;

y lo que en círculo encerró una imagen pura

como el rubí de fuego, solitario, adormilado

sobre su anillo. El Tiempo, jugador sin palabra,

fingiendo ganarnos en prodigalidad,

nos despoja al borde de su mesa.

 

Ah extinguirse sin saber

si el goce de una hora es poco o demasiado

ni si el dolor para algo asoma la cabeza:

si es él quien suscita este aliento de fe

primaveral que las venas deshiela

o si por el contrario de él se nutre

—le resultamos fácil presa de caza—;

y no lo sabremos hasta el mismo

instante en que la Muerte, alcanzando nuestro paso

renco, tire de nos por la deuda que aplazó,

y no seamos nada más que una osamenta

seca de fe por pagar.

 

 

3

 

El sol se aleja y a flor de río

arrastra un largo manto de neblina dorada

que un vuelo de golondrinas horada

—chillido precipitado, golpe de ala esquivo.

Diríase un monarca enorme que sonríe

de travesuras de chiquillería;

su limosna de oro se vuelve loca.

 

No llores, tierno Amor recién nacido:

una lágrima en esta pompa extendida

se disiparía sin tristeza.

 

Cada pináculo es como pistilo

de una múltiple flor más venturosa y desnuda

que su propio aroma atenúa

—cálice abierto como un deseo gentil.

Todo vuelve a ser inocente de su cruel abril

menos tu beso, broche que no se desanuda,

que aprieta las palabras tras una sombra roja y cruda.

 

—Y el oro se desangra sobre el río. —Oh Amor

lleno de remordimiento, ¡irrumpa tu habla sonora

dispersándose en estrellas de juventud

que cielo arriba detengan la vieja noche ofendida!

 

 

4

 

Tal vez morir sería

como cuando, durmiendo, algún golpe precipitado

nos abre los ojos de par en par a la tiniebla,

y nos incorporamos dudando si fue realidad

o si un sueño que se escabullía

dejó enroscado

a nuestro sentido alebrestado

un pingajo rejego de fiebre.

Es el horror de sentir que entre la verdad

y nosotros no hay más que un paso de tiniebla,

y que el pie sirve a escondidas

a la cobardía de la voluntad.

 

 

5

 

¿Qué diosa apasionada

al yo nacer marcó mi frente

con una mano cansada

por un anhelo imposible que el flanco le curvaba

y le llenaba los caminos innumerables de la sangre,

resbaloso y agitado como una nidada

de serpientes bajo la púrpura de una profunda rosaleda?

¿Qué diosa apasionada

al yo nacer marcó mi frente?

 

No sé qué de inmortal vencido

pesa dentro de mí: como la memoria

de un dolor desconocido,

o un sueño sin imágenes que se alarga y negrea

muy adentro y donde alguna cosa viva jadea;

cargo el rescoldo semiciego de una juventud diversa

que no encendió en mi pecho su llama transitoria:

no sé qué de inmortal vencido

pesa en mí como una memoria.

 

¿O es mi vida misma

que se refleja sobre la nada,

lejana y debilitada,

como dentro de un pozo oscuro un claro de cielo revuelto,

y, criatura con alas sin el vivo placer del vuelo,

me alimento en mi rincón con la seca mentira

de ser más débil yo que mi propia voluntad,

mientras va corroyendo mi vida

la sombra que flota de la nada?

 

 

6

 

                                                                              Uns wiegen lassen, wie

                                                               Aus schwankem Kahne der See.

Hölderlin

 

 

Feliz quien ha vivido bajo un cielo extraño

y su paz no se cambiaba,

y quien de unos ojos de amor acechando el bravo remolino

no ha visto volar rasante el engaño.

 

Quien ama sus días el uno por la valía del otro,

como las partes iguales

de un tesoro ponderado, y quien no corre al alcance

del recuerdo que huye por otro.

 

Feliz es quien no mira atrás, donde el pasado,

insaciable como es, nos arranca

hasta la esperanza, casta prenda de la tregua

que la Muerte había otorgado.

 

Quien tampoco hacia adelante su deseo conduce:

quien deja los remos y, echado

en su barca frágil, de cara a las nubes, mudo,

se abandona a un agua serena.

 

 

7

 

Hay momentos en que el pensamiento

está solo y yerto como un precipicio

desesperado bajo un viento

que nunca se detiene ni mengua.

 

La eternidad de los años difuntos

y los que han de ser contados todavía,

atraviesan el vacío que zumba

empujándose, con una rara

 

furia de ejército comandado

por el pánico: así, cuando Dios

camina sobre el mundo, el hombre asustado

pierde la risa, y huiría.

 

Sólo tengo una certeza y es que es entonces

cuando soy y vivo lo que me corresponde,

pues de nada me sirve ser avaro en el esfuerzo

y creerme firme sobre una roca

 

tranquila, con mi amor y mi hogar

y mi jardincillo. Todo navega:

a cada barco es el mar entero

quien lo sacude y lo arrastra.

 

Y cuando una oleada de dolor

o de goce nos bate y nos inclina,

no es nada aquello que es sólo nuestro:

en nuestra barca mezquina

 

resuenan hombres y ciudades,

el tiempo sin fin que nos circunda.

Hay que remar para no ser hundidos

en la vida abstracta y profunda.

 

 

8

 

Que yo no sea más como un pájaro solitario,

las alas extendidas sobre un gran río

por el cual descienden lentas barcas de gente que ríe

a la sombra baja del toldillo,

y la balsa que, nostálgico, el montañés semidesnudo

conduce con fatiga hacia ciudades

que oprimen el agua libre entre muelles olvidados

de haber valles verdes de árboles y rebaños

y un pequeño y feliz campanario.

 

La vida pasa, y el ojo no se cansa de verter

imágenes claras dentro del corazón.

…Todo en mí regresa sueño: nubecilla de sombra y de oro

que flota y muere lejos de mi mano.

Quien se adentra en su corazón como un minero avaro,

quien de pesadumbre a ciegas se nutre,

tienen más que yo que extraño a mí mismo

y alto sobre los demás, miro la ola incesante que crece

y decrece hacia el mar.

 

¿Qué movimiento humano puede todavía romper

el encanto, lanzarme sangre y sentidos

sobre la presa, ya nuestra, ganada, entre los dedos,

o sobre el canto, que de hombre a hombre va y viene?

¿O será mi destino el del pájaro real

al que un tiro, por diversión, tumba del cielo,

y el agua indiferente se lo lleva, rebelde vencido,

cubriéndose los ojos vaciados de anhelo con el ala inútil,

sin queja alguna por su mal?

 

 

9

 

Yo que vigilo tanto mis deseos blandos,

mujer, pensaba en ti por buen amor del riesgo.

—Y yo, donde está mi pensamiento, allá vivo,

no donde me llevan mis pasos.

 

Yo te seguía, escurriéndome por entre la sombra

de mi fantasear; te creías sola, y mi ojo acechaba

mientras, del goce de ti misma lenta esclava,

desnudabas tu cuerpo de nieve.

 

Con todo, ¿qué puede haber entre tú y yo, altiva

que como un dios te alimentas de orgullo extenuado?

Si del mío despliego bandera, te llamo a un combate

que es tuyo sólo con ser fugitiva.

 

Y si me rindo, ¿qué sería mi placer, sin orgullo?

: Riachuelo que vaga sobre la corteza inerte.

Y no obstante, una nadería de tu voluntad puede torcerme.

Pensaba en ti, con todo y que yo no quiero.

 

 

10

                                                                          In memoriam  O. C.

 

 Estás lejos, y no sabemos si más débil o más fuerte

que nosotros: si el súbito melancólico recuerdo

que nos detiene y nos hace voltear, buscando, tu rostro,

es el último vuelo cansado de un ruego tuyo desde lejos,

o el frío de tu sombra agigantada a lo lejos

por una inmensa luz que nuestro efímero ojo

no distingue, y que tú miras de frente —y comprendes.

 

Y si la muerte no es sino un sueño indefenso

bajo la ola voluble del tiempo, que te engullía,

náufrago atónito, de entre nuestra compañía,

¿lanzaremos tu equipaje detrás tuyo al mar

o en nuestra aventura hacia más claras ribas

haremos, de lo que tú pensaste y esperaste,

nuestro deber y una poca de alegría —todavía?

 

 

11

 

¡Islas del sueño! En dulce vértigo de silencio

y sombra, tal vez la noche nos arrastra a rozarlas;

el espíritu abre los ojos con un profundo latido,

impaciente por desprenderse y vivir

fuera del cuerpo moridor

que pesa y lo encadena a la sombra y al silencio,

mientras la inabordable cándida visión

se disipa en la lejanía de la noche libre.

 

Sueños, sueños, deseo, ¡oh espejismo tan sólo

de incorpóreas briznas de deseo que en el umbrío

umbral del pensamiento flotan en turba vaga!

Huéspedes mil veces rechazados

pero que, cuando el alma, triste

de su trabajo, quisiera alrededor olvido y nada más,

fingen para ella, alegre y consumada la conquista

de estos paraísos constelados.

 

¿Temeremos, pues, la noche y su pérfido misterio,

como el eremita que no arriesga su cuerpo

sino cuando se ha exprimido ya todo goce de dentro

de la sangre, o daremos osadamente

la vela a todos sus vientos nuevos,

noche adentro, por las islas del cambiante misterio,

aunque solo sea para revertirnos, taciturnos y más viejos,

al tráfico arisco de un nuevo día?

 

 

12

 

Amor, dulce es callarlo y no sufrir

de ningún ingenuo pensamiento en mí

que se detenga de pronto y mire atrás,

mitad de risa y mitad de llanto,

como un niño si se perdía en una fiesta austera.

 

Mírame a los ojos, que todo es tuyo en mí;

hasta los recuerdos que viven tras el leve

horizonte de nuestro conocimiento

funden su lívida claridad de nieve,

Amor, en la alta luz que en tus ojos comienza.

 

Dame la mano, que entre el cuerpo y la fe

el acuerdo es hoy suave y pleno en mí;

como si el amor fuese inmortal, y la hora

que huye un círculo, y, en su centro, el deseo

reteniendo por igual los sueños de la orilla.

 

 

13

 

Huyes, cuando por tenerte

daríamos, en una noche oscura,

la estrella que ríe engastada en un recodo,

y en una mar insegura

un puerto dorado de viñas alrededor,

y en un silencio de odio, el canto

de una muchacha pura.

 

¡Nos dejaras al menos,

oh bella altiva, un sueño dulce de ti

entre los ojos y la visión infinita

del mundo! Pero nos oprimes

de soledad, prisioneros de tu mirada

fija, que la habita de lejos,

sin ti.

 

Pero si fueras nuestra,

puesto que dabas —sólo por unos instantes— tus brazos

a nuestro cuello, ciñendo este ardiente engaño

de creer encendido tu rostro

por un amor como el que de año en año

hemos aprendido —hecho de tierno afán

y tristes pasos;

 

puesto que te lo entregábamos —¡tan

silenciosamente atesorado! —

¿qué fuerza inmortal nos quedaría,

desligados de su encanto,

para resurgir sobre la fiebre impía

y la animal melancolía

y la soledad?

 

 

14

 

En la mesa común donde la Esperanza vierte a chorros

su vino de fuego,

entre los que allí yacen, repletos de la bebida loca,

no quiero lugar.

 

Mejor despierta con un roce de tu ala,

diosa, mi frente,

cuando todo es de la noche y mi pensamiento

se agacha triste como el mundo.

 

Hazme incorporar, Esperanza, desde adentro del humano redil,

con la mirada clavada

donde un mañana ya alancea a la tiniebla fría

el flanco marchito,

 

y con el claro pensamiento de ser más plena, oh día,

tu luz que mi corazón,

y que sus sueños, hechos de pesadumbre impía

en que se consume.

 

 

15

 

Andrajosa caravana,

famélica de los yermos donde nieblea el olvido,

recuerdos, que sobre mi florido

instante de hoy caeis con furia inhumana:

 

lleno de angustia os veo devastar

cándidas esperanzas, pensamientos, dulces cuidados,

para huir saciados

hacia oscuras vías que el Tiempo, detrás vuestro, amotinará

 

en sus tumultos inestables,

y que yo seguiré bajo la ley cruel

que amarra al hombre a ser fiel

a su haz de pasado y añoros impensables.

 

¡Ah, no para vivir sin un fin

sino para recuperaros —mendigos de mano tendida

o ladrones ágiles sobre la presa,

recuerdos, todavía engastados, y alhajados de mí—,

 

dispersos por los recovecos frondosos

de mis futuros silencios! Y suplicante cobarde,

acechar el engaño de vuestra mirada

para sorprenderle un pálido reflejo de los días extintos.

 

 

16

 

Todo regresa, y es más triste,

como si volviese llamado a juicio.

Tan cobarde que es el corazón

dentro de la prisión de su desasosiego,

¡y tú, fantasma triste,

acechas se adormezca

tu juez, el corazón!

 

¿Qué traes —rosas, lágrimas—

de los marchitos ponientes del pasado?

¡Trajeses viva juventud

y primer deseo admirado,

las rosas y las lágrimas

con que el amor combate

la juventud!

 

Sólo por recomenzar

—¡ingenuo corazón!— perdonaría

que fuese sueño y nada

esto que vuelve con melancolía;

como si al recomenzar

se evadiese de la impía

mano de la nada.

 

Como si la única alegría

nuestra, que es poseer el instante

en la arrogancia de su huida,

no valiese el enervado encanto

de soñar una alegría

que regresa, vergonzante

de su huida.

 

 

17

 

                              Abanico: casi a la Mallarmé

 

 Todos estos inciertos batidos,

como las respuestas y los rechazos

de un ala inexperta a difusos

sueños y a horizontes resplandecientes,

 

imitan demasiado, oh pensativa,

un amor posible, que fuese

un vuelo prisionero —de los dos—

entre tus ojos y la hora muelle,

 

para que yo no me le entregue y no

refuerce su ingenuo presagio

con un verso ondulante, que ensaye

la indecisa sujeción

 

del corazón a esta mezcla incomprendida

de juego y de deseo y de pereza.

 

 

18

 

                              El imposible deseo

 

¡Me he asomado al alba, oscuro de mi deseo!

Pobre y cansado del pródigo dispendio taciturno

de mi imposible deseo,

he negado a la diosa y los tesoros de su urna,

entre el mundo y su nueva esperanza, en medio,

yo solo, soberbio de mi desesperado deseo.

 

Reina del mundo, posaba sobre todas las cosas

la luz su inefable, su innumerable peso;

todo cedía al oro y a las rosas,

todo, como si, suspendido, no existiese mi deseo,

que, con la irónica duración de sus fuerzas reclusas,

volvía imperfecto al mundo bajo el oro y las rosas.

 

Embriágate, oh día satisfecho de ti mismo,

lanza detrás mío tu rumorosa curva;

agótate en el resplandor mismo

con que te crees evadido de tu ciega exactitud,

hasta mudarte en la sombra que de tu número se nutre:

yo, en mi deseo intacto, ¡seré todavía yo mismo!

 

 

19

 

                              La furia dormida

 

¿De qué pensamiento devorado

hasta su viva sangre

estaba tan dulcemente curvado

tu joven cuerpo, Furia,

que parecías dormir después

de un amor sin mal

ni ternura entristeciendo el beso,

simple en su puro exceso

de alegría animal?

 

¿No será que lo sabes, y, porque mis dedos

sobre tus bucles blandos

han resbalado, apenas mensajeros

atrevidos de mis ojos,

saldrás de este sueño como de un silencio

de tu fuego, perra

lebrela del deseo profundo,

segura de un corazón a punto

—el mío— para tu juego?

 

Así hablo a una mujer, oh desnudo,

oh bello Remordimiento,

y te corono de sueños, a ti

que nomás eres ardiente,

contento de sufrir brazo a brazo

con tu placer más potente

y reintegrarme un sueño voraz

en el que me dejarás

intocado por la muerte.

 

 

20

 

Amor, me es dulce tu cuerpo cuando está solo

en su goce y en su risa ardiente,

solo en su música, ¡loco instrumento!,

en adormecer las serpientes de frío consuelo

que ahogan en su eco en mí el revuelto

umbral entre mi oído y mi pensamiento;

cuando vence sin alma, polvo divino,

todo muertos y armonía renaciente,

tu cuerpo me es dulce.

 

Amor, tu cuerpo me es triste cuando recoge

el vago vuelo que ha oscurecido su llanto

una ternura excluida de tu don;

cuando, en el agua de tu ojo donde me miro

un sueño vela, extraño a mi orgullo,

y puedo estrecharte porque no eres yo,

y asomarme a él, ni olvidado ni visto

como un silencio duerme sobre una flor,

tu cuerpo me es triste.

 

Amor, Amor, ¿dónde quedó la juventud

que nos igualaba la carne y el espíritu

como dos llamas de un mismo deleite?

¡Ah, si el deseo pudiera morir del beso

o el Amor fuera un dios que no envidiase

la poca de piedad no avasallada

en los dulces tumultos de su favor

ni en el triste regalo a su olvido,

Amor, Amor!

 

La tácita poca de humana piedad

por la mutua sed de los cuerpos desnudos

y el placer que pasa por ellos como un rey intruso,

exultante de lo que ha rapiñado

y abandonándolos en mayor necesidad.

¡Cuerpo que has sido feliz del jubiloso abuso!,

guarda el sueño, como una sombra un fuego;

para volar lejos de los destinos seguros

es triste —y es poco.

 

 

B

(1929-1930)

 

 

 

21

 

Desnudo en reposo: después del amor

 

Ahora está sola entre el fuego de tus rosas secretas

y la atónita luz

tu blancura desnuda —¡ah las divinas derrotas,

en tu blancura, del tacto que en agotarla se consume,

cansado de tantas delicias obtenidas!

 

Mis ojos son un silencio esclavo de tu reposo

y los muy tontos se inclinan, mientras

tu alma, en ti, se reinstaura y sueña su cuerpo,

¡tu cuerpo!, y lo recupera feliz alrededor de tu vientre puro

—emanado tal cual del gozo que allí se halla encerrado.

 

¡Orden ingenuo de flor! Por sus pétalos divagas

al gusto de tu sueño lento,

pues recuerdos en tu tierna masa todavía embriagas,

tú de ti —ah, ¡tan presente que te tengo, y mi pensamiento

ya te me aleja en espejismos vagos!

 

 

22

 

Te he comprendido mientras huías,

pues un vano golpe de espuma sonoro

en mi atónito grito ha tomado

tu cuerpo curvado como en un lecho de amor,

sirena desnuda, sumergido cabello,

¡ah rubia estela de un ardiente consejo!

 

Regresas a ser destino confuso,

tú que, sin designio, tentaste

en el extremo de un rechazo,

urgente y entregada a la ola fugaz

—sin presente, como tu canto, quizá

puro sueño de lo que está por hacer, y que no sé.

 

 

23

 

                              Corpore composito J. C.

 

Tu forma se nos opone como si todavía fueras tú, pero

tú has dejado supremamente de creer

en nuestros sueños. ¡Cómo sentimos, desnudo el corazón,

que este brusco, total desistimiento es

lo que llamamos morir!

 

No cansado de haber sido como nosotros: adusto

de tu misterio, yaces. ¡De cuántos pasados

sentidos tuyos, ya inmóviles figuras sin verbo,

eres transparente! De tantas unidades,

la suma ahora está aquí.

 

Tanto menos te comprendemos. Mejor, fieles a la señal

de nuestros sueños, te acercamos el mundo

de nuevo, y tu saber de él que lo hizo tuyo —para

que nos parezcas nuestro todavía, en un profundo

pulso común de destino.

 

 

24

 

Vuelvo del sueño con un ángel triste.

¡Ardientes parábolas del día, esperas

cruzadas en un cielo de calamidad prevista!

Él estaba allí para recibirme en sus manos ligeras.

 

¡Ah, su dulzura no ha encantado mi impulso

de hacer mía más noche, y encima crecer

hacia lo no mío, y gobernar tumultos

de silencios ajenos como mi propia parte!

 

¡Ah, su irreal inmenso reino! Al paso

—¡oh sueños de otro!— de la sombra prohibida,

el ángel y yo. Luchamos brazo a brazo;

él, vencedor, se apoderó de mi tristeza:

 

no como una mujer, que hace suyo

más un destino que una melancolía.

¡Qué leve, su fuga! Ahora, que lo quiero conmigo

me hallo solo —¡titánico laberinto, nuevo día!

 

 

25

 

Las cosas del olvido no están del todo muertas:

¡ah viento regio —eternidad

en fuga de la luz— te llevas el tiempo

sobre su profunda ciudad!

¡Calles como fes, torres como esperanzas,

puentes como deseos cumplidos,

imágenes en vértigo, como pesadumbres

locas de encenderse sin límites ciertos!

 

¡Tentacular ciudad! Para llegar a ella,

¡cuántos silencios de lento camino,

sin la limosna de lo imaginario

y sin que ninguna dulce sombra

me siguiese de mi presente, para invocarla

por su nombre, yo que no he

entendido la dura lengua que allí se habla

y estaba completamente solo en un orden extranjero!

 

 

26

 

                              Mujer dormida

 

El sueño hace contigo lo que el verso

que un poeta combina y deja

lleno de un misterio puro —diverso

bajo una misma música.

 

¿Estás para comprender, oh fluente

acorde de forma y vida y hora,

y traerte a un sólo sentido presente,

a ti que estás fuera de tus sentidos?

 

¿Estás para velar, frágil vaso

de tiernos sentidos indefensos,

niño casi, al que mi brazo

cubriría en sus sueños inmensos?

 

¿Estás para esperar, y te veré

volver en tu mirada, que se abre

dando paso a un viajero pródigo

asombrado todavía de no sé qué placeres

remotos que lo han dejado pobre?

 

 

27

 

                              Aire crepuscular

 

 

Las horas, ¡vanas flores del día

cortadas lentamente por su

sola belleza al puro azur,

que les decora sus rasas orillas!

 

Pues el largo camino no consiente

tan frágil equipaje, cada

día más con mano resignada

a los lagos rosados del poniente

 

os lanzaré: ¡caída encendida,

círculo que su oro dilata

del corazón de la noche a mi corazón,

de mi desnudez a su desnudez!

 

 

28

 

                              Dios contempla el mundo, en verano

 

Todo está en orden en la tarde

turbia de su azul

sobre su oro, cobarde

así de un Ojo que en ella se complace

lánguidamente, oh vitrina

para una pereza divina

delectarse en las cosas, hasta que,

más curioso de su júbilo

puro, el Señor devuelve su cuidado

—sirvientes groseros— a los destinos.

 

 

29

 

                              Habla el alma de Narciso

 

Mi cuerpo —por las cosas

se va de mí, como quien se desembarazó

de estorbos —o de rosas—;

de lo que es suyo y que, con todo, él no puede esperar

y que lo suplicaría —furtivamente se va

de mí, por una impaciencia ardiente de las cosas.

 

Permanece su misterio

—aunque cubriendo su adúltera fuga,

transparente de aquel tan bello

silencio de su forma a lo lejos, todavía temerosa

de estar suspendida de mí—; ¡cuerpo, niño infiel,

de igual modo doble de mí que yo soy simple de él!

 

¡Distancia, presencia

fundidas sobre el vivo cristal

de una dura inminencia!

¿De retorno? ¿Refugiado todavía más abajo

en un futuro de cosas —oh cuerpo, caro en mi trabajo

de comprenderte ausente, de servir tu presencia?

 

Pero más —¡tú qué sabes! —

en el callado pensamiento que te mira

y te ama dulce y desnudo,

cuando a su agua, donde toda realidad expira,

te asomas cansado —de paso quizá— pero seguro

en tu sed y en la adusta complacencia de ti.

 

 

30

 

                              Aire de unos celos

 

¿Sobre qué ilusión todavía

posas virgen tu lenta sonrisa

de mil celosos pétalos —compacta

fuerza sin peso de una rosa

suspendida que separa

un ala de su más libre vuelo?

 

¡Diáfana feliz clausura!

El tiempo y sobre ella el azur

estrechan la bóveda de los días,

más plenos, ¡oh, tan plenos que los dirías

rebosar de la pura

soledad nuestra, oh maravilla!

 

 

31

 

La soledad de tú y yo sólo

vuelve más vago este fuego que en mí piensa;

tú, en la retenida indefensa

pregunta de los ojos —por donde quieres

 

comprenderme y amarme al mismo tiempo,

como los niños—, un desnudo instante

me detienes sobre la lenta corriente

sin fin a esperar, sin ribera,

 

un ocio en que el mundo liberase

su espíritu, su máscara pura,

y nos dejase unidos por su oscura

sangre, nomás, oh tierno animal,

 

en un blando amor sin palabra,

más viejo que la más vieja fábula.

 

 

32

 

¡Aboliría el blanco reflejo

de tu paso en mi dura calma,

no los sueños que quema en sus pliegues

un orgullo rebelde sin palma,

 

cisne! En tus círculos regiamente

abandonado sin entregarte

(todo tú el justo acorde que consiente

la ola entre su goce de ostentarte

 

y tu fluido desdén de estar solo

en el exilio inútil), te trazas

espacios de destino de donde ningún vuelo

escapa —para afrenta de mis pasos

 

futuros, que de una vez desmiento

para no tener que envidiarte.

 

 

33

 

                            Desnudo yacente

 

La luz se aísla en un cielo blanco

como en tu cuerpo un amor

que no sabe qué hacer —terror

sutil de destinos o de sangre,

 

necesario si se quiere cubrir

de inútil tacto errante, para mejor

contener el inminente exceso

de tu fluida apariencia en mí.

 

¡Ah más desnuda cuanto más pensada!

Entre tú y yo la virgen oleada

de los azares revierte. ¿A quién de los dos

 

cogerá? ¿Me quedaré en la riba

de un sueño fijo, oh insidioso

horizonte de tu curva viva?

 

 

 

34

 

                                            Versos míos de otra época

 

Fondo sin tiempo de los años, versos inertes, espejo

donde inclino un silencio que fue gesto, que quisiera

recordarse y darse su acabado —¡ah trabajo nunca feliz!

Vago de azares, me busco en el triunfo de un día.

 

Más fugaz, más puro otro yo —las manos extendidas,

como si realmente te fuese necesario este que se mira

mezclado en tu apariencia, ¿te disiparás antes

que el enigma donde tus palabras se resuelven en chispa?

 

¿O somos, el uno para el otro, espejismos indiscretos

de un ángel que de su muerto orgullo renació

un día en el poema, y nos recrea, desligados

de las palabras que suenan y de la forma que jadea?

 

 

35

 

                              Acerca de una risa, y recuerdo de otra

 

Inútilmente habrá el ingenuo

salto de tu risa (si nunca

se sumerge en mi espacio cerrado

que lleno yo abdicado de mí), hecho

cantar de pronto algún recuerdo,

eco suspendido velado de muerto

que se despoja para emularte

en tu desnuda fuga a través

del puro permanecer presente, ¡oh, más

sola en ti para mejor duplicarte!

 

¡Ninfa del chorro de tu risa!

Un pájaro del pasado te llama,

cuerpo niño, y vive de la vida

triunfalmente deslizante de un loco

instante tuyo —no más. ¡Ah pobreza,

sorprendida por un tránsito tan fluido!

¡Nada es mío! No, si no consiente

un sueño que lo fue en detenerse

y en irisar tu memoria dispersa,

¡risa!, de palabras —inútilmente.

 

 

36

 

El mundo es más joven que yo

y se ríe virgen por cada fina

fuga blanca del mar en flor

y desnudo como la luz —¿hacia

qué impaciencia divina?

¡Qué oscuro eres de sueños, pájaro

del invierno, y tu canto, qué viejo!

¡Ah, dormir, cuando Dios se despierta

y los ángeles, con alegría más cierta,

están por las cosas y están por Él!

 

 

37

 

                                            Arte poética

 

 Si se ayuntan dos palabras porque

una música sin hogar delante de mí viaja

por el sonido del día (¡oh mar, y yo la móvil playa!)

y traza rutas como quien tiene una nueva fe

 

—si se compone un sentido porque

delante de mí una estela se cierra y las tenaces

gaviotas del lenguaje en su puro poder

sondean los diamantes de sus espumas blandas

 

—¿se admiraría el ángel desnudo,

más pobre de un exilio sin desgracias ni promesas,

pero de los cuidados vuelos de unas alas ofendidas

más rico en sí mismo, ¡ah!, que yo, y más seguro

 

—me envidiaría el ángel desnudo,

hasta tentarme a las aventuras morosas

por lo desligado innumerable, lejos de ti,

centro claro de los conocimientos laboriosos?

 

 

38

 

La más simple alegría del mundo

se ha encerrado en ti, como prohibida:

sube loca de la infinita

tierra viva y de los muertos que en ella están

 

hacia nuestro azur, pero sube

sin fuerza para ser sueño u otro fruto

que niño en risas deshaciéndose

como pobres flores —oh fluido

 

destino por encima de tu debilidad

innecesario, por más que siempre será

una palabra blanca, que resbalará

junto a tanta cosa no comprendida

 

hacia la sombra tras de ti,

como una ironía de Dios.

 

 

39

 

                              Rosa

 

Tranquilamente el mundo muere

en ti, expandido y cerrado a un mismo

tiempo en tu armonía, pues conoce

las desdichas celosas en tu hora

como los pensamientos en mi ojo,

pero los pétalos de tu orgullo

—perfume que de púrpura se vertebra—

abolen todo triste futuro

aunque pueden, ebrios de azur,

ellos solitos llenar una tiniebla.

 

 

40

 

Todo es exceso; y el silencio

no puede resistir

ser forma a tanta ausencia

y centro a la inminencia

innumerable de lo que está por ser y

reclama ya el nombre que compense

de ser apenas y huir.

 

 

 

Joan Salvat-Papasseit

 

Barcelona, 1894; Barcelona, 1924.

 

OBRA POÉTICA: Poemes en ondes hertzianes (Poemas en ondas hertzianas, 1919), L’irradiador del port i les gavines (El irradiador del puerto y las gaviotas, 1921), Les conspiracions (Las conspiraciones, 1922), La gesta dels estels (La gesta de las estrellas, 1922), El poema de la rosa als llavis (El poema de la rosa en los labios, 1923), Ossa Menor (1925).

 

 

 

Joan Salvat-Papasseit

El poema de la rosa en los labios

 

 

Botones de fuego en el corazón

el aguijonazo de amor

—pero los dioses se tatuaban

 

 

 

 

I- EL DESEO Y EL CONVITE

 

 

 

¡OH QUÉ ESTRELLA MI COMETA!

 

¡Oh qué estrella mi cometa!

¡Oh qué cometa mi estrella!

—Con tanto brillo en el cielo

virgen desnuda parece.

 

Chispas que el ojo me hieren,

sus pechos cuando se inclina;

pues la escollera es su espejo,

perlea en la arena fina.

 

Desde mi barca soltando

cordel, le doy larga su medida,

y el ala clara, sesteando,

de la gaviota que pasa, chilla.

 

Oh, ¡su flanco rosa y plata!

¡Un volar de golondrina,

su trenza que se desata!

¡Pelo suelto de mi amiga!

 

Amiga de tierno tobillo.

—Se eleva como una vela

del pajarillo aspillera:

vacila si el brazo estiro.

 

Viandante junto a la mar

ruega por los marinos que vienen:

si ven mi estrella danzar,

de tanto suspiro mueren.

 

Viandante, sube a mi bote

que a salvo está del dolor.

Mas ni una palabra digas,

o aquí perderás la vida.

 

Viandante no hables, señor:

la brisa la acerca, y mira

que te robará de amor señor

—que el marino ya suspira.

 

 

ABANDONARÉ LA CIUDAD

 

abandonaré la ciudad que me distrae del amor

mi barca

el Puerto

y el voltámetro encendido que llevo en el bolsillo

 

el autómnibus zumbante

y el pájaro más bonito

que es el avión

y tentaré a la muchacha que llega ahora y me fascina en seguida

 

le diré que mi copa melancólica está de su vino

—y mi brazo de su cuello—

y verá que tiro y no recojo la estilográfica

 

y mi rostro empalideceré como si yo fuese un niño

y diré            malicioso:

—la boca que me cautiva es como un piñón.

 

 

PORQUE TÚ HAS VENIDO

 

Porque tú has venido las lilas han florecido

y contado su alegría

envidiosa

a las rosas:

 

mirad a la muchacha que os gana en esplendor,

bella y núbil, y morena de cara.

 

De tan joven que es enamora a su paso

—quien no la ha visto cuando la ve se enamora.

 

Porque tú has venido yo vuelvo a amar:

diré tu nombre

y lo cantará la alondra.

 

 

Y SU MIRADA

 

y su mirada sobre mi mirada

prisionero soy

que prisionera la quiero:

esta mañana que me ha puesto una flor

le decía así

bajito bajito

al oído:

 

bajo tus ojos, un beso es lo que me encanta:

 

 

AMO EL AROMA

 

Amo el aroma de este brote de menta

que llevas atado por dentro a tu sonrisa

dámelo en prenda             tú, chiquilla huraña

como vela nueva que el ábrego perturba.

 

Las jícaras blancas de los postes del telégrafo

si vas por su ruta cuidan tu camino.

Por tu brote de menta ninguna de ellas disputa

—disputarían que me veían sufrir.

 

Vendría de tu boca y por eso

lo pondría al mordisco de mis dientes;

dame en prenda tu brote de menta:

yo, por pagarlo           tuyo al mismo tiempo te me daré.

 

 

 

II- EL CALIGRAMA, 1

 

 

OJO: (Ver original. Jaculatoria) (Remite a Categoría 4 de la edición virtual o al libro referente P. l5)

 

(OJO:TEXTOS):            

 

 

JACULATORIA

 

 

ROSA LA ROSA TE ESTOY ROGANDO

PÉTALO QUE SE MURIÓ TEMBLANDO

EL BESO DANDO SIEMPRE QUEMANDO

—Y OTRO PÉTALO ESPERANDO

 

OH PULQUÉRRIMA

 

TE LLEVARÉ SIEMPRE                                              ESPINAS DE

EN EL PECHO                                                                       LIGA-AMANTE

HERID MI CARNE

 

 

 

TE SOÑARÉ

EN LA NOCHE

 

la estampilla es de oro

 

 

III- LAS IMÁGENES, 1

 

 

Y EL VIENTO ABANDONABA

 

y el viento abandonaba en la amapola

granitos de trigo como chispas de sol

—sólo para describir Su boca:

 

como la nieve rosa en los picos

cuando sale el sol

 

 

 

IV- EL ANHELOSO MESTER Y EL FLORECIMIENTO

 

 

SER MAESTRO DE AMOR

 

Ser maestro de amor

quién no pagaría.

Ahora que yo lo soy

la educanda de mí tira.

 

Para darme la lección

toda entera Ella se aplica

—tan sabio es su corazón

que no necesita guía:

con un beso nada más

ya la lección se sabía.

 

Quien es maestro de amor,

vive sobrado con lo que gana.

 

 

BAJO MI LABIO EL SUYO

 

bajo mi labio el suyo, como la lumbre y la brasa

la seda de sus bucles como el pecado más tierno

—y sus hombros completamente desnudos

completamente blancos

 

la sombra curva

incitante

de su mirada:

 

un beso más todavía

otro

otro

 

—¡qué perfume de magnolia su pecho aromado!

 

 

 

V- LAS IMÁGENES, 2

 

 

SI POR TENERLA

 

(            Si, por tenerla, la hería en el corazón

—era la ortiga

que alienta ardor

)                                   

 

Ojo: Categoría 4, ed. virtual/ P 27 libro

 

 

 

VI- COSECHA DE PÉTALOS

 

 

MIENTRAS LA ROPA SE SECA

 

Mientras la ropa se seca y revuela y todo

reposa en la siesta al sol, ven, querida,

aquí donde mejor no puede estar el manzano

—comeremos manzanas declarándonos amor.

 

El amor que nos declarábamos

el amor que nos declararíamos.

 

Ay, que hasta te quedaba marca…

 

 

 

VII- LA INICIACIÓN

 

 

ESTARÉ EN TU HABITACIÓN, AMIGA

 

Estaré en tu habitación, amiga, y nadie lo sabrá:

El pequeño Cupido la puerta me abrirá

y cerrará.

 

Travieso y diestro será Él quien te cogerá.

 

Y si estás Tú temerosa

no te dejará gritar.

 

 

 

VIII- LAS IMÁGENES, 3

 

 

PAÑUELO PERFUMADO

 

Pañuelo perfumado

que tu seno

acercaba al corazón:

pues conoce tu añoranza

y fina sabe tu piel,

tiembla de amor.

 

Pañuelo perfumado

flor de azahar fragante,

¡cómo le bate el corazón!

 

 

 

IX- CONTENTO

 

 

QUÉ TIBIO PLACER

 

Qué tibio placer el de amar a escondidas

cualquiera que nos ve viéndonos no lo diría

—pero nosotros ya nos hemos hecho el amor

y mucho más, porque el amor conlleva locura.

 

Su habitación, ¡que me tiene enamorado!

 

¿Dónde está el soplón que nos impida amarnos?

 

 

X- LA PRENDA EN OFRENDA

 

 

TIRANÍA DEL AMOR

 

Tiranía del amor.

Que yo quiero dejarte —dices: no me dejes.

 

Que Tú me dejabas

—el celoso soy yo de que me dejases.

 

Englantina del camino

te pones guapa para que yo te luzca:

 

toda la ilusión que tengo

la quieres tuya

cuando te coja.

 

 

ES CHIQUILLA Y COMO UN SOL

 

Es chiquilla y como un sol,

y ahora mismo entre mis brazos desfallecía.

Si en las cejas trae muerte y dolor,

en las pestañas trae la medicina.

 

Si en cada pecho lleva un rubí

el ansia me dicta: le robaría.

—Ella los guardaba sólo para mí:

que yo los quería ahora, ahora los tenía.

 

Si la sentaba en mis rodillas

era una rosa que se abría.

 

 

 

XI- LAS IMÁGENES, 4

 

 

PORQUE ES ALTA Y ESBELTA

 

Como que es alta y esbelta

se sabe toda estremecer.

Porque los cabellos le colgaban

como el fruto de la uva

por entre los huequitos del seno

¡allí se le perdían tardíos racimitos tiernos!

 

—Más abajo, que llegaban,

florecía el ombligo.

 

 

 

XII- COSECHA DE FRUTOS, 1

 

 

CONFIADO EL AMOR

 

Confiado

el amor

sabe que la vida siempre es una fiesta

 

una canción

Dios lo ama como su lámpara encendida

 

confiado

el amor

Dios le ordenaba que se amarrase la venda

 

pasaba yo

 

y entonces él se vengaba haciendo que fueses mía:

 

silba y trabaja

arregla tu cuartito

 

 

 

XIII- EL CALIGRAMA, y 2

 

OJO OJO

 Remite a Ed. virtual Categoría 4/  libro, p. 59

                               

[Los textos en francés  van tal cual]

 

Textos que se traducen:

 

REZA UNA MUCHACHA EN MI BARCA

 

BAJO LAS VELAS LA SOSTENDRÉ

 

Como sé que se besa

la besaré

 

Marinerito que no vigila —corsario viene y le coge la amada

si no le traía alguna canción —corsario viene y le coge su amor

 

 

 

XIV- COSECHA DE FRUTOS, 2

 

 

SI LA DESNUDABA

 

Si la desnudaba

¡ah, mi amor!

Que un botón caía

ya gozaba yo

—primero la blusa

y el cinto apretado;

miel fresca y rosada

el seno después:

 

en mitad del ramo

clavelillos rojos:

 

 

VIVA ESTE AMOR

 

¡Viva este amor que me ha dado mi amiga

fresco y hermoso como un mayo contento!

Viva este amor

la he llamado y acudía

—llegaba toda blanca como un trago de leche.

 

Viva este amor  Que Ella también se consumía:

 

viva este amor:

la deseaba y la he cogido.

 

 

BLANCA MORENA

 

blanca

morena

y fina como un pan de miel

—más que una flor cortada a la calle

 

su encía florecía de sangre

virgen y desvestida

—jacinto adolorido

 

camisa de seda como la luna llena

su rosa roja florecía también:

 

si ayer era doncella hoy es mi tesoro

—como la rosa mosqueta cada pecho redondo

 

 

 

XV- LAS IMÁGENES, y 5

 

 

Y CUANDO CONFIADOS LOS ÁRBOLES

 

1

 

y cuando confiados los árboles se visten

sus ojos ignoran

noche     día     sol     cielo constelado

 

y las ruedas de la fortuna de su seno

 

y el misterio de la rosa roja de sus codos

 

ignoran su vientre

sobre la cripta ufana

que flamea su cuerpo

 

vaso del amor

leche y miel en su cuenco

flor de azabache:

 

—cuando confiados los árboles se visten

Ella es la Primavera

 

 

y 2

 

como una flecha su mentón

cuando besa

—como una flecha sus brazos alzados

 

su seno como una saeta

—una saeta su marchosa apostura

 

flecha

arco

saeta

sagrario de carne

 

y mi juguete                          como lo más cortante

 

 

 

XVI- LEYENDA

 

 

ÉRASE QUE SE ERA UN LADRÓN

 

(

Érase que se era un ladrón robacorazones,

mirada oscura, labio de fuego.

—Ay, abuela, me ha cogido la dote.

)

                                                          

OJO/ OJO 

Para el tamaño y ubicación exacta de los paréntesis, remite Ed. virtual Categoría 4/ libro. P. 73

 

 

 

XVII- EL SUEÑO Y EL ROCÍO

 

 

LA CARNE ENCIENDE LA CARNE

 

¡La carne enciende la carne

el vino enciende la sangre

—como segura es

la sombra del Islam!

 

A la sombra mate de mi ciruelar

mi amiga me lava y me besa los pies.

Aceite de almendra

aceite de raíces

—nacían alas en mis tobillos.

Mi amada me estrecha contra su hermosura.

 

Ánfora llena

del vino más claro,

del vino más negro

que ya fermentó.

Ningún labio quema como los rojos

labios de mi amada cuando besa.

Tan fina es Ella que me dicta el verso.

—Levanto sus hombros y su cuello tenso

como una ciruela que ahora cayese.

 

Se oye la música

de cien laúdes,

clara y divina

bajo sus bucles.

Tierra de Arabia, tierra corcel

de brida deshecha y altas crines.

El sol te persigue; mi amor mucho más.

Amiga, amiga, no descansemos

—un mechón mi vida en tu cabello.

 

Bella es la luna

que llena salía:

al lado tuyo

apenas lo sería.

Copa derramada, vaso ardiente

como la plegaria de Mohamed

mi amada cuando el placer la enciende

bajo las tiendas de mi ciruelar.

—Y su sonrisa, temblor de estrella.

 

Bóvedas de mármol

sus dos pechos,

blanca mezquita

de mi deleite.

 

 

¡VAYA UN DESPERTARME…!

 

¡Vaya un despertarme el de su cuerpo desnudo!

Era un fanal que me hería la cara:

—cuando llueve en la ciudad todo queda como Tú:

de un costado a otro nácar reluciente.

 

Ahora yo te soy fiel         como el murciélago

que vive esclavo alrededor del salitre;

dime tú por qué, bajo el brazo y escondido,

guardas un secreto como de ojos negros que me mira.

 

Dices mi amante como un desmayo de ola

que la trajinera desgarra bajo el vientre mojado;

por este arrullo tuyo también yo te diré: amada

—¡pero tu secreto, negro negro, me tiene todo intrigado!

 

 

MAS DE ESTE SUEÑO

 

Mas de este sueño de Oriente

el alba nos despertaba.

La sábana estaba temblando temblando;

su carne como de satín.

 

La luna todavía en el firmamento

se reflejaba en su almohada

—yo la abandonaba temeroso

que alguien fuera a descubrirnos.

 

Y nuestro beso era tan largo

como corta la noche en su brazo.

 

 

 

XVIII- HOY Y CADA MAÑANA

 

 

SI MARCHASES LEJOS

 

Si marchases lejos

tan lejos que no te conociera

nadie sabría tampoco mi destino,

ningún otro labio me tendría preso

pero yo con tu nombre andaría mi camino.

 

Un ramo de muchachas no me sería consuelo

ni la canción bajo el dring de mi copa;

si barcos de guerra viniesen al Puerto

ciertamente me embarcaría, marinero de popa.

 

Y sí engastaba yo la bandera en el mástil

como quedaba tan alta en lo alto te vería.

 

 

 

XIX- CARTE-LETTRE

 

 

RIELES Y MÁS RIELES

 

rieles y más rieles

—y más rieles

y más rieles

(la chimenea escribe su nombre blanco

sobre la marcha)

 

yo permanezco atrapado por la red de los rieles:

corazón y deseo como unas manos atadas

 

(si potente silba

creo que me ha llamado)

—porque añora a su amante

y yo el amor de su cuerpo

y el del amor nomás de mi amada

 

de pronto imagino

su beso y su brazo

pero es sólo la aguja de los rieles

y la máquina

 

MÁS RIELES QUE VUELOS DE PÁJARO

LA MADRUGADA CLARA

 

 

XX- CIERRE

 

El otro lado de la sierra posee

un encanto que siempre he callado:

—por la alegría que me espera

cada pino me da la mano.

 

 

 

J. V. Foix

 

Sarrià, 1893; Barcelona, 1987.

 

OBRA POÉTICA: Gertrudis (1927), KRTU (1932), Sol, i de dol (Solo, y de duelo, 1947), Les irreals omegues (Las irreales omegas, 1948), On he deixat les claus… (Donde dejé las llaves…, 1953), Del “Diari 1918” (1956), Onze nadals i un cap d’any (Once navidades y un fin de año, 1960), L’estrella d’En Perris (La estrella de Perris, 1963), Desa aquests llibres al calaix de baix (Acomoda estos libros en el cajón de abajo, 1964). Quatre nus (Cuatro desnudos, 1964), La pell de la pell (La piel de la piel, 1970), Darrer comunicat (Último comunicado, 1970), Tocant a mà… (Aquí juntito…, 1972), 97 notes sobre ficcions poncianes (97 notas sobre ficciones poncianas, 1974), Cròniques de l’ultrason (Crónicas del ultrasueño, 1985).

 

 

 

J. V. Foix

Crónicas del ultrasueño

 

 

¿QUÉ OS PODRÍA DECIR…?

                                                                          A doña Caterina, de la orilla derecha del Onyar

 

 

Salimos de la plaza mayor Gertrudis y yo para ir en tartana a Horta. El camino estaba lodoso y el vehículo daba tumbos como un laúd que salva la tramontana. De momento no nos atrevíamos a decirnos nada. A Gertrudis le parecía una escapada de inesperadas consecuencias. Para conmoverme —ella, que sabía que yo intentaba escribir—, me enseñó casi a escondidas una hoja de calendario con versos de seca estructura. Me dijo que qué me parecían. Eso me sugirió aclararle lo que entendía yo por versificación. Me preguntó si mis escritos probaban a ser lo que en los libros de retórica que llevaba en el colegio de monjas llaman poesía. Le contesté —y diría que no me comprendió— que yo me proponía ir mucho más lejos. Y con palabras deshilvanadas añadí que yo creía escribir «versos» en prosa. Me respondió, con la voz sacudida por la marcha irregular de la tartana, que a mí me gustaba aquello que su madre le decía que eran puras «rarezas». Como si estuviese hablando en público, en las postrimerías de este diálogo casi grité que ya era hora de expresar a un mismo tiempo el asunto y sus hendiduras con palabras chorreantes de exprimirlas para sacarles su propia sustancia. Me gustaría —dije en seguida—, que los escritores que conozco y que quieren izar banderas nuevas y soleadas vaciasen las barricas de su moscatel para llenarlas de puntos, puntos y comas, dos puntos, signos de admiración y de interrogación, y, moscateleros con los brazos en alto, se las llevasen a los alfeñiques, magros y escuálidos que rondan al pie de la ventanilla aduanal de Los Garabatos, liberándose así de turbadoras ataduras (Desarrancaos de las paredes de los que lloriquean. Saltad derecho a la garganta cuando los señores de gorra de aparcero se agachen. ¡Cerrad con barreta la puerta cuando llamen aquellos a quienes corroe la envidia!). También me encantaría que puliesen sus intentonas en la piedra del afilador de la calle de Las Calandrias. De nada sirve que vaguen por los caminos de los huertos de la casa Batllera con los ojos cerrados y la mente clara ni que de noche, desencogidos, se reúnan en Las Cuatro Esquinas de la calle de La Cruz donde, con voces viejas y desalcanforadas, oirán hablar de Tuyas —oh, ¡Tuyitas!* —, a quien el sueño y el ultrasueño oreaban.

 

 

CRÓNICAS DEL ULTRASUEÑO

 

 

I

 

Jugaba con los míos a un juego de mesa casi imaginario cuando entró la sirvienta, trastornada y toda temblorosa, y dijo: «Acaba de llegar una señora, ni vieja ni joven, que pregunta por un tal J. V. F.». Al oírme nombrado me levanto de prisa y voy a la puerta del recibidor. Sí. Allí estaba una dama, ya a primera vista extraordinaria, la cual, moviendo los ojos como quien esparce hierba tierna, saludándome con la cabeza y cerciorándose de mi nombre, me da un ramo de flores. Habla, con la voz de un viejo gramófono, y me dice: «Seguidme». Así de pronto no sabía qué hacer. Pero me decidí por la aventura.

Bajamos en el ascensor y la dama me señala con la mano la dirección que había que seguir. Al doblar la esquina yo le quería decir cuatro palabras, pero ella con dos dedos sobre los labios me dio a entender que más valía que callase.

Oscurecía, y, viéndola desde atrás, la dama me parecía un personaje venido de ajenos parajes. Sin tiempo a darme cuenta, desaparece por una calle muerta del barrio antiguo y reaparece ante mí con un ramo de flores idéntico al que me había dado en casa. Ya de noche la dama se perdió por complicados callejones, y yo, maravillado, volví a casa con los míos. Les conté lo que había pasado y cada uno dio su parecer. En la cama, me fue difícil conciliar el sueño.

Al día siguiente, casi perdido su recuerdo, me la encuentro al pie del ascensor con otro ramo de flores. Le pude ver los ojos que eran del color del pámpano otoñal. Me indicó que la siguiese como el día anterior y me llevó hasta una ancha avenida llena de transeúntes que ignoraban el suceso que estaba aconteciendo. Agarramos por una de las calles adyacentes por la que poca gente transitaba y, sin decirme nada, volvió a darme un ramo de flores. Sus ojos eran del color del mar a sol naciente. Me pidió que la siguiera, no del todo amorosamente pero sí con una cierta indulgencia. Me hizo salir a las afueras de la ciudad. Y atravesamos valles y valles, y torrentes, como si fuésemos alados. Llegamos lejos. Reconocí la sierra de Busa y, siempre sin decirme nada, bajamos al río y recorrimos sus fuentes. No me dio ningún ramo de flores.

Callaba. Yo intentaba hablar, pero ella ostensiblemente evitaba que le dirigiese palabra alguna. A nuestra llegada a las fuentes de aquel río, la dama había cambiado otra vez el color de sus ojos, pero seguía con la misma túnica blanca que le llegaba a los pies.

En eso salieron de un bosque sombrío docenas de muchachas de túnica blanca y ojos cambiantes. Iba a preguntarle a mi acompañante si estábamos en el reino de las hadas. La dama había desaparecido junto con las demás.

Me quedé solitario y desorientado. Descubrí un caminito que llevaba al camino real; lo seguí anhelosamente y me encontré de nuevo a la entrada de la ciudad. Había un gran revuelo; la gente comentaba: «¡Ha desaparecido! ¡Ha desaparecido!».

Tuve como una especie de miedo. ¿Era un buen augurio o era un mal augurio? ¿Quién era la dama que me llevaba flores y me señalaba los caminos en silencio?

Volví a casa preocupado. En el portal de allá donde yo vivo había miles de flores refulgentes de rocío. Alta, bien plantada y casi fulgurante, la dama estaba allí mirándome fijamente, los ojos de un verde absoluto.

 

 

II

 

Concluido mi trabajo salí hacia el camino que bordea el bosque de hayas, desde donde se ve la vasta extensión de terreno poco cultivado, y el cerro. De pronto advertí, azorado, una casona formalmente catedralicia que, vista desde abajo, parecía de vidrio. No la había visto nunca.

Decidí coger el caminito que conduce a las alturas donde se hallaba aquella singular edificación y, al llegar a ella —¡oh prodigio! —, era un palacio de cristal. Viera para donde viera me veía, espantado, en mi figura real. No se oía ningún ruido ni afuera ni adentro. Había allí una entrada abierta y la franqueé.

La quietud era absoluta y la rareza de los elementos que constituían la totalidad del palacio me enmudeció. ¿Dónde me encontraba? Una escalera transparente me llevó a un salón que no podía definir de qué época era, decorado con estatuas que no he sabido discernir si eran profanas o religiosas. El silencio del lugar se me contagió y, sin pensármelo, escapé agitado del palacio para regresar al pie del cerro.

Me volví hacia la cima donde había visto y visitado el palacio de cristal, y ya no estaba ahí. Se había esfumado. Pasaba un viejo payés y le pregunté qué sabía él de un palacio de cristal que yo mismo había recorrido y que de golpe había desaparecido. «Sois vos, que habeis cambiado» —dijo el payés—; «el castillo yo lo veo tan resplandeciente como siempre, y desde mi infancia, y desde antes de mis abuelos ya era conocido. El palacio de cristal que os ha sorprendido y hechizado existe, y yo lo veo más fulgurante que nunca. Los viejos del pueblo lo conocen, lo respetan y cuentan de él historias portentosas difíciles de volver a contar». El payés, cachazudo, me mira y como que me sonríe. Yo le hablo de los míos, que durante siglos han vivido en el pueblo de donde he venido. Se planta frente a mí muy serio y, como si orase, y dibujando al aire la señal de la cruz, me dice: «Hasta que os vuelva el juicio que habeis perdido no volvereis a ver el palacio. Ya sabeis, a pesar de vuestra juventud, que nuestra región es región de maravillas».

Entonces fue que me di cuenta que pisaba vidrio y los pies que me sangraban.

 

 

III

 

Blancura tan extrema me sorprendió como si me encontrase al pie de una alta montaña en cuya cima oscilase una luz potentísima de variados colores que harían recordar diversos continentes. Decidí trepar hasta allí, y entre más me parecía acercarme a tan insólita luminaria, más me le alejaba.

Centenares, pues, de zancadas perdidas —habiendo tenido que salvar puentes y riachuelos herbosos—, para salir al pie de una montaña alta con un faro al que transparentaba la inimaginable blancura. Retomando el camino llego —atravesando difíciles pasadizos—, al pie de una tercera montaña, blanca como las otras, de un blanco como en aquellas evocador de nieve. En sus alturas, un tercer farecillo llameante.

Súbitamente un cambio sorprendente se produjo en el paraje: las blancuras se disolvían como la espuma del agua de mar en los rompientes rocosos fronterizos, y las luces se apagaban como las estrellas al ponerse.

Llevado por no sé qué impulso, huí con pergaminos en las manos que recogían extrañas y viejas investigaciones de genios desconocidos.

 

 

IV

 

Íbamos tres amigos por el camino de los carabineros ya casi llegando a la playa grande. Nos divertíamos recordando las anécdotas del baile del domingo. De pronto, al dar vuelta a un pinar desde el cual la mar se veía tendida de ojos y ondulante, un extraño color cambió el aspecto del paisaje. Advertimos que surgía desde el fondo del horizonte una M mayúscula, alta y ancha. Nos maravillamos y dimos cuenta que, centelleante, la M iba creciendo lentamente en proporciones nunca vistas. Avanzaba poco a poco, y, sorprendidos, pensamos que ocuparía todo el horizonte. Por más que nos afanábamos en escapar, la letra iba acentuando su grosor, y tuvimos miedo. Cada uno empezó a contar historias, incluso milagros que habían sucedido en aquel lugar. Aprovechamos un atajo para volver al pueblo. Ya no nos atrevíamos ni a hablarnos. La M llenaba de punta a punta la cala que usábamos para nuestros esparcimientos.

Cuando estábamos casi por alcanzar al gentío que el fenómeno había apretado a la entrada principal del poblado, tuvo lugar un cambio de iluminación y un empequeñecimiento de la M. Nos sorprendió mucho más. La M menguaba y perdía velocidad al mismo tiempo. Y, de golpe, se resquebrajó. El ruido hizo retemblar el suelo que pisábamos. Las astillas de la M, gruesas y pequeñas, se nos acercaban de prisa. Su destello era el mismo que en el momento de su aparición y ya ni se diga su chisporroteo. Uno de los hombres que se habían unido a los demás —que ya formaban multitud—, osó meterse al agua y agarrar la primera astilla que llegaba a la playa. Se quemó. Quienes lo seguían desistieron de repetir su suerte. El gentío calló. Nadie se atrevía a hablarle a nadie, como si todos y cada uno de ellos llevase en la conciencia algo que los desasosegase; más bien abandonaron presurosos el lugar, y se fueron encerrando en casa.

Sólo uno, el más alto y bien plantado de cuantos integraban la masa desertora, se lanzó al agua y recogió un pequeño fragmento ceniciento donde, con el ingenio propio de un mocetón acostumbrado a llegar a los extremos en todo cuanto hacía, leyó las letritas inscritas. Decían, con muy peculiar estilo, «aMor».

Al día siguiente en las paredes de todas las casas, provocativamente unos leían «aMor», y otros, en tono casi silencioso, «aMuerte». Temerosos, cerraban los ojos y huían desatinados.

 

 

V

 

Como ya sabeis, me doy tiempo a nutrirme de lecturas mientras trato de fijar mi propio pensamiento —o que me parece propio—, que se origina en mí y que la inteligencia me corrige. Pero ayer mi mente no se reflejaba en la letra impresa. Mientras iba hojeando volúmenes en la biblioteca y los cambiaba de un lugar a otro, se me nublaba de ideas. Una vaga inquietud me hizo sentarme en el sillón de brazos y reflexionar acerca de mi situación espiritual. Cuando más diversos y adversos eran mis puntos de vista, consideré llegada la hora diaria de salir a pasear. Puse en orden algunos libros, y me fui.

Al salir de casa me di cuenta en seguida que no lo hacía de la manera habitual, atento nomás a la pugna de ideas que traía en la mente y que no podía resolver. Salí caviloso a la calle, solo con mi sol, divagando por espacios inéditos. Choqué distraído con un transeúnte y, al disculparme, lo invité a acompañarme. Sonrió mirándome de modo inusual y dijo que sí con la cabeza. Íbamos caminando por modernas avenidas mientras yo, a media voz, hacía expresivas mis preocupaciones, que, según me parecía, debían ser también las suyas. Le explicitaba la gran tristeza de no haber podido resolver la cuestión de mi existencia. El hombre escuchaba sin decir nada nunca. Nuestros pasos llevaban un mismo ritmo y, cuando me paré de golpe frente al aparador de la corsetera, él se detuvo en seco como si una misteriosa fuerza lo ordenase.

De regreso entramos a casa juntos, y sin ninguna razón aparente le ofrecí mi sillón de brazos. Tan pronto se sienta, el espejo que cubre un gran lienzo de pared se resquebraja por la mitad y caen los pedazos de vidrio al suelo. Me vuelvo para ver a mi compañero: ha desaparecido. Me sobrecoge el pavor. Desde siempre he sabido de la existencia de una gruta que, en otras épocas, sirvió para el transporte de aguas; ahora acabo de descubrir su entrada. Tengo miedo, pero pese a todo me adentro. La gruta es oscura y profunda, de paredes rugosas por donde descienden gordas arañas blancas. Está plena de altos y bajos que a oscuras procuro salvar con mi ingenio. Entre más avanzo, la oscuridad me empequeñece más, y más me enturbia el cerebro. Palpando objetos y figuras que presiento en las paredes, camino; mientras la gruta se estrecha, yo disminuyo, y mis ideas se acortan. Al final del camino, cuando la gruta ya sólo permite el paso de un pequeño conducto de agua, el problema de mi existencia se me ha vuelto absoluto. Afectado por todos los miedos intento salir, pero me es imposible. En eso un personaje a contraluz se presenta frente a mí como quien viene a liberarme y abre los brazos como quien viene a abrazarme. Consigo con esfuerzo alargar las manos, levanto la cabeza y me doy cuenta de que soy yo mismo.

 

 

VI

 

Al llegar a los altos de la montaña se abrió ante mí la visión de una gran autopista: hermosa, limpia, de claridades solares. A derecha e izquierda aparecieron dos grupos diferentes de muchachas dirigidas hacia un fin que yo desconocía.

Las del lado derecho, vestidas de gris oscuro, rezaban en voz baja. Evocaban el rumor de las hojas de los árboles cuando el viento las mueve por tierra. Las de la izquierda, medio vestidas de velos blancos, cantaban como el agua cuando salta sobre las rocas. Al acercarse vi el estandarte de cada grupo. En él podía leer: ¡FAUNO! ¡FAUNO! Eran idénticos: sólo los colores —que reflejaban la identidad de cada grupo—, se contradecían.

Trepando a la montaña, las muchachas continuaban su murmullo. De pronto se oye un grito unánime que en las unas es de gloria y en las otras de una cierta nostalgia: han visto colgado el esqueleto del fauno. Se miran entre ellas, no de manera hostil sino más bien amorosa, y las que llevan gris oscuro se lo quitan. Sólo entonces descubro cuál era el fin al que se encaminaban al entrar en la autopista: conseguir en el Instante la unidad de los hechos. Se juntan fervorosamente y bajan hacia la autopista entonando un canto de subsuelo, un rumor vago de pedruscos que caen en un lugar profundo y oscuro. En el horizonte se dibujan arcoiris diversos que esclarecen el asunto. La insospechada claridad ilumina un solo estandarte y la imagen sucesiva de una sola muchacha.

Yo, llevado por un golpe de viento secular, corro a embolsarme el carnet de identidad del fauno muerto.

 

 

VII

 

Justo al pie mismo del lugar donde vivo me detiene un personaje y me dice que de mi casa no conozco casi nada, y señalándome un portal me convida a entrar a él. Nos encontramos ante una estancia decorada con elementos hipnagógicos. Parecían la obra plástica de un buzo tocado por la obsesión de buscar formas inéditas entre los elementos submarinos. No sabía qué pensar ni qué imaginar de todo eso. El caso es que yo aspiraba extrañas sales marinas. Habría podido suponer que había allí muebles oníricos empleados en tiempos desconocidos para nosotros y de los cuales no hablan las crónicas locales.

Me apresuré empujando al personaje a salir de aquel lugar y en cuatro pasos me deja en el cancel de mi casa, donde entro sin mayores recelos. No obstante, esforzándome mucho advierto que la sala que sirve de oficina y comedor al mismo tiempo, estaba ocupada por una mecanógrafa. Le digo mi nombre y hace como que no me oye. Se lo digo de nuevo, y, desde las dos entradas que llevan a las otras dependencias, aparecen cinco o seis individuos con aire de ayudantes de la muchacha; repiten mi nombre y ríen. Enrojezco, reculo y digo: «Estoy en mi casa, y soy el dueño». Vuelvo a dar mi nombre, y las risas de los demás acompañan las de la mecanógrafa, que simultáneamente añade: «Hace años que el dueño está fuera y nadie sabe por dónde anda». Entonces, acompañado por el personaje, pregunto en las casas de mi calle qué saben de este establecimiento, qué saben de quien lo dirige, y qué del antiguo propietario. Uno por uno todo mundo ríe estrepitosamente, y repite las palabras de los funcionarios: «Hace años que está fuera, y nadie sabe por dónde anda».

El personaje y yo intentamos palparnos y no conseguimos encontrarnos. Desde las azoteas surgían llamaradas de viejas antorchas litúrgicas.

 

 

VIII

 

Desamarramos el laúd y salimos costeando. Hemos oído por el pueblo que anda por aquí un forastero que pesca con cuchillo. Hay quien lo cree. La mayoría niega esa posibilidad. Los pescadores jóvenes son los que lo creen, y debaten la cosa con los viejos.

Vimos dos muchachas que conocemos que, desde la punta de una cala, graciosamente se zambullían en una caleta propicia a la desnudez púdica. Ya nos divertíamos cantando viejas tonadas cuando descubrimos la presencia del hombre desconocido, cubierto con sombrero de los que usan los japoneses. Convinimos en que era el que pescaba con cuchillo. Temimos por las bañistas. A remo acelerado avanzamos hacia aquel punto de la caleta y, oh sorpresa, salieron las dos muchachas arrastrando al japonés, que dejaba un reguero de sangre sobre el agua de la mar serena. Nos acercamos y, casi estupefactos, pudimos ver que el japonés sacaba la cabeza, sonriente, como si nada le hubiese pasado. Las muchachas lo abandonaron en la corriente marina y se refugiaron en su caleta. Alguien de nuestro grupo habló de intento de violación; otros, de un gran pez al cual habría acertado a medias con su cuchillo pero no había conseguido matar. El japonés llamó a su manera y, sobre el cerrito que circundan las aguas apareció un grupo de seis japoneses que nos pareció que cantaban en tono de venganza. A los ojos de los vecinos que navegábamos en la embarcación, aterrorizados, el paisaje se había transformado y no sabíamos en qué lugar nos encontrábamos. Árboles y montañas cambiaron y, desesperanzados, pedíamos clemencia. Alguno decía que nos habíamos dormido y no nos habíamos dado cuenta que nos hallábamos en las aguas de otro país. Los aparecidos sobre el montículo se pusieron a tararear viejas canciones de la tierra que seguían la tonada de las que nosotros habíamos cantado al salir del puerto, y se despojaron de sus exóticas vestiduras. Nos fascinó. Volvimos la barca en dirección al grupo y bogamos hacia aquel lugar: eran amigos del pueblo que se habían disfrazado. Desembarcamos. Juntos volvimos al poblado. Pero el pueblo y sus casas estaban totalmente ocupados por extranjeros, para nosotros de origen desconocido.

Decidimos, animados, dirigirnos al otro lado del cerro, donde sabíamos que había un pueblo en ruinas. Trabajando como si levantásemos redes de estilo reciente, comenzamos la rápida reconstrucción bajo la sombra protectora de las alas de un espeso vuelo de gaviotas. Las mujeres y los niños escamparon la lluvia bajo un saliente de roca.

 

 

IX

 

Me la encuentro de tanto en tanto —de igual manera sugestiva por los alrededores de la calle mayor—; platicamos de nuestros paseos por el rumbo de la ermita y de los bellos parajes que sombrean de arboledas nuestros diálogos. ¡Qué conversaciones, Dios mío! Resulta que volviendo a media noche del baile me repite sus mismas ocurrencias, pero en un sentido inverso. Ya me había sucedido alguna otra vez que, apenas habiendo hablado, intentara repetir las palabras que me acababa de decir, pero en expresiones casi quiméricas. De noche, como repaso lo que me pasó durante el día, la recuerdo como si físicamente fuesen dos. A menudo, el evocar hecho tan increíble, que ya tiene lugar siempre que habla conmigo de las cosas normales o de las fantasiosas, me hace vacilar, y tengo el presentimiento vago de que por sus oídos soplan dos vientos distintos. Imagino una calle estrecha de impreciso eco.

Uno de estos días, no hace mucho, charlábamos cuando compareció una muchacha que conducía una bicicleta tándem decorada de época, y nos invitó a acompañarla. Subimos los tres hasta el pie del pueblo, donde la recién llegada tiene su residencia. Era una casa al último estilo. Decidimos seguir la carretera que pasa por detrás mismo de la mansión y que trepa en diversas direcciones. Ellas escogen una que nos lleva, entre pinares y cipreses, a fuentes abundantes y bellas de nombrar. Llegando a la entrada de cierto puente me despido y, en consonancia con mi carácter, bajo corriendo tendido por el atajo hasta el pueblo, mientras ellas se siguen, alargando la excursión. Estaba ya casi a la altura de casa cuando la vi salir de compras de un establecimiento… ¡Qué sorpresa! ¡Era ella, ella misma! Nos detuvimos y nos distrajimos recordando lo que habíamos visto cuando corríamos en la tándem. Me di cuenta no obstante que el recuerdo que ella y yo teníamos de la excursión, que habíamos hecho juntos y acompañados por la muchacha recién llegada, no coincidía en todo. Se lo hice notar; sonrió, alzó los brazos, me abrazó y simultáneamente besé dos bocas.

 

X

 

A cierto pueblo de mi comarca llegan nuevas casi fantásticas que intentaré contar. Este poblado no es de una extensión que lo represente superior a otros pueblos de estos alrededores. Hoy me han contado un acontecimiento soberbio sin precedente. En la azotea más amplia de la casa más alta ha aparecido un chichón gigantesco. El clima lo había ennegrecido, y la visión de la protuberancia afectó a todo el vecindario. ¡Qué suceso más inesperado! El chichón era algo abombado y a algunos les ha parecido ver en él una representación de la esfera terrestre. Allí veían montes, ríos, poblaciones, extrañas líneas divisorias de países históricos. La gente que se ha juntado a observarlo, huye de súbito y se guarece en sus casas. Un miedo circuido de oscuridades hace cerrar puertas, balcones y ventanas. El pueblo ha quedado casi misteriosamente ausente. Ni un sólo vecino se ha atrevido a salir de su refugio. Los más sabios recuerdan viejas historias e intentan interpretar su significado. Los supersticiosos invocan las potencias celestes. Me es difícil describir el azoramiento de los escépticos que se las ingenian en busca del origen de este portento. El chichón y sus prominencias sin embargo a media noche ha desaparecido.

Los postigos de ventanas y balcones han sido puestos de par en par y los portales de las casas se han abierto. Los vecinos salen confusamente de sus casas, y, al dirigirse los unos a los otros para comentar el asunto, se dan cuenta de que han enmudecido. Familiares, parientes y amigos han sustituido la palabra que les faltaba, y con los brazos y las manos buscan crear nuevos signos, en medio de expresivos gestos de mal augurio. También las campanas han permanecido silenciosas.

Desde el fondo de un barracón de las afueras ha salido, raro, un hombre desconocido, barbudo, de pantalones y chaqueta deshilachados, que se dio cuenta de lo que estaba pasando; se dirigió presuroso al campanario, tocó las campanas de la parroquia, del monasterio y de la capilla de Santa Alicia. El cielo, azul como nunca, abrió los corazones de los vecinos, y al advertir que  hablaban con naturalidad y claridad según su costumbre, exultaban de alegría. Este canta, el otro baila, aquel se abraza a este, el de más allá corre sin saber hacia dónde. Todo era bullicio.

Un investigador del lugar subió a la terraza donde había aparecido aquel artefacto abombado. No había dejado ningún rastro. Pero ha sabido por alguien recién llegado que el chichón pasó más allá de los campos y había desaparecido tras el boscaje que adorna al pueblo vecino. Entre himnos y gritos de alegría, ha ido en masa al punto extremo de la desaparición de la esfera chichonuda. Pero, ¡qué acontecimiento! Sobre el suelo se veían escritas con letras enormes dos inscripciones. Decían: «Recordad que el mundo está lleno de maravillas»; y «La verdad aletea cielos arriba, y la mentira nos sumerge por laberintos subterráneos».

 

 

XI

 

A los cazadores de mi pueblo a menudo les gusta hacer su salida deportiva, algunos con su perro, y conseguir cada quién rastro propio, y acertar de un tiro. Hoy, domingo, después de ir a misa de alba, nos hemos reunido en la plaza mayor; yo, con la escopeta de mi padre, también estaba allí. Enfilamos decididos por el sendero que lleva a la parte de la sierra que da a los viñedos y a los valles mejor conocidos por nosotros. Formábamos una cuadrilla más numerosa que en otras ocasiones y acordamos repartirnos a derecha e izquierda del cerro que delimita el camino real. Esperábamos todos una gran cacería. Pero al resolvernos los unos y los otros a disparar sobre caza vista, nos ha sorprendido que los tiros no hacían ruido y que no acertábamos a pieza alguna. Nos reunimos los dos grupos para discutir sobre suceso tan insólito. El arma en alto, disparamos al aire. Tampoco se oyeron los tiros. El silencio era angustioso. Los cazadores corrían de aquí para allá probando de nuevo descargar las armas. Era inútil. Presa de un ansia instintiva nos dispersamos, e intentamos disparar a diestra y siniestra. No. La quietud recordaba la de los grandes desiertos. Sin decírnoslo, nos diseminamos, reservados y mudos, más allá de las viñas y el boscaje. Fuimos cuatro los que permanecimos quietos en la punta de un altozano. Disparamos otra vez: era un hecho que los tiros no tronaban y que animales no se veía ninguno ni de pluma ni de piel. Intentamos juntarnos con los demás: habían desaparecido. No se oían voces ni ladridos. Entonces, cabizbajos y pieindecisos, bajamos al pueblo. Contamos lo que había pasado y nadie nos creyó. Pero los cazadores no regresaban, como si se hubiesen perdido en medio de espesa niebla. Frente al vecindario espantado probamos la escopeta muerta. A pesar de sus temores, los hombres y las mujeres más osados se dirigieron al sitio donde se habían reunido los cazadores. Fue en vano: se habían evaporado. Los cuatro que, ilesos, proyectábamos su búsqueda —y éramos los menos dotados para el oficio de la caza—, abandonamos las armas. Cada uno por su cuenta, conocedores de la región en llano y en montaña, comenzamos la exploración. La quietud y el pánico estaban por todas partes. Este fue al robledal, uno a las viñas, aquel a los torrentes entre ciénagas y manchones de musgo.

Pasaron horas en las cuales a pleno sol sombras inesperadas ocultaban a la vista las veredas y el casquijo. Uno de los cuatro que habíamos quedado vino presuroso a decirnos que al fondo del roquedal, donde se estancan las aguas de un arroyuelo, había descubierto tres figuras de piedra que daban la impresión de ser tres de los cazadores desaparecidos. Gran conmoción entre los vecinos. Los más incrédulos tildaban a mi compañero de fantasioso. Pese a la insistencia del descubridor de aquellos personajes pétreos, nadie osó ir hasta ellos. Fui yo  quien, confiando en el descubrimiento de mi amigo, fui hasta el lugar de la aparición de los tres cazadores petrificados. Existían.

De regreso lo hice saber a los que me escuchaban. Algunos me acompañaron de nuevo y confirmaron este hecho. Al girarnos casi despreocupadamente para irnos de vuelta, descubrimos a nuestros pies un águila real muerta. La sangre, que se escurría en direcciones diversas, dibujaba —indescifrables para nosotros—, figuraciones.

Nuestras dos escopetas yacían en tierra, envejecidas y oxidadas.

 

 

XII

 

Éramos cinco al pie de la hoya que, en medio de la serranía, nos hizo pensar a algunos que se trataba de una antigua laguna o la erosión secular de un terreno volcánico. Llevados por la conversación no nos dábamos cuenta de un extraño rumor que desde el otro lado del paraje a intervalos se escuchaba. El más joven del grupo dijo que parecía el ruido de unas motos. Pero todos convinimos que tal cosa no era posible: los caminos que conducen al lugar donde nos encontrábamos, los más cercanos y los más lejanos, no eran apropiados para este tipo de locomoción. El estrépito, a veces próximo, a veces lejano, nos ha preocupado: ni carretera ni sendero ni caminito; la vegetación y el boscaje que a nosotros tanto nos gustan, los considerábamos imposibles para la práctica del motociclismo a campo traviesa. Unos y otros dimos nuestro parecer; ninguno acertó a explicar el asunto. Impulsados por la soledad y habiendo olvidado como quien dice el origen de los chasquidos, rehicimos el camino de la ida puramente personal. A eso ya estamos acostumbrados. Pero al acercarnos al vecindario oímos el rugido de unas motos como si estuviesen a punto de alcanzarnos. Nos detuvimos, y tras el pinar que enmarca los caserones donde vivimos, espiamos esperando que las motos apareciesen. Luego dejamos correr las cosas, e, hinojo en labio, cada quien regresó a su casa, no sin quedar de volver a vernos por la tarde. Y en ese momento oímos más potente aquel ruido de objeto mecánico que nos había hecho casi cambiar de esfera. Nuevamente nos preguntamos por la cuestión y una vez más no coincidimos.

Mediada la tarde nos encontramos en aquel banco que un olmo sombrea. Alguno recordó el fragor de la mañana. Alguien observó que en la carretera de arriba se repetía el mismo fenómeno. Preguntamos a los vecinos: también lo habían advertido, con divergencia de pareceres.

Oscurecía; el sol oculto enrojecía tierra y mar. Esperábamos como hacemos a menudo la hora que precede al crepúsculo. El sonido que suponíamos mecánico se oía más cerca que nunca.

Intentábamos adivinar el número de aparatos que habríase dicho que se empeñaba en sorprendernos como un terremoto. De repente, y cuando ya el sol casi se había puesto y montañas, pinares, mar y embarcaciones estaban todo enrojecidos, desde el fondo de la carretera que lleva a la fuente consagrada a las ninfas no mucho más allá de Las Grandes Cuevas a la sombra de las cuales copulan las nereidas, aparecieron seis supermotos, el faro en luces bajas, montadas por muchachas en ropa ligera. Aceleraron todavía más, con estruendo de tramontana oscura. Se acercaron a la mar, detuvieron las máquinas y las arrimaron contra la pared que señala los límites de la playa atunera. Bajaron airosas. El sol ya se había puesto y el tono rojizo del paisaje y de la mar transformado en rosa ardiente cuando las motoristas, de procedencia desconocida, se despojaron de sus ropas y desnudas se adentraron al mar. Nadaban rítmicamente, a grandes brazadas, y alcanzaron largas la punta de la playa grande. Admirados, vimos que el rosa que doselaba montes, pinares, viñas y mar, se convertía, en las motoristas, en el follaje espeso de un rosedal llameante.

Las supermotos que habían abandonado las muchachas palpitaban solitarias como caballo que espera al domador. Nosotros nos hemos convertido en cinco figuras negras recortadas y tendidas sobre la arena.

 

 

XIII

 

Acostumbro pasear en horas calientes y relojes turbadores por los senderos que llevan, cumbreantes, a los olivares más espesos. A veces corto camino y bajo a los pinares que ocultan las moradas de los amantes de la soledad. No es fácil encontrar alguna gente por allí: posibles bañistas del país en rituales vestimentas o atrevidos forasteros aligerados de ropa, dispuestos a ir a las playas casi secretas donde encuentran lugares soleados o rincones frescos. Hoy cambié de ruta. Pasé por el interior del pueblo y llegando frente a la iglesia me fijé en una casa un tanto señorial edificada seguramente a finales de siglo y legendaria por los fantasmas que, según la voz popular, se aparecen en ella cuando la luna se adelgaza tras el ciprés. Pensativo, buscando desentrañar estas apariciones nocturnas, una de las ventanas —que yo creía cerrada como las demás aberturas de la casa— se abrió puesta de par en par por unas manos delicadas. Apareció una vieja dama que en voz alta recitó: «No, ¡los cabellos de Maria Dolors no!». Me detuve sorprendido de aquella aparición y recordé que las palabras de la dama pertenecían a ciertos versos míos de una juventud languideciente. La vieja dama cerró la ventana y abrió las puertas de la entrada, donde reapareció repitiendo en voz alta y cascada las mismas palabras: «No, ¡los cabellos de Maria Dolors no!». Bajó los tres escalones que conducen al jardín acercándoseme. Me alargó los brazos, blanca de cabellos y seca de faz, repitió el verso, y añadió: «Yo tenía quince años». Hacía pues más de sesenta que no la había visto. No supe qué decir. Me eché a correr como si fuesen estos los tiempos de mi juventud, calle arriba, y, al dar la vuelta, un desacostumbrado espejo fijado en la esquina recogió mi imagen: barba blanca y cabellera recortada, deshojaba una rosa fresca y refulgente. Entornados los ojos, oteaba una mar antigua de barcas envejecidas y pescadores cojeando. Recordé de nuevo mis versos primerizos y las palabras de la vieja dama.

Me quedé estupefacto sin saber ni por dónde andaba.

 

 

XIV

 

 Ha venido en día oscuro y de puntillas, cuando yo pensaba en esta posibilidad. Casi no lo he sentido: lo he presentido. No me ha saludado; no me ha dicho de qué país era. Viste una media sotana oriental. De un carretón que ha dejado frente a casa, sacó unos paquetes irregulares que, acercándose, me ha dejado sobre el cobertor con que oculto mi cuerpo soñoliento. Me he vuelto, me he revuelto y he tenido la ilusión de que alguien, cuya visión se alejó y desapareció no sé por qué rendija, llamaba. Los paquetes, atados con cordaje compacto, me sorprendieron por su contenido apenas los deshice. Son diarios de todos los países y continentes. Tomo uno para mirarlo y leerlo: los textos están compuestos con tipos de letra que desconozco y firmados con rúbrica autógrafa. Pruebo a leerlos. Lo logro —oh sorpresa—, en catalán. Admirado, intento descubrir el lenguaje en que están impresos. No era en ninguno de los que conozco o he visto — y yo he visto muchos—; como los diarios de nuestro país tenían sus anuncios ilustrados con dibujos que no me sería fácil reproducir. Saco dos o tres más, cada uno de ellos escrito en lenguas exóticas: los leo, también, como si estuviesen escritos en catalán. No es la primera vez que esto me pasa ni que lo cuento. Medio dormido todavía, los dejo sobre el cobertor. Al intentar recobrarlos para continuar su lectura, habían desaparecido. Sorprendido y asombrado, advierto que todas las paredes de mi habitación habitual, pintadas de blanco, están decoradas con dibujos de un realismo sorprendente, y las puertas de salida no corresponden a las familiares. Dejo el lecho e intento tocar las originales paredes. Inútilmente: no existen. Me siento como distanciado en un lugar desconocido. Pero el sol naciente me ilumina la estancia, y me recobro.

Este acontecimiento me recordó lo sucedido no hace muchos meses. A oscuras había tomado del estante de la biblioteca que reúne a los clásicos, un libro que me dispuse a leer cuando ya estaba en la cama. Era un Ovidio en latín, anotado a mano, con estilográfica, que dejaba al descubierto mis inclinaciones en la posadolescencia. Lo releí. Fatigado, dejé el libro sobre la colcha. Cuando quise recogerlo al despertar, el libro no estaba ahí. Pasé la mano por sobre todo el cobertor: estaba liso. Pero volví a buscarlo en el estante más alto de la biblioteca, y el libro había sido sustituido por un ejemplar encuadernado con lujo de bibliófilo. Lo abrí y, a la claridad de una linterna, vi que las docientas páginas del libro estaban en blanco. No supe qué pensar. Miraba al techo; miraba al suelo: una multitud de escarabajos formados en doble fila arrastraban la concha de un erizo de mar de púas delicadamente luminosas.

 

 

XV

 

Habíamos salido, fervorosos del todo y de la nada, a dar una vuelta por la ciudad cautiva. Todos se complacían en decir que conocían su historia, pero ninguno coincidía en algo. Rebosante de mitos, era oscura de día y clara de noche. En eso, nosotros estábamos a media claridad. Por una vieja portezuela salió un mulo con las alforjas cargadas de antorchas y guiado por un hombre vestido a la antigua que nos dio una a cada uno. El mulero nos las encendió y nos enseñó un camino de regreso. Allí estaban los poetas más renombrados del país, de todas las tendencias, y las poetisas de mayor prestigio. Pero el camino no era el mismo que habíamos hecho de ida. Temíamos algún engaño, pero animados por la aparición de la figura un tanto borrosa de Joaquim Folguera, que decidió por dónde había que ir, avanzamos, antorcha encendida y alzada por todo lo alto, recitándonos los unos a los otros versos inéditos a medio tono. El rumor de nuestras voces, el ruido del viento y el crujir del follaje, acoplados, nos recordaban los de la mar en los escondites del Puiggròs.

Llegamos prisioneros de nosotros mismos a un llano bordeado de cabañas de construcción inusual. Un personaje nos asigna una a cada uno de nosotros: «¡No os movais!» —nos dijo. «Recordad, por favor, vuestros versos. Enriquecedlos con palabras de usanza novedosa, y, al alba, recitadlos lo bastante alto para que el viento se los lleve más allá de la frontera que os circuye». Implantó un rótulo en medio del llano que ocupaban las cabañas, donde en grandes caracteres se leía: ¡EVITAD EL FRAUDE!

Un golpe de tramontana apagó las antorchas, clavadas al pie de las cabañas. Ya entrada la noche, el firmamento había duplicado el número de las estrellas.

Al salir de nuestras madrigueras pisábamos la hierba oscura, alta y espesa que rodea una ciénaga. Poetas y poetisas desaparecimos, confundidos con nuestra propia sombra.

 

 

 

Pere Quart

 

Sabadell, 1899; Barcelona, 1986.

 

OBRA POÉTICA: Les decapitacions (Las decapitaciones, 1934), Oda a Barcelona  (1936), Bestiari (Bestiario, 1937), Saló de tardor (Salón de otoño, 1947), Terra de naufragis (Tierra de naufragios, 1956), Vacances pagades (Vacaciones pagadas, 1960), Dotze aiguaforts de Granyer (Doce aguafuertes de Granyer, 1962), Circumstàncies (1968), Quatre mil mots (Cuatro mil palabras, 1977), Poesia empírica (1982).

 

 

 

 

                                                  Pere Quart

                                          Vacaciones pagadas

 

 

 

CANCIONCILLA NOVECENTISTA

DE MAL CAMINO

 

Cansado de tanta espera

al mal camino volví.

Atrás quedó la Esperanza.

La Fe me quiere seguir.

Medio le digo que sí.

 

Tal quien desanda camino,

camino mirando atrás;

me espera allí la Esperanza,

los ojos contra el cojín.

Fe dice que no y que sí.

 

Decido volver atrás.

Qué me detiene, no sé.

Ya no sabe qué decir

y miedo me da la Fe.

 

Álzase, lejos de mí,

la Esperanza plañidera.

 

En verdad, de hacer camino

¡no es aquesta la manera!

 

 

SEIS ADIVINANZAS

 

I

 

Más que joven novísima,

flamante;

intacta más que virgen,

y sin tara.

Hecha de encargo,

pieza única.

 

Hija,

hermana,

nuera,

vecina de nadie.

Ni madre, por el momento.

 

Hembra nomás,

nomás para el Hombre.

 

 

II

 

¿Se detuvo el Sol?

¿Fue la Tierra? Eso

me parece demasiado temerario;

eso implica

peligros de gran alcance.

Yo me inclino a creer,

sencillamente, que el celuloide

—cosa que pasa—

se rompió.

 

 

III

 

Fue un gran señor, ¡y miradlo!

Desnudo y pobre como un gusano;

le han quitado los hijos, la hacienda,

y la lepra se lo come:

con un tiesto

se rasca el costrerío.

Pero le queda un buen consuelo:

la peña de la tarde con los cuates.

 

 

IV

 

—A la orden, majestad.

—Me gusta aquella vecina.

—Es casada, majestad.

—Y él, ¿quién será?

—El capitán Sanxis.

—Trasládalo al frente. Primera línea.

Hoy mismo. Razones de Estado.

—A la orden, majestad.

 

 

V

 

Vómito súbito a medio digerir.

Lo enmierda todavía

el gástrico jugo del pescadote aquel.

Rebosa de saliva salada.

De tanto en tanto escupe chanquete.

 

 

VI

 

El poeta murió y en la balanza

pesó más la hiel que la miel.

Y fue al infierno.

El infierno, del cual fue comediógrafo.

 

Es primer y único inquilino.

¿Quién con mejor derecho?

Acomete el paseíllo del empresario

entre monstruos de carnaval de Niza

y condenados de museo Grévin.

 

Resulta todo tan modernista

y tan inhabitable

como él lo imaginó;

y es feliz por eso:

¡vanidad de los poetas!

 

Lástima que, solitario

y mal iluminado,

en vano espera, siglos ha,

visitantes y espectadores

para su desfile

de pecados.

 

De última hora le han enviado,

virgilio inútil,

al pequeño y servicial Gustave.

 

¡Qué más da!

Ha perdido toda esperanza.

Descuelga el rótulo,

pasa el aldabón,

apaga el fuego.

 

 

FELIZ NAVIDAD

Y PRÓSPERO AÑO NUEVO

 

                              Poeta primero

 

Los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas

y aquí abajo, en la Tierra, paz a los hombres

de buena voluntad» (Música de arpas).

 

Sus padres van por el mundo sin moneda.

Nacen de paso en el rincón de algún portal.

Huyen, como tú o como yo, de la amenaza.

Es mansa su niñez, sin alegría.

Viven del hurto como los pájaros campestres

(o los sienta a su mesa algún patricio snob);

pagan los impuestos a base de prodigios,

predican la ley nueva, se hacen ver con malos ojos

de los maestros, los ricos y los gendarmes

(¡de nada les sirve curarse, volver a la vida!);

parientes y amigos les han vuelto la espalda

y a edad mediana acaban en la horca

a semejanza de los ladrones homicidas.

 

Los ángeles callan definitivamente.

Hay buena voluntad en los agónicos;

la paz sólo se encuentra en el dormir;

quizá la gloria brilla entre megalómanos.

Aquí abajo, ¡hasta los Dioses son infelices!

 

                     Poeta segundo

 

Pero la carne un día resucita,

como la de Cristo: ¡es una fe forzosa!

Entonces comenzarán las «felices fiestas»;

¡serán la Navidad y el Año Nuevo perennes!

Mientras tanto haz el muerto, pasa como puedas.

Al fin y al cabo la espera es breve. Silencio.

 

                       Poeta primero

 

Una mañana de Navidad, cuando era joven…

 

 

PLEGARIA DE ENERO

 

                              (Rito occidental)

 

Sois los Tres, sois los Tres

Viajantes de Comercio.

 

El Rubio,

champaña y capones del Prat.

 

El Negro,

perlas y abrigos de astracán.

 

El Blanco,

coches cromados y artefactos.

 

Salvais la Cristiandad

del Infierno con balance magro.

 

Oremus…

(Rezaremos un padrevuestro

por quienes andan errados de cuentas

y por su conversión

al área sagrada del dólar).

 

 

CHRISTMAS

 

Plantan un árbol sin raíces

en el living

y de súbito hacen que dé

turrones de la casa

Fatjó y un tren eléctrico.

El favorito

o el tierno monopolista,

descuelgan una estrella

—tal cual lo digo—, si quieren,

para el hijo todo revolcao

que berrea caprichudo.

 

Está visto, pues:

hacer milagros no es cosa de santos

hoy por hoy.

 

Y tampoco nadie se extraña ya

—ni  la rancia doncella,

refinado culo de sacristía—

de que el Niño vaya desnudo

en invierno y de noche.

 

Por los christmas de tres tintas

se endeudan los pobres.

 

Y con el pretexto de los Reyes

degollaremos tantos inocentes como haga falta.

 

No. No exagero.

 

 

JUEGO

 

Navego a contracorriente.

Ahí te voy yo cuando ellos ya vienen de regreso.

 

Antes de pensar me repienso.

Lloro y sonrío en silencio

y en soledad.

 

Busco el anillo que perdí

allá donde hay luz y bonanza.

 

Tutto ch’altrui aggrada me disgrada.

 

Cuando puedo, discrepo.

Por ejemplo:

no digo «higuera de moro»

sino «nopal».

 

Y para perderme la vida

trabajo todos los domingos.

 

Moribundo festejaré

—si me lo permite la familia

y el resto de los poderes—

mi natalicio.

 

 

LAY

 

Letras de imprenta dirán

lo que no digo de palabra:

tú me salvaste de la noche

(aquí tu nombre en caja baja),

¡luna espigada,

brasa extinguida,

malograda!

 

Me salvaste del frío desierto,

del silencio sin calma,

de la sed en ríos amargos,

primera respuesta con alas,

tibia resolana de deshielo

o excitante fuente de besos.

 

Tú me salvaste de una noche

de ceguera solitaria,

¡luna espigada,

brasa extinguida,

malograda!

(Aquí el nombre que te puse

como una corona falsa).

 

 

LA CRUZADA

 

Cuando la hora se acerca

las abuelas y los pequeños se repliegan

al fondo de las alcobas,

y en el cuartito de la higiene

suspirantes doncellas

se miran al espejo, pese a todo con cálculo.

 

Pero los varones —¡fijaos en ellos!—

se alzan como álamos negros

a la orilla de la mesa devastada;

salen al portal,

escrutan el cielo, color de perla falsa.

Adustos como los héroes en crisis

abrazan por encimita

a la mujer enjuta,

tiempo ha enfermiza

(El perro lánguidamente aúlla

echado en la salida).

 

Y «Adiós» gritan a todos

a voz entera,

alzando un poco el brazo,

escépticos secretos tal vez

pero en lo externo inexorables.

 

De dos en dos,

centenares y miles,

se lanzan

a las desiertas vías de la tarde.

 

Entre marciales y amotinados

avanzan, corren

—pelotones convergentes,

centurias, legión—

impetuosos, emulándose

en la carrera única,

como asumidos por el hado enorme

de las grandes ofensivas

o los grandes éxodos.

 

Peligrosamente —oh sí,

que en el aire sobrenada

un delgado presagio de lluvia—,

católicos de verdad,

cruzados unánimes,

como

un

solo

hombre,

van al estadio nuevo, van al estadio.

 

 

AQUELLA BESTIA

 

Cierto día en mitad de la tarde

—una tarde de nubes

macizas como barcos de guerra—,

aquella bestia saltó del árbol

y ya cayó de pie.

 

Abrió las manos de dedos autónomos

y se las miró y se las remiró.

Luego alzó los ojos a medio cerrar,

perpleja como un sabio.

 

¡Y comprendió que hasta pensaba!

Con criterio mosaico,

la cosa era un prodigio.

Pensaba, y, por añadidura, hablaba.

 

Su ronca voz acometía el aire

y se desahogaba, maravillada o tímida,

en las palabras frescas

de pensamiento breve y sencillo.

Y al día siguiente la bestia sonrió

por primera vez

pues verificaba entusiasmada

el flujo intercadente de la memoria.

 

El Hombre lo percibía, se angustiaba:

«¿Quién me ha traicionado?»

(Eso mismo: ¿quién lo ha traicionado?).

Y con terrible ira

reprendía al animal

tierno y tonto apenas:

«Calla y no pienses,

¡te lo prohibo, bestia!

Come, duerme, fornica;

roba, si te es preciso, a tu semejante,

o mátalo si te estorba,

e incluso, ¡trabaja!

¡Pero no pienses, bestia!

El primero: ¡no pensarás!».

 

Y Yavé tenga paciencia.

A Él qué más puede darle: ¡todavía

tiene a mano un Diluvio

—o meteoros afines—

para pegarnos una buena remojada!

 

 

EL AMOR DEL HOMBRE

 

Existe la lujuria sucia y poderosa

—e intermitente como las campanas—

que nos encadena y arrastra a ratos

desde la raíz del gran deseo —clavada

en el centro geométrico de la carne—

ligado secretamente a las potencias

de lo que es nuestra alma

—así llamada, entendámosnos—,

la cual lo espolea, lo dirige, lo exalta,

y pone en juego, dispara

desenfrenadamente

todos sus humores viscosos,

todos los venenos de la concupiscencia.

 

Promete, ¡y promete tanto!, cada recaída.

 

Expelemos en tumulto una profunda fuerza.

Virtud atesorada en el silencio

y la ignorancia de los sistemas íntimos.

 

Con razón o sin ella, nos revolcamos

jadeantes, babeantes,

imperiosos como unos césares,

robots perfectos de la lascivia,

sobre el campo y el pretexto de tanta furia:

¡la mujer!,

ánfora blanda de la voluptuosidad.

 

Niños frenéticos, perseguimos el goce

y lloraremos de rabia si nos detienen

en carrera.

 

Carrera que nos llevará a la triste,

avergonzada inercia

y decepcionada paz;

a fin de cuentas fuente secada

en la amargura.

 

No sé por qué —¿quién lo sabe? — este agrio sabor

de boca, este regusto mixto

de asco y de derrota.

¿Por qué si es la naturaleza purísima

de la misma bestia,

la ley enorme de la vida

que nos mueve como a las semillas el viento?

 

¡Humildad, hermanos! Desengañémosnos.

Así es por lo que se ve el amor del hombre,

e hijos somos todos de lúbricos ejercicios.

No hagamos aspavientos y disfracémoslos,

sencillamente por dignidad burguesa,

de delicados motivos humanitarios

y la literatura de los trémulos juramentos,

y, sobre todo, de mutuas ternuras

de corazón a corazón.

 

Que estas costumbres, de hecho,

son milenarias.

 

 

ESPERO, SOSPECHO, TEMO, QUISIERA

 

Espero que no me mire,

que no me vea.

 

Sospecho que allí está siempre,

que no falla,

que me tiene fichado,

que no hay escapatoria.

Temo que me amenace,

que me riña,

que me castigue,

o que me espíe

y me siga.

Me desazonan sus misterios,

los oráculos,

los enigmas,

los dones, los privilegios,

los éxtasis.

Las ceremonias me desasosiegan:

el culto,

la nube sacra.

Y quisiera oírlo y verlo,

hablarle, entenderlo,

servirlo como un hombre

siempre.

Quisiera que me llevase de una vez

o me mudase en hoja,

en cosa pura, estúpida

en silencio o aire,

en piedra,

en átomo

de su reino total.

 

Quiero amor o reposo.

 

 

YA ES HORA DE QUE SE SEPA

 

Pido la palabra previa.

Quiero decir —¡y que de una vez se sepa! —

que yo soy Yo,

que soy el Centro

y el Árbitro.

 

Que todos vosotros, todos

—eso yendo las cosas bien—,

sois mis coterráneos:

parientes, vecinos, acreedores míos,

mi prójimo propiamente hablando;

que todos los demás, todos,

buenos y malos

—amarillos y negros, antípodas, gitanos—

son, a todo lo que dan,

y todavía gracias,

mis contemporáneos.

 

Sabed que:

cuando os veo, de hecho

os suscito, os resucito;

y al pensaros

os doy una esperanza.

 

Pero si os he perdido de vista,

mientras os olvido u os ignoro,

dormís el sueño de los justos

como se suele decir.

No pasais de potencias

en el sentido más triste de la palabra.

 

Lo sé. Muchos esperais

con bombo y platillo

el día de cantarme los responsos.

Por favor no os sulfureis:

en el mejor de los casos,

cuando yo muera,

todos, todos,

buenos o malos,

no sereis más que mis sobrevivientes.

 

 

LAS SOLEDADES

 

Cuando nuestra comarca

se revuelve al alba, hacia el sol,

y cuando la noche se repliega, recula,

nunca empero disuelta

en la claridad omnímoda y total

—lo que sería ya la gloria, parece—,

suelen los moribundos

exhalar el último aliento

(Me lo dijo un médico taciturno

de vasta experiencia).

 

Y así fue para mi tierna

y pequeña fugitiva,

a quien un dios, cazador grosero,

hería sin miramientos.

 

Moría lentamente

entre mis brazos.

En el cielo tiznado

de una ciudad nuestra y extraña

donde todo era otoño,

el alba mentía:

¡una vez más mentía!

 

¡Ay, sin raíces la llama cesa!

 

Mi soledad junto a la suya,

inútilmente, como la sombra sobre la sombra.

 

Muda y ciega ya, y sorda,

y desvanecido ya su juicio preciosísimo,

pero todavía la cosa más bonita

del mundo de los hombres,

hechos a semejanza y a desprecio de los dioses.

 

 

CONFIDENCIAS A ANTONIO MACHADO

 

Antonio, ¡si vieses estos días!

 

Tiempo ha, de lejos, añoré la patria

y la ciudad más nuestra,

y lo hacía a la manera catalana,

ortodoxo y castizo

(«mas, ¡ay!, ¡tornadme a tierra,

que quiero morir!»).

 

Melancólico oráculo de Castilla,

obstinado solitario de Cotlliure

(¡oh soledad, mi sola compañía!),

en sueños mi tierra todavía.

 

Antonio, si volvieras saborearías

la amargura del tiempo envenenado.

 

Antonio, raro poeta, siempre

nostálgico de lo que no tienes y alcanzas,

al final yo también digo

—proporciones guardadas—:

morirse es lo mejor.

 

Porque hoy, desde adentro, oh hermanos espectrales,

añoro oscuramente, sin remedio,

todo lo que he recuperado,

la presencia envilecida de este amor.

 

Soy el cretino del pueblo

—desatinado, como Ausiàs—

que cuenta al viento

historias increíbles.

 

La terrible cordura del poeta.

 

 

MUERTE DE CARLES RIBA

 

¿A quién me dirigiré si tú no estás?

¿Quién si tú no estás nos juzgará?

Tu voz postrera —una antigualla—,

se desahoga por las habitaciones vanamente.

 

Los amigos, compungidos y chismosos,

piensan en algún viaje, y se dan ánimos.

Dicen: «Gracias a Dios, ¡yo todavía

no estoy maduro para esta cosecha!»

(Más vale perro vivo que león muerto).

 

Atravieso el puente con el recuerdo

inservible ya como un sueño.

 

¡Estadizas están nuestras palabras escritas!

¡Y falsos, falsos nuestros poemas!

¡Porque nuestros libros, todos, sólo esperan

crepitar entre llamas

y tener un minuto de vida viva!

Y en seguida la ceniza.

Ceniza intacta.

Ceniza incorruptible.

Como tú mismo.

 

Casi como yo

que ya comienzo y pruebo a olvidarte

para volverme tuyo

y seguirte a la paz inimitable

donde ahora nadas humildemente,

náufrago feliz, espectro

desconocido en una y otra riba.

 

 

CODICILO DE UN POETA

 

Os lego, amigos, sencillamente,

los tres quehaceres humildes de siempre:

vivir (y comer) decorosamente todos los días;

si podeis, poner en orden codicia y lujuria;

pensar (creer o dudar)

en la certeza y las hipótesis

de la muerte de la carne

y la vida nueva del alma.

 

No hay nada más que hacer. Y ya basta.

El resto es literatura.

 

 

CIEN AÑOS DE JOAN MARAGALL

 

Usted, Joan, era de otra madera.

 

Los hombres nacen y mueren

por el amor.

No hay nada como ver el sol,

el sol, el solazo estuprador,

y al viento en su palacio.

¡La naturaleza es tan bella

y tan diversa y sabia!

La amada es una flor;

una planta la esposa:

veo flores y pienso en ti.

 

La muerte, poniente dulcísimo.

Pero temible como una ceguera

—que olvida todo camino—,

y una sordera;

y funde las manos que palpan.

Y es, oh Dios, una afasia:

la palabra muerta.

 

¡Los sentidos, los sentidos!

En último caso aceptaríamos

la muerte como una renacencia

del espíritu, pero con los accesorios

y el ajuar completo de hombre mortal,

perfectos, consolidados para siempre.

Creo en la resurrección de la carne.

¡He dicho de la carne!

¿Me oyes, verdugo?

 

Señor, familia mía,

veo jóvenes luchadores

de musculhombros poderosos

¡y viejos con barba de cuarenta años

en Sant Gervasi!

 

Claman las voces de la tierra.

Arriba, compañeros, ¡enarbolémosla!

La fe de los abuelos desaconseja bombas.

Del cielo nadie se escapa.

¿Qué son los ángeles?

Briznas voladoras.

Veraneemos, veraneemos.

Mar intranquila, tranquilizadora,

suspiras como un pecho.

Pechos como magnolias.

La brega gloriosa,

el lecho tempestuoso

de los amores lícitos.

 

¡Basta ya del custodio del pueblo

y hombre del diario burgués de Barcelona,

criatura pura de la Providencia,

a quien tientan y exaltan

más que misteriosamente

fraile diabólico,

conde réprobo,

bandido en concubinato!

Pero me hago cargo:

¡usted cantó anárquicamente

la ciudad anarquista!

 

Es cierto, hay gente cruel,

hay mala leche.

Carcajadas de sangre.

Pero la buena vida buena

nos sorprende todos los días

por la primera y dulce vez.

 

Ahora teclearemos para inspirarnos.

Beethoven, Verdi, lo mismo da.

El corazón se explaya como una cascada.

 

Usted, Joan, era tela de otro telar.

Los poetas hoy son cautelosos

—quiero decir, claro está, los nuestros.

Juegan convenientemente amarrados,

guardan bien recogido

el abanico de sus cartas.

Y si les conviene, farolean. Y hacen trampa.

Como todo el mundo. Como todo el mundo.

Este lugar no da para excepciones:

las excepciones horadarían

el callejón sin salida

donde rumiamos voces y silencios,

aferrados y a oscuras.

 

Don Joan, disculpe la franqueza.

Pero no olvide

que usted y yo venimos de Sabadell,

pueblo de andar por casa.

 

Después de todo, somos bárbaros.

 

 

SABIOS, POETAS, HOMBRES FELICES,

MUJERES DEL PUEBLO MALCOMIDAS

 

Los sabios,

cazadores y cocineros de ideas muertas,

enrollan y desenrollan

la madeja de sus filosofías,

y algunos tímidamente pretenden guiarnos

por laberintos de corcho

con el cencerro de sus palabras embaucadoras.

Pero no saben nada de nada.

 

Mientras tanto los poetas,

aerófagos curiosos,

se han sacado del magín los dioses y las diosas,

los santos, los paraísos

y sus ángeles, el infierno y sus demonios;

han inventado las hadas y las brujas,

las madres, las amadas. Y las patrias.

 

Pero ahora ya están cansados y tristes.

Por eso ya no osan

—sin una máscara—

obsequiarnos aquello que corrigen

oscuramente insomnes.

 

Con todo, hay hombres

felices y orgullosos.

Les es preciso creer en su fe.

Manotean, discursean

y blanden cruces, espadas, banderas,

o las adoran y las temen.

 

¡Porque hay que vivir, muchacha, qué de qué!,

y mantener las cosas y las casas

en orden y buen estado

(¿y la familia? Bien, ¡gracias!);

ordeñar la vaca y digerir la oca,

y encima prosperar

e impulsar el mundo de los hallazgos

y las satisfacciones del día;

y torear los estragos y las enfermedades

que la madre Naturaleza nos suministra.

Pero sobre todo, señoras y señores,

pensar confusamente —¡y predicarlo! —

que la muerte del pobre es un renacimiento

directo a un nivel de vida máximo.

 

Los hombres orgullosos y felices

dan leyes a la fe y a la miseria

(de los demás);

verifican las penas y fatigas

(de los demás, incontables);

planean y celebran o estructuran

congresos, sínodos, anónimas,

sindicatos, presidios,

olimpiadas, guerras

(siempre para los demás).

 

Pero los poetas —como he dicho— languidecen

vagarosos y arrepentidos de los sueños,

la novela, los cuentos

con que nutrían

a sus hermanos de leche agria.

Ahora, miran y callan los poetas.

 

Pero los sabios,

recluidos en sus tumbas provisorias,

cuidan de preparar nuevas madejas

para su enredo subsecuente

(los sabios son grises, son módicos,

¡hijos míos!, y admirables).

 

Naturalmente los poetas

y las mujeres del pueblo malcomidas

—eso lo diré sin ironía—

parece como si de noche oyesen

un bramido imposible, subterráneo;

y otras veces creen que llega a ellos

el reclamo de un pajarote anónimo

que vuela quién sabe dónde,

más allá de la última galaxia. «Son

nervios, son nervios», piensan los poetas,

y sonríen incómodos, equívocos

mientras se hurgan la oreja con dedo convulso.

 

(Alma mía, alguna cosa hay,

algún secreto).

 

 

COPLAS DE ESTE TIEMPO

 

Cantaría, si pudiese,

la canción del tiempo y el lugar

que ahora me tocan.

 

Cielo, mar y montaña:

inevitable mapa.

Pero la historia

cojea a cuatro patas.

 

¿Te acuerdas

cuando todos éramos señoritos

y contertulios refinados,

y soltábamos pareados

como pedos los asnos?

El bancal, la viña verde,

el almendro atrevido,

y el chopo… ¡no me digas!

 

Ahora no.

Mala sangre. Arre, cabrón.

Pasa buey por bestia gorda.

 

Hoy la tonada dice:

¡a unirnos, europeos!

¡Corramos, corramos! ¡Todos a ello!

¡Reconvirtamos y renovemos

el espíritu occidental

tal tal!

Seamos osados:

la misa por la tarde.

 

El protocolo es intocable,

pero hagámoslo más elástico:

todo elefante doble la trompa

sin perder mucho la pompa.

 

Al otro lado del charco

marcan el juego.

Cada dos por tres

sale de su circuito cerrado

el Gran Capo

(¡ah ah! ¡oh oh!)

mientras nos estafan el peso.

 

¡Exultemos! ¡Exultemos!

Los burros

devienen alados

y los cornudos

cruzados.

Cien sonetos

(¡excélsior!)

lo certifican.

 

Y mira tú: banquetes literarios,

ruedas de prensa, estadios. ¡Mira el juego

de colores de los chorros de agua!

¡Y todo de pilón,

además!

¡Cierra, Pericles!

 

Y la sicalipsis

a las llamas para siempre.

 

Y es así, sencillamente,

cómo, con pureza de corazón,

manejamos los magnos presupuestos.

 

 

VACACIONES PAGADAS

 

He decidido irme de aquí para siempre.

Amén.

 

Mañana volveré

porque estoy viejo

y tengo los pies muy resentidos,

con hinchazón de gota.

 

Pero me iré pasadomañana,

rejuvenecido por el asco.

Para siempre jamás. Amén.

 

Traspasadomañana volveré,

palomo de raza mensajera,

estúpido como él;

no tan derecho a lo suyo

ni blanco tampoco.

 

Envenenado de mitos,

las sacas rebosantes de blasfemias,

huesudo y reseco, y lagañoso,

príncipe desposeído hasta de mi sueño,

Job de escalera vecinal;

lenguacortado, capado,

pasto de piojos.

 

Tomaré el tren de las vacaciones pagadas.

Agarrado al tope trasero.

La tierra que fue nuestra herencia

huye de mí.

Es un chorro entre piernas

que me desecha.

Césped, lasca:

señales de amor disueltas en la vergüenza.

 

¡Oh tierra sin cielo!

 

Pero miradme:

he vuelto todavía.

Solo, casi ciego de tanta lepra.

 

Mañana me voy

—esta vez no os engaño.

Sí, sí: me voy a cuatro patas

como el tatarabuelo

por el atajo de los contrabandistas

hasta la raya negra de la muerte.

 

Salto entonces a la tiniebla encendida

donde todo es extranjero.

Donde vive, exiliado,

el viejo Dios de nuestros padres.

 

 

LETANÍA

 

Para los niños

mentiras.

Para los amores

mentiras.

Para los amigos

mentiras.

Para los clientes

mentiras.

 

Mentiras gruesas o delgadas,

tiernas o sazonas  —besos, juramentos—;

vivas —como sangre fresca—;

sabias, agradecidas.

Patrañas y embustes.

Medias mentiras.

 

Y mentiras históricas

que hoy colgamos a los mentirosos bisabuelos.

Mentiras literarias

—dos mentiras por cada verso.

Mentiras metafísicas

—¡el ser y el tiempo, rediós!

Mentiras técnicas, científicas:

cifras que se vuelven máquinas

y máquinas que mienten

como leyendas locas.

 

Y mentiras de fe,

que son la triste gran misericordia

del cielo para los sufridos

y los miserables de la tierra;

altas mentiras fabulosas

que un día, no sé cómo,

cuentea que serán certezas

(gracias, Señor, por adelantado,

anticipo sin garantías,

por si así fuese.

¡Amén, amén, Señor!

¿Oís el clamor, Señor?

 

¡Por que la muerte, cuando nos remata, mienta!).

 

 

HAY COSAS DEMASIADO PURAS

 

Hay cosas demasiado puras

para ser dichas

o simplemente pensadas.

Pero los poetas,

incontinentes, verbosos,

osan inquietar las zonas inefables

con palabras selectas,

estúpidas después de todo.

 

Y encima pretenden

ser los intérpretes

de la musa inservible

o de algún dios,

residual como todos.

¿O exprimen de sí mismos

jugos celestes, quizá?

Es una pena que escaseen los espejos,

porque los poetas, en efecto,

son bastante ridículos

en su jactancia.

 

Valdría más callar,

que todos callásemos.

Y parar entonces las grandes orejas

y aprender alguna cosa

de las quejas, los zumbidos,

el cántico de la vida;

de los entrañables latidos

y los admirables —a pesar de todo—

silencios animales

del hombre:

prueba casi imposible.

 

 

SALMO DE LAS LÁGRIMAS

 

¡No vale para mí!

¡No juego! ¡Yo allí no quiero estar!

(Nadie te ruega. No te han invitado.

Pecador de poco seso y mal provecho,

la fiesta no es para ti.

¡Ni ropa de bodas llevas…! ¿Qué pretendes

y qué significan tantos aspavientos?)

 

Mujer: no me beses. Te contagiaré

la llaga de la boca, o la del corazón.

Tira hacia adelante o te rezagarás.

 

Perfecto. Me habeis dejado solo a la orilla

del camino. Me encanta esta llovizna, aquel relente,

la noche que pasa como un dolor ligero.

Así, de espaldas en el fango y de cara al cielo,

siento que soy, más que desdichadamente,

un hombre, y que soy yo.

 

Amigos: no lo sabreis nunca

pero os amo a todos

nomás por vuestra semejanza conmigo

(¡hoy, quizá solamente hoy,

estoy enamorado de mí mismo!).

También al que me rechazaba por leproso.

 

Sube hasta mí la música que danzais

a la caída de la tarde, sosegadamente

(¡la edad, la grasa, la presión!);

seguramente en los claros (buen sitio)

del encinar de la casa Pedrell,

mientras las lavándulas aroman de una en una,

con la contenida envidia de los humildes.

 

¿Humildes?, ¡jajá! ¡Yo también soy humilde!

—Más bien diría resentido.

La casita y el huertecillo no me tentaron;

yo tenía una casona y un jardín;

sonreía como el orate que no padece,

inexplicablemente saciado

entre hartos, y vecino miope

de los incontables del puño rabiosos

—enarbolada, mutilada cruz—;

la mala sangre, que clama sangre,

prójima de nadie,

ángeles hediondos y harapientos del Dios

que adora el favorito de rodillitas

cuatro segundos, diecisiete siglos ha,

y siempre, siempre bendecido

sin reparar en razones por enjoyadas manos.

«¡Oh puercos inverecundos!» —como decía aquel;

y añadía después: «¡Oh puercos lascivos!»

 

Este es un lío sexual a escondidas, desde luego

felizmente superado por el vividor

y la madrota que regentea como debe ser

pupilas complacientes con los clientes.

 

Buen señorito que tiene pensado

para uno de estos veranos, el que viene quizá,

recluirse con catorce más

y un diácono retórico y avispado

ocho días en Vallsoma: aliento de pinos

y cocina saludable y abundante.

 

Pero no quiero juzgar. ¿Acaso es eso lo propio

de mí? Me iré y me voy

cobarde como soy, y delicado y estéril.

 

Y solitario lloraré por mí,

gran efusión de lágrimas finales,

mientras se acerca cojeando el olvido

o una recuperación con mejor cara, ¡oh Dios!

 

Y si me sobran, lloraré por todos.

 

 

SESENTA

 

Cumpliré los sesenta años

que ahora llegan hasta mí en silencio

como el reloj fatigado y ronco

que han arrimado a la pared

más sombría de la estancia.

 

Ciprés mal aliñado,

todavía se endereza atravesado

por casi veintidós

miles de días.

 

Pasaban, volvían a pasar

los aires y la luz,

estaciones y lunas,

la tiniebla siempre imperfecta.

Y yo, meditabundo o distraído

cedía al peso del tiempo,

me reclinaba perezosamente en él

o hacía como quien se resiste

con orgullo de solitario.

 

Savias tenaces, el deseo

y el pensamiento recorren

mi madera ávida y tierna.

 

Primero, me enamoraba de los pájaros;

después, ponía la vista en mis dedos;

probaba frutas ásperas o magulladas.

Pero mi ángel era el temor.

 

Miedoso, incrédulo, mal pertrechado,

desconfiaba de mis pasos;

también de los ojos de los demás:

«¡Reo de fealdad!», sentenciaban unos gritos,

unos gritos de juez con mi voz.

 

¡Todo tan presente y tan distante!

¡Todo gratuito, fortuito, o tan ardiente!

 

La vida se remueve dentro de la sangre,

la mente trabaja como los dientes;

los jugos del alma disuelven

las presas de los ganchudos sentidos

y las vuelven detritus, excrementos,

espectros que me espantan:

la voz de la conciencia.

 

En resumidas cuentas, ¿he vivido, pues?

 

¡Miedoso, gandul, remilgoso,

tan refinado y tan sensible!

La alegre pandilla

holgaba lejos en la otra orilla.

«¿Por qué no vas allí?». Me duelen

mucho los pies. Estoy

todo granujiento, dice el espejo.

Río a escondidas, que puedo,

a labios cerrados.

 

Saltaré los obstáculos, pensaba yo.

Por más que tengo al mundo por enemigo,

la carne me tienta, y en ella me complazco,

clandestino como un topo.

Y el diablo es puro cuento.

 

Me ronda y me atrapa el pecado

(me arrodillaba con una rodilla en misa).

Invoco a Dios y me golpeo el pecho

peludo. Fray Garí arrepentido. De hecho,

herencia de abuelos silvestres,

panzones y con más pies que manos.

 

Vagabundeaba, inútil, sórdido

pretendiente pobre de un sueño encendido

apenas tangente a la vida.

 

Pero un día de viento me puso

en los brazos la cosa inefable.

Los milagros, ¡nadie los ve!

¿Venía del cielo, del mar

o se despertaba a un lado mismo de mí?

 

¿Quién habrá podido alguna vez

merecer y apreciar tanta certidumbre?

Sencilla como agua corriente;

de sagrada fidelidad

pueril: la que sueña Jesús.

 

Era el ángel que abraza y besa

o el hada sin hechizos

de juicio finísimo de dueña.

Bendita diosa de expansión

—corazón ileso y trabajador—,

benigna hasta en la ausencia.

 

Esa rosa azulísima que da

cada cien primaveras

aquel rosal real

salvado del monstruo ponentino,

y de largas uñas, certifica san Jordi.

 

Todo se pierde. O nos perdemos.

La perdía también

una inhóspita madrugada

de aurora sobrepuesta

como tantas otras cosas.

¡Adiós, clavel, estrella!

Un vampiro —en oficios de médico—

le chupó la sangre preciosa.

Quizá para restaurar —supongo—

a tal matrona en el orden del día,

que si se desinflaba desdecía

su habitat mayestático.

Es cierto que la madre Naturaleza

a menudo da rodeos.

En el plano metafísico todo es explicable.

 

Para nada me quejo.

Me gano la vida, señores.

Trabajo (a sueldo,

¡y lo que hago son estorbos para mí!).

He encontrado piadosa compañía,

y valiente, viéndolo bien,

porque ahora yo soy un hueso,

hablando en plata.

 

Pero ya tocan a la puerta los sesenta.

«Pasad, pasad. Esta es su casa.

A tantos, poco os podré ofrecer,

pues me encontrais rico, muy rico,

sólo —¡es todo un caso!—,

de lo que he perdido: de días».

 

 

ANTES DE CALLAR

 

Sufro la oscura

presión del tiempo

—calladas distancias,

recuerdos insepultos—

sobre la memoria

y dentro de la sangre.

 

No añoro lo que pierdo

ni me place lo que tengo.

Rumio penumbra

lejos de mis vecinos.

Albas brumosas

y noches como espejos

de tanta ceguera;

no encuentro algo azul

—me juran que algún día

se serenará.

 

El éxito me atraganta;

la amistad me escuece

herida sagrada.

Codicio dinero

que capaz me haría

de cerrar mi vista

a tanta falsía

y de no servir

la pingüe estulticia

del acierto aquel.

 

Siento un amor propio

apenas animal,

pero no me amo,

no me plazco mucho ni poco

(¿Ama a tu prójimo

como a ti mismo…?).

 

Como quedé con las manos vacías

nada os puedo dejar;

buen ejemplo, ni uno solo,

y ni siquiera un buen consejo.

Realmente quiero deciros

antes de callar

que tenemos que espabilar

al precio que sea.

Nuestra esperanza

es ambición

maligna y envidia:

todo es vanidad.

 

Aquí callaría.

Pero todavía no.

Quiero repetir dichos

para oídos sordos,

sabidos y viejos

de mil novecientos años,

empero tan muescados

como cuentos de hadas,

enanos y gigantes.

 

Nunca te acongojes

por comer y vestir.

¿Que no ves a los lirios

y los pájaros del cielo?

Significa que los ricos no pueden

entrar al Paraíso

(Los simples, los miserables,

¡bienaventurados!).

 

Quien encuentre su alma,

iluso: la perderá.

Deja padre y madre,

herramienta y dinero;

no fatigues mesas,

no desangres odres;

con mujeres non podrás folgar

si tiras a justo.

 

Y ahora sí que callo.

Cuesta muy poco hablar.

 

 

Notas

 

 

[1] Prefacio de Ferrater a las Versiones de Hölderlin, de Riba. Apéndice. Las cuestiones de contexto envían siempre, lo consigne o lo inadvierta, al Epílogo de Enric Casasses.

[2] Un ejemplo: la impresencia de Bartomeu Rosselló-Pòrcel (Palma de Mallorca, 1913; El Brull, 1938), a quien celebró poeta “pleno de grito”. UNA MUESTRA:

 

EN LA MEVA MORT

 

Estic cansat de tu, domini fosc

i tempestat de flama.

M’exaltaré damunt els horitzons

i trauré les banderes al desert

de la darrera cavalcada.

Reina d’aquestes hores, ara véns

tota brillant, armada.

Inútil desesper del vespre! L’alba

s’acosta ja amb l’espasa,

i l’ardor temerari que m’encén

allunya les estrelles.

 

EN MI PROPIA MUERTE

 

Estoy cansado de ti, dominio oscuro

y tempestad de llama.

Me exaltaré por sobre los horizontes

y sacaré mis banderas al desierto

de la última cabalgada.

Reina de estas horas, llegas ahora

brillante y armada.

¡Desesperación inútil de la noche! El alba

se acerca ya con su espada,

y el ardor temerario que me enciende

aleja las estrellas.

 

 

[3] Sin cedilla, pero es verbo vivo en Acayucan.

[4] Enric Casasses. Epílogo.

[5] Prólogo a Presencia y recuerdo. Apéndice. En entrevista con Radio Miramar (1951), que me visita (B., última semana de setiembre, 2003) al cierre, Vinyoli puso este collar al cuello de mis predilecciones: “la poesía femenina está dignamente representada en estos últimos tiempos. Maria-Antònia Salvà continúa la más pura tradición de la lírica mallorquina, tejiendo su noble y delicado canto en la serena luz del paisaje de su isla. Clementina Arderiu nos da en su obra Cant i paraules poesías de potente y suave belleza, y ora la gravedad o la gracia alada fluyen de sus versos, realizados con arte admirable. Finalmente, la clara voz, no exenta de pasión, de Rosa Leveroni destila suavemente sus exquisitas melodías”.

 

[6] “Norfeu”. Dominio mágico. Apéndice.

[7] Prologuillo del autor a Crónicas del ultrasueño.

[8] Ferrater. “Poema inacabado”. Teoría de los cuerpos.

[9] La luz en el yunque, prólogo. Apéndice.

[10] Temas de la lírica naua. Carner. Apéndice. Es ganancia del exilio mexicano de los poetas.

[11] Así lo atestigua en un librito reciente (1998) Carlo Antonio Castro, admirado ante el gran número de variantes que Bartra había producido durante la lectura de Quetzalcóatl en Jalapa, Veracruz, a principios de los sesenta del siglo pasado. Y Bartra mismo: “No quiero prescindir de la libertad […] de enmendarme”. Prólogo a La luz en el yunque.

[12] Revista Le Prosa, número 1.

[13] Semana Santa, prólogo. Apéndice.

[14] Enric Casasses: “Orlando Guillén i les tres Ofèlies”, diario Avui, Barcelona, 25 de julio de 2000.

[15] La poesía amorosa de Gabriel Ferrater/ Una nota y algunas versiones de OG. Martorell, 21 de marzo de 1984. Feché por revisado este material el 18 de mayo de 1989 en Narvarte DF; lo publiqué en el suplemento Sábado del diario unomásuno dos o tres semanas después. Tomé ahora sólo la sustancia.

[16] Menja’t una cama (literalmente: Cómete una pierna), es la respuesta de las madres catalanas a los hijos terribles por hambre apremiantes: —Mama, tinc gana!/ —Menja’t una cama!; equivalente a nuestro: —Mamá, ¡tengo hambre!/ —¡Chúpate el dedo grande!

[17] “Nunca como en estos poemas podría afirmar el autor que se propuso menos decir una cosa hasta el instante en que fue dicha; nunca había sentido de manera tan clara la imposible separación de forma y contenido”. Vinyoli. Prólogo a Lo callado. Apéndice.

[18] —y de Maragall.

[19] Semana Santa, prólogo. Apéndice.

[20] Me acojo por lo demás al criterio de Luis de León que así se expresa: De lo que yo compuse, juzgará cada uno según su voluntad; de lo que es traducido, el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin añadir ni quitar sentencia, y con guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire, y hacer que hablen en castellano, y no como extranjeras y advenedizas, sino como nacidas en él y naturales. No digo que lo he hecho yo, ni soy tan arrogante; mas helo pretendido hacer, y así lo confieso. Y el que dijere que no lo he alcanzado, haga prueba de sí, y entonces podrá ser que estime mi trabajo más; al cual yo me incliné sólo por mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se la encomiende, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar. Mas esto último, “caiga como cayere, que yo no curo mucho de ello”, es demasiado personal y de época para asumirlo por propio, no porque discrepe de su esencia sino porque a mí me movieron también otros motivos, todos ellos de amor, de sevicio poético y de urgente necesidad espiritual, algunos de los cuales quedan patentes en esta Introducción y otros ya irán apareciendo.

[21] Por cierto, diluiría la simultaneidad en la ambigüedad por lo menos si diera literalmente Todo es ahora y nada. Vinyoli estuvo de acuerdo conmigo: Todo es ahora, y nada también. Vale por el título. De los libros suyos que doy JV solo conoció y no exhaustivamente Viento de cobre —en mi versión revisada por A. G. Porta que es la que publiqué en México y ha circulado, y base variante de la que ofrezco en este libro. Revista ZonAeropuerto, 2, 1991 o 92.

[22] El multánime identitario seny catalán. Aquí en sentido estricto (también para el poema). Lato por ejemplo en El cor quiet: la sección La sensatez.

[23] “Barcelona, ciudad bona/ mañanera en tu bondad”. A estos versos creo aluden sin aludir estos otros de Ferrater: “Barcelona,/ la ciudad que tiene tanto de bona,/ como esta asonante que suena falsa” (“Poema inacabado”)… Quizá sería mejor que diera “tempranero” por “primicerio”…

[24] En beneficio de un clacisismo que Carner operará en ruptura: “discrepo de Maragall cuando se contenta con los cuatrocientos versos esenciales”; “la poesía desnuda”, “tal como la entendía Maragall no existe”; “su teoría de la palabra viva está también […] equivocada”, y aún: “Soy mucho más cercano a la escuela mallorquina”. “Alcover y Costa son, alternándose en ello, clasicistas y folklóricos”. “¿Debo declarar que fue la veta clásica la que me cautivó de ellos? Instintivamente nos juntamos en la ribera más alejada de aquella donde Maragall blandió su encendida bandera romántica”. Conversación con Josep Carner.  Tomàs Garcés. Apéndice. Muestras en la Ñapa.

[25] En contrapunta inocente adversacional me viene al magín en Francia por esas fechas Jules Romains, cuya disolución en el ‘poder unánime’ masivo citadino lo conduce por magnificación superficial del anonimato a conocer la dicha [ciudadana] de casi no existir.

[26] No es extraño desplante cervantino en quien dominó la lengua castellana y su literatura clásica, estuvo al tanto de la contemporánea y en ella incidió con obra de traducción a estas páginas exenta. No sé que se haya valorado su aporte ‘mexicano’, que incluye los Temas de la lírica naua: exceden como poemas al pastiche desde la misma busca de esa ‘otra’ verdad que el poeta sustrae aquí a la noche; como temas, desde una miradura teogónica, cósmica, genésica, mítica y formal diferencial a Occidente ponen huevos de sombra en el vacío existencial humano con estallidos de luz ilusoria y pasajera en la desolación impotente e incierta del sueño de la vida —Libro de Pinturas de DosenUno, y de los dioses frente a la muerte. Doy también en el Apéndice pero no vierto Nobleza del soneto, ensayo escrito originalmente en castellano y publicado en México —prueba de lo que digo y de lazos añejos entre estas dos lenguas: por lo menos desde Quevedo que tradujo a March y del triángulo Boscán/ Garcilaso/ Ausiàs March, y que con estos «Doce» (re)aparecen casi a punto de felpar.

[27] G. Ferrater. Prefacio a las Versiones de Hölderlin de Riba. Apéndice.

[28] Mismo autor. Misma fuente.

[29] Nota autobiográfica de 1919.

[30] “Me he dado cuenta de que yo soy una parte de Dios, y que así pues me pertenece toda cosa creada”. Revista Un enemigo del pueblo, 7, 1917.

[31] No sin afluir a sus excesos: bastan dos poemas (cuya inclusión sutura puntos de estructura que los costura necesarios): “Plegaria de enero” y “La cruzada”, para probarlo. O tres: “Christmas”.

[32] —y al servicio de Dante: virgilio inútil, Doré.

[33] Sepulto como número 13 de los apóstoles cristianos por la corrupta y por él entronizada y privilegiada jerarquía de ese signo de intolerancia monoteopolita, trágico y sombrío.

[34] Único de los dos libros suyos que doy del que voy a ocuparme. El otro lleva prólogo del autor. Apéndice.

[35] Vinyoli. “Ajedrez”. Viento de cobre.

[36] Hölderlin: en razón opuesta a la vida libre de la carga del destino de los ‘genios felices’. Versiones de Riba. Apéndice.

[37] Gabriel Ferrater. Citado por Martí i Pol. Apéndice.

[38] Llull —de quien toma el título; Juan de la Cruz.. La búsqueda de una identificación (más que una identidad) con algo, alguien, que prefigura lo ideal. M i P. Apéndice.

[39] En cuestión de vida y muerte como esta hay ‘edades’ —entidades críticas en asunción de vida y muerte, canto en tensión y fluencia en hondura.

[40] Quevedo anda tan en la entraña viñoliana que aparece engañosamente subrepticio. O furtivo. A mar y montaña de abril el más cruel de los meses eliótico que es incidental, los ‘préstamos’ en o de lengua ajena entre los versos de Vinyoli suelen ir en cursivas y en todo caso ser ostensibles. Así: “El ventalle de cedros aire daba”. En las ‘Canciones’ de mar y de Ariel llega a la traducción del texto original y la nota pertinente. La presencia en cambio quevédica está señalada porque no está señalada. El tajo indagante versario: “La vida, ¿quién la vive?” de “Desde el talud” en Tot és ara i res viene patente de Quevedo que clama ebrio de miedo, senglar cegato de absoluto en la nada: “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?” En la busca de contraparte dialógica espiritual y de la esencia de la lírica, Vinyoli entabló trato con Quevedo al toparlo en las pesquisas abismales más espesas. Acaecer presunto de juventud. Versos como ese, y el que no encuentra lugar donde poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte, y más aún el que tabula presentes sucesiones de difuntos están en combustible en la resignada constatación de la caducidad de todas las cosas, en la esencia simultánea de la lira en la vida y en la muerte, y en el cogote de la simultaneidad que resulta en suceder de todo y nada; en la escéptica amatoria en lo que toca al triunfo rasero de la muerte; en la intuición de lo que yo llamo ‘edades’ en camino de vida y muerte, y todavía en el sentido metafísico del ‘lugar’ viñólico. Asimismo: un fue, un será, un es cansado, definen un estado de ánimo propulsor del sujeto creador en Tot és ara i res; y en el objeto, oscuridad que germina. Esto en aquello en lo que se cruzan, que cada quien va por sus designios y hay entrambos pátina humana y mucho polvo enamorado. Quevedo pues entrañó en Vinyoli y no volvió a asomar la cabeza sino de manera natural cuando el poeta entró en tratos de vida, muerte, lira y mundo con Shakespeare. Aquel primer verso quevedesco triunfará también de la muerte desde el corazón viñólico literalmente y sin cursivas en “Campanas al anochecer” —deslinde sin embargo en divergencia ya en plenoDomini màgic:

Sube una voz al anochecer 

comunicando la muerte.

                                            ¡Ah, de la vida!

¿Nadie me responde?

                                       ¿La noche es un regazo?

Pavor infunde: todo revolotea, rápido

murciélago gris; ya sólo me quedan las migas

de pan mojado de las palabras; que se las coman

las palomas del silencio por si pueden hacer de ellas

zureos en las cornisas de la luz

del día nuevo. 

                       Campanas

doblan entonces, quietas.

                                             Muere el tiempo.

El deslinde de época es plausible. Quevedo habla con amor constante más allá de la muerte porque ha tomado cicuta de ‘obediencia’ cristiana en dosis de vida en plenitud y la experiencia de la eternidad la vive en alma propia en tanto la habilita prisión a todo un dios; su indagatoria en grito es perplejidad y miedo cósmicos e igual soledad e indefensión humanas ante lo desconocido; ya en nuestros días, Vinyoli en cambio cincha la muerte del tiempo —que implica la mortalidad de lo eterno y así la de Dios como respuesta mortal al misterio. Tal conflicto se resuelve en fe de poesía y poesía de fe y de conocimiento. Fe de vida en poesía de duda y miedo actuantes e impulsores del acto creador, por cuanto muerte y vida son sobrehumanos y permanecen. La poesía como objeto y como sujeto de sentido de vida e indagación. De todo esto, su escéptica del amor (siempre insuficiente pero único), y su tentaleo en una mística integrista a la metavida del espíritu como totalidad que nos ocupa, nos sacude en vilo y nos vacía sin remedio. Pero no voy a entrar en este tipo de componentes de su obra, entre otras cosas porque en este volumen no doy muestras específicas. La poética de Quevedo es trascendente; la de Vinyoli, trascendente e inmanente.

Vinyoli inadvirtió a Quevedo por las jugarretas en arraigo domiciliario de la memoria, el pensamiento y el corazón, y por lo mismo que inadvertimos los prodigios del día: porque andamos uno en ellos —diría Maragall que diría Llull en elogio de la palabra.

[41] Una especie de aristocracia de la elegancia espiritual, o algo parecido, en el sentido previo en que la entendía Stendhal.

[42] Carlos Martínez Rivas, La insurrección solitaria. Acredito con tanto júbilo como si fuese adrede, porque la obra de este poeta nicaragüense (1924-1998), cumbre delicadamente borrascosa de la poesía en lengua castellana del siglo XX, ha sido desvanecida y ocultada por los poderes nefandos a la poesía funestos. Me ocupo de este libro en la entrega más reciente de la revista de poesía La Zorra vuelve al gallinero, México, invierno de 2002.

[43] La afamada ‘vocación vacilante’ según Riba del autor. No obstante, si alguna vocación poética demostró su firmeza y consistencia en la lengua catalana del siglo pasado es la de Vinyoli; desde luego, no la única. Lo que ha hecho fortuna de la frase son los largos silencios del poeta (en todo caso desdichos por el estallido creador final) —hijos de las probadas dudas vitales y existenciales viñólicas, y por supuesto de la circunstancia histórica que lo constriñe. Dudar no es lo mismo que vacilar.

[44] ¿El cuerpo y uno son una y la misma cosas? ¿Puede el cuerpo muerto conocer?

[45] La tempestad, comedia de despedida de Shakespeare. Como establecieron otros, el poeta ‘parece’ dar a torcer su brazo a la moda del final feliz, la espectacularidad, el entretenimiento y la frivolidad. Sin embargo, practica la regla estrella de tres puntas (acción/ tiempo/ lugar) de cosa excepcional: el ‘naufragio’ es a las 2 y Próspero anuncia su término a las 6. El tiempo ficto coincide con el real de representación, abriendo así un juego permanente de sobreposición de planos entre lo real representado, lo real fingido dentro de la representación misma (las ‘creaciones’ ariélicas) y la realidad real en términos de tiempo, espacio y acontecer dramático, como cumple a una obra fantástica de adiós de autor bajo magia. Lo representado se adecúa al tiempo real del público. Mas por arte de encantamiento la realidad será simulacro y el simulacro real a la doble despedida de Próspero-Shakespeare. Dentro de la realidad dramática el espectador toma por real la ilusión; los dominios mágicos prospéricos crean un tipo de ficción que se instaura en la realidad de dentro y en la realidad de fuera como una instalación de espíritu que se expresa por el genio creador arieliano del ‘bien’ a cambio alegórico de su libertad, y la contradictoria constitución real del personaje calibánico del ‘mal’ —a un tiempo dotado de la razón que vindica como rey derribado por un golpe de dados de usurpación, y engendro maligno por naturaleza y obra.

[46] Y estas obras de despedida autoral son simbólicas también de retorno a la inocencia del origen.

[47] Lo callado. Prólogo. Apéndice.

[48] Misma fuente. El verso es de Eliot.

[49] Modifico el último verso del soneto quevedesco. Las ediciones que he consultado, todas, dicen: “fiando el mar”… Lo convierto en “fiando del mar”. Sigo simplemente la construcción del verso que le precede (donde me limito a acentuar “fïando” para darlo trisílabo al modo de la época) porque me parece una errata manifiesta que manifiestamente ha escapado a los siglos y convertido el noble verso en decasílabo. Un ripio en el broche de un soneto no es propio de un autor como Quevedo, cuyo sonido conceptual y espeso es de ritmo seco y estricto.

 

[50] En el acto del robo cuentan haber sucedido que algunos de la plebe traían una doncella de extraordinaria hermosura y gentileza: encontráronse con otros de los patricios, que trataron de quitársela; pero ellos decían a gritos que la llevaban para Talasio, hombre nuevo a la verdad, pero muy bien visto y de excelente conducta; oído lo cual lo celebraron con aplauso, y aún algunos añaden que torcieron camino, y siguieron a los primeros con alegría y regocijo, pronunciando a voces el nombre de Talasio. Desde entonces en los casamientos, como los Griegos a Himeneo, apellidan los Romanos a Talasio, porque aseguran además que Talasio fue muy feliz con aquella esposa. Sila Cartaginés, a quien no faltan letras ni gracia, nos dejó escrito que Rómulo dio por seña del robo esta voz, por lo que todos clamaron “Talasio” al arrebatar las doncellas, y ha quedado en las bodas esta costumbre; pero los más, de cuyo número es Juba, son de opinión que no es más que exaltación y excitación a la vida laboriosa y manejo de la lana, no habiendo entonces todavía confusión entre los nombres griegos y latinos. Mas si esto no va infundado, y los Romanos usaban ya entonces como nosotros de la voz Talasia, podía conjeturarse otra causa más probable de aquel uso: porque después que los Sabinos, hecha la guerra, se reconciliaron con los Romanos, se hizo tratado acerca de las mujeres, para que no se las obligara a hacer en su casa otro trabajo que los relativos a la lana; y ha quedado también ahora en los casamientos que los interesados, los convidados, y en general cuantos se hallan presentes, exclamen “Talasio” como por juego, dando a entender que la mujer no se trae a casa para ningún otro obraje que el de la lana. Dura también hasta ahora el que la novia no pase por sí misma el umbral de la casa, sino que la introduzcan en volandas: porque entonces no entraron, sino que las llevaron por fuerza. Dicen también algunos que el desenredarse el cabello de la novia con la punta de una lanza es igualmente representación de que las primeras bodas se hicieron en guerra y hostilmente; pero de estas cosas hemos tratado largamente en las cuestiones. Sucedió este arrojo del rapto en el día 18 del mes que entonces se llamaba Sextil, ahora Agosto, el mismo día en que celebran las fiestas consuales. Plutarco, Vidas paralelas, traducción de Antonio Ranz Romanillos [1759-1830].

[51] Ah, chingao. No gano para visitas póstumas o chispazos memorieros (B., octubre 9, 2007) ni  mi fuente para acreditar. El  montaje existe y engarza a mano de ganapán. Una parte de lo aquí supuestamente dicho directamente por el poeta proviene de su postfacio a Da nuces pueris, al que entonces no había yo leído porque siempre comienzo por los poemas y la prosa va después y a veces hasta se me olvida —y al que remito. Otros no callarán lo que me falte, y eso que ni falta que hace.

[52] La actualidad de la afirmación la suscribirían por iteración [“método para resolver un problema mediante una serie de aproximaciones, que obtiene una solución más exacta utilizando la aproximación anterior” —por dar una sola definición matemática, disciplina cara a Ferrater] los especulantes físicos teóricos de hoy.

[53] Un claro antecedente del ‘lugar’ viñólico.

[54] Catulo. Poesías. Traducción, introducción y notas de Antonio Ramírez de Verger. El Libro de Bolsillo. Alianza Editorial, Madrid, 1988.

[55] Y es de aquí de donde procede el poema anterior («Posseït»), y no de Da nuces pueris, donde apareció primero. Id a los originales. Hay variantes.

[56] Después de mucho tiempo y otros tantos títulos provisorios, este encontró su equivalente valenciano-mexicano con la aportación definitiva de dos antropólogos. Uno: el valenciano J. F. Mira. En la Guadalajara de México, durante la celebración de la Feria Internacional del Libro (2004) dedicada a la cultura catalana, Enric Casasses y yo supimos por él aquello a lo que alude con su título el poeta: la costumbre agrícola probablemente ya desaparecida en el pueblo de Estellés de quemar la paja del maíz cuando se corta para dejar el terreno en condiciones de ser resembrado. Como los agricultores realizaban esta operación al oscurecer y a un mismo tiempo, el espectáculo en llamas provocaba, sobre todo, el alborozado registro de los niños: “El gran foc dels garbons! ”. La hasta ese momento hermética palabra garbons designa pues, en acepción regional y no en la de los diccionarios consultados, la paja de los maizales. Dos: el mexicano Pedro Martínez Lara. A consulta expresa y en julio de este 2007 me indica que en el medio rural, en la milpa (un terreno complejo de cultivo en el que prevalece el maíz, y donde se aplica el sistema de “tumba, roza y quema”), “al cosechar las mazorcas se dobla la mata de maíz, y a lo que queda se le llama rastrojo o zacate”, cuyo destino es ser quemado con todo y la cañuela del maíz o en algunos casos la hoja se separa y se utiliza para alimentar a los animales. Como la palabra de origen naua zacate de modo universal se identifica en México con cierto tipo de pasto para forraje o da su nombre al estropajo, me he inclinado por rastrojo en su acepción rural mexicana y no en la de la Real Academia, para garbó, y así traduzco La gran quemazón de los rastrojos. Esta nota extemporánea consignaría también si valieran la pena los nombres de unos cuantos hijos de puta mexicana que contribuyeron inopinadamente a su existencia [la de la nota] impidiendo con infamia ostensible y desde la impunidad del poder la publicación de Doce poetas catalanes del siglo XX aquel mismo 2004.

[B. 2 de octubre de 2007]

 

* Tuies, Tuietas: diminutivos de Gertrudis. N del T.